Capítulo 42
Las llamadas de Aimara empezaban a parecerse a las alertas de Protección Civil: llegaban a deshora, contenían una catástrofe y siempre me pillaban con el sujetador equivocado.
La puse en altavoz. Sandra estaba encogida en mi sofá con Lluna a los pies, la camiseta de Val Daver y una taza de Baby Yoda que llevaba diez minutos sin beber.
—No abráis a nadie —soltó Aimara sin saludar—. El Consejo ha decidido borrarnos.
Miré a Sandra. Ella me devolvió la misma cara exacta. Dos figuras quietas unidas por una diagonal de pánico y, en el centro del encuadre, la taza convertida en lo más estable de la composición.
—¿Borrarnos? ¿Tienen complejo de goma de Milán? —pregunté—. ¿De Instagram, de Hacienda o del planeta?
—De la memoria, Patri. Quieren quitarnos todo lo que sabemos de ellos: los recuerdos. A Sandra, a ti y a mí.
—¿Y Nina? —preguntó Sandra.
—Creen que Darian la borró. Está a salvo.
—Qué tranquilizador —exhaló.
Lo primero que pensé no fue en el Consejo ni en los asesinatos.
Pensé en cruzarme con Rómulo y con Remo por la calle y no entender por qué llevaba media vida dibujándolos.
En abrir un cuaderno del año dos mil trece y encontrarme a dos tíos que no sabría nombrar.
Podían arrancarme la verdad y dejarme las emociones exactamente donde estaban, sin explicación y sin origen.
Una galería entera de cuadros sin título.
—Samael se ha plantado delante del Consejo —siguió Aimara—. Aunque no ha conseguido mucho, por eso os estoy llamando, bellas .
—Esto es como estar en mitad de un apocalipsis zombi en el que nos quieren comer el cerebro —rezongué.
—Samael dice que lo mejor es que vayáis con los López y que os saquen de ahí cuanto antes; sacaos los pupilentes rosas y vigilad. Ah, y hay un detalle sobre ti, Sandi. —A Aimara se le coló media sonrisa—. En el Consejo hay quien opina que entre Ciarán y tú hay algo.
Sandra se quedó con la boca abierta tres segundos completos.
—Si ellos supieran…
Le sonó el móvil mientras lo decía. Lo miró.
—Ciarán. Dice que la ceremonia está terminando y que tardará menos de una hora en llegar.
El funeral de Caedmon llevaba toda la tarde celebrándose en un sitio que, según ella, no aparece en Google Maps. Tenían un buen pifostio montado con la sucesión de la corona.
—No abráis a nadie —repitió Aimara—, que no se nos tuerza la vaina . Vosotras sois ovejas y ellos lobos. No hagáis ninguna locura.
—Hermana, si somos ovejas, somos de las negras y en este grupo ya no sabemos distinguir las locuras de los planes normales.
Colgué y me levanté a por el portátil y los dos discos duros con las copias de seguridad. Sandra apareció detrás con el bolso, la correa de Lluna y cuatro libros.
—¿Para qué quieres cuatro libros?
—No sé cuánto dura un borrado de memoria y esto es mi Imperio romano.
Sonaron tres golpes en la puerta. Sandra dio un grito.
Tres. Siempre tres, desde que teníamos diez años.
Mateo entró con las llaves, la bolsa del gimnasio al hombro y esa cara de haberse pasado el trayecto ensayando algo que no le apetecía decir. Se paró en seco al vernos preparando una evacuación literaria.
—¿Qué pasa aquí?
—Antes dime qué haces tú aquí —me crucé de brazos.
Soltó la bolsa.
—Nerea me ha echado con instrucciones claras de que no vuelva a menos que lo solucionemos, que soy un niñato de treinta y cuatro años. Y no le apetece cambiarme los pañales antes de tiempo.
Sandra y yo nos miramos.
—Esa mujer es una santa.
—Al final va a resultar que Suiza no era tan imparcial como creíamos —farfulló mi amiga.
—Esa mujer es una tirana con muy buen fondo. —Se frotó la nuca—. También ha dicho que si a ti te parece bien estar con dos tíos y aguantar el doble de preguntas por los calcetines desparejados, yo no pinto nada opinando. Que ante todo somos familia.
El enfado que llevaba días alimentando se quedó sin sitio donde agarrarse. Apreté los brazos igual.
—¿Y tú qué dices?
—Que no me hace falta saber si fue por turnos, todos juntos o formando una puta torre humana.
—Mejor para tu salud mental.
—Y que no me gusta, Patri. Son mis mejores amigos y tú eres mi hermana. Mi cabeza rechaza la imagen y quiere suicidarse por los oídos. —Se obligó a mirarme—. Pero eres adulta. No tenía ningún derecho a decidir por ti y menos a partirle el labio a Rómulo; lo hice porque estaba acojonado.
—Explícame eso.
—Desaparecisteis los tres después de llevarte a una fiesta de la que salió un policía muerto. Lo que vi fue que consiguieron lo que querían y te dejaron tirada, como a todas, y eso que los tenía aleccionados.
—No lo hicieron.
—Ya. Eso también me lo ha explicado Nerea, con palabras muy largas y algunas bastante ofensivas.
Me mordí el carrillo para no sonreír.
—Me debes una disculpa a mí, que incluirá encargarte de lavar los platos por más de un mes, y otra a Rómulo.
—No me jodas; esta era la tuya. La suya tendrá que esperar a que pueda mirarlo sin ver la torre humana. Entiéndelo: les he visto el rabo y a ti…
—Mejor te callas. «No me jodas» no es un modelo de disculpa reconocido por la RAE. Pero podemos trabajar desde ahí.
Abrió los brazos con esa torpeza suya y me metí antes de que el orgullo me hiciera perder otra noche con mi hermano. Olía a gasolina, al suavizante de Nerea y a casa.
Sandra gimoteó un «qué bonito».
—No vuelvas a echarme de tu casa —murmuró contra mi pelo.
—No vuelvas a comportarte como el director de seguridad de mi vagina.
—¿Podemos no hablar de tu vagina? Lo intentaré, dame cancha.
Nos separamos y la urgencia volvió de golpe. Porque ahora que Mateo estaba aquí, yo necesitaba hablar con mis lobitos.
—Necesito que lleves a Sandra al ático y te quedes con ella hasta que llegue su casero. Está en un funeral y ya acaba.
—¿Su casero?
—Sí. Puede que alguien relacionado con los asesinatos venga a por nosotras y no quiero que esté sola. ¿Podrás no abrir la puerta?
Se le endureció la cara.
—Tú te vienes también.
—Yo cruzo a casa de los López, son militares, ¿recuerdas?
—Patri…
—Acabamos de arreglarlo. No lo jodamos antes de cumplir la regla de los cinco minutos.
Tuvo una pelea entera dentro de la cabeza. Ganó la parte que acababa de prometerme algo.
—El teléfono encendido. Si te llamo, contestas; me da igual si estáis follando.
—Sí, papá, pero no hagas vídeo por si acaso.
Sandra me abrazó con el neceser todavía debajo del brazo.
—Si intentan borrarte, les lanzas a Lluna.
—Tú muérdelos.
—Eso creo que funciona mejor al revés; enviaré a los López y huiré en el primer coche que consiga parar.
—Bien pensado.
Los vi salir. Lluna iba en el asiento de atrás con la cabeza fuera, feliz como solo pueden serlo los perros que no saben nada. Esperé a que el coche desapareciera al final de la calle.
Enfrente, la casa de mis vecinos. La luz del salón estaba encendida; el porche, a oscuras. Era la composición más fea que existía: un hogar despierto y la puerta apagada.
Crucé mirando a un lado y a otro por si me asaltaban. La puerta se abrió antes de que llamara.
Remo me recorrió de arriba abajo. Detrás apareció Rómulo, descalzo y con los rizos todavía húmedos.
—Íbamos ahora mismo a por ti.
—Sé cruzar una calle sola. —Entré—. ¿Qué os ha dicho Yara? ¿Tenéis que llevarme al festival del reset ? Aimara me ha puesto al corriente, se lo ha pedido Samael.
—No pensamos hacerlo —contestó Rómulo, echando la llave—. El Consejo quiere limpiar a todas las humanas que conocen el velo. La manada está avisada, no vamos a abandonarte.
Miré a uno y a otro, aliviada. Hoy estaba previsto que Vega declarara.
—Antes de nada, quiero saber qué ha pasado con vuestra hermana.
Rómulo perdió la sonrisa.
—Declaró esta mañana, con el abogado que le preparó Valerian. Contó la parte humana: la relación con Miguel, El Rastro, el agua que le dio un tío del catering , el dolor y que se marchó al ver a la policía asustada. Entregó la ropa y las muestras. Los análisis tardarán.
—¿La han detenido?
—No. Tiene que estar localizable y no salir de Madrid. Está en casa de mis padres. Mi madre dice que anoche durmió dos horas seguidas y que ahora mismo eso es lo más parecido a una victoria que tenemos.
—¿Y no pueden aliviarla con un borrado?
—Técnicamente, podría hacerse —dijo Rómulo—. Que desapareciera de su historia y de la de todo el mundo, pero es muy difícil que un lobo acepte eso, peque.
—¿Con dieciocho años dijo que no?
—Dijo que ya se lo habían quitado una vez y que no pensaba dejar que fingieran que nunca existió.
Eso me dio justo debajo del pecho.
Hay gente que, a los dieciocho, tiene las cosas más claras que yo a los treinta y dos. Me quedé un rato mirando la cocina sin ver nada.
—Tengo una pregunta para vosotros y llevo dándole vueltas desde hace varios días.
—Dispara —pidió Rem.
—A Vega le salió una marca. A mí no. —Los miré, uno detrás del otro, encuadrados en el mismo plano—. Me acosté con vosotros y decís que me reconocéis como compañera. ¿Por qué no apareció nada? ¿Es porque no lo hicimos a la vez? ¿Y vosotros por qué no la tenéis si os acostáis juntos?
Los dos se quedaron quietos.
—Hemos deducido que es porque nos faltabas —dijo Remo—. Y no nos ha salido porque nos detuvimos.
Traté de entenderlo.
—¿Antes de morderme?
—Antes de cerrar algo que tú no sabías que existía. —Rómulo se apoyó en la encimera—. No basta con el sexo, peque. Ni con desearte como cabrones; con eso tenemos un máster. Follarte es una cosa y vincularnos otra, y esa última hay que elegirla sabiendo lo que es.
—¿Y qué es?
—La mordida. El nudo. Los dos entrando. —Remo se tocó con dos dedos justo debajo de las costillas—. A los tres nos saldría una marca aquí, un nudo celta. Tendríamos una conexión que no se deshace nunca. Nos sentirías siempre, cuando estemos bien y cuando no.
—¿Y por qué no me lo habíais contado?
—Porque no es algo sencillo que se tome con unas birras y en una situación con tanta presión —contestó Rómulo—. No queríamos que nos eligieras con todo esto encima, un asesino suelto y el odio de los que no toleran las relaciones híbridas.
Los miré. A Rómulo, con los rizos hechos un desastre y esa mandíbula que podía trazar de memoria. A Remo, con la pulsera de plata en la muñeca izquierda y la roncha que hay debajo y que nunca se le iba del todo, igual que el recuerdo de su familia.
Rómulo se me acercó y los ojos se le empezaron a llenar de ámbar.
—Cuando lo sepas del todo no vas a poder fingir que hablamos solo de una mordida con sexo.
—Perfecto. —Les cogí una mano a cada uno—.
Entonces contádmelo y, cuando terminéis, no paréis, porque estoy convencida de que quiero completar.
Llevo demasiado tiempo sabiendo que sois lo que siempre querré dibujar.
Me da igual que muchos no lo entiendan; me basta con que nosotros sí. No quiero retrasarlo más.
Me puse de puntillas para besar primero a Rómulo y después a Remo con la palabra tatuada en la lengua.