Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

«Yo tampoco» fue lo que me vino a la mente justo antes de que Patri tomara la iniciativa y nos besara.

Aquella respuesta sabía a problema; mis cosas favoritas siempre empezaban igual.

Cuando terminó de besar a Rem y volvió hacia mí, le apoyé dos dedos en los labios.

—Todavía no.

«Increíble», me reprocharon mis pelotas al unísono.

Por una vez que quería hacer las cosas bien…

—¿Perdona? —Incluso Patri se extrañó; no podía culparla.

—Nos has pedido que te lo contemos todo, peque. Vas a escucharlo todo y luego ya me dibujas con una polla diminuta por estropear el momento.

—Eso ya está en fase de boceto.

La sentamos en el sofá, entre los dos, porque necesitábamos que nos mirara. La reunión previa al sexo no figuraba entre mis fantasías favoritas; tampoco pensaba vincularme para siempre con letra pequeña para que nos lo estuviera reprochando toda la vida. Remo le cogió una mano. Yo, la otra.

—El vínculo no se deshace. Ni si discutimos, ni si te hartas de encontrar pelos en la ducha, de mis chistes fáciles, ni si dentro de veinte años decides que tengo peor carácter que él, aunque no lo parezca.

—Lo tienes —apuntó Remo.

—Gracias por participar. Y que estés con ambos significa que nos perteneces tanto como nosotros a ti.

Sé que suena fatal y que ahora mismo no está de moda lo de «eres mía y yo soy tuyo», pero con los licántropos funciona así.

Nos pertenecemos en cuerpo y alma, damos la vida por los nuestros y, una vez aceptado el vínculo, entras a formar parte de la manada aunque te huela el aliento por la mañana.

—¡A mí no me huele el aliento! —protestó.

—Es un decir. Que estés con los dos no te convierte en la mujer de uno y la acompañante del otro. Nos une a los tres.

—No vamos a dejar de tocarnos ni a fingir que aquí solo hay una relación fraternal para que la gente lo tenga más fácil. Tú no vienes a partir nada por la mitad. Entras en lo que ya somos y lo conviertes en otra cosa, en una mucho mejor y completa, aunque la mayoría no vaya a entenderlo.

—Si aceptas —añadió Remo—, lo sentirás todo: las emociones fuertes, el dolor… Si a uno lo hieren, los otros dos lo notan y sufren con él.

—El placer también se multiplica —aclaré—. Y durante el sexo nuestro lobo interior se abre entero. Vamos a tener que aprender a regularlo hasta que te habitúes. No estarás en medio de nada, estarás dentro.

—¿Me convertiré en loba?

—No, los vínculos entre humanos y sobrenaturales no convierten a ninguna de las dos especies. Tendrás mejor salud, vivirás más años, te saldrán menos arrugas, además de un par de tíos buenos listos para satisfacerte cada vez que entres en celo. —Le guiñé un ojo.

—No suena mal…

Sus dedos se cerraron alrededor de los nuestros.

—Y una cosa más. —Remo se inclinó hacia delante—. Necesitamos que estés segura. Nosotros siempre hemos sabido lo que eras, pero, si necesitas más tiempo, lo respetaremos y te juro que nadie del Consejo borrará nada, aunque tengamos que huir y refugiarnos en las montañas.

—Te has puesto un pelín intenso —murmuré—. ¿Refugiarnos en las montañas? ¿En serio?

Rem se encogió de hombros.

Patri nos soltó las manos y se levantó.

—Llevo media vida eligiéndoos. Os he dibujado en márgenes, en libretas, en paredes y en una servilleta, durante una cita espantosa con un tío que vendía criptomonedas, y cada vez estoy más segura de que, de algún modo, yo también os reconocí.

Llamadlo instinto o un bisabuelo mitad zorro, me da lo mismo.

La amenaza del Consejo lo único que ha conseguido es que deje de posponerlo y haga realidad lo que llevo años deseando: ser vuestra y que vosotros seáis míos.

A mí no me dan miedo los posesivos, entiendo lo que sois y lo que queréis decir.

Nos señaló por turnos, con el dedo.

—Sé que uno hace chistes cuando está acojonado y que el otro desaparece dentro de sí mismo hasta que explota. No estoy eligiendo una versión bonita y domesticada. Os elijo enteros, con vuestra naturaleza y vuestras taras. Quiero que seamos juntos.

Remo levantó la cabeza. Debajo de toda esa calma suya estaba lo que siempre callaba.

—No volveré a desaparecer cuando tenga miedo. Ni voy a decidir por ti que estarías mejor sin nosotros; quiero que los tres seamos una familia, la nuestra.

Y entonces hizo lo que yo llevaba doce años sin verle hacer: se quitó la pulsera para ponérsela a Patri. Le quedaba enorme, no podría llevarla por la calle, aunque en aquel instante no importó.

La plata dejó a la vista el cerco rojo.

Yo tenía bromas; ninguna me servía ahora.

Pasé la nariz por su cuello e inhalé.

—Hueles a compañera, peque. Desde el verano que te caíste del muro y no llorabas para que tu hermano no se riera.

No quiero que te tragues ni una lágrima más, nunca.

—Le sostuve la cara—. No volvimos por trabajo.

Lo hicimos porque todos los sitios donde intentamos empezar de cero nos quedaban lejos de esta calle.

Y no hemos vuelto para tenerte a ratos. Te queremos en nuestra cama, en nuestra vida y cabreada porque he usado uno de tus pinceles para arreglar una persiana.

—Mateo ha dicho que acepta lo nuestro.

—Entonces ya estamos tardando para celebrarlo.

Se inclinó y nos besó de nuevo, a uno y después al otro.

—Nuestra relación. Nuestra casa. Nuestra cama. Nuestras reglas —musitó.

—Compraremos un colchón de dos por dos —afirmó Remo—. Mientras, nuestra cama tendrá que bastar.

Cruzamos los treinta metros escoltándola y subió a la que antes era la habitación de nuestros padres sin comprobar si la seguíamos.

Claro que la seguíamos, lo habríamos hecho hasta el fin del mundo.

En el dormitorio encendió la lámpara de la mesilla y también la del techo. Ni sombras favorecedoras ni escondites: aquello iba a ser un examen oral con iluminación de quirófano.

—Quiero música y quiero veros.

Se sentó en el borde de la cama.

—Alexa, pon Often , de The Weeknd.

Patri arqueó una ceja.

—Qué sutil.

—He descartado 3 , de Britney Spears, por respeto a la solemnidad del momento.

—Y porque te habría caneado —añadió Remo.

—Besaos —ordenó Patri, relamiéndose de anticipación.

Remo me agarró de la nuca. Su boca no tenía nada de suave; estaba excitado, ansioso por lo que vendría después. Su lengua entró directa para morderme el labio inferior justo después. La mano izquierda me bajó por la espalda para amasarme el culo y hacerme sentir su erección.

Le saqué la camiseta y le recorrí el abdomen con los dedos sin preámbulos. Metí los dedos bajo la goma del pantalón de deporte y, cuando cerré la mano alrededor de su polla, el gemido se le quedó dentro de mi boca.

Me ponía muy cachondo que no llevara bóxeres.

Patri se quitó el jersey sin dejar de mirarnos.

—Seguid.

La obediencia nunca había sido una de mis virtudes. Hasta que me di cuenta de que solo me faltaban los incentivos adecuados.

Se quitó los zapatos, los calcetines y esos leggings que le hacían un culo de escándalo.

Remo me desabrochó los vaqueros. Le mordí la mandíbula y tiré de su pantalón hacia abajo para que nuestra chica pudiera contemplar lo que estaba tocando.

Él hizo lo mismo, escupió en su mano y lubricó mi polla arriba y abajo, llegando a la base.

Nuestros gruñidos y jadeos acompasaron la canción. Estábamos dándonos placer, comiéndonos delante de Patri, sin representar absolutamente nada.

Podía ver cómo se estaba tocando por encima de la ropa interior; una mancha de humedad se había formado en el centro de sus bragas. Los pezones se apretaban duros contra la tela del sujetador.

Ella no quería dos pollas prestando servicio audiovisual. Nos quería completos. Mi ego, mi lobo y mi rabo se pusieron de acuerdo en rendirle pleitesía.

Se puso en pie y se metió entre los dos. Primero buscó a Remo mientras me la agarraba a mí y me masturbaba. Después cambió de boca y dejó que le soltáramos el sujetador.

—Tus tetas me vuelven loco —murmuré.

Patri se giró de cara a mí.

—Cállate, López.

—A eso iba… —Le succioné un pezón a la par que le bajé las bragas hasta las rodillas.

Remo le hizo separar las piernas para introducir su miembro entre ellas. No para penetrarla, solo para rozarla y empaparse en sus jugos.

Bajé por su vientre mientras Rem besaba su cuello y le amasaba los pechos. Estaba chorreando antes de que la tocara con la lengua.

Fui alternando lametazos entre su clítoris y el glande de Rem, sin dejar de tocarme; no podía hacerlo.

Patri hundió los dedos en mis rizos y empujó las caderas una y otra vez. Estaba tan entregada que no aguantó y se corrió así, con una mano en mi cuero cabelludo y la otra afianzada en el cuello de mi hermano, con nuestros nombres rotos en la garganta.

Yo, que llevaba media vida presumiendo de aguante, tuve que apoyar la frente en su muslo y contar hasta diez.

—La promesa de El Rastro —jadeó—. Necesito que la cumpláis ahora. Os quiero a los dos dentro y que me marquéis. Quiero ser vuestra —repitió, solemne.

Lo estábamos deseando.

Terminamos de desnudarnos.

Remo sacó el lubricante que tenía en la mesilla y le dije a Patri que se tumbara, que así sería más fácil, que se relajara y me dejase prepararla.

Disfruté clavando las rodillas en el colchón. Masajeándola, preparándola con mimo. Trazando círculos con los dedos y con la lengua. Hundiendo con tiento la yema hasta que me dio acceso a la parte trasera.

Rem se puso detrás de mí, me separó los cachetes y depositó una cantidad generosa de lubricante justo antes de enterrarse en mí.

Me agarró las caderas y se puso a penetrarme, ganando terreno a cada acometida. Una vez notó que ya me estaba habituando, llevó una mano a mi polla para masturbarme e incrementar así la excitación.

Gruñí con fuerza al contemplar los ojos de Patri. Su respiración rota, sus pupilas abiertas y el sexo empapado dejaban claro que quería más.

Le gustaba lo que veía y su cuerpo exigía más.

Pasé la lengua por sus labios mayores, por los menores y la pequeña protuberancia sagrada que la hacía jadear.

Ya no solo tenía uno de los dedos en el trasero; otros dos se encajaban por delante y ella alzaba el pubis exigiendo más. Era una locura, nuestra locura…