Capítulo 32
Las oficinas de Lumen ocupaban la planta doce de un edificio de la Castellana con más cristal que un acuario.
Llegué doce minutos antes, lo que en la escala personal del tiempo de una swiftie equivale a acampar en la puerta con termo y saco de dormir para ver uno de los conciertos de la Swift.
Me había vestido acorde con las circunstancias: botas altas por encima de la rodilla, medias negras, vestido de lana gris y el abrigo bueno, ese que solo saco cuando quiero parecer una mujer con la vida resuelta y no una tía que graba vídeos sobre libros sentada en el suelo de su habitación.
Iba a firmar y puede que tuviera que enmarcar este viernes como fecha de inicio de mi nueva carrera como bookfluencer , o eso me dijo Sue, quien me mandó un WhatsApp con la palabra suerte y ese gif de chicas celebrando con una botella de champán.
Lucía había revisado el contrato varias veces, había puesto notas al margen y me soltó un: «Está bien, Sandra.
Pelea la permanencia y la cesión de tus derechos de imagen y adelante».
Si una abogada con más mala leche que un comité de Hacienda te dice que algo está bien, una mueve la cabeza afirmativamente y procura no preguntar si «bien» significa que «no te venderán los órganos» o «te los venderán, pero a precio de un mercado capaz de hacerte rica».
En recepción había una pared con el logo en dorado y una mujer tan perfecta que hizo que me preguntara si llevaba las medias del revés; total, tampoco se notaría.
—Sandra Ruiz. Vengo a la firma con el señor Morcant.
—Por supuesto. Aunque el señor Morcant todavía no ha llegado. Quedan algunos minutos, así que puede sentarse en la sala de espera de la misma planta; hay cafetera en el pasillo.
—Gracias.
«El señor Morcant todavía no ha llegado». Qué frase más bonita para empezar una desgracia.
Cogí la tarjeta provisional, avancé tres pasos y estuve a punto de estamparme contra el torno porque la pasé por el lado que no era. Muy influencer de éxito, muy mujer de negocios, muy «concéntrate, Sandra, no vaya a ser que ahora no sepas entrar en edificios».
Iba a pasar la tarjeta por el lado correcto cuando una voz tras de mí hizo que me quedara plantada y sin moverme.
Mi sistema nervioso, que era compatible con la estabilidad de un castillo de naipes dentro de una freidora de aire, lo reconoció antes que mi cerebro.
—Ciarán Ashveil. Abogado de la señorita Ruiz. Vengo con ella.
Casi pude escuchar cómo la recepcionista se derretía ante el contacto visual.
Mi casero entró con abrigo oscuro, traje azul noche y una carpeta bajo el brazo. No me miró a mí. Miró a la chica que se relamía con pinta de querer comerse un ratón.
Me quedé de piedra, con el bolso pegado al costado y la boca ligeramente abierta, como una carpa contemplando el fin de su ecosistema.
—Adelante, señor. Le daré una tarjeta de visitante.
Vi cómo la muy descarada apuntaba algo en ella. Fijo que era el teléfono.
¡Sería perra!
—Perdona por llegar tarde —murmuró pegándose a mi espalda para guiar la mano que todavía sostenía la tarjeta a la parte correcta.
Tenía la boca seca. Estos días sin él, en la casa de Patri habían sido extraños; hasta Lluna parecía echarlo de menos.
Puso una de sus manos gigantes en mi cintura, y eso casi me hace tropezar. Por fortuna el ascensor estaba cerca y en cuanto llegamos, las puertas se abrieron.
Bajaron tres mujeres que repasaron a Ciarán con la palabra obscenidad tatuada en los ojos. ¿Quién podía juzgarlas? Yo misma podría haberle hecho un pijama de saliva.
Me dirigí al fondo. Él se puso a mi lado y detrás entraron dos hombres con acreditación de visitante, una chica con portátil y una señora que olía a perfume de los caros. Ciarán estaba demasiado cerca como para no rozarme. Demasiado lejos para poder darle un codazo sin parecer inestable.
Las puertas se cerraron.
—¿Qué haces aquí? —mascullé sin mover apenas los labios. Mi yo de quince años se sentiría orgullosa si hubiese estado en un examen de catalán.
Él miró al frente.
—Tenemos que hablar antes de que firmes.
—Ya he hablado con Lucía.
—Lo sé.
—Lucía es abogada de verdad.
—Yo también.
—Tú eres mi casero y consultor de comunicación estratégica y desarrollo internacional.
Uno de los visitantes nos miró por el reflejo de las puertas. Ciarán ni parpadeó.
—Y abogado.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que este edificio tuviera cimientos.
Me giré muy despacio hacia él.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Hablar con ese tono de haber visto nacer el hormigón.
Planta catorce. Entraron tres personas más. Una de ellas me reconoció; vi el destello de «yo a esta la he visto llorar en directo por un dragón ficticio» y bajé la barbilla a revisar una notificación inexistente.
Planta veintiuna. Planta veintidós.
Yo solo quería firmar un contrato y salir de allí con el futuro medio ordenado. No quería a Ciarán Ashveil apareciendo con voz de abogado, cara de pecado y una carpeta que no me dejaba ver.
🧚🏻🐺🧙🏻♀️🧛🏻
La recepcionista de planta se levantó al vernos. Él le comunicó que era mi abogado y que necesitábamos un despacho para revisar unas cláusulas antes de firmar.
—Por supuesto —murmuró con total amabilidad—. Señorita Ruiz, señor Ashveil, pueden pasar a la sala del fondo. Les avisaré cuando el señor Morcant llegue.
Fuimos hasta el lugar que la mujer señaló.
Un despacho recubierto con cristal oscuro; desde fuera no se veía el interior siguiendo la estética del edificio. Yo entré delante, porque las piernas se me habían puesto en marcha antes de que el cerebro emitiera dictamen.
Ciarán cerró la puerta. Ese hombre conseguía que un pomo sonara a sentencia.
—¿Puedes explicarme qué significa esto? Si estás aquí para que no firme…
Dejó la carpeta sobre la mesa de reuniones y no la abrió.
—Caedmon Morcant fundó Lumen. Y también es el hermano de tu reina de dragones.
El sobrenombre de su prometida cayó entre los dos como una copa rota.
Me quedé tan quieta que hasta dejaron de dolerme las botas.
—¿Caedmon Morcant es tu cuñado? ¿Tu puto cuñado?
—Sí.
—¿Y pensabas contármelo cuándo? ¿En la cena de Navidad de la empresa? ¿Junto con el regalo del amigo invisible?
—Por eso estoy aquí.
—No. No me vendas esto como transparencia heroica cuando apareces a veinte centímetros de mi firma.
—Solté el abrigo sobre una silla, porque de golpe tenía mucho calor y poco tenía que ver con su cercanía.
No podía permitirme sudar antes de la firma que cambiaría mi vida—.
Llevo con el contrato desde que fui a cenar con Caedmon.
Lo has visto en la isla de la cocina. Me has visto consultárselo a Lucía y morderme las uñas encima del papel como una rata de laboratorio.
—No quería que pareciera que te coaccionaba.
Abrí la boca. La cerré. Aquello me descolocó bastante más que cualquier gilipollez que pudiera soltarme.
—¿Qué?
—Si te lo hubiese contado antes, habrías pensado que utilizaba mi relación con él para decidir por ti. No quería que rechazaras lo que crees que es una oportunidad por mí. Tampoco que la aceptes por llevarme la contraria.
—Me conoces poco si crees que no haría las dos cosas a la vez.
—Te conozco lo suficiente para saber que firmarías solo para demostrar que nadie decide por ti, y eso está bien, aunque no es lo recomendable.
Eso me tocó un ovario. Por la puntería, sobre todo.
—Lucía ha revisado las cláusulas.
—Lucía ha revisado las cláusulas, no el contexto.
—El contexto es que estoy hasta el coño de hombres con secretos, porque intuyo que tu cuñadísimo sabía que vivo contigo y que a su hermana no le caigo bien. ¿Me equivoco?
Negó.
Apoyé las dos manos en la mesa y le sostuve la mirada.
—Así que vamos a hacer una cosa. Yo te hago una pregunta que no es al azar y tú me contestas la verdad y solo la verdad. ¿Qué eres? Y no me refiero a tu profesión.
Cogió aire y lo soltó despacio.
—No puedo responderte a eso aquí.
—Estamos en un despacho cerrado en la planta veintisiete; si una de mis amigas mantiene una relación con dos hombres lobo y otra con un vampiro milenario, créeme, estoy lista para asumir que tú puedes ser una gárgola.
Llevaba tres días ensayando esta conversación en la ducha y no iba a titubear.
—Te lo voy a poner fácil… ¿Con qué me tocaste la otra noche cuando me pediste que cerrara los ojos?
—Con los dedos.
—Lo que sentí no eran dedos.
—Era deseo primitivo.
—No me tomes por idiota. Deseo he sentido antes.
Deseo sentí a los diecinueve con el batería de un grupo de Sant Celoni que se llamaba Cuchillas de Afeitar y era malísimo.
—Di un paso hacia él—. Aquello no fue deseo, aquello fue abrir las piernas y que tú me tocaras con una extremidad que poco tenía que ver con un apéndice humano.
Silencio. Fuera, alguien se reía en el pasillo. Aquí dentro, Ciarán Ashveil tenía la mandíbula tan tensa que se le marcaba el hueso, y entendí, con una claridad que me dejó un poco tonta, que estaba peleando consigo mismo.
—Si te lo digo, no vas a poder fingir que esto sigue siendo normal.
—Cariño, dejó de ser normal cuando te vi en pelotas en el balcón y encontré una de tus descamaciones en el suelo.
—Tragué saliva—. Y quiero que te quede clara una cosa, porque no pienso repetirla: no me da igual lo que seas, me importa tanto que necesito saberlo antes de dejar que vuelvas a tocarme, porque sí, quiero que eso pase aunque te vayas a casar.
Eso lo partió.
Se le vio en los hombros, que bajaron medio centímetro. En la mano apretada como un puño. En cómo respiró, despacio, igual que quien salta sin comprobar si hay agua abajo.
—Soy fae .
Parpadeé una vez. Dos. Solo para hacerme la interesante y poner a prueba mis dotes de actriz.
—Vale.
Frunció el ceño.
—¿Vale?
—Hombre, después de que una de mis amigas se haya liado con los protas de Teen Wolf y la otra con alguien que participó en el Jardín del Edén, un fae no está del todo mal.
—Me encogí de hombros—. Además, explica tu gusto cuestionable por la ropa cuando vas a cenar con tus padres. ¿No serás de la Corte de Primavera?