Capítulo 34
Desperté con la perra de Miguel sobre los pies, la boca llena de serrín y un techo desconocido sobre la cabeza.
Las cortinas opacas, la tarjeta magnética en la mesilla y el plano de evacuación pegado junto a la puerta no dejaban demasiado espacio a la imaginación.
—Estoy en un puto hotel.
Me pincé el puente de la nariz. Un dolor agudo me trepanó el cerebro en cuanto intenté recordar y tuve que cerrar los ojos de nuevo.
Lulú levantó la cabeza, alcanzó mi pecho y me lamió la barbilla con el entusiasmo de quien acababa de comprobar que el cadáver todavía respiraba.
—Ya. Yo también me alegro.
El reloj marcaba las cinco y diecisiete de la tarde.
—Hostia puta, pues sí que necesitaba una cura de sueño.
Seguía vestido. Solo me faltaban los zapatos, alineados debajo de una butaca. El móvil cargaba junto a la cama. En el suelo había un cuenco con agua, otro con pienso y una bolsa de una tienda de animales.
Junto al minibar, un cerco oscuro del tamaño de un plato en la moqueta.
—Anda que…
Me senté en el borde de la cama y me quedé mirándolo. Diecisiete horas encerrada con un tío que no se había movido. La culpa no era suya y aquella mancha iba a costarme lo que a la cadena le diera la gana cobrarme.
—Perdona, bonita. La has aguantado más que yo.
Ella golpeó el colchón con la cola dos veces.
Me pasé las manos por la cara. La memoria me llegó a fogonazos.
Un hombre alto esperándome junto al portal. Traje gris, gafas finas y una placa abierta delante de mi cara.
Un agente enviado a controlar los alrededores.
Pensé en el teléfono que encontré en el apartado de correos. Me vi pasando los vídeos fotograma a fotograma. Algunos editados con IA y efectos especiales. Recreaciones de las fantasías que Miguel compartía con Vega.
Me vino la casa de los López. A Vega con su sudadera. A su madre detrás. A mí gritándole, acusándola de tener algo que ver con la muerte del hombre con el que se acostaba, mientras ella me culpaba de haberle cambiado el turno a Miguel para ir a la orgía.
Noté una punzada de vergüenza en el estómago.
Me había presentado de noche en el hogar de una familia, sin orden, apartado del caso y convencido de que una chica de dieciocho años estaba implicada en el asesinato de mi amigo porque había huido de una fiesta y ocultado que mantenía una relación con él.
—De puta madre, Expósito.
Me fui por la llamada que recibí: habían allanado mi piso. Hice una parada para arrojar el móvil al Manzanares. Me negaba a que Baeza convirtiera la vida sexual de mi amigo en una prueba. Total, ya estaba contaminado y no iba a servir.
Reservé el hotel desde el móvil. Metí a Lulú en el coche, aparqué en el garaje, discutí con la recepcionista porque en la web no figuraba el suplemento por perro y subí a la habitación.
Lo tenía claro; también haberme quitado los zapatos y haberme tumbado sin cenar para escribirle a Daniel.
Cogí el móvil.
Tenía un correo de confirmación del hotel y el cargo en la tarjeta.
Había doce llamadas perdidas de Aimara, tres de un número desconocido y nueve de Elena. La última iba acompañada de un mensaje.
«Javi, por favor. Déjame explicártelo».
—¡A la mierda!
La bloqueé.
Nada cambiaba el hecho de que Elena hubiese conocido a Miguel a mis espaldas, le hubiera abierto la puerta de aquella aplicación a la que era aficionada y que, por lo visto, seguía utilizando.
Los monstruos no existían. Las mentirosas, sí.
Abrí el foro. La última conversación con Daniel seguía allí.
TheOtherSide: Miguel se había metido en una comunidad de juegos de rol. Elena le dio acceso. En el apartado solo había un teléfono con vídeos sexuales y editados con IA.
SobrenaturalDeath: Será mejor que descanses. Llevas días sin dormir por culpa de gente que lleva meses mintiéndote. Olvídate.
Sí, eso fue lo que decidí hacer.