Capítulo 44
Javier apareció a la duodécima llamada con la ropa del día anterior, unas ojeras capaces de solicitar la baja por su propia cuenta y Lulú tirando de la correa.
—He venido porque has insistido, no porque piense quedarme.
—Tranquilo, bello , todavía no había encargado las flores.
Lulú entró directa al salón. Artyom acudió a recibirla con la cabeza baja, le olisqueó el hocico y, después, le dedicó una inspección bastante más eficaz que la de algunos aeropuertos.
Zeus Alejandro llegó ladrando detrás, ofendidísimo por no haber sido consultado sobre la entrada de otra perra en su propiedad.
Lulú lo olió una vez. Él se calló y la siguió embelesado por el contoneo de caderas.
El poder femenino no entendía de razas ni de tamaños.
—Ay, Lulú, pero tú eres bien coqueta, mamita .
No era la primera vez que se veían. Cuando estaba con Javi, alguna vez fuimos juntos a pasear los perros con Salas.
Javier olía a hotel, a tabaco viejo y a no haber comido nada decente desde el velatorio. Verlo así no se parecía en nada a ganar.
—¿Has comido?
—Anacardos del minibar. Nueve euros. Espero que cuenten como menú degustación.
Reparó entonces en Samael, de pie junto a la ventana.
—Claro, por supuesto, también está él.
—Tenemos que hablar los tres.
—No soy de tríos, gracias por la oferta.
—No seas ladilla, Javier.
—Cuando una ex empieza así, uno debería poder pedir un abogado, sobre todo en presencia de un gurú de los orgasmos.
Samael se detuvo en sus pupilas más tiempo del que hacía falta.
—¿Te duele la cabeza?
—Solo cuando pienso en ti, y créeme, no se arregla con ibuprofeno.
Y entonces algo tronó dentro de las paredes.
—Eshnar, comparece.
Mi ex miró a un lado y a otro buscando los altavoces.
No venía del rellano ni de la calle. Tampoco del hilo musical. Venía del suelo, del techo y, por la forma en que Samael se llevó la mano al pecho, también de su interior. La mancha oscura subió por su cuello.
—No —pronunció.
La orden volvió a caer y lo dobló un segundo. Mi pulso se aceleró; lo tomé del brazo, preocupada.
—¿Estás bien?
Él tensó los labios.
—Ereshkiel —escupió—. Esto no es una convocatoria, estás jugando sucio.
—Ni de vaina . No vayas —supliqué.
—Ojalá pudiera negarme. Han usado mi nombre verdadero. Ir no es una decisión.
—¿Pero qué cojones está pasando? ¿De dónde ha salido esa voz? No me digas que el presidente de la comunidad os ha instalado un intercomunicador.
—Ojalá fuera el presidente de la comunidad —le respondí.
Samael me agarró de la nuca y me besó. Sin ternura y sin tiempo para ella. Le agarré la solapa. La fuerza que tiraba de él aumentó y me lo arrancó de la boca antes de que yo estuviera lista.
Después miró a mi ex.
—Protégela con tu vida hasta que vuelva. Como le ocurra algo, te juro que el infierno se va a quedar corto.
Javier se abrió la chaqueta y le enseñó el arma con la lentitud de un hombre que llevaba días buscando a quién enseñársela.
—Siempre la he protegido. Del único del que no supe protegerla fue de ti, porque me pillabas dormido, gilipollas.
—Pues ahora no te duermas.
La oscuridad se cerró sobre él y dejó el sitio vacío.
La lámpara parpadeó. Artyom gimió desde el pasillo. Y a mí se me quedó dentro la certeza de que acabábamos de hacer justo lo que alguien había planeado que hiciéramos.
Estupendo. Dos hombres organizando mi custodia delante de mis narices. Simone de Beauvoir revolviéndose en su tumba.
—No me jodas… ¿Dónde está? ¿Me habéis llamado para cachondearos de mí? ¿Es eso? —Javi se puso a registrar el apartamento sin éxito—. ¡¿Pero qué cojones ha sido eso, Aimara?! Empieza a hablar.
—Lo haré en cuanto estés dispuesto a escuchar y me respondas cómo estás, chamo .
Él abrió y cerró la boca. Al final soltó un «como una puta mierda» y lo abracé.
—Siento la muerte de Elena y la de Miguel. Nadie merece tanto dolor.
Asintió, dejó que lo abrazara un rato más y que lo acompañara al sofá. Me senté a su lado.
—Lo que voy a decirte va a sonarte a uno de mis relatos inventados, pero te juro que es verdad, Javi. Por favor, intenta escucharme no solo con las orejas, también con lo que tienes aquí.
Puse mi mano en su corazón.
Se lo conté despacio; le expliqué lo que Samael averiguó que le habían hecho.
Un señor muy antiguo con sombrero le metió las manos en la cabeza el miércoles por la noche.
Le dejó la muerte de Miguel, le dejó el dolor y le dejó a Elena mintiéndole.
Le quitó el resto y le cosió encima una versión bonita.
También le expliqué lo que estaba sucediendo, el velo, los sobrenaturales y mi despertar.
Javier me escuchó con la cara de quien oye a una amiga explicarle su carta astral.
—Sé cómo suena toda esta vaina , pero te prometo que es verdad.
—Suena a que un tío que mide dos metros te ha lavado el cerebro.
—Ya. Entonces contéstame una cosa y me callo. El móvil del apartado de correos. Se lo entregaste a alguien, ¿verdad?
—Lo lancé al Manzanares.
—¿Seguro? Tú nunca tirarías una prueba por mucho que te incriminara y menos si tenía que ver con tu amigo. Javi, por favor, ese no eres tú, es un recuerdo implantado.
Hizo el amago de ir a decir algo, pero calló. Sabía que tenía razón.
Yo escribía tramas enrevesadas. Nunca había visto un hilo suelto de verdad más allá de los libros que leía o las series que veía. No había música ni plano corto, solo un hombre de cuarenta años buscando un recuerdo real en un sitio donde no quedaba nada.
—Entiendo que te cueste procesarlo, pero no te fuiste por voluntad propia a ese hotel. Te llevaron, te hicieron un lavado y por eso tienes jaquecas.
Se pinzó el puente de la nariz.
—Me duele desde el jueves. Cada vez que intento acordarme de esos dos días me duele como si me metieran un destornillador por el ojo.
—Eso es porque pueden intentar quitar la mancha, pero a veces quedan residuos. A mí no podían quitarme, no porque el universo nos deba nada, sino porque compartimos demasiados años y tu cerebro nunca ha respetado las rupturas administrativas. Puedo tratar de ayudarte a que despiertes.
—¿Y tu plan es susurrarme al oído hasta que me salga un vampiro?
—El plan es insistir sobre aquello que no lograron arrebatarte. Samael dice que la verdad puede hacer cortocircuito con la versión que te implantaron y devolverte fragmentos. No todo. Tampoco quiero destrozarte arreglando lo que te hicieron.
Se le aflojó la cara un instante.
—¿Estás preocupada por mí?
—También me preocupan los perros abandonados y los electrodomésticos que hacen ruidos raros. No te vengas arriba. Reconozco que me ablandó un poco lo que hiciste con Lulú.
—Mi cerebro, mi corazón y yo vamos a tener una conversación seria.
—Después de dejarme que lo intente. Y luego te quedas a dormir, en el sofá. No admito un «no» como respuesta, los chicos quieren fiesta del pijama perruna y tú y yo tenemos mucho que debatir.
Levantó la mirada.
—Aimara…
—En el sofá, Javier. No es una segunda oportunidad, es vigilancia neurológica con cojines.
No pareció tranquilizarlo. Aceptó igual, porque me conocía y sabía lo insistente que podía llegar a ser.
Antes de darme el móvil para que no lo interrumpieran, escribió algo con los dos pulgares y lo bloqueó. Lo dejé boca abajo encima del escritorio sin preguntar. Bastante tenía con entrar en una cabeza como para fisgar además en sus conversaciones.
Cerré las cortinas y dejé encendida solo la lámpara de sal.
Él se tumbó en el sofá con los zapatos puestos, porque hasta para eso necesitaba dejar claro que estaba de paso.
Lulú entró y se le echó sobre los pies. Artyom entró acto seguido y se quedó pegado a mí.
Zeus Alejandro decidió que prefería refugiarse bajo la mesa.
Elvira Montalbán me preguntó tres cosas antes de empezar la sesión de regresión conmigo: cuánto había dormido, si tomaba medicación y si tenía alguna dolencia neurológica.
Así que la imité: le pregunté a Javi lo mismo, mientras ponía música ambiental y prendía algunas barritas de incienso para crear ambiente.
—Apenas he dormido desde el sábado. Un par de paracetamoles y mi dolencia neurológica es elegir mis relaciones con el culo; debo tener varias neuronas fundidas.
Elvira también me advirtió de que la falta de descanso volvía a una persona más permeable a la sugestión. Lo recordé con su voz y su cadencia exactas y decidí que era un detalle técnico.
—No voy a pedirte que imagines ningún lugar ni ninguna persona —mentí—. Si crees que estás inventando, me lo dices. Podemos parar cuando quieras.
—Cada frase nueva mejora muchísimo esto.
Le pedí que sintiera el peso de su cuerpo, el aire entrando por la nariz, el sofá debajo de la espalda. Tardó cuatro intentos en dejar de controlar cada espasmo muscular.
Y ahí incumplí la primera norma de Elvira, porque ella no introducía lugares y yo llevaba cuatro días necesitando que él volviera a uno concreto.
—El apartado de correos. Estás delante, ¿qué ves en tus manos?
—Un teléfono.
—¿Qué más?
—Nada más.
—Fíjate bien, Javi, sí hay algo más.
—Que no hay nada m…
Se paró. Movió los dedos en el aire, encima de su propio pecho, como quien reparte cartas.
—Hostia puta —murmuró—. Un cuaderno, un pendrive , el teléfono y una foto de Miguel con una chica.
—Lo estás haciendo genial, sigue… Coge el móvil, enciéndelo y dime qué ves…
—Es… es… la cocina de… Miguel. El fluorescente parpadea. —Le costaba tragar—. La chica de la foto está apoyada en la encimera, creo que habla con él… Él le pide algo…
—¿Y luego? Deja que fluya, fíjate bien.
Apretó el ceño. Se notaba que le costaba.
—Ella está, está… Crujidos y… luego ya no le cabe dentro.
Se le cerraron los nudillos.
—Veintitrés catorce —dijo—. Sin un corte, lo pasé fotograma a fotograma por si estaba editado.
—A ti te contaron que era un montaje. No lo era. Me lo enseñaste a mí y a Samael, y fuiste en busca de respuestas… Fuiste a la casa de la chica de Salas, la enfrentaste… ¿Lo recuerdas? Allí estaba…
—Patri con los tíos de la fiesta…
Sonreí.
—Exacto, te llamaron porque habían entrado en tu casa y te fuiste. ¿Qué pasó?
Frunció el ceño sin abrir los ojos.