Capítulo 39
Los altos fae enterrábamos de blanco.
Decíamos que era el color de lo que vuelve a la tierra sin deudas. Caedmon Morcant dejaba un cadáver, una corte sin heredero varón y demasiadas incógnitas para caber en una ceremonia.
Me ajusté el broche de plata de la capa funeraria en la galería privada de mis padres. Por los ventanales entraba el olor del jazmín nocturno del jardín, el mismo que llevaba cuarenta y tres horas metido en mi ropa, en mis manos y en cada intento de dormir alejado de Sandra.
El mismo de la terraza de Lumen.
Permanecí junto a Elowen casi toda la noche por protocolo. Su mano descansaba en mi antebrazo con la firmeza de una esposa que todavía no lo era, y trescientas personas nos miraban interpretar una alianza que nadie se atrevía a llamar por su nombre.
Debería estar admirando su belleza etérea y, sin embargo, no podía apartar la vista de Sandra.
Vestido negro, labios rojos, y esa risa que le salía cuando alguna de las personas que la rodeaban decía algo inconveniente. No me hacía falta oírla para saber cuándo era de verdad: echaba la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos y se olvidaba durante dos segundos de que existía público.
Caedmon también lo notó.
Se acercó a su grupo, habló con ella mientras los demonios se me llevaban, le dijo algo al oído y le tendió la mano. Sandra dudó antes de aceptarla. Él me sostuvo la mirada mientras la conducía a la pista.
Conocía a mi futuro cuñado; aquello no era deseo, era un guante lanzado con modales.
Su mano bajó por la espalda de Sandra y se instaló un centímetro por debajo de donde debía. Las escamas me subieron por la columna, bajo la camisa, sin pedir permiso, encendiendo a mi dragón.
—Controla tus bajos instintos —murmuró Elowen sin alterar la sonrisa—. La miras como un animal en celo. Me estás poniendo en evidencia y das asco.
—Si te doy asco, suéltame el brazo; así ganamos los dos.
Sus dedos se cerraron un grado más.
—Dentro de unas semanas serás mi marido.
—Eso no te convierte en mi dueña.
—A ella tampoco.
No contesté, porque no podía decirle que ya lo era. Sandra acababa de separarse de Caedmon con una sonrisa de compromiso. Ella se dirigió hacia la cristalera de la terraza.
—Discúlpame, necesito que me dé el aire.
—No pienso hacerlo.
No le respondí. En cuanto salí la busqué. La encontré apoyada en la barandilla, con Madrid entero bajo sus tacones y los brazos cruzados.
—Bonitas vistas.
—Si vienes a marcar territorio, ahórratelo.
Era absurdo disimular con ella. Me pegué a su espalda para murmurar en su oído:
—No vuelvas a bailar con Caedmon.
Entonces sí se giró. No me desplacé ni un centímetro.
—Siete segundos. Tu récord dando órdenes, felicidades.
—No es un hombre seguro.
—Su hermana lanza mastines contra una mesa, y llevas toda la noche paseándola del brazo a modo de trofeo. Él puede pasearme a mí.
—No es lo mismo.
Ardía por dentro al imaginarlos juntos.
—Ya lo creo que no. Yo he bailado una canción de tres minutos.
—Tres canciones.
—Eso da lo mismo, tú te vas a casar con ella, yo no.
Dos parejas salieron a la terraza. Le sujeté la muñeca y la llevé detrás de la instalación de páginas doradas que giraba alrededor del logotipo de Lumen. El pedestal y una celosía cubierta de jazmín nos escondieron de la puerta.
Sandra se soltó de un tirón.
—No puedes exigirme nada. Tú y yo follamos hasta que necesité una campaña de Aquarius para recuperar mis electrolitos y luego volviste a calzarte la corona invisible. Nunca he sido la otra en mi vida y no pienso estrenarme a los cuarenta y uno. Hemos terminado.
—No eres la otra.
Avancé hasta que su espalda se topó con la pared.
—Pues, si no lo soy, explícame por qué no deshaces tu compromiso, porque no lo entiendo.
—Es muy difícil, Sandra.
—Has dicho difícil, no imposible.
Le cogí la mano y la apoyé en mi pecho, donde mi naturaleza latía más fuerte que el resto de mí.
—Necesito que entiendas lo que supones para mí. La cola no aparece porque pierda el control en la cama. En mi linaje, la forma dracónica se manifiesta cuando un fae reconoce a su pareja verdadera. Ocurre una vez. Con una sola persona, no se ensaya, no se finge y no se retira.
Su mano se quedó quieta y se mordió el labio.
—Elowen lo entendió en cuanto nos vio —seguí—. No reventó tres metros de cristal por celos de cama, que íbamos a acostarnos lo tenía asumido. Reventó el cristal porque vio que yo acababa de entregarle a una humana lo único que ella llevaba cuatro mil años esperando por derecho.
—Tu cola te salió conmigo… —murmuró.
—Salió contigo.
—¿Y eso qué significa? —le falló la voz en la última sílaba.
Ninguna frase me había costado tanto.
—Que mi naturaleza te eligió antes de que yo me diera permiso para nombrar lo que siento.
He visto sucederse muchos imperios y no recuerdo el nombre de sus reyes, pero sí recuerdo que le hablas a la perra en catalán cuando estás cansada, que ordenas los libros por colores y luego juras que fue por altura.
Que los jueves roncas. —Le rocé con el pulgar la mancha del cuello—.
Un dragón no ama, Sandra, o al menos no como los humanos entendéis el amor.
Un dragón acumula y afianza. Y yo llevo todo este tiempo atesorándote entera, sin permiso y sin saber cómo se devuelve eso.
Antes de ti, la eternidad era una medida; ahora es una amenaza: demasiados años con la posibilidad de no oírte hablar.
Le temblaba la barbilla. Aguantó como aguanta ella, apretando los dientes y fingiendo que le molestaba el exceso de aire en los ojos.
—¿Entonces por qué te casas con ella? ¿Por una corona absurda? ¿O porque sabes que yo me voy a morir y tú vas a seguir aquí?
Me fallaron las palabras.
—Es eso —susurró—. Sabes que voy a morir.
Mi corazón golpeó con violencia; le tomé el rostro.
—Es justo lo contrario, quiero impedirlo.
Ella frunció el ceño.
—¿Quieres convertirme en inmortal?
—La familia de Elowen custodia el libro de Las Primeras Formas y los archivos que nacieron de él.
Si no me vinculo con ella, no puedo consultarlo.
Una vez me case, podré entrar en la cámara.
Si existe una forma de unir tu vida a la mía sin romper lo que eres, está en esa cámara; además, podría eliminar esa enfermedad que ambos sabemos que tanto te preocupa.
—Ella se encogió mientras le sostenía la cara con las dos manos—.
No pienso enterrarte; haré cualquier cosa.
Me mata pensar en un martes cualquiera de este mundo en el que tú ya no estés.
—¡Mierda! —pronunció antes de agarrarse a mi cuello para coger impulso y lograr que yo bajara la cabeza para besarme llorando.
La subí al pedestal. Le abrí las piernas con la rodilla, me metí entre sus muslos y dejé de contar los cientos de personas que respiraban al otro lado de la celosía. Mi cola emergió para enroscarse, subir por su pierna y comenzar a acariciarla.
—Si quieres que pare…
—Como pares, te tiro por la terraza.
Le mordí el cuello justo debajo de la mancha, donde sabía que se le agarrotaba la voz. Sandra soltó el aire por la nariz y me tiró del pelo hacia atrás.
—Calladita —susurré contra su piel—. Hay una orquesta y no toca lo bastante fuerte para silenciarte.
—Pues dame motivos flojos.
Le abrí el vestido lo suficiente. Ella me abrió el cinturón con una impaciencia que me despertó al dragón bajo los omóplatos, y todavía tuvo tiempo de meterme la mano dentro y apretar, sabiendo muy bien lo que hacía.
—Sandra…
—Ahora el que va a tener que estar calladito eres tú, majestad.
Le aparté el encaje con dos dedos. Estaba empapada, caliente, temblando de rabia y de otra cosa, y el sonido que hizo cuando la toqué y mi cola la penetró me arrancó de la boca algo que no pertenecía a ningún príncipe.
Entré en ella y las luces de Lumen se apagaron.
Toda la planta se fue a negro a la vez. Sandra ahogó el gemido en mi boca y se agarró a mis hombros con las uñas. La oscuridad se tragó la terraza, el cristal, la celosía y el riesgo entero.
Debí apartarme. Debí cubrirla, sacarla de allí y comportarme como lo que se supone que soy. Sin embargo, la sujeté por las caderas y empujé más hondo mientras ella me masturbaba.
Dentro del edificio empezaron las voces.
Alguien pidió calma con ese tono que consigue justo lo contrario.
Se rompió una copa. Las pantallas de los móviles se encendieron al otro lado del cristal como luciérnagas asustadas y ninguna alcanzaba la esquina donde yo tenía a mi mujer abierta sobre un pedestal.
—Ciarán… van a salir…
—Que salgan, no voy a parar hasta que te corras para mí.
Le tapé la boca con la mía. Sandra me mordió la palma y siguió moviéndose contra mí, buscándome, tirando de mi camisa hasta que oí ceder una costura. Las escamas me subieron por la espalda y, esta vez, no las empujé hacia dentro. Ella las notó bajo los dedos y me clavó las uñas entre ellas.
—Sí… así, así, no pares.
—No pienso parar en toda mi vida.
Se rompió entera contra mi cola mientras mis dedos rozaban el clítoris con ahínco.
Sentí el temblor desde las rodillas hasta la garganta, el arco de la espalda, el modo en que dejó de sostenerse y me dejó sostenerla a mí.
Solté un gruñido contra su pelo y la seguí, con Madrid a oscuras a nuestros pies y el jazmín pegándosenos a la ropa.
El primer grito llegó mientras yo todavía estaba dentro de ella.
Sandra rio contra mi hombro, con la voz destrozada.
—Se ha ido la luz de todo el edificio y nosotros aquí, dándole de nuevo a las escamas. Somos horribles.
—Somos discretos.
—Eres un desastre con corona.
Volvió la luz. Le bajé el vestido, le coloqué un mechón detrás de la oreja y le besé la frente sin ninguna prisa, porque durante ocho segundos exactos el mundo me pareció un sitio habitable.
Miró el destello del anillo, después a mí, con los ojos empañados en lágrimas, y supe que tenía que sacarme ese metal de ahí.
Después llegó el segundo grito y el hechizo se rompió.
Lo que vino luego no podría olvidarlo jamás.
La puerta de la galería se abrió sin aviso. Mi padre entró vestido de blanco, impecable, con el aspecto de un rey que acaba de encontrar una ventaja y no de un hombre que acaba de perder a un casi familiar.
—Hoy he tenido una reunión con el Consejo. Es preciso que comprendas lo que cambia esta muerte.
—Han asesinado al heredero de la Corte Oscura; lo comprendo bastante.
—Piensas como un investigador. Esa mesa se ha pasado cuatro horas calculando qué gana nuestra casa. Ha concluido que demasiado.
Lo contemplé tratando de entender sus palabras.
—Elowen no puede ocupar el lugar de su hermano; los estatutos no le permiten reinar.
—Se ajustó el puño de la camisa—. Su marido se hará con todo tras las nupcias, porque, como es costumbre, tanto Morcant como yo deberemos abdicar en vuestro favor tras el enlace.
Dos cortes bajo un único soberano. No hay precedente en toda nuestra historia.
—Caedmon no está enterrado y tú ya has repartido su corona.
Reí sin humor.
—Una corona vacía no guarda luto, Ciarán; provoca guerras.
—Pareces entusiasmado.
—Veo una oportunidad de estabilizar las cortes; nunca me ha gustado cómo esa familia hacía las cosas.
—¿Lo mataste tú?
Una línea azul le recorrió el interior de los iris.
—Vigila lo que dices.
—No has respondido.
—Y no volverás a preguntarlo; sigo siendo tu rey y tu padre.
Los fae no podíamos mentir. Tampoco estábamos obligados a aliviarles las sospechas a nuestros hijos.
Si él no había intervenido, cosa que quedaba por ver, quedaba ella, la segunda persona que más ganaba con el fallecimiento de su propio hermano.
Elowen me debía información sobre el libro y yo sabía que me pediría un favor fae que, con total probabilidad, había estado maquinando durante siglos.
Cuatro cortes gobernaban a los nuestros. Con dos bajo mi mano, me bastaría una tercera para reformar los estatutos. Y una de las casas reinantes solo había tenido hijas: su rey firmaría cualquier cosa que permitiera heredar a una mujer y otorgarle la corona por derecho de nacimiento.
Elowen no quería un marido; quería que la coronara reina por derecho propio.
La muerte de Caedmon la había acercado al trono, me había empujado al altar y le había puesto a mi padre una ambición del tamaño exacto para ensuciarse las manos.
Todos esperaban que aprovechara aquel cadáver.
—En el funeral estarás junto a Elowen —ordenó mi padre—. Las cortes deben ver unidad. Después hablaremos de adelantar la boda.
—No voy a adelantarla más.
—Eso ya lo veremos.
Callé porque no era momento de seguir hablando.
Estaría donde correspondía, observaría y no diría una palabra hasta saber cuál de los dos había convertido una muerte en mi coronación.
Necesitaba entrar en el archivo, sacar el maldito libro y romper el compromiso antes de que Elowen reclamara su favor. Necesitaba encontrar al asesino antes de que la Corte Oscura usara la sangre de su heredero para empezar una guerra.
Necesitaba un plan. Y, sobre todo, tiempo.
Mi padre acababa de dejar claro que el tiempo ya no me pertenecía.