Capítulo 40
El problema de acostarse con un vampiro que te había marcado no era que te leyera la mente, sino el pulso. Y el pulso, muy amablemente, delataba todo lo que una lleva días guardándose.
Mi solución fue de una elegancia discutible.
Cada vez que Darian se acercaba demasiado, yo recitaba mentalmente las provincias italianas por orden alfabético, la receta de la salsa de mi nonna o la lista de proveedores del último trimestre.
Con eso el latido se me quedaba plano y él no encontraba nada raro al otro lado.
Durante el sexo era más fácil. Ahí mi cabeza se llenaba de su boca, de sus manos y de distintas maneras de pedirle que me follara sin perder del todo el orgullo, y no quedaba sitio para meter un «por cierto, stronzo , no me borraste una mierda».
Tres noches llevábamos así.
Tres noches acostándonos. Tres días discutiendo por cualquier pavada para no discutir por lo importante. Tres días en los que ese hombre me había besado cada centímetro del cuerpo y había esquivado mi cuello con la disciplina de un santo.
Eso último había empezado a dolerme en un sitio que no puedo señalar sin parecer una loca con síndrome de abstinencia vampírica.
Y seguía enfadada. Muchísimo, porque, tras hacerle lo que fuera a mi no cita —estaba segura de que algo le había hecho a @mordisquitosardientes—, me trató con un cuidado exquisito, que es una forma bastante incómoda de odiar a alguien.
Yo quería castigarlo, exigirle explicaciones y tirarle a la cara una de las primeras ediciones que tenía en esa orgásmica biblioteca.
También quería volver a sentir su boca cerrándose sobre mi piel mientras me penetraba.
Una contradicción preciosa, muy madura, todo lo que estaba bien en el mundo mundial de Yanina Goffi.
El domingo por la tarde estaba en su cocina con una camisa suya, mis gafas y el termo que me traje el viernes tras ponerle suficiente comida y agua al gato, pensando que aquello sería una noche.
Nadie me había movido de su encimera porque decía que el desayuno era la comida más importante del día y lo quería entre mis piernas.
Nadie había preguntado hasta cuándo, ni yo misma lo hacía tras gritar su nombre en cada orgasmo.
Leí por cuarta vez los mensajes del Bookelarre.
Dos muertos más. Elena Mora, que para el resto del mundo era una desconocida y en mi cabeza había sido siempre la nueva pareja de Javito, y Caedmon Morcant, que le ofreció a Sandra el contrato de su vida cuarenta minutos antes de que alguien decidiera que no lo firmaría jamás.
Y sobre la mano de Elena habían dejado un colgante de dragón de la caja del reencuentro.
Cincuenta unidades numeradas de merchan exclusivo con piezas de joyería.
Esa lista la hice yo, en un Excel llamado ENVIOS_ESPECIAL_def_definitivo_ESTE_SÍ.
Era cuestión de horas que Lucía me lo pidiera a petición de la investigación.
Tendría que haber estudiado criminalística y pedirme un despachito nuevo en la comisaría.
Entre polvo y polvo había hecho una tabla. Lo típico, alguien se muere y yo abro una hoja de cálculo, porque una columna te dice qué hacer y un muerto no puede hablar.
Sandra salió de Lumen después de declarar, como la gran mayoría de los invitados.
Ciarán le pidió que regresara a casa de Patri, montando un dispositivo digno de una ministra para que no estuviera sola, porque a él le dio por irse a la de sus padres.
Y Sandi estaba allí con Lluna, una bolsa de ropa y preguntas suficientes para abrir una comisión de investigación.
Yo les dije que comprobaran dos veces que la puerta estuviera cerrada y una tercera que el móvil de Sandra tuviera batería. Lo que me tranquilizaba era que los López estaban montando guardia y nadie se acercaría a mearles la esquina.
Todo controlado.
Mentira.
Darian entró en la cocina con el pelo húmedo y el teléfono en la mano.
—Un minuto y estoy contigo; necesito atender la llamada.
—¿ Necesitás intimidad para atender a los de Vodafone?
Se detuvo una fracción de segundo.
—Es… personal.
Y se encerró en la biblioteca.
«¿Personal?».
Yo podría haber respetado su intimidad si no hubiera sonado a «me está llamando una fresca de Umbral».
Fui detrás con la excusa de recuperar mi taza, que llevaba desde el viernes en la mesa auxiliar. La puerta no había quedado cerrada del todo.
—Vane —dijo Darian al otro lado.
Silencio.
—¿Cómo que lo ha determinado el Consejo?
Me quedé inmóvil.
—Un borrado no arregla lo que pasó en Lumen. Si Marcellus mete a Patricia en esa lista, la manada se le echará encima.
Otra pausa.
—Ya, ya me imagino que Yara estaba de acuerdo.
—Por supuesto que a Marcellus solo le faltó levantar la mano; le encantan estas cosas —bufó.
Y entonces lo dijo.
—Sí, puedes estar tranquilo; mi situación está controlada. Nina no recuerda nada de aquella noche. No, no voy a cagarla.
Se me incendió hasta el apellido.
Tardó un minuto más en colgar. Lo esperé sentada en el brazo del sofá, con una serenidad tan falsa que merecía nominación a los Goya.
—¿Quién era?
Dejó el móvil boca abajo.
—Un asunto de la editorial.
Lo miré por encima de las gafas.
—Claro. En Vetusta llamamos «Consejo» a la junta directiva, «borrado» a corregir galeradas y «Marcellus» a la chica de contabilidad. ¡Estoy hasta el mismísimo Etna de que me mientas! Y lista para escupirte lava y arrasarte como un volcán.
Su expresión no cambió.
—¿Estabas espiando? ¿Cuánto has oído?
—Lo suficiente para saber que volvés a mentirme a la cara después de pasarte tres noches metido entre mis piernas, y así no se gestionan las cosas, Blake, no conmigo.
—No entiendes el contexto.
— Explicámelo , entonces. ¡Qué concepto tan revolucionario para ti, hablar sin mentir! Vos , que corregís hasta las comas ajenas, probá a construir una frase entera que contenga solo certezas.
—Yanina…
—¡Nina! Es que no lo entendés , pedazo de stronzo . Estoy harta de hacerme la estúpida. No me borraste nada, na-da. Lo recuerdo todo. Las revelaciones, el velo, los colmillos retráctiles, el mordisco en la teta, la maldita marca del pulso —bufé, desatada.
Darian se quedó completamente quieto.
No parpadeó, no respiró y, por debajo de toda esa arquitectura de siglos, se le cayó la cara despacio, igual que a una fachada a la que le retiran los andamios. Lo que había ahí abajo no era enfado. Era miedo.
—¿Qué has dicho?
—Que lo recuerdo todo, idiota. Recuerdo lo que me explicaste sobre Ciarán, los López, Samael y el resto. Recuerdo cómo entraste en mi cabeza doce minutos después de habérmelo explicado, y recuerdo nuestro pacto de sangre. Toc, toc, ¿te suena?
Cruzó la habitación tan rápido que no lo vi moverse. Se agachó delante de mí y me sujetó la cara con las dos manos.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio; te lo acabo de decir.
—Te noto —dijo, y sonó a acusación y a súplica en la misma frase—. Te noto el pulso; habría notado esto.
—Provincias italianas por orden alfabético. Agrigento, Alessandria, Ancona, Aosta. No sabés la cantidad de albaranes que he repasado con vos desnudo delante.
—Anoche no pensabas en albaranes.
—Anoche estaba ocupada y la distracción era excelente; hoy no me lo parece tanto.
—¿Me dejaste tocarte sabiendo lo que había intentado hacerte?
—No vuelvas a decidir por mí, ni siquiera para reprocharme mis decisiones.
Quise acostarme con vos porque me truncaste la cita con @mordisquitosardientes y una tiene necesidades.
Estaba enfadada y caliente, y las mujeres podemos sostener dos emociones a la vez sin que se nos funda el sistema operativo.
—¿Seis veces?
—Las que hagan falta. La ducha no cuenta. Hubo dificultades logísticas.
Le temblaban los pulgares sobre mis pómulos. Un hombre de quinientos años. ¡Por el amor de Lestat y Drácula!
—¿Has tenido lagunas? ¿Dolores de cabeza, sueños que no reconozcas?
—No me hagas un triaje ahora que no eres médico; estoy bien. Cabreada, pero bien. —Le aparté las manos—. Y ese no es el punto, porca miseria . El punto es que has seguido con tus bulos y no me has vuelto a morder, y algo dentro de mí me dice que lo necesito.
Se distanció, caminó hasta la ventana sin llegar a mirar por ella. Tres días con la casa entera a su disposición y había elegido el único sitio donde no cabíamos los dos. Yo no podía parar de reprochar.
—Cada vez que tu boca llega a mi cuello y frenás , yo entiendo que te arrepentís —seguí—.
De mí, de aquella noche, de haber perdido el control una vez en quinientos años.
Y la marca late cuando te acercás y tira cuando te vas.
Ya sé lo que hiciste, Darian. Sé que no me ataste a mí, que te ataste vos .
Me lo dijiste y después me lo robaste. ¡¿A qué carajo juegas en esa maldita aplicación? !
—Eso no fue idea mía, ¿vale? Yo no quería; fueron ellos. Querían probar una teoría y, después, cuando te vi… —Se dio la vuelta—. Por eso te apuntaste, no por esos memos, por mí…
—Pfff, no te hagas estacas mentales.
Él sonrió y se acercó de nuevo.
—Ay, Nina, si es que no me entiendes, todo ha sido siempre por ti.
— Explicame ese salto lógico, porque a mí no me sale.
—Morderte otra vez habría sido usar una elección que tú ya no recordabas haber tomado y tener que romper el pacto de sangre para el borrado.
Ahí se me cayó media guerra al suelo. Me quedaba la otra media, que todavía daba para un conflicto europeo de tamaño mediano.
—¿Y qué pasa si la tomo ahora? Sabiéndolo. ¿Y si acepto la marca? Me importan bien poco los sobrenaturales y el velo. ¿Y si lo que de verdad me apetece es estar contigo comiéndonos como animales aunque dentro de unos años yo parezca una pasa y tú, un jovenzuelo de cuarenta y cinco?
Una sonrisa burlona apareció en sus labios y me cogió la cara.
—Si aceptaras la marca del pulso, dejaría de ser mía y pasaría a ser nuestra.
Me preguntaste si había una forma de convertirse; hay algo así.
La marca se asienta, tus años empezarían a acompasarse a los míos y me sentirías igual que yo te siento a ti, aunque nunca te crecerían colmillos.
—Bajó la voz—. Y ya no habría manera de deshacer nuestra unión. Ni para ti ni para mí.
—¿Y si rechazo la opción?
—Poco a poco se va disolviendo con el tiempo.
—¿Y vos quedás libre?
Se le tensó la mandíbula.
—Solo si lo deseo, y debo pasar por una ceremonia ritual que dura varios días. No es muy agradable.
—¿Eso querés ? ¿Librarte de mí?
—Quiero que estés viva. —Se acercó—. Llevo siglos borrando recuerdos sin dudar y contigo no fui capaz de hacerlo sin sentir que me arrancaba algo.
¿Crees que he evitado morderte porque no te deseo?
¿Porque no quiero que seas mía por encima de todas las cosas?
He evitado hacerlo porque cada vez que te tengo debajo necesito acordarme de que tu vida importa más que lo que yo quiera.
No he querido convertirte en objetivo de un asesino y mucho menos convertirte en algo que tal vez no deseas.
Estar entre dos mundos no siempre es positivo; hay muchos detractores.
—¿Por qué?
—Porque nunca serías una vampira; solo una humana longeva, una resistente al borrado, una testigo permanente del mundo sobrenatural, y mi lealtad quedaría ligada a una persona por encima del velo, del Consejo y de los míos.
—¿Podrían querer aniquilarme?
—Le arrancaría la garganta a quien se metiera contigo. No va a haber nadie a quien quiera proteger con mi vida más que a ti. Nunca.
Tragué saliva con esfuerzo y él miró el lunar de mi cuello.
—Eso ha sonado peligrosamente a que estás enamorado de mí.
Me quitó las gafas, las dejó sobre la mesa y apoyó la frente en la mía.
—Estoy enamorado de ti desde mucho antes de morderte. La marca solo tuvo la mala educación de volverlo imposible de negar.
Me temblaron hasta las rodillas. Lo agarré de la camisa para que no se me notara.
—Entonces, mordeme de nuevo; quiero sentirlo.
Se le oscurecieron los ojos.
—Si lo hago ahora, si aceptas la marca conscientemente, tus recuerdos quedarán anclados a mí. Ni Marcellus podría tocarlos sin destrozarnos a los dos.
—Me parece una forma excelente de disuadirlo. Si tengo que convertirme en objetivo, que sea contigo.
—El Consejo podría declararte una fisura permanente en el velo.
—El Consejo puede hacerse una lista, enrollarla muy despacio y metérsela por…
El timbre sonó en toda la casa con insistencia.
Darian levantó la cabeza y lo vi acariciar los colmillos con la lengua.
La pantalla de seguridad se encendió sobre el escritorio. Un hombre alto, de negro, con un sombrero calado esperaba al otro lado de la verja.
Darian se colocó delante de mí.
El intercomunicador cobró vida solo.
—Abre, sobrino. El Consejo quiere que compruebe un borrado y el latido de la marca me ha traído hasta aquí; sé que está contigo.