Capítulo 36
A las fiestas como aquella se iba con dos cosas: unos tacones que aguantaran cuatro horas de pie y una frase preparada por si surgía la ocasión de mejorar de puesto.
Yo llevaba las dos y, sin embargo, me sobraban ambas.
En la mesa de entrada repartían las acreditaciones con tu nombre impreso, para que nadie tuviera que esforzarse en recordarte.
Una pulsera de tela con el logotipo de Lumen en una tipografía que alguien había cobrado por pensar.
Alargué la muñeca sin levantar la vista del móvil, esperando que Javier hubiese contestado algo, lo que fuera, y me la cerraron.
No miré quién. Registré una manga negra, que es lo único que registras cuando llevas ocho años entrando en eventos ajenos.
El móvil seguía sin decir nada. Ni el doble check ni el «en línea». Un hombre podía desaparecer de tu vida y dejarte el hueco exacto de su nombre en una pantalla.
Al lado de las acreditaciones habían colocado un cuenco de purpurina dorada y un cartel que invitaba a llevarla en los pómulos para las fotos.
El sector llevaba dos temporadas con lo mismo.
No metí los dedos. A los treinta y ocho, la purpurina deja de ser un adorno y pasa a ser la prueba de que estuviste allí.
Dentro había catorce sectores y demasiada gente.
Los conté porque formaba parte de mi trabajo: editorial, audiovisual, moda, tres agencias de la competencia sonriendo en una tregua falsa, dos marcas de bebidas colocando producto donde mejor entraba la luz y una nube de creadoras con la barbilla en el ángulo correcto.
Sandra Ruiz estaba en uno de los corrillos, gesticulando, con esa energía que le salía sola y que en este negocio se cotizaba a precio de oro. No me acerqué; era amiga de Aimara, y yo llevaba semanas siendo la mujer que le ocultaba cosas al inspector que investigaba a sus amigas.
La cena se sirvió de pie, la tortura preferida del sector. A mí me la trajeron aparte, en un plato con una pegatina naranja en el borde para que el camarero no se equivocara de bandeja. Menú sin trigo, marcado, contado y comprobado, con una solemnidad de quirófano.
—Lo suyo va sin gluten —anunció el chico, esperando que le felicitara por su profesionalidad.
—Casi. Lo mío va sin trigo o me hincho como el globo de El Corte Inglés.
Se rio y yo se lo agradecí.
Eso tenía de bueno rellenar la casilla de la ficha de inscripción: durante una noche entera, fingían que tu salud les importaba.
Junto a una columna había un hombre altísimo, con dos mechas rojas en el pelo oscuro, sosteniendo una copa que no se bebía. No hablaba con nadie. Miraba los ascensores. La gente aflojaba el paso al pasar cerca de él sin darse cuenta de que lo hacía.
El mensaje que esperaba me llegó a las once menos veinticinco. Cuatro palabras y un número de planta.
Me terminé la copa antes de ir al ascensor. Fue mi última decisión libre de la noche.
Mientras subía, hice lo que llevaba semanas evitando: mirarme en el espejo del fondo y meterme entera en los últimos meses.
Yo no conocí a Javier por casualidad en una cafetería de Alonso Martínez.
El encargo iba acompañado de un nombre y una instrucción muy sencilla: acércate, hazte su amiga y cuéntanos qué mira.
Un policía de homicidios, atractivo, con ocho mil personas detrás en un foro, enseñándoles a cazar personas a las que les gusta lo sobrenatural, era un problema.
Me pareció un trabajo limpio, del tipo que aprendí en la carrera, cuando nos explicaron que la información es un producto y que hay quien la paga mejor que otros.
No calculé que me fuera a gustar y que nuestra relación se volviera tan íntima.
El horario me lo dio Miguel, sin saber que me lo estaba dando. Llevaba dos años hablándome de su amigo, del que no reconocería bajo tortura que le habían roto el corazón, del que desayunaba siempre en el mismo sitio.
A Miguel lo conocí antes que a todo esto, en el mismo lugar donde se encuentran los que leen lo que no pueden decir en voz alta.
Le abrí la puerta de Umbral porque me pilló la aplicación abierta y preguntó qué era.
Le quité hierro; le dije que era para ligar con apasionados de lo sobrenatural y él insistió.
Pedí permiso, me lo dieron y le facilité el acceso.
Lo que hiciera dentro ya no era asunto mío.
Eso llevaba días repitiéndome, cada vez que pensaba en su cuerpo sin vida en mitad de aquella finca. Tenía miedo.
Me lo repetía desde hacía días: no sabía nada, esto no podía salpicarme, y ya no estaba segura de nada.
A la primera mujer la había visto haciendo scroll en Umbral.
A la segunda también. Al tercero le abrí yo la puerta a la aplicación.
Tres personas que habían tocado ese mundo de verdad y todas muertas.
Lo escribí un martes de madrugada en los comentarios del podcast de aquella chica aficionada al true crime : que no había ningún imitador, que los tres tenían algo en común y que alguien de la investigación ya no podía contarlo.
Alguien debía hacer algo y ella tenía muchos seguidores que podían ayudar.
Lo borré a los veinte minutos, con un miedo que no supe nombrar porque… ¿Y si se enteraban de que yo estaba dando pistas a los humanos?
Lo de mandar a Javier al apartado fue una orden distinta y reciente.
Estaba destrozado, apartado del caso y con la cabeza en cualquier parte: el candidato perfecto para conseguir lo que nadie más podía y, al mismo tiempo, que nadie le creyera después.
Yo le daría la ubicación de la llave, él iría, se le pasaría el enfado, dormiría en mi casa, y las cosas de Miguel acabarían donde tenían que acabar.
Lo único que no estaba en ninguna instrucción fue lo último que le dije, de pie en mi despacho, con la mano extendida y él ya de espaldas.
Que lo quería.
Se me escapó como se escapan las cosas verdaderas, y todavía no sabía cómo lidiar con ello, porque sentía que ya lo había perdido.
El ascensor se paró en la sexta. Un pasillo de moqueta gris con todas las luces encendidas para nadie. Golpeé con los nudillos y sonó un «adelante».
Él estaba al fondo, detrás de la mesa, mirando por la ventana. La puerta se cerró a mi espalda con el chasquido blando de los cierres automáticos.
—¿Las tienes?
Ni «buenas noches» ni «cómo estás». Ocho meses y una habitación de hotel cada quince días para follar hasta reventar, y lo primero era eso.
—No. No quiso ni verme y me ha bloqueado el número. Tendrías que haberme dejado hacerlo a mi manera.
—Nuestra manera funcionó. Fue al apartado.
—Fue al apartado y no quiere saber nada de mí. —Dejé el bolso sobre la mesa—. Me dijo que entraron en su piso, me he acercado esta mañana. Una vecina me dijo que no sabía dónde estaba, que le revolvieron el piso entero. ¿Fuiste tú?
—Yo no he pisado esa casa.
Se giró por fin. Y en la manera de no añadir una sola palabra más entendí a quién le habían dado la dirección y quién le había puesto un horario a Javier por segunda vez.
—Se acabó. Vine a decírtelo mirándote. Desde el principio quedamos en que solo sería sexo porque los vuestros no pueden estar con humanas, lo acepté y lo asumí.
Te ayudé con Javi porque con el foro y con la caza, aquello podía irse de las manos y no quería que nadie saliera dañado.
Pero me enamoré de él y ha muerto un hombre que era mi amigo y no consigo quitarme de encima que una parte es culpa mía.
He tomado una decisión: me voy de Madrid, no vuelvo a coger un teléfono ni a entrar en la aplicación, y tú te olvidas de que existo.
—Muy bien.
Tardé en darme cuenta de que no me había dicho que sí. Empezaba a conocerlo.
—¿Muy bien qué?
—Muy bien que hayas venido a decírmelo mirándome. —Se apoyó en el borde de la mesa—. Lo otro no depende de ti. Sabes demasiado.
—Me prometiste que…
Chasqueó la lengua.
—Revisa tus recuerdos: yo nunca te he prometido nada.
Lo dijo sin levantar la voz.
—Me dijiste que cuando decidiéramos terminar, terminaríamos.
—La decisión era en plural. Terminará del modo en que yo decida.
Abrí la boca y no me salió la segunda frase, porque estaba repasando a toda velocidad ocho meses de conversaciones y no encontraba una sola en la que aquel hombre me hubiera hecho una maldita promesa.
—Eres un hijo de puta.
—Soy un alto fae . No confundas las especies. Y llevas ocho meses confundiendo abrirte de piernas para gemir como una posesa con una relación en la que yo te deba algo.
Me picaba la garganta.
Llevaba un rato picándome y se lo había achacado al aire acondicionado, que en estos edificios está siempre once grados por debajo de lo razonable. Carraspeé y cogí el bolso.
—Me voy.
—Todavía no hemos terminado.
—Yo sí.
Di dos pasos hacia la puerta y tuve que pararme, porque el picor ya no era picor y me subía por dentro, lento, igual que un cierre ajustándose desde dentro.
Tosí. Me llevé la mano al cuello y se fue la luz.
Toda. La sala, el pasillo, el zumbido del aire. Me imaginé el grito de las personas de la fiesta, ese que dura tres segundos, hasta que la gente decide reírse porque a lo mejor forma parte del espectáculo.
Sobre la puerta se encendió una luz de emergencia. Llegué al pomo con la mano ya en la garganta. Presioné. La hoja no se movió. Volví a intentarlo y la hoja siguió sin moverse, sujeta por algo que estaba al otro lado, o por alguien.
Detrás de mí, él dijo mi nombre con un tono que no le había oído nunca.
Y si… No, no podía ser, era incapaz de matarme, ¿no?
Cuando me volví, lo vi apoyado en la mesa, con los dedos abiertos sobre el tablero, buscando dónde sujetarse. Algo le estaba pasando en la cara, y no era lo que yo temía.
No me entraba el aire.
Golpeé la puerta con la palma abierta y el ruido se quedó dentro de la habitación.
Él tampoco podía. Lo entendí ahí, con el picaporte en la mano y la garganta cerrándose: lo que hubiera en aquel cuarto nos estaba pasando a los dos. Y si le estaba pasando a él, no lo había hecho él.
Volví a golpear.
Debajo de la luz de emergencia el aire brillaba. Dorado, fino, suspendido, igual que el cuenco de la entrada.
Quise decir una palabra. Una sola, que no tenía nada que ver con aquella habitación ni con aquel hombre.
Cuatro letras que estaban en algún punto de la ciudad, sin saber nada, odiándome en mi punto y final.