Capítulo 44 #2
—La vecina. La perra. La saqué a pasear y vi un tío en un portal. Alto. Se apartó y me rozó el hombro. Lulú gimió y no le enseñó los dientes. Era un poli.
—No lo era, Javi. Esfuérzate.
Se le movieron los ojos debajo de los párpados.
—Le brillaban.
—¿El qué?
—Los putos ojos… Y después… después…
Ahí tendría que haber parado.
Porque justo al otro lado del borrado estaba aquella noche, con su mano tendida ofreciéndome su sofá y a mí diciéndole que no, y diciéndole por qué.
Devolvérsela entera significaba devolverle también eso.
Un hombre tiene derecho a recuperar la peor noche de su vida; lo que no tiene es que se la devuelva la mujer que se la hizo, y encima porque lo necesita despierto.
—Céntrate, es importante…
—No está solo. Son dos. Hablan y quieren que…
—¿El qué?
Llamaron a la puerta.
No al timbre del portal, a la puerta.
Javier abrió los ojos de golpe. Lulú se bajó del sofá para enseñar los dientes, Artyom se plantó delante de mí y Zeus se puso a ladrar desde su escondite sin salir de él.
Javier se incorporó, me pidió silencio con un dedo y sacó el arma. Fue a la mirilla y lo vi tensarse por completo.
—¡Mierda! Es él —susurró—. El tipo de mis recuerdos y va con dos tíos. Los tres de negro. Esto no me huele bien, escóndete.
—Señora Duque —pronunció una voz desde el rellano—, abra. Sabemos que está ahí, no nos obligue a complicar las cosas.
Yo estaba congelada en el sitio. Javi me hizo un gesto.
—Escóndete, llévate a los perros.
—Javi…
—Por una vez en tu puta vida, hazme caso, joder.
Los metí en el dormitorio y dejé la puerta entornada porque no podía permanecer ajena a lo que pasaba. Lulú se resistió hasta el final, con la vista clavada en el recibidor.
Javier abrió lo justo para usar la pared como cobertura.
—A ver si ahora hay huevos de tocarme el cerebro antes de que os meta una bala entre ceja y ceja, gilipollas.
El hombre del pelo largo suspiró.
—Humanos. Siempre tan dramáticos y predecibles.
—Mis cojones.
El disparo me reventó los oídos. Fui incapaz de no chillar y de no tapármelos.
La bala le entró en la parte alta del pectoral. El tipo de piel pálida bajó la vista hacia la mancha roja con una sorpresa auténtica, se tocó y se miró los dedos manchados de rojo. Parecía ofendido de que le hubiesen agujereado el traje nuevo.
Los otros dos entraron.
Javier encajonó al primero contra el marco, le golpeó la muñeca y le hundió el codo en la garganta. El segundo lo embistió. Rodó contra la pared sin soltar el arma y se lo quitó de encima con una rodilla en el estómago.
Después, el del disparo se movió y yo no lo vi cruzar el recibidor. Javier salió despedido contra la consola, la madera crujió y la pistola cayó al suelo.
Lulú abrió la puerta del dormitorio de un empujón y se lanzó a por él.
Los dientes se le cerraron alrededor del antebrazo. El hombre soltó una exclamación y trató de sacudírsela.
Estaba segura de que la perra se acordaba de él. No podía dejar que la dañara, tampoco a Javier.
Salí con lo primero que había en la estantería del pasillo, que resultó ser el tomo tres, edición aniversario. Tapa dura, cantos tintados, guardas ilustradas y un peso que hasta esa noche me había parecido una exageración de los de marketing .
Recordé a Nina diciéndome que, si a alguien no le gustaba, siempre podían usar casi dos kilos de romantasy como arma arrojadiza.
Se lo estrellé en la nuca al que venía hacia mí. Cayó de rodillas y se le fueron las gafas. Artyom se colgó de su manga y Zeus Alejandro atacó el tobillo del otro con la furia de quien llevaba toda la vida esperando una invasión.
Aquello dejó de ser una pelea. Ladridos, muebles volcados y un tipo intentando quitarse de encima cinco kilos de perro que no dejaba de hincarle dentelladas.
El tipo alto agarró a Lulú del cuello y me miró.
—Quieta. Míreme, señora Duque.
Se me bloqueó el cuerpo entero.
La runa de la muñeca izquierda se me puso al rojo, rompiendo el bloqueo, y, al ver el peligro, le arrojé con todas mis fuerzas el tomo tres en la cara.
—Mire usted esto, carajo.
No me dio tiempo a celebrarlo.
—¡Suéltame, coño!
Uno de los escoltas me retorció los brazos a la espalda y el otro lanzó una patada contra Artyom, que la esquivó y volvió a enseñar los dientes. Me arrastraron hacia la entrada. Javier estaba tratando de alcanzar el arma.
—¡Suéltala! —bramó, recuperando la pistola para apuntar el cañón contra el hombre que parecía el jefazo y ya estaba herido.
Tuve ganas de soltar un «bien», de celebrarlo, pero entonces se apagó la luz.
La mía, la del rellano, los móviles, la emergencia del ascensor. Las sombras de las esquinas se derramaron por el suelo y noté una presencia poderosa antes incluso de que pudiera asociar que no veía un coño.
—Abaddon —escuché pronunciar al tipo del pelo largo.
Un brazo me rodeó la cintura desde atrás y me cubrió la boca con la mano. Con aquella oscuridad no debería haber podido verle la cara y, sin embargo, lo hice: ojos verdes, dos mechas rojas y una sonrisa que no prometía nada que yo quisiera conservar.
—Qué considerado por parte del Consejo apartar a Eshnar justo a tiempo. —Se rio. Su lengua se deslizó por el lateral de mi cara sin que pudiera evitarlo.
—Deliciosa, no me extraña que los hagas enloquecer.
—Aimara, ¿dónde estás? —llamó Javier a tientas.
Me escocían los ojos por las ganas de llorar.
—Gracias por avisarme de adónde venías, inspector. Un detalle de tu parte.
—Yo no te he avisado.
—¿Seguro que no?
Intenté revolverme. Clavarle el codo con todo lo que me quedaba y morderle la palma con todas mis ganas. Lo escuché reír.
—No te esfuerces, Lilith, me encanta el dolor.
Las sombras me inmovilizaron los brazos. Sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies justo antes de que un fogonazo de luz lo iluminara todo. Javier se lanzó hacia mí. Lulú y Artyom, detrás.
Ninguno llegó.
—¡Eshnar! —pude gritar.
La oscuridad me arrancó de mi casa sin dejarme saber si su nombre había llegado hasta él.