Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Sonrió. Poco, sin dientes, pero de verdad, con una mezcla de sorpresa y ternura que me dio un golpe en la tripa.

—Velo de Ceniza.

—Eso también explica el color de tu pelo. No es Velaris, pero me sirve igual. ¿Vives debajo de un volcán?

—Vivo contigo en un ático que ya tiene la cristalera reparada a prueba de la Tercera Guerra Mundial.

—Me gusta vivir contigo en ese ático —confesé—. A Lluna también, aunque quizá no debería decir estas cosas cuando quedan tres semanas para que seguramente deba preparar una mudanza.

Rodeó la mesa hacia la ventana. Resulta que los hombres milenarios también huyen, con mejor postura, pero huyen.

—Mi situación no es fácil, Sandra. Cuando estás cerca de mí se me olvida todo lo que debo proteger.

—Qué frase tan bonita para no contestar.

Se dio la vuelta.

—No quiero que te mudes; no quiero que vivas en otro lugar.

—¿Y por qué te apartas?

—Porque hay cosas en mí que no son seguras cuando pierdo el control y contigo lo pierdo más de lo que debería.

Me acerqué hasta quedarme delante de él y le cogí la muñeca. Le puse la mano en mi mejilla, porque llevaba meses viéndola detenerse a dos centímetros de mi cara con un policía nacional de guardia instalado dentro.

Estaba fría. Me encantó.

—¿A ella la has tocado así?

La pregunta no era muy bonita, sonó a celosa.

—Jamás.

Una tensión se me aflojó por dentro con tanta fuerza que casi me dio rabia.

—No quiero que me uses para rebelarte contra tu vida, Ciarán.

El deseo de su mirada se rompió por otro sitio, uno mucho más incómodo. El violeta refulgió igual que una amatista.

—No eres una rebelión.

—¿Entonces qué soy?

Su pulgar recorrió mi pómulo y fue descendiendo hasta mi corazón.

—Eres lo único que he querido sin que nadie me lo ordenara.

Se me llenaron los ojos de una emoción absurda.

—Eso ha sido muy bajo; no puedes soltarle una frase así a una mujer y esperar que no sienta nada.

—Lo sé.

—No puedes decirme eso con la mano ahí.

—Puedo retirarla.

—Ni se te ocurra.

Y entonces un golpe seco sonó contra la pata de la mesa.

Bajé la mirada y no di crédito a lo que mis ojos veían.

—Eso no estaba ahí hace un minuto.

—No mires.

—¿Es una cola?

—Sandra.

—¿De dragón? —tanteé.

—Te he dicho que no mires.

Sonreí porque me hizo gracia su pudor.

—¿No te da vergüenza que te vea en pelotas y sí que aprecie tu… cola?

Era gruesa, muy oscura, con un brillo metálico morado que subía y bajaba según le daba la luz de la ventana, y estaba enroscándose alrededor de mi bota derecha con la confianza de una boa constrictor.

—Es una parte muy íntima para nosotros.

—Pues dile que deje de enrollarse en mi bota si no quiere que pregunte.

—No siempre responde a lo que le pido.

—Ya somos dos. —Me miré la pierna—. Entonces tu psoriasis…

—No es psoriasis, me pillaste en época de muda.

—Ya me lo temía. Me dejaste creer durante semanas que se te desescamaba el otro apéndice.

—Sé perfectamente lo que dejé que creyeras.

Fue el tono —bajo, áspero, sin una gota de esa cortesía suya que asusta más que un grito— el que me hizo mover ficha.

Le acaricié el pecho, le agarré la corbata, tiré hacia abajo y él se dejó caer los últimos centímetros como un edificio que llevaba siglos esperando a que alguien retirara el andamio.

—Espera. —Se separó lo justo, con la frente contra la mía y la respiración desordenada—. Mírame y dime que sabes lo que estás haciendo y que entiendes lo que supone esto.

—No tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo —susurré—. Pero sé con quién y sé que no deseo que esta vez nos detenga una cristalera que se haga pedazos.

Él gruñó y lo siguiente que sentí fue la mesa de reuniones bajo mi trasero.

La carpeta de Lumen resbaló y se abrió contra la moqueta con un desorden que ninguno de los dos miró.

Ciarán se colocó entre mis piernas y bajó la vista hacia las botas altas, el vestido subido, las medias negras tensas sobre los muslos. La poca cordura que le quedaba hizo un ruido precioso antes de partirse.

—Voy a comprarte otras.

—¿Qué?

Las medias cedieron bajo sus dedos con un sonido tan limpio como indecente.

—¡Dios!

—Diez pares —murmuró contra mi garganta—. Veinte, si sobrevivo a esto.

—Firma eso también, abogado.

Se rio contra mi cuello, y juro que ese sonido me desmontó más que las manos.

Después dejó de reírse.

Su boca bajó por mi cuello, mordió sin morder, y sus manos se movieron por la lana encendiendo mi piel. Me eché hacia atrás; él me sostuvo la nuca con una mano mientras con la otra terminó de abrirse camino entre los restos de las medias.

La cola tiró de mi tobillo y me separó más las piernas.

Se me escapó un sonido contra su boca. Ciarán se quedó inmóvil.

—¿Bien?

—Como pares ahora, te denuncio ante tu propio colegio de abogados.

—No ejerzo.

—Eso me da igual.

Sus dedos llegaron donde llevaba semanas llegando en mi cabeza a las tres de la mañana. Se me escapó su nombre entero, apellido incluido, cuando apartó la tela de mis bragas ya húmedas y su cola se puso a hacer travesuras.

Gemí con fuerza.

—Otra vez —pidió, ronco, con la boca en mi oído.

—Ciarán…

—Otra vez, quiero escuchar cuánto te excita lo que te hago.

La punta roma me tanteó arriba y abajo, en un trazado que me robaba el aire.

Él hundió su lengua en la mía mientras aquella extremidad me masturbaba.

No pude controlar los sonidos de placer que me ahogaban.

La mesa crujió. No sé si por mi peso, por el suyo o porque hasta el mobiliario de Lumen entendió que había momentos en los que una se rinde por el bien de la trama.

Me agarré a su pelo, a su camisa, a esa criatura imposible que acababa de ponerme el mundo del revés, y su ritmo dejó de tener nada de educado.

La cola me rodeó la cintura y me acercó al borde, sujetándome, buscándome, obligándome a no escapar de lo que estaba sintiendo.

Y en mitad de todo aquello volvió el tirón. El mismo de la otra noche. Ese reconocimiento absurdo: una parte de mí que no le había presentado a nadie levantó la cabeza y dijo «ah, eres tú, ya era hora».

Cerré los ojos, y esta vez no fue porque él me lo pidiera.

El extremo de su dragón entró en mi interior y yo grité contra sus cuerdas vocales poseída por un placer que no creía posible.

Era muy grueso, cimbreaba y si alguien lo patentara como consolador, que se olvidara del Satisfyer.

Tiré de su pelo. Él metió la mano libre bajo el vestido y me abrió el cierre delantero del sujetador.

La palma no tardó en encontrar uno de mis pechos para masajearlo.

Estaba deshaciéndome sobre una mesa de reuniones de la planta veintisiete, agarrada a la corbata y la melena de un príncipe fae , con las medias hechas trizas, las tetas sueltas y siendo penetrada por algo inimaginable.