Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

—Por favor… —suplicó—. Estoy lista.

Doy fe de que lo estaba.

—Los de nuestra especie no sufrimos ETS —le informé antes de cambiar de posición.

—Tomo la píldora. ¡Folladme ya!

Me encantaba su intensidad.

Me tumbé e hice que se colocara encima, de espaldas a mí, para que Rem pudiera gozar del espectáculo de su cara.

La sujeté por las caderas y la ayudé a bajar, encajándome detrás, asegurándome de que no le doliera.

Tuve que respirar hondo como un principiante.

El heroísmo tenía límite y el mío se acababa de sentar encima.

Esperé a que se tumbara y subiera las piernas para recibir a mi hermano.

Él nos contempló desde arriba. Entró despacio, parando cada vez que se le tensaba el cuerpo y preguntándole cada dos por tres si seguía bien, hasta que ella le contestó que, como volviera a preguntar, lo echaba de la cama.

Cuando terminó de hundirse, los tres nos quedamos quietos. Lo notaba a él al otro lado de ella, separados por una frontera mínima de piel. Patri se agarró a mis manos.

—Esto no cabía en mis bocetos.

—Necesitas un cuaderno más grande apto para la mujer de un par de licántropos avariciosos.

Nos movimos y ella empezó a jadear, dándonos instrucciones que obedecí con un entusiasmo impropio de mi historial.

Ahí dejaron de ser dos cosas distintas: el peso de mi hermano empujando a través de ella, sus dedos cruzados con los míos, la respiración de los tres acompasándose y nuestro lobo interior rugiendo para reclamarla.

Remo se inclinó sobre ella y me besó; su siguiente embestida la encajó al máximo y yo ya no sabía dónde acababa ninguno de los dos.

Noté la presión creciendo en la base.

—Peque, el nudo está empezando. Si no me retiro ahora, nos quedamos unidos hasta que baje.

Ella apretó a mi alrededor.

—No te retires, me gusta.

Remo le apartó el pelo del cuello con los nudillos.

—Si te mordemos, se cierra y es posible que te corras. ¿Lo quieres? ¿Nos aceptas como compañeros?

Patri se quedó agarrada a una de mis manos y cogió la de él.

—Os elijo. A los dos. Hacedlo de una vez.

El nudo se hinchó dentro de ella y la dejó atrapada contra ambos.

Rem y yo nos miramos complacidos y mordimos a la vez. Él en el lado derecho y yo en el izquierdo, y el vínculo se abrió igual que se abre una casa cuando alguien enciende todas las luces al mismo tiempo.

Sentí su orgasmo entero, desde dentro, atravesándome hasta parecer mío, engulléndonos, tirando de nosotros y obligándonos a movernos. Los dos reverberamos y aullamos por dentro. Con el sabor de Patri y su grito liberador arrasándonos.

Remo gruñó contra su piel; yo no sé lo que hice. Debajo de las costillas me nació un ardor, y el mismo ardor me llegó de ellos dos. Tres trazos cerrándose en una figura, el mismo nudo celta en las tres pieles con dos lobos y una mujer entre ellos.

Nos quedamos inmóviles, porque el placer era tan bestial que no podíamos hacer otra cosa y porque nadie quería.

Los tres en comunión, formando aquello que siempre habíamos querido.

—Puedo sentiros —susurró ella.

—Y yo —confirmó Remo.

El miedo de mi hermano, escondido en sus ojos dispares debajo de todo lo demás. Ella lo encontró a la vez que yo, porque giró la cabeza y lo besó hasta que aquello dejó de apretar.

Después se puso la mano encima de la marca.

—No estoy en medio.

—No. —Le besé la herida abierta del cuello—. Estás dentro.

Entonces sonó la puerta de abajo.

—¡Patri! ¡Que no me coges el teléfono, joder! ¡He oído gritos! ¡Vengo con el puto bate! Si eres el asesino, voy a estamparte.

Remo cerró los ojos.

—No, no, no. Ahora no… —musitó ella sin poder hablar muy alto. Estaba agotada y entre dos tíos que pesaban entre ambos casi doscientos kilos de puro músculo.

—Mateo —intenté pronunciar, enfocando la voz.

—Mateo, no abras la puta puerta —voceó Rem.

Tarde.

Tres zancadas y la puerta del dormitorio rebotó. Mateo apareció con el bate en alto y ojos de loco.

Silencio nuclear.

—Hostia puta, la jodida torre humana. Voy a necesitar un trasplante de córneas y una lobotomía después de esto.

—¡No mires! —exigió Patri con un hilo de voz.

—Separaos. ¡Espero que hayáis usado condones, cabrones!

Miré a Patri, todavía anudado dentro de ella.

—Lo siento, tío. Ahora mismo no podemos. Mejor bájate, te tomas una birra y procura no pensar en nosotros durante el próximo cuarto de hora, que te veo sofocado.

—¿Cómo que no podéis?

—¡Mateo, lárgate o llamo a Nerea! —amenazó Patri.

—No metas a Nerea en esto.

—El único que se ha metido donde no debía eres tú.

Mateo se giró hacia la pared. Tarde, pero buena decisión.

—Quería disculparme por el puñetazo —dijo, señalándome a ciegas con el bate—. Entonces he oído los gritos y he pensado que os estaba atacando el asesino.

—Disculpa aceptada.

—Después de lo que acabo de ver, retiro la disculpa. Voy a quemaros las pollas. Y la casa. En ese orden. —Inspiró hondo—. Sandra y Lluna están bien. Las he dejado en el ático con Ciarán.

—Gracias —murmuró Patri, algo más suave.

—De nada. Voy a bajar y a beber hasta olvidar que tengo hermana.

Cerró de un portazo.

Sus pasos bajaron las escaleras entre amenazas contra los licántropos, la anatomía sobrenatural y los amigos que traicionaban códigos masculinos que nadie recordaba haber firmado.

Patri enterró la cara en el cuello de Remo. Primero le temblaron los hombros. Después la risa me atravesó por dentro antes de que llegara a escucharla. Rem soltó el aire contra su hombro y, un segundo más tarde, su carcajada grave se mezcló con la nuestra.

—No voy a poder mirarlo a la cara nunca más —afirmó ella—. ¿Esto va a ser siempre así?

—¿Tu hermano entrando con un bate? Espero que no; aprenderemos a echar la llave.

—Me refiero a sentiros. —Apoyó la mano sobre el pecho de Remo y después me acarició—. Noto tu risa aquí, su calma aquí y ese burbujeo de que estáis ahí aunque no digáis nada.

Remo nos estrechó un poco más.

—Mientras vivamos será así.

—Y seguramente después —añadí—. Con nuestra suerte, también compartiremos fantasma.

Patri sonrió, pero el cariño que nos envió a través del vínculo no tenía nada de broma.

—Os quiero, a los dos.

—Y yo —respondió Remo.

—Y yo —me sumé.

Mateo seguía maldiciéndonos mientras abría una cerveza. Los pulsos de Patri y Remo latían bajo mi mano y bajo mi piel.

Había vínculos que se cerraban con una mordida y otros que se demostraban soportando a un hermano con un bate en alto. Aquella noche, los dos significaban lo mismo: familia.