Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

El rojo de su traje hizo que las luces del autocine parecieran insuficientes. Miró a un lado, después al otro, recorrió la zona de los puestos y me encontró apoyado en el Chevy.

Su expresión mudó.

—¿Qué hacés acá ?

—Te hice caso y vine a ver una peli.

Entrecerró los ojos.

—¿Y tu cita? ¿En el baño? Seguro que se ha indispuesto al ver lo aburrido que sos .

—A decir verdad, esperaba tener suerte y que la tuya fuera tan desastrosa que prefirieras verla conmigo antes que con él.

Se quedó sin palabras. Estuve a punto de documentarlo.

Su móvil vibró. Leyó la notificación y bufó.

—Increíble… ¿Qué le hiciste? Deshizo el match .

No pude evitar sonreír. Levantó la cabeza de golpe.

—¿Yo? ¿Por qué he tenido que ser yo?

—Porque eres un Pátula.

—¿Cómo iba a hacerlo?

— Tenés la cara de un gato que acaba de tirar un florero y espera que culpen al perro.

—Una descripción muy específica para alguien que no tiene mascota.

—Muy bien. Me voy.

—¿Y perderte la película con lo guapa que te has puesto? Venga, mujer. Veámosla juntos.

—¿Y poner en riesgo mi otra teta? No, gracias.

—No tengo vino en el coche y es un Chevy del sesenta y siete. Me pareció que decías que los clásicos te gustaban.

—El tuyo no, es descapotable.

—Acabas de herirle los sentimientos, ¿no sabes que no está bien opinar de carrocerías ajenas? Puedo cerrar la capota si te apetece. Y si la película sale bien…

—No vamos a follar —bufó.

—Estaba pensando en dejarte conducir.

Nina miró el coche. Después a mí.

—¿A mí? Si no sé.

—Todo es cuestión de aprender. Aunque lo de follar también habría estado bien. —Chasqueé la lengua.

Intentó mantener el gesto severo. Perdió la batalla y se rio. Vi cómo sus pensamientos se deslizaban sin que pudiera acceder a ellos, lo cual me resultó… edificante.

—Una película. Y después vemos si sobrevivo a tu ego lo suficiente para acercarme al volante.

🧚🏻🐺🧙🏻‍♀️🧛🏻

La película tenía más miembros amputados que argumento. Nina compró palomitas porque ningún asesinato ficticio debía afrontarse con el estómago vacío. Cerré la capota, sintonicé el audio en la radio y fingí prestar atención.

Duré siete minutos exactos.

Cruzó las piernas. El pantalón rojo se tensó sobre sus muslos y su pulso dio un salto que la marca me reprodujo dentro.

No podía leerla; el pacto había cerrado esa puerta.

Su cuerpo, en cambio, seguía llamando al mío con una insistencia cruel.

Mi bragueta se puso tensa. A decir verdad, llevaba así desde antes de que me vinculara a ella; la mordida solo lo había hecho peor.

Metió la mano en el cubo sin apartar la vista de la pantalla.

— Dejá de mirar.

—Si no miro no puedo ver la peli.

—La película está al frente.

—Tengo una visión periférica excelente.

— Tenés una cara dura excelente. La visión todavía está por demostrar.

Una palomita escapó de sus dedos y cayó dentro de su escote. Nina bajó la vista. Yo también.

—Ni se te ocurra.

—Iba a ofrecerme a ayudar.

—Eso es exactamente lo que no se te tiene que ocurrir.

La rescató con dos dedos y se la comió sin dejar de mirarme. Mi cuerpo respondió con tan poca sutileza que la siguiente palomita, lanzada por ella, aterrizó sobre mi bragueta.

—Se te ha caído —dije.

—Qué torpe.

—Yo sí te dejo recuperarla.

—No como del suelo.

La marca ardió cuando se inclinó a por otra. Su pelo me rozó la mandíbula, su perfume anuló la mantequilla y su boca quedó a pocos centímetros de la mía.

En la pantalla alguien gritó. Ninguno de los dos miró.

—Nina.

—¿Qué?

—Estás jugando con fuego y yo no soy @mordisquitosardientes .

Su sonrisa cambió. Se volvió más lenta.

—Tal vez entendés vos menos de lo que creés .

El pulso le golpeaba con fuerza. No era miedo, era anticipación. Mis colmillos presionaron la cara interna del labio.

Ella me miró la boca. Yo le miré la suya.

—A la mierda —murmuró.

Dejó el cubo en el suelo y se lanzó sobre mí.

El primer beso tuvo el sabor de una discusión aplazada. Me agarró del pelo y la sujeté por la cintura para ayudarla a pasar sobre la consola. Quedó a horcajadas sobre mis piernas, con la espalda rozando el volante y la respiración desordenada contra mi boca.

La besé otra vez. Despacio durante medio segundo; después sin ninguna intención de comportarme como un vampiro adulto razonable.

Sus manos bajaron por mi pecho. Las mías encontraron la piel bajo la chaqueta.

Su pulso me golpeó dentro cuando mis labios descendieron hacia su cuello y se detuvieron sobre el lunar de la yugular.

—No muerdas —susurró.

—No prometo nada.

—Entonces hazlo bien.

La frase destruyó lo poco que quedaba de mi prudencia.

La atraje contra mí. Mis colmillos se afilaron, Nina apoyó una mano bajo el salpicadero para no perder el equilibrio y accionó el interruptor del antirrobo.

El Chevy respondió con una explosión de claxon. Los faros parpadearon y las luces interiores nos expusieron ante medio autocine como una instalación artística sobre malas decisiones.

Nina se quedó inmóvil. Yo maldije en arameo y ella soltó una carcajada contra mi cuello al ver que el vigilante de seguridad se acercaba con una linterna.

Varios coches respondieron con el claxon. Alguien aplaudió.

—Tu reliquia se ha chivado —dijo entre risas volviendo a su asiento.

—Culpa a la seguridad moderna —farfullé.

—Traición al patrimonio histórico.

Conseguí apagar la alarma. Cuando volví a mirarla me miraba despeinada, con los labios hinchados y una felicidad indecente que me dio ganas de devorar.

—Podemos continuar… —sugerí, antes de que el de seguridad golpeara mi ventanilla para ver si todo iba bien.

—Ni loca, no me gustan los voyeurs .

Saludó al hombre con cara de malas pulgas, se recolocó la chaqueta y cruzó los brazos. El rubor no se le fue de las mejillas. Mi cuerpo tampoco recibió el mensaje de que la función había terminado.

Vi el resto de la película sin comprender una sola escena.

Cuando aparecieron los créditos, el silencio dentro del coche cambió. Nina volvió la cara hacia mí. Bajó la mirada a mi boca y la mantuvo ahí el tiempo suficiente para que la marca latiera otra vez.

—¿En mi piso o en tu casa?

—Vamos al mirador.

Se lo pensó unos minutos.

—Mmm. Vale.

Tardó doce minutos en descubrir que mi propuesta no incluía quitarse la ropa.

El aparcamiento del mirador estaba casi vacío. Madrid se extendía a lo lejos bajo una capa de luces y el asfalto ofrecía espacio suficiente para que Nina solo pudiera atropellar mi paciencia.

Me bajé y le abrí la puerta.

—Te toca.

Miró el volante como si acabara de encontrar una serpiente en el asiento.

—Pensé que lo de conducir era una metáfora.

—Yo no maltrato así el lenguaje.

—Darian, no puedo.

No dijo no sé . Dijo no puedo .

Su pulso cambió. El deseo dejó sitio a un miedo seco y antiguo que la marca me transmitió con tal claridad que cualquier broma murió antes de llegarme a la boca.

—Yo haré que puedas —musité—. Y no vamos a irnos antes de que pierdas el miedo a conducir.

—¿Y si le hago algo al coche?

—Sobrevivió a 1967. Sobrevivirá a una argentina de metro y medio.

—Italoargentina.

—Ya sabes que eso me pone a mil.

Me lanzó una mirada asesina.

—¿De qué tienes miedo? Porque no es de mí… Vamos, Goffi, que no se diga.

Apretó los dientes, se ajustó las gafas y cambió de asiento.

Le expliqué el embrague, el freno y las marchas. Escuchó con la concentración feroz que reservaba para las traducciones difíciles. Arrancó. Soltó el embrague demasiado rápido. El Chevy dio un salto y se caló.

— ¡Porca puttana!

—Una tentativa muy expresiva.

— Callate o te atropello.

—Tendrías que conseguir que el coche avanzara y que yo estuviese fuera.

—No me tientes a que te lance por la ventana.

—Dudo que siquiera puedas moverme del asiento.

La segunda vez se caló con más elegancia. La tercera avanzó dos metros.

Me miró con la solemnidad de quien acaba de derrotar a un ejército.

—¡Lo hice!

—Técnicamente, lo hizo el coche; no obstante, tu participación ha sido prometedora.

— Stronzo .

Cuando volvió a poner primera, cubrí su mano con la mía sobre la palanca.

—Despacio. No debes luchar con él; escucha cuándo te pide que sueltes.

—Es una máquina.

—Con sentimientos, ya te lo dije…

Respiró hondo. Soltó el embrague poco a poco y el Chevy empezó a rodar. Una vuelta torpe. Después otra más amplia. En la tercera ya no se miraba los pies: miraba al frente.

Su risa llenó el coche cuando metió segunda.

—¡Estoy conduciendo!

—A una velocidad que permitiría adelantarnos a una anciana convaleciente, pero sí.

—No me soltés .

No supe si hablaba de mi mano sobre la suya, del coche o de esa otra cosa que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

—Jamás.

Completó otra vuelta. Al llegar frente al mirador frenó con más brusquedad de la necesaria y nos sacudió a los dos. No se caló.

Nina contempló la ciudad. Después me miró a mí.

—¿Y ahora?

—Ahora podríamos practicar el aparcamiento.

—Perfecto porque pienso aparcar encima de ti.

Su pulso volvió a golpearme dentro.

Puso punto muerto, se desabrochó el cinturón y sonrió mientras se acomodaba de nuevo sobre mis piernas y se inclinaba hacia mi boca.

La película había terminado; lo nuestro acababa de arrancar.