Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

El hombre que esperaba al otro lado de mi verja fue quien me enseñó a borrar recuerdos.

Yo tenía ochenta años y las manos torpes. Marcellus me sentó delante de un carretero al que había asustado de más y me explicó que la memoria humana es un libro mal cosido: se abre siempre por donde alguien ha insistido. El oficio, dijo, consiste en arrancar la página sin que se vea el hilo.

Cuatro siglos después estaba en mi puerta un domingo por la tarde para comprobar si yo seguía sabiendo hacerlo.

—No —dije al intercomunicador.

Su imagen en la pantalla ni siquiera parpadeó.

—No era una pregunta.

—Entonces tendrás que disculparme. No me apetecen visitas hoy.

Detrás de mí, el pulso de Nina iba a ciento diez. Ese mismo latido había traído a mi tío hasta la verja y acababa de convertir nuestro parentesco en una ristra de erratas impresa después de la tirada.

Marcellus ya olía la sangre, aunque ignoraba cuán profunda era la herida.

—Una marca activa no sobrevive a una intervención rutinaria y la suya se oye desde la calle. Puedes abrir tú o puedo pedir una orden de acceso al Consejo. Créeme, no te gustará.

—Qué emocionante, vuelve cuando la tengas.

—¡¿Qué estás haciendo?! —preguntó Nina, alterada.

—Protegerte.

— Abrí —soltó sin titubear.

Me giré. Seguía descalza, con mi camisa abrochada de cualquier manera y las gafas puestas.

—Sube al dormitorio.

—Ni en broma. No me escondas entre dos páginas hasta que pase el capítulo difícil. —Señaló la puerta—. Quiero oír qué pretende hacer con mi cabeza y después decido a quién mando a la mierda.

Abrí, porque negarme solo habría retrasado el desastre. Además, protegerla no consistía en sustituir sus decisiones por las mías; eso lo había aprendido de Vane. Puñeteras sesiones del G.R.E.I.

Marcellus cruzó el umbral de negro, como siempre. Mi tío llevaba siglos acudiendo a las desgracias con aspecto de haber encargado el luto antes que el cadáver. Dejó el sombrero sobre la consola y su mirada bajó hasta el pecho de Nina. Los colmillos se me desplegaron.

—Vuelve a mirarla ahí y el Consejo tendrá que cubrir una vacante.

—Estoy observando la marca.

—Obsérvala desde más lejos.

Nina se asomó para saciar su curiosidad.

—A ver si lo entiendo. ¿Usted es el tío que va por ahí formateando cerebros?

—Marcellus Varga.

—Ya nos presentaron, por si se ha despistado. Si se le ocurre llamarme Yanina, voy a interpretarlo como un incidente diplomático.

Mi tío tensó apenas la boca. En él, eso equivalía a estrellar una silla contra la pared.

—Una pregunta de control y me marcho. La noche en que mi sobrino le explicó nuestra existencia, ¿qué recuerda?

Ella se colocó a mi lado antes de que pudiera impedírselo, se cruzó de brazos y la señal asomó por los botones desabrochados.

—Todo. Recuerdo que Ciarán es un fae con mal gusto para las alianzas.

Que los López son licántropos a los que les encanta compartir.

Y que Samael es un íncubo al que no le molestó seducir a mi amiga Aimara en sueños, la que, por cierto, le dedicó siete libros; el último todavía no ha visto la luz.

Ah, y que su sobrino lleva varios siglos utilizando la mentira como método anticonceptivo emocional.

¿Le hago un índice o con esto le alcanza?

Marcellus me miró del modo en que se mira un libro valioso al que alguien le ha escrito encima.

—Me dijiste que no conservaba nada.

—Digamos que vuestras leyes no son las mías y me aseguré un pacto de sangre para que él no pudiera contrastar. No soy estúpida.

—La información del velo no te pertenece —la acusó.

—Y a ti no te pertenecen mis recuerdos. No voy a convertirme en una zombi.

Mi tío me buscó.

—Firmaste un informe, Darian.

—Firmé un borrador.

Nina soltó por la nariz algo que en otro contexto habría sido una carcajada.

—¿A quién se lo ha contado? —le preguntó.

—A él, hace diez minutos. Mis amigas siguen creyendo que me dejó la cabeza más limpia que mi bandeja de entrada al terminar la jornada. Lo que hayan hecho o dicho sus sobrenaturales no es cosa mía.

Mentía. Lo sentí en su pulso y detesté que Marcellus también lo estuviera midiendo porque podía interpretarlo. No obstante, iba a defenderla. Nina había cargado sola con eso durante días mientras yo le presumía a Samael de tener la situación controlada.

—Ha convivido con el conocimiento del velo, ha mentido para ocultarlo y ha escuchado una conversación privada sobre el Consejo; debería valer.

—Miente.

—Ahora va a resultar que es el polígrafo de la verdad, oiga. Madonna santa . ¿Por qué no se ofrece al servicio penitenciario español? Las cárceles están saturadas y se lo rifarían.

Él la observó cabreado.

—Apártate y déjame, estás cegado por la humana —me dijo.

—Cuidado, tío. La mayoría de las especies venenosas resultan inofensivas hasta que muerden.

Saqué los colmillos. Él dio dos pasos, no levantó la voz. Yo tampoco, solo siseé.

—No vas a entrar en su cabeza, te lo prohíbo.

—La marca no está asentada, puedo retirar los recuerdos.

—¿Y qué parte de ella piensas arrancar con ellos?

—La que elegiste entregarle y lo que no debiste contarle.

Una respuesta eficiente, honesta y absolutamente inaceptable.

—Sabes tan bien como yo que el Consejo declarará a esta humana una fisura; si no lo hiciera hoy, vendría a por ella mañana. Por lo menos te estoy cubriendo las espaldas —apuntó.

—Qué considerado de su parte. La humana tiene nombre, ¿recuerda? ¿O es que está algo senil? Debe ser por tanta neurona devorada; debe dejarle secuelas. Me llamo Nina. Repita conmigo Ni-na.

Me dieron ganas de reír. A mi tío no le plantaba cara nadie y mucho menos una mujer de metro y medio.

Siguió tratando de ignorarla.

—Tienes una obligación.

—Mi obligación está a mi lado. —Me quedé muy quieto—. Acércate a su mente y vas a averiguar cuánto tarda un vampiro en arrancarle la garganta a otro. Te lo digo con afecto familiar.

Nina me agarró del brazo.

— Mordeme .

—Ahora no.

—Te lo pedí antes de que llegara el tío de los Addams.

—Te he oído —señaló Marcellus.

—Era la intención.

Me volví hacia ella. Sostenía la barbilla alta y debajo de la ironía había miedo, dulce y tentador; pero aún lo era más aquella certeza que latía al fondo, llena de anticipación. La que llevaba días escondiéndome entre provincias italianas y hojas de cálculo.

—No quiero que me elijas porque él esté aquí.

—Te elegí antes de que tocara el timbre. Él solo ha llegado a tiempo para verlo.

—Nina, esto no admite correcciones. Sentirás lo que yo sienta; tus años se acompasarán a los míos y no habrá ceremonia que nos separe después. Es como una boda, pero sin posibilidad de divorcio. Vas a condenarte a estar a mi lado hasta el final.

—¿Todavía creés que no sé lo que estoy pidiendo? Parece mentira que llevemos dos años discutiendo el uno frente al otro.

—Creo que mereces ver qué aspecto tiene el desastre antes de llenar tu biblioteca con el mismo libro.

—No necesito una saga de diez tomos, tres precuelas y un árbol genealógico desplegable para saber lo que quiero en mi estantería y en mi cama.

Llevo dos años leyéndote entre líneas y ahora sé que eres el único que me completa, me reta y me desafía.

Por no hablar de tu aguante sexual. Me quedo con la biblioteca repetida.

Eso me hizo sonreír.

—Las decisiones irrevocables merecen una segunda lectura.

Sus dedos alcanzaron los botones de mi camisa. Abrió los justos y apartó la tela hasta descubrir la cicatriz pálida sobre su corazón, y no hubo en el gesto nada que se pareciera a la seducción. Fue el gesto de quien esta decidida a cerrar el contrato.

—Y hay gente que lleva dos años subrayándote la misma frase. Dejá de corregirme y firmá , Pátula. Que a tito Marcello le quede claro que lo nuestro va en serio.

Un vampiro puede morder muchos cuellos a lo largo de su vida. El corazón lo entrega una sola vez y yo quería entregárselo a ella sobre todas las cosas.

Le puse una mano en la nuca y la otra encima del latido que nos había delatado.

—Dime lo que quiero escuchar.

—Te elijo a vos , Darian. Por encima del Consejo, del asesino y de familiares inoportunos. Con los colmillos, las mentiras que pienso cobrarte y esa manía de mierda de protegerme hasta de mis propias decisiones. No quiero una versión corregida. Te quiero entero. Mordeme y hazme tuya.

Me coloqué entre ella y mi tío para taparla de su mirada y mordí sobre la marca antigua con ganas de hacerla mía para siempre.

La primera vez había sido casi un accidente, precipitada y llena de incertidumbre.

Esta se abrió despacio, igual que una puerta a la que alguien había engrasado los goznes por dentro, y cuando el vínculo terminó de asentarse su pulso dejó de sonar en mi cabeza para latir en el mismo sitio que el mío.

A ella le llegó mi lado del hilo.

La noté tantear el vínculo, buscarme al otro lado, mientras enredaba sus dedos en mi pelo, y supe el momento exacto en que lo alcanzó, porque se le escapó el aire de golpe, además de un jadeo.

Escuché a Marcellus darse la vuelta.

—¡Por el amor de Dios!

Lo primero que Nina sintió de mí no fue deseo. No fue hambre, ni posesión, ni ninguna de las cosas que su especie lleva doscientos años escribiendo sobre la mía.

Fue miedo. Tres días midiéndole el pulso cada cuarenta segundos por si dejaba de sonar. El vértigo de calcular décadas a su lado y saber que iban a parecerme pocas. La culpa de haberle robado la única noche en que ella me ofreció algo que yo no tuve el valor de pedirle.

Hundió los dedos con mayor fuerza en mi cuero cabelludo.

—Estabas aterrado —murmuró cuando retiré los colmillos y pasé la lengua para sellar.

Apoyé la frente en la suya.

—Sigo estándolo.

—Normal, eres un anciano y yo un chupito de colágeno en vena.

Marcellus lo intentó entonces. Lo noté empujar contra ella, buscar la costura del libro mal cosido, y lo noté resbalar. Ya no quedaba ninguna página que arrancar sin llevarse el lomo entero.

Nina ni siquiera se dio cuenta o, si lo hizo, pasó.

—Acabas de convertirla en una fisura permanente.

Le abroché la camisa con unas manos que todavía no me obedecían del todo.

—Acabo de convertir su decisión en algo que tú no puedes borrar. No es lo mismo, tío. Anótalo bien, que vas a tener que leérselo a siete personas. Yanina Goffi es mi mujer, le pese a quien le pese.

—Has comprometido tu lealtad al velo.

—Mi lealtad llevaba meses perteneciéndole a ella. Hoy solo lo he puesto por mordida.

Marcellus recogió el sombrero de la consola y se lo colocó con dos dedos en el ala. Por un segundo, uno solo, me pareció que lo que le cruzaba la cara no era rabia, sino respeto.

—Tendré que informar esta noche, irán a por ti.

Puse la palma sobre el corazón de Nina. Su latido contestó al mío.

—No tendrán la puerta abierta. De ninguno de los dos.

Esperé a que saliera y a que la verja se cerrara. Después miré a la que, a todos los efectos, era mi mujer. Se ajustó las gafas y me miró con mi pulso dentro.

— Allora . ¿Vamos a por la tarde de bodas o necesitas descansar?

—Contigo como esposa, he borrado la palabra descanso. —La cogí en brazos—. Prepárese, señorita Goffi, esto solo acaba de empezar.