Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

Ciarán cubría mis labios con los suyos para tragarse el ruido, temblando conmigo, perdiendo por fin esa compostura insoportable que llevaba puesta como otra capa de ropa cara.

Se apartó de mí un poco, lo justo para hacer volar mi vestido y desabrocharse los pantalones.

No quería pensar en la imagen que ofrecía de mí misma comparada con la suya. Me bastaba con ver el ardor que reflejaban sus pupilas.

—Los fae no tenemos enfermedades venéreas y podemos controlar la eyaculación.

—Es bueno saberlo —comenté sin dejar de jadear.

—No llevo condones encima.

Apoyé los codos, muerta de placer.

—Acabas de decir que no los necesitas.

—¿Y me crees?

—¿Puedes mentir? —gemí entrecortada, porque el vaivén entre mis piernas no había cesado ni un instante.

—No.

—¿Entonces? Fóllame —sonó casi a súplica.

Ciarán me llevó al extremo de la mesa. La cola se retiró un poco, con destino más al sur.

La curiosidad pudo conmigo y miré.

La vi trazar el camino hacia la oscuridad y un latigazo de placer me encogió el útero.

—Si no quieres, puedo penetrarte solo con…

—Quiero. Lo quiero todo de ti.

Él se relamió de anticipación.

—Túmbate.

Lo hice.

Ciarán me agarró los tobillos y fue esparciendo besos por mis botas hasta que logré colocarle los pies en los hombros.

Nunca había estado tan agradecida al pilates.

—Si algo te incomoda…

—Te lo diré.

Colocó su miembro en mi sexo y empujó con suavidad, fijándose en cómo cambiaba mi expresión a medida que avanzaba.

Abrí la boca porque su frescura contrastaba con mi ardor. Ni los de Durex habían logrado ese efecto en sus lubricantes.

Entró hasta que no quedó nada fuera y solo entonces comenzó a moverse, mientras en mi parte trasera la cola vibraba y empujaba, cediendo terreno en cada envite, hasta que logró una invitación.

—¡Madre mía!

Ciarán sonrió.

—Le gustas a mi dragón.

—Y él me gusta a mí.

Se movió con más ahínco y me arqueé.

—Eres preciosa.

—Tiene mérito que me lo diga alguien como tú.

—Lo eres para mí.

Sus manos se pusieron a moldear mis pechos. Mis jadeos se fundían con sus gruñidos, el soniquete de la madera y el choque de sus caderas contra mí.

Me agarré al borde para aferrarme a algo. No iba a durar mucho así.

Ciarán sabía lo que se hacía, me colmaba en todos los sentidos, me sentía llena, muy excitada y con ganas de dejarme llevar.

A cada empuje, estaba cada vez más adentro.

Tiró de mis pezones y mi espalda trazó un arco perfecto.

El pelo le caía enmarcando su atractivo rostro.

—No aguanto más, no puedo, va en serio, Ciarán.

—Pues córrete. Déjame verte. Hazlo, Sandra, eres la única orden que mi cuerpo obedece sin discutirme. Y llevo días imaginando cómo suenas cuando te corres conmigo.

El estallido fue brutal. No pude controlarme más; todo en mí vibró y esa vibración arrastró la suya, envolviéndonos en un placer difícil de replicar.

Cuando todo bajó, no se apartó. Me acomodó las piernas y buscó mis labios para besarme lento, todavía con sus dos extremidades en mi interior.

Apoyó la frente en mi clavícula para lamer mi pezón con la respiración rota.

La cola aflojó alrededor de mi cintura, casi con ternura, abandonando mi parte posterior.

Yo miré el techo. Después la puerta. Después las hojas del contrato desperdigadas por la moqueta.

—Creo que ya no voy a poder leer una cláusula de exclusividad sin acordarme de esto.

Me besó el cuello. Suave. Demasiado suave para lo que acabábamos de hacer.

—Puedes no firmar hoy.

—Ya me había quedado claro con el asesoramiento oral, gracias.

Ciarán se incorporó a regañadientes.

Me abroché el sujetador y él me devolvió el vestido. Me lo puse por la cabeza con toda la dignidad de la que fui capaz de reunir. Mis medias eran historia; por fortuna siempre llevaba un par extra en el bolso por si se me hacía una carrera.

Con lo patosa que era más valía prevenir que lamentar.

Ciarán miró el destrozo y tuvo la decencia de parecer culpable.

—Veinte pares —le recordé.

—Te compraré todas las que quieras.

Tres golpes en la puerta. Educados, pausados y un leve carraspeo.

—Señorita Ruiz, señor Ashveil, el señor Morcant acaba de llegar.

Miré a Ciarán. Él me miró a mí.

—Dígale que tendremos que reprogramar la firma. Mi abogado ha encontrado una cláusula que debemos debatir —contesté con una voz que solo me tembló al final—. Y que alguien me traiga un café, por favor.

Hubo una pausa al otro lado.

—¿Solo?

—Doble. Muy doble.

Ciarán se agachó a recoger las hojas desparramadas mientras yo intentaba hacer algo decente con mi pelo. Las ordenó por número de página, porque hasta después de follar tenía modales de príncipe y alma de bibliotecario.

Al llegar a la última, se detuvo y me miró.

—¿Qué?

—Recogemos a Lluna.

—¿Ahora?

—Ahora. —Alineó los bordes, se incorporó y volvió a mirarme la boca—. Quiero repetirlo en casa, despacio y sin un Morcant esperando al otro lado de la puerta.

—¿Repetirlo?

Su mirada descendió por mi cuerpo antes de regresar a mis ojos.

—Esta primera versión me ha parecido demasiado breve y hay ciertos puntos que puedo mejorar.

El café acababa de dejar de ser lo único que necesitaba doble.