Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 38
68%

Capítulo 38

El centro de la sala del Consejo no tenía silla.

No era un descuido. Aquella gente podía enterrar un cadáver y convertir una fisura del velo en una fuga de gas con nota de prensa; jamás olvidaba un mueble. Si te dejaban de pie dentro del círculo era porque esperaban que obedecieras o que firmaras una condena durante siglos.

Mi historial con ambas opciones era mejorable.

Helena Varcázar presidía con las manos enlazadas sobre la mesa.

A su derecha, Marcellus y Valerian componían una alegoría de la muerte con presupuesto para trajes hechos a medida.

Bruna sujetaba el bastón entre las rodillas y Yara ni se había quitado la chaqueta.

Ereshkiel sonreía; los demonios de pactos sonríen en entierros, ejecuciones y firmas de almas.

Aodhan Ashveil ocupaba el asiento fae , de riguroso negro y sin moverse. Era el único al que la muerte de Caedmon Morcant le colocaba una segunda corona en el árbol genealógico y eso, en el Consejo, merecía ser mirado de cerca.

—Bruna —ordenó Helena.

La bruja dejó dos placas de cristal sobre la mesa. En una había polvo dorado, con esa alegría barata de la purpurina de fiesta. En la otra, una arenilla oscura. Era consciente de que no estaba aquí para una fiesta Holi .

—En ese despacho se liberaron dos sustancias. La primera es polvo de hada auténtico: cuatro gramos en veinte metros cerrados. A una humana le cierra las vías respiratorias en tres minutos y no deja nada que un forense sepa nombrar.

Bruna señaló la segunda placa con la punta del bastón.

—Esto era para Morcant. Hierro molido hasta quedar más fino que la harina. Cada bocanada le contaminó la magia y le impidió transformarse.

—La mujer murió en dos minutos —añadió Valerian—. Él tardó algo más.

Bruna levantó los ojos hacia el asiento fae .

—No soltaron dos venenos a ver quién caía primero. Adaptaron cada sustancia a su destinatario. Quien preparó esa habitación sabía exactamente qué era Caedmon y cómo aniquilarlo.

Valerian giró la tableta. Un carro de flores blancas junto a una pared.

—Colocado a las siete. El aire acondicionado llevaba tres horas trabajando encima cuando ellos subieron. Nadie pregunta qué hace un carro de flores en un edificio donde hay una fiesta.

—¿Rastro mágico? —preguntó Yara.

—Ninguno. El aparato del cuadro eléctrico se compra en un bazar y, cuando se fue la luz, estimamos que la puerta se trabó desde el pasillo. La ejecución parece humana de principio a fin.

—Parece —anoté—. Y quizá eso sea lo que se busca: todos sabemos que la Corte Oscura tiene un libro que contiene las debilidades de todas las especies y no le caen muy bien los humanos.

—Un fae no manipula hierro molido durante horas sin dejarse media mano en el intento —apostilló Aodhan.

El silencio que siguió podría habernos aplastado a todos.

—Entonces no fue un fae . Tampoco es que un humano pueda conseguir polvo de hada —concluyó Marcellus con alegría.

—Eso, o lo hizo uno con dinero suficiente para comprar unas manos que no fueran las suyas —matizó Yara sin mirar al resto.

Valerian pasó a una ficha de inscripción con una casilla marcada.

—Un detalle sin explicación: Mora había declarado una intolerancia alimentaria; podrían haberla intoxicado.

—El asesino pudo mirar su ficha médica y decidir no usarla —aclaré—. Eso no se hace por prudencia, sino cuando ya tienes algo mejor, te sobra tiempo para elegir y quieres lanzar un mensaje.

Hasta esa noche solo habían muerto humanos que se acercaron demasiado a nosotros, y eso permitía al Consejo sostener la ficción de que el problema quedaba fuera del velo, aunque estuviese comprometido. Caedmon había roto el patrón.

—Hemos estado investigando homicidios humanos con implicaciones sobrenaturales —comentó Helena—. Desde anoche se ha convertido en un ataque contra los nuestros que no toleraremos.

—La muerte de Morcant altera la sucesión de la Corte Oscura.

Lo pronuncié con tranquilidad observando las reacciones de todos.

—La destroza —corrigió Ereshkiel con satisfacción profesional—. El linaje recae ahora en su hermana, que hereda la corona y no puede reinar por las propias leyes fae .

—Unas leyes que me parecen desfasadas, si se me permite decirlo —añadí sin apartar la vista del padre de Ciarán.

Aodhan movió apenas la barbilla.

—La corona pasará a través de ella, no se posará sobre su cabeza.

Qué manera tan fae de explicar que hasta a sus mujeres poderosas les hacía falta un hombre para ponerles el pie encima.

—Elowen está prometida con Ciarán —entrelazó los dedos Marcellus—. Si la boda se celebra, el hijo varón de ambos será rey de la Corte Oscura llegado el momento.

—Y mientras, las dos cortes quedarán bajo un mismo soberano —comunicó Ereshkiel—. Su hijo sería el fae con más poder político que haya existido y la casa Ashveil se quedaría los dos tronos sin conquistar ninguno. Usted estuvo anoche en la fiesta, ¿no es cierto?

Todas las miradas se fueron al asiento de Aodhan. El rey no se inmutó.

—¿Me estáis acusando de matar a Caedmon para sentar a mi hijo en su trono?

—Estamos estableciendo quién se beneficia —respondió Helena.

—Su familia tenía acceso al evento —señaló Yara—. Y estaba Ciarán; se rumorea que no se llevaba demasiado bien con su cuñado.

—Y conocía la naturaleza de Morcant y sus debilidades —añadió Bruna—. Que fueran de facciones distintas pudo ser un detonante.

Aodhan los recorrió uno a uno. Al llegar a mí, alcé una ceja.

—A mí no me mire; hoy solo soy la decoración amenazante.

Regresó a Helena.

—No lancéis injurias y calumnias sobre mi hijo. Abaddon también estaba en la fiesta y no he visto que se lo nombrara.

El nombre cayó sobre la mesa y algo muy viejo se removió bajo mi camisa. ¿Qué narices hacía esa serpiente allí?

—¿Lo vio? —pregunté.

—Es difícil no hacerlo. Varón muy alto, ojos verdes inusuales, dos mechas rojas. Cuarenta minutos junto a una columna, mirando los ascensores, con una copa que no se bebió. Desapareció varios minutos antes del apagón.

—¿Y no informó? —Valerian ya tenía la mano sobre la tableta.

—¿Por qué? Estar de pie en un vestíbulo no es delito y, cuando lo vi, no había muerto nadie. Desde que entré aquí habéis dedicado más tiempo a repartiros mi culpabilidad que a preguntarme qué vi.

No podía mentir. Eso no convertía sus frases en la verdad completa.

—¿Dónde estaban su hijo, Elowen y usted durante el apagón? —preguntó Valerian.

—Ciarán había salido a tomar el aire. Yo, junto a mi mujer. Hablaba con algunos inversores. De Elowen no estoy seguro: la perdí de vista cuando mi hijo salió.

Medio segundo de pausa antes de la última frase. En Aodhan, medio segundo era un discurso que leer entre líneas.

—Podéis preguntarle —añadió, antes de que nadie se lo pidiera.

—Lo haremos —zanjó Helena—. Hablaremos con todos.

Marcellus deslizó una carpeta hacia el centro. Hacia mí.

—No es nuestro único problema. Javier Expósito descubrió lo que somos: llegó al apartado de correos de Salas, a sus anotaciones sobre Umbral y a su relación con Vega López. La vio transformarse.

Yara se puso rígida.

—¿Qué sabe ahora?

—Nada utilizable. Valerian y yo intervenimos sus recuerdos.

«Intervenir». Una palabra impecable para describir el acto de entrar en una cabeza, arrancarle la verdad y coser una mentira encima mientras sangraba.

—Antes comprobamos hasta dónde había llegado —continuó—. No era el único humano expuesto —acto seguido los nombres—. Patricia Espejo. Nina Goffi. Sandra Ruiz. Aimara Duque.

Valerian narró las asociaciones y los motivos. Mi cuerpo no se movió. La serpiente sí.

—¿Espejo conoce la naturaleza de los López? —preguntó Yara con la boca pequeña y los puños apretados.

Él asintió.

—Ruiz figura en mi informe como sujeto que convive con un alto fae —añadió Valerian—. Y posiblemente hayan intimado.

Aodhan giró la cabeza hacia él. Despacio.

—Mi hijo nunca haría algo así.

—Nunca sabemos con certeza lo que hacen los hijos —lo corrigió Helena.

—Goffi ya fue borrada por Darian Blake —determinó Marcellus—. Su informe confirma que se completó.

Me callé, porque a veces escuchando aprendes más que hablando.

—Se verificará —decidió Helena—. Las otras tres pasarán por un borrado selectivo antes de que sigan repartiendo lo que saben.

—No.

No levanté la voz. No me hacía falta. Los ojos se posaron sobre mí.

—De Espejo y de Ruiz discutid con los hombres a los que acusáis. A Aimara no la tocaréis.

Ereshkiel ensanchó la sonrisa antes de que yo terminara.

—Se estableció de forma explícita: si Lilith recuperaba sus recuerdos por sí sola, nadie podría arrebatárselos.

—Siempre que no comprometiera la seguridad del velo —precisó él—. Las normas están para cumplirse. También las cláusulas que dejan de convenirte.

—No fue una cláusula, fue un juramento.

La cadena de mi nombre se tensó en un sitio que no pertenecía al cuerpo.

—Duque conoce varias especies, aparece vinculada a cuatro escenas y publica detalles capaces de exponernos —puntualizó Helena—. No es seguro.

—Los recuerdos no son cajones. No se vacía uno prometiendo que el resto de la casa seguirá en pie, y su alma no es humana.

—Yo puedo hacerlo —afirmó Marcellus—. A ti te recordará.

—Y yo puedo arrancarte la cabeza sin salpicarte el traje. Ninguna de las dos cosas hace aceptable la idea; como he dicho, no se la toca.

Yara exhaló por la nariz y Aodhan siguió callado. Toda una asamblea de valientes con asiento asignado.

—Si impides una intervención aprobada por este Consejo, asumirás las consecuencias —advirtió Helena—. El pacto del Edén sigue vigente y puedes pagarlo caro.

Lo sabía y, aun así, no me importaba.

—Las asumiré.

—Nosotros conservamos tu nombre —recordó Ereshkiel.

El mármol crujió debajo de mis zapatos.

—Entonces pronunciadlo y acabemos con esta mierda.

La sonrisa se le cayó de la cara.

—Podemos obligarte a apartarte.

—Podéis intentarlo. Tendréis que usar mi cadena para imponerle a ella la condena que llevo milenios pagando. Aseguraos de poder defender esa decisión el día que os la pregunten.

Helena tardó en contestar. Había visto a demasiadas instituciones llamar equilibrio al sacrificio de una mujer. Dejé que me ataran y que convirtieran mi nombre en una correa porque las consecuencias de mis decisiones seguían perteneciéndome. Las de Aimara eran intocables.

—Haz constar mi negativa con fecha, hora y cada una de las consecuencias que penséis imponerme.

—Esto no es una declaración romántica —avisó Helena—. Es una insubordinación y tú tenías una orden muy clara de atrapar al asesino.

—Una cosa no excluye la otra. Lo encontraré, di mi palabra. —Busqué a Marcellus con la mirada—. Le robaron una vida entera de recuerdos y nos separaron durante siglos. No volveréis a tocarle uno.

Salí sin despedirme, que era la única ventaja de no pertenecer a nada. Aodhan me alcanzó en el vestíbulo, ajustándose el guante izquierdo con parsimonia insoportable.

—Vane. Cuando encuentre a quien mató al hermano de mi futura nuera, no pienso entregarlo a esa sala, ni a ti.

Analicé la frase. Luego lancé la amenaza. No me fiaba de él.

—Entonces deberá matarlo antes de que lo encuentre o yo mismo lo aniquilaré.

Bajó las escaleras sin esperar respuesta y me dejó con la única pregunta que nadie había formulado en media hora: por qué un hombre como él necesitaba hacerme partícipe a mí.