Capítulo 35
Ayer acepté que Ciarán me llevara al piso, a la cama. El error de principiante fue no poner límite a cuántas veces.
A las siete y veinte de la tarde, las sábanas parecían un campo de batalla; me dolían músculos cuyos nombres dudaba haber cursado en la escuela y había dejado de contar los orgasmos porque las matemáticas no deberían practicarse desnuda.
La cola morada seguía enroscada alrededor de mi tobillo, caliente y bastante satisfecha consigo misma.
Lluna arañó una vez la puerta del dormitorio, resopló al otro lado y se marchó convencida de que los humanos somos una especie imbécil que cierra habitaciones teniendo una casa entera para hacer ruido.
Pensé en la cristalera. La que reventó mientras él me tenía en el sofá con la mano donde la tenía y la cola haciendo de las suyas. Sonreí al recordar que yo le compraba crema de urea al veinte por ciento para una psoriasis que en realidad era una muda.
—¿Eso se guarda solo? —pregunté, señalando a mi nuevo apéndice favorito con la barbilla—. Porque no sé si hay que pulsar algún botón para que se te enrolle como una persiana.
La punta me recorrió la pantorrilla, haciéndome contener el aliento, antes de desaparecer.
—No requiere tu intervención, aunque te garantizo que le encantas.
—Ella a mí también, aunque agradezco no tener que añadir tareas de mantenimiento de dragones a las tareas de la casa; no me da la vida.
Sonrió un poco, lo justo para que mi cuerpo, ese traidor sin convenio colectivo, considerara razonable una ronda extra.
Le di un lametazo en la tetilla y él soltó una exhalación.
—¿Demasiado para un alto fae ?
—Cariño, podría estar follándote todo un mes y demasiado se quedaría corto.
Después miró el reloj de la mesilla, y la sonrisa, al oírlo decir «cariño», se me quedó a medio camino.
—Tengo un compromiso esta noche al que no puedo faltar, aunque me gustaría quedarme aquí contigo.
—¿De trabajo?
—En parte.
Me incorporé contra el cabecero y me tapé con la sábana, aunque no hubiese nada que no hubiera visto ya.
—Me encantan tus respuestas. Cada una viene con un puzle de mil piezas y sin foto en la caja. Mi queridísima majestad, ¿puedo preguntar a qué tipo de compromiso se refiere?
—Una recepción de Lumen.
Parpadeé.
—¿Lumen? ¿Mi Lumen? ¿La agencia en la que te presentaste ayer fingiendo ser mi abogado?
—Todavía no has firmado, así que no es tu agencia.
—Gracias por el recordatorio. Aplacé la firma para revisar dos cláusulas invisibles porque tú me follaste encima de su mesa.
—No fue por eso, fue porque te advertí de que Caedmon es mi futuro cuñado y una persona de la que no conviene fiarse.
—¿Y de ti sí? —bufé.
Se sentó en el borde de la cama. La espalda desnuda, el tatuaje que tanto me ponía entrelazado en su musculatura. Las escamas asomándole junto a la base de la columna, y aquella manera suya de escoger las palabras que avisa de que la respuesta va a sentar como una citología con papel de lija.
—Yo no te he mentido. Lumen pertenece a la familia Morcant y, por mi… —Calló dos segundos—. Por mi próxima vinculación con ellos, debo asistir.
—Por supuesto.
Aparté la sábana, malhumorada, y empecé a buscar mi ropa por la habitación como quien despacha un trámite.
—No está aquí, te la quité nada más entramos por la puerta.
Se había puesto en pie. Ni desnudo y con marcas de uñas en la espalda conseguía perder la solemnidad. Yo parecía una involución pegajosa de una señora buscando las bragas en un puesto del mercadillo, mientras él parecía a punto de inaugurar una cumbre internacional con el culo al aire.
—Mi presencia esta noche forma parte de los acuerdos entre nuestras casas. No deberías enfadarte.
—No estoy enfadada. —Arqueó las cejas—. ¿Vas para acompañar a la reina de dragones?
La pausa duró poco. Lo justo.
—Es una de mis funciones, sí.
Ahí estaba mi sitio, perfectamente señalizado y sin necesidad de plano. En su cama cabía. En su vida oficial, ni de adorno.
«¿Pero qué mierda esperabas, Sandra? Si eso ya lo sabías. Tú eres la otra; te lo dejó claro: ático de lujo pagado mientras le calientes la cama».
—No pasa nada —dije.
—Está claro que sí que pasa.
Se acercó.
—No. —Lo frené—. Ya lo digo yo por los dos: sé cuál es mi puesto, me lo dejaste muy claro.
—No me parece que lo sepas.
—Ya lo creo. Conmigo te acuestas, y con ella te casas. ¿O me equivoco?
Se le tensó la mandíbula.
—No.
—¿Lo ves? Tengo las cosas cristalinas entre nosotros.
El silencio hizo el resto.
Me puse su camisa, porque localizar cualquier prenda entre aquel desastre requería arqueólogos y Ciarán ya me había avisado de que no había ninguna mía.
Me cogió la cara para besarme; yo la aparté.
—No es momento, tienes prisa. Ve a ducharte. No querrás llegar tarde a representar la estabilidad de la alianza después de desestabilizarme seis veces contra el colchón.
—No han sido seis: han sido siete.
«Nueve si contábamos el despacho y el que echamos antes de alcanzar la habitación».
Me acarició el lateral del rostro.
—Esta conversación no ha terminado.
—Las nuestras nunca terminan; se aplazan hasta que aparece otra obligación familiar de la Corte de Dragones y Espinas.
Se quedó quieto y durante un segundo esperé que dijera algo capaz de detenerme. Una frase, una decisión, cualquier cosa que no pudiera deshacerse al ponerse el traje.
No llegó. Asintió, se dio media vuelta y entró en el baño, otorgándome unas vistas que me dieron ganas de darme de cabezazos. Si es que tendría que estar agradecida de echar esa cantidad de polvos con un sex symbol milenario. Pues no.
El agua empezó a correr poco después y yo me fui a mi habitación con el pulso a doscientos, agarré el móvil y recé para que las chicas respondieran a mi videollamada de emergencia.
Tardaron un total de doce segundos en contestar las tres. Aimara delante de su escritorio, Nina con un mate entre las manos y Patri tan cerca de la cámara que durante un rato solo le vi un ojo.
—Necesito que me digáis que tengo razón antes de contaros nada.
—Eso no es pedir consejo, hermana. Es contratar palmeros.
—Para empezar, sepárate un poco de la cámara, que no soy especialista en análisis de córnea.
Lo hizo.
— Allora , empezá —dijo Nina, oteando de soslayo a su derecha—. Tenés el pelo de alguien que ha sobrevivido a un tornado con abdominales.
¿Estaría con Darian?
—Más bien con doble rabo; creo que eso encaja más.
Patri dio un gritito.
—Déjenla. Apúrate, bella , y cuéntanos ya.
Aimi se ajustó las gafas.
Las puse al corriente de todo lo ocurrido desde que ayer puse un pie en las oficinas de Lumen y a Ciarán le dio por aparecer.
Les hablé de su interpretación, la sala de reuniones, su vínculo con los Morcant, Caedmon, el mellizo de la reina de dragones, y mi firma congelada.
La maratón de sexo y él cruzando esta noche la puerta oficial del brazo de su prometida después de pasar dieciocho horas entrando por sitios que no aparecen en ninguna fotografía institucional.
Las tres se quedaron calladas, lo cual, con estas tres, da miedo.
—Dejame entender —empezó Nina—. Él va a esa fiesta como prometido de Elowen. La agencia es de la familia de ella, ¿y vos estás pensando quedarte en casa después de que ese stronzo con alas te manipulara para que no firmaras?
—No he dicho que estuviera pensando quedarme.
—Nos has llamado con su camisa puesta y cara de meterte en la bañera hasta el lunes —dijo Patri—. Tampoco hace falta ser Colombo.
—¿A ti te invitaron a esa fiesta? —preguntó Aimara.
—Sí, tengo una invitación porque se suponía que el viernes iba a ser parte de la familia Lumen.
—Entonces no me cuentes más. —Se pasó las uñas por el pelo—. Tú tienes una invitación oficial a un acto de tu sector. Él tiene un evento para una representación familiar. Son dos cosas distintas que ocurren en el mismo edificio y no tienes por qué no acudir.
—Aimara, es la empresa de la familia de su prometida y ella estará allí.
—Y es la mejor oferta de tu carrera, bella .
Vale que no firmes si no te fías, pero explícame por qué encima tienes que dejar de ir a las fiestas de tu profesión o de firmar un contrato que puede cambiarte la vida, porque no lo comprendo.
Yo he brindado con gente que escribió que mi saga era pornografía con criaturas mitológicas.
Y fui, y sonreí, y me comí sus canapés. Tú le has comido la polla y estará su prometida, sí, pero ojo: no eres la infiel.
—Ella tiene razón —dijo Nina, levantando la vista del portátil—. Vos no te estás preguntando si vas a una fiesta a la que fuiste invitada. Te estás preguntando si te apartás para no molestar y eso se llama de otra manera.
—No me estoy apartando.
—Lo estás haciendo —afirmó Patri—. Y estoy con ellas en que tu rollo con Ashveil no puede condicionar tus decisiones. Tú no tienes que responder ante nadie, no eres la que se va a casar.
—Exacto. Si querés trabajar con su cuñado, lo hacés ; es una agencia de representación, tú vas a seguir emitiendo desde donde te salga del higo.
Tampoco sabés cuál es su relación con la reina de dragones.
A lo mejor se llevan como el culo. Muchos hermanos no se soportan.
En mi humilde opinión, no deberías dejar que Ciarán te condicione y mucho menos quedarte en casa.
Eso me dejó tres segundos sin respuesta, que en mí era un récord olímpico.
—Y ahora la parte importante, hermana —dijo Patri—. Ponte el negro largo, el que usaste para la fiesta navideña de Vetusta el año pasado. El del escote cruzado y la abertura. Te recoges el pelo, te pones un labial rojo y entras ahí con la autoridad de quien ha pagado la fiesta.
—Si me arreglo tanto va a parecer que lo hago por él.
— Aro que lo haces por él, para que se entere de lo que va a perder, y también por ti. Las dos cosas caben en un mismo vestido.
Me reí. Fue la primera vez desde que Ciarán me dio la noticia y supe que debía hacerlo. No por él, por mí.
—Pues voy y me pongo el negro. Que le den por saco a su prometida. Si no quería té, que no se hubiera tirado a estas tetazas.
Me las agarré.