Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 33
61%

Capítulo 33

La perra detectó a Valerian antes de que el inspector reparara en él.

Se apartó del portal cuando Expósito alcanzó la esquina. No necesitó llamarlo. Bastó con rozarle el hombro para que se girara y cometiera el error de mirarlo a los ojos.

El humano se quedó inmóvil.

La mano que llevaba a medio camino del bolsillo cayó junto al costado. Su respiración se ralentizó y los músculos de la mandíbula dejaron de pelear. La correa se tensó entre sus dedos, Lulú gimió y se pegó a su pierna sin enseñar los dientes. Los animales sabían a quién morder y a quién no.

Una decisión sensata. Su dueño no había tomado ninguna en cuarenta y ocho horas.

—Inspector Expósito —pronunció Valerian—. Va a acompañarme por voluntad propia.

Javier parpadeó.

—¿Quién coño es usted?

Su voluntad todavía seguía allí, dañada por la falta de sueño, el duelo y una sucesión de descubrimientos que habrían puesto a prueba a cerebros mejor preparados, pero seguía intentando levantar la cabeza. Loable e inútil cuando alguien se enfrentaba a uno de nuestra especie.

Salí del vehículo de cristales tintados.

—La pregunta dejará de ser importante dentro de unos minutos.

Sus ojos saltaron hacia mí. Fue lo último que vio antes de que le ordenara dormir. Valerian lo atrapó antes de que se golpeara contra el suelo.

Diecisiete horas después, Expósito seguía inconsciente en la cama de una habitación de hotel. La memoria humana no admite una revisión de ese tamaño en una sola sesión y la suya opuso más resistencia de la prevista.

A su favor: no dejó de luchar ni un instante.

Su resistencia no estaba dirigida contra mí, sino contra la posibilidad de que Miguel Salas y su novia le hubiesen ocultado una vida entera.

Cada vez que retiraba una imagen sobrenatural, el dolor por su amigo o la traición de su pareja lo arrastraban de nuevo hasta la superficie.

Una transformación podía sustituirse, una traición, no.

Por eso había tenido que ser bastante más delicado.

Lulú permanecía tumbada sobre sus pies, con la cabeza erguida y los ojos clavados en lo que estaba haciendo. Valerian había intentado bajarla dos veces. En ambas ocasiones volvió a subir porque el animal se lo puso difícil.

—El coche sigue en el aparcamiento —informó al entrar—. La reserva figura a su nombre, se ha cargado en su tarjeta y la cámara de recepción lo muestra llegando solo poco antes de medianoche, acompañado de la perra.

Dejó una funda transparente sobre el escritorio. Dentro estaban el cuaderno, el pendrive , el teléfono y la fotografía de Salas con la joven López.

—He sacado al animal dos veces, la última a las cuatro y diez —añadió con la misma inflexión con la que había leído el cargo de la tarjeta—. Ha orinado junto al minibar, no pienso limpiarlo.

—Correcto. Una habitación impecable después de diecisiete horas no se sostendría.

Valerian inclinó la cabeza.

—¿Son todas las pruebas?

—Las que Expósito había sacado del apartado de correos. Si Homicidios indaga, solo encontrará el vídeo de la oficina en la que Miguel saca el teléfono; lo demás será editado.

—¿El registro de su piso fue cosa nuestra?

—No. Cuando recibí la alerta, Científica ya estaba allí. Quien entró sabía qué buscaba y que él no estaba en casa, aunque tuvimos la suerte de que llevara las pruebas encima.

Aquello era lo único que no había podido colocar dentro de una versión cómoda. Alguien ajeno al Consejo había seguido los movimientos del inspector, registrado su vivienda y dejado a su perra suelta en el rellano. Ahora, seguramente, sabía también que las pruebas habían desaparecido.

—Mantén la vigilancia —ordené.

—Ya hay dos agentes en el edificio y otro en la calle.

La eficacia de Valerian tranquilizaba casi tanto como inquietaba. Se acercó a la cama y observó al humano.

—¿Qué recordará?

—La muerte de Salas. Que en el apartado de correos solo encontró un teléfono prepago repleto de vídeos sexuales.

Que su compañero tenía una relación con Vega López y que él la visitó para exigirle explicaciones sobre su huida, encontrándose con una chica de dieciocho años aterrorizada.

El perfil de Elena en una aplicación para ligar con imitadores de los sobrenaturales y que alguien tuvo la mala idea de asaltar su piso.

Todo apunta a un ladrón con mal tino o a algún resentido por su foro.

—Eso es casi todo.

—No iba a extirparle la personalidad. Habría sido imposible.

Le quité cuanto sabía de nosotros: la transformación de Vega, el vínculo, las manadas y la certeza de que Rómulo y Remo no eran humanos.

También que Samael era un demonio y todo lo que descubrió en casa de la escritora.

Umbral volvería a ser una aplicación de citas basada en juegos de rol.

El vídeo de Vega, un montaje realizado para satisfacer las fantasías de Salas.

La familia López, un grupo de personas preocupadas porque su hija pequeña se hubiese relacionado con un hombre bastante mayor aficionado a las orgías y al roleplay .

A Javier le quedaría que un agente alto lo había interceptado al salir del portal. El agente lo había convencido de que descansara en otro lugar que no fuera su piso. Javier decidió aceptar el consejo y buscarse un hotel que no le trajera recuerdos porque llevaba días sin dormir.

Una versión sencilla, verificable y, por encima de todo, humana.

—Hay otra filtración —añadí—. Antes de ir a casa de los López, Expósito se lo contó todo a alguien del foro: SobrenaturalDeath .

Valerian abrió el portátil.

—Daniel Ferreira. Buenos Aires. Dos años de conversaciones casi diarias, pero su identidad no conduce a ninguna parte.

—Fue él quien le sugirió que Salas habría escondido las pruebas en un lugar de acceso controlado. Horas después, Elena le entregó la ubicación de la llave del apartado.

Valerian dejó de teclear.

—Demasiado oportuno.

—A mí también me lo parece. Localízalo y limpia el hilo que verá el inspector en su ordenador.

—¿Y de su memoria?

—No puedo arrancar dos años sin deshacer demasiadas asociaciones.

He sustituido únicamente el último intercambio.

Javier conservará haberle contado que Salas participaba en una comunidad de juegos de rol y que en el apartado solo encontró un teléfono con vídeos trucados.

Daniel le aconsejó entregar el material y dormir.

—Si leyó el mensaje verdadero, seguirá sabiendo lo ocurrido.

—Por eso quiero encontrarlo y hacerle un reset .

—¿Y Elena? —preguntó Valerian.

—Averigua quién autorizó su acceso a Umbral y si alguien la guio hasta Salas. No creo en las coincidencias y esta empieza a apestar.

—Queda la ilustradora. Expósito no fue el único que salió de esa casa sabiendo lo que son. Los López la consideran de la familia.

—Los López no tienen voto en esta materia.

Hablaré con Yara: la manada la expuso y la manada responderá de ello ante el Consejo.

Programaré un borrado esta semana y que lo supervise Bruna.

Hay dos licántropos con vínculo afectivo de por medio y no pienso autorizar otro procedimiento ejecutado por alguien implicado.

—La escritora también es un riesgo —apostilló.

Miré a Expósito. Aimara ocupaba demasiados lugares dentro de él: una cocina, una cama, una comisaría, años de convivencia y un futuro que seguía visitando pese a saber que ya no le pertenecía.

—Eliminarla habría causado más daño del que estamos autorizados a infligir y nos habría puesto a Samael en contra.

Valerian alzó una ceja.

—Qué escrupuloso.

—No confundas criterio con compasión. He dicho que es un asunto a debatir, no que no vayamos a hacer nada al respecto.

Lulú emitió un gruñido bajo.

—La perra nos recordará —comentó.

—Los animales no declaran.

Guardó la funda con las pruebas dentro de su maletín.

Antes de salir, volví a mirar al inspector.

Despertaría convencido de que el mundo seguía siendo el lugar mediocre que conocía: sin monstruos, sin magia y lleno de personas dispuestas a convertir una fantasía en su propia desgracia.

No había mentira más resistente que aquella en la que alguien llevaba años creyendo.