Capítulo 37
Un edificio con más de trescientas personas dentro, contando el servicio, tenía una sola ventaja: todas estaban convencidas de estar mirando.
Unas, absortas en el photocall , pendientes de quién saluda a quién y de cuánto dura el abrazo.
Otras, de la puerta por la que entra el hombre que decide los contratos del año que viene.
Nadie se fijaba en la mesa de acreditaciones más de tres segundos, porque la mesa de acreditaciones era el sitio donde uno deja de ser un desconocido y empieza a ser un nombre impreso.
Una pulsera de tela con las credenciales en mayúsculas, para que cualquiera pudiera decidir si merecía la pena gastar su tiempo con la persona que tenía delante.
Ella alargó la muñeca sin levantar la vista del móvil. Ni siquiera miró a quién se la cerraba.
En la ficha de inscripción había una casilla para alergias e intolerancias que la gente rellenaba con una confianza conmovedora.
Escribían lo que no podían comer, lo que les inflamaba, lo que les mandó el digestivo en marzo.
Entregaban su cuerpo por escrito a cambio de que un camarero les trajera un plato exclusivo.
Pegatina naranja en el borde. Sin trigo.
No hice nada con aquel plato. No me hizo falta. Las cosas pequeñas, las que pasan desapercibidas, son las que determinan el éxito de una muerte anunciada.
En la sexta había dos despachos. Uno con vistas a la Castellana, que era lo que en ese edificio se entendía por estatus. Las cámaras de esa planta llevaban desconectadas desde la mudanza y nadie lo había puesto en ningún parte.
Las flores estaban colocadas desde las siete, con el aire acondicionado de la sala trabajando encima de ellas todo ese tiempo.
Nadie se pregunta qué hace un carro repleto de flores en un sitio donde esa misma noche se celebra una fiesta.
Caedmon tampoco se lo preguntó al entrar, y eso que llevaba cuatro mil años presumiendo de mirar mejor que nadie.
Las dos copas sobre la mesa repetían la lámina del reencuentro, la que solo circuló en una caja de cincuenta ejemplares. Dentro de aquella habitación había dos polvos distintos suspendidos en el mismo aire. El brillo era para ella. El hierro, para él.
Subió a las diez y treinta y ocho, después de disculparse y mandar un mensaje. Se ajustó el gemelo izquierdo antes de entrar; los futuros reyes hacen eso, colocarse la ropa para pisar habitaciones vacías.
Ella subió tres minutos más tarde, en cuanto leyó el mensaje. Llevaba los tacones nuevos y la conversación ensayada. No se puso purpurina en los pómulos, que fue la única decisión inteligente que había tomado desde que lo conoció.
Yo también me disculpé. Dije que necesitaba ir al baño y nadie preguntó.
Esperé en el primer tramo de escaleras, con la puerta cortafuegos entreabierta y el pie en la hoja.
Se oía bastante bien desde ahí y era el único punto del edificio donde no tenía que manipular nada.
Escuché cuando ella dijo que se acababa y cuando él contestó «muy bien» y no dijo «de acuerdo», que no significan lo mismo y a ella le costó tres frases entenderlo.
Después llegó el carraspeo, interrumpiendo la discusión, y yo saboreé la anticipación de lo que venía.
Encajé en la hoja la traba mecánica, un cacharro que venden hasta en los bazares, y a las diez y cuarenta y siete pulsé el botón del dispositivo colocado en el cuadro.
La oscuridad llegó al edificio antes que el silencio. Lo tenía calculado al milímetro. El resto de las cámaras tardarían casi un minuto en volver a arrancar y nadie iba a revisar un minuto de nada.
Elena golpeó la puerta desde dentro. Al principio, con la palma; después, con todo el cuerpo. Los golpes fueron perdiendo fuerza hasta quedar reducidos a un roce; luego cesaron.
Caedmon tardó más.
—Abre —ordenó con la convicción absurda de que podía exigirme algo. ¿A mí?
«Imbécil».
No le importó si la humana seguía respirando. Para él era un agujero en el que desfogar su debilidad por esa especie que debería haber detestado, que para eso pertenecía a la facción.
Lo oí probar el picaporte, golpear la hoja con el hombro y retroceder.
El hierro ya le había quitado la fuerza y le había cerrado la puerta a su dragón.
El segundo impacto hizo temblar el marco.
El tercero fue más débil. El estruendo posterior indicó que había volcado una silla y había caído contra la mesa.
Segundos. Simples segundos que a él debieron parecerle una eternidad. Qué paradoja para un fae .
Disfruté los quince que precedieron a su derrumbe.
Desde las plantas inferiores llegaban gritos, risas y el resplandor intermitente de los móviles. Nadie miraba hacia arriba. En un edificio a oscuras todo el mundo busca la salida; solo quien tiene un motivo elige las escaleras que suben.
Cuando dentro dejó de oírse movimiento, retiré la traba y abrí.
La luz de emergencia teñía la sala de un blanco desagradable. La mascarilla hacía su trabajo. El polvo seguía suspendido sobre la moqueta, sobre la mesa y sobre los dos cuerpos.
Una forma bonita de morir.
Ella había caído junto a la puerta, con una mano cerrada alrededor del móvil. La pantalla se encendió mientras la miraba, con el nombre de Javi encima de la hora, y volvió a apagarse sola.
Nadie le había escrito.
Caedmon estaba al otro lado de la mesa. Intentó llegar a la ventana para atravesarla. El glamour había desaparecido y, sin él, la Corte Oscura ya no tenía heredero. Conservaba los ojos abiertos y no había forma de saber si todavía veía algo. Ojalá lo último que se llevara fueran los míos.
No toqué a ninguno de los dos.
Dejé el cuarto libro abierto en el suelo, entre ambos. El colgante quedó cerca de la mano de Elena: una cadena de plata y un dragón negro y morado con piedras de amatista.
Dos copas, dos polvos y dos cadáveres.
Salí al pasillo. Al cerrar la puerta, sonó la barra antipánico de la escalera y me metí en el despacho de enfrente, que había dejado abierto por si acaso.
Unos pasos avanzaron por el rellano y se detuvieron.
El corazón me golpeó con violencia al escuchar la voz.
—¿Señor Morcant? ¿Está usted ahí? Me manda su padre… Se ha ido la luz en todo el edificio y…
Se calló.
Después vinieron el grito, los pasos atropellados y la puerta de emergencia abriéndose otra vez.
Bajé por la escalera contraria que llevaba a los baños, con el sabor del triunfo entregándome mi corona.