Capítulo 31
El mensaje número cuarenta y tres de Umbral llegó a las cuatro y doce de la tarde del día siguiente.
No lo vi; no necesitaba verlo, porque La Marca del Pulso tenía la consideración de avisar cuando la persona vinculada a ti recibía una noticia que le gustaba, y a Nina parecía entusiasmarle ser la sensación de la app .
Lo que en teoría debería ser algo útil para los de mi especie llevaba días torturándome en tiempo real sobre la vida romántica de Yanina Goffi, mi Yanina Goffi.
Desde mi silla veía con claridad el rojo de su traje entre dos estanterías. Rojo sangre. Chaqueta entallada, pantalón ajustado y unos tacones que convertían cada viaje a la impresora en una declaración de guerra.
Apareció así por la mañana y se ocupó personalmente de aclarar a nuestras compañeras de marketing que aquella noche tenía una cita y, para más inri, con uno de los míos.
Ella creía que Umbral era una aplicación de ligoteo para frikis con inclinaciones teatrales a lo sobrenatural. Con el borrado, me había asegurado de que olvidara todo lo que podía convertirla en objetivo y ella parecía empeñada en resucitarlo.
—Te vas a desgastar el cuello de la camisa —dijo regresando a su ordenador.
Aparté la mirada de inmediato. Por dignidad, no porque me hubiera descubierto.
—Intento averiguar si ese color se considera una petición de auxilio o buscas ser el próximo reclamo de los sanfermines.
—Se considera una advertencia.
Su teléfono volvió a iluminarse. Esta vez lo giró con una lentitud ofensiva y dejó a la vista un mensaje de @mordisquitosdefuego .
«Esta noche voy a hacerte arder con la boca».
Había sobrevivido a poetas románticos, a tres emperadores y a dos traducciones al italiano de La divina comedia . Nada me había preparado para aquel nombre de usuario y lo que sentí al leer aquellas palabras dirigidas hacia ella.
Me apoyé en la mesa controlando mis ganas de despedazarlo.
—No deberías ir.
—Qué raro. Juraría que esta mañana ya habías expresado tu opinión, Pátula.
—Esta mañana creía que, al llegar la tarde, habrías madurado.
—¿Mi opinión?
—Tu instinto de conservación.
Nina levantó la mirada por encima de las gafas.
—Es una cita, no una excursión a Chernóbil.
—Puede ser un asesino en serie.
—Un asesino en serie no se apodaría @mordisquitosdefuego ni te aseguraría hacerte arder con su boca; se apodaría @descuartizadorfeliz y emplearía una motosierra.
—Igual es pirómano.
—Mientras lo sea en la cama, me vale.
La marca respondió bajo mi esternón con un golpe seco. Su pulso no estaba asustado. La muy hija de la república italiana estaba divirtiéndose conmigo o, mejor dicho, gracias a mí.
Regresé a mi trabajo antes de decir algo incompatible con cinco siglos de supuesta madurez.
Veinte minutos después, Nina hablaba con Aimara junto a la máquina de café. No estaban lo bastante cerca para que pudieran acusarme de escuchar. Tampoco lo bastante lejos para impedírmelo.
—¿Dónde habéis quedado? —le preguntó Aimara.
—En el autocine de la carretera de Colmenar. Él pone el coche, porque en bici sería poco cómodo.
—Un plan perfecto para un noviembre con bajada de temperaturas —intervine acercándome.
Nina se giró despacio.
—Sabremos cómo calentarnos, no te preocupes por que me constipe. Deberías tomar ejemplo y quedar con alguna adicta a la poesía. A ver si se te desatasca la pluma y no te ahogás en tinta.
Aimara rio por lo bajo.
—Mi pluma funciona perfectamente.
—Todos dicen eso cuando llevan demasiado tiempo sin usarla.
El teléfono de mi mesa sonó antes de que pudiera responder. Volví a ella: era Ciarán.
—Ashveil, menudo privilegio recibir una llamada tuya.
—En mi despacho. Ahora.
—Qué sugerente. Intenta que no nos vea Recursos Humanos o podrían abrirnos un expediente por confraternización.
Me colgó.
Llegué con el humor de un condenado a la silla eléctrica a quien le hubieran interrumpido en su último vis a vis . Ciarán estaba de pie, observando Madrid con las manos en los bolsillos del traje tres piezas.
—Si vas a pedirme otra vez que entre en esa aplicación ridícula para…
—Tenemos un problema con el velo.
—¿El de tu novia? —Me miró mal—. Ah, el original.
Se volvió. Tenía ese gesto contenido de los hombres que su furia lleva corona.
—Siéntate y deja que te cuente.
—Si no hay más remedio…
Me dejé caer en uno de los asientos de cuero; él hizo lo mismo y me contó lo ocurrido en el día de ayer.
Cuando creías que la cosa no podía ponerse peor, llegaba un humano con placa y la jodía del todo.
El resumen es que Samael lo llamó para que hablara con su padre e intercediera en el borrado de Javier.
Ciarán había ido a ver a Aodhan para frenar el protocolo y, cómo no, llegó tarde.
El Consejo ya había tomado cartas en el asunto y, si Marcellus había localizado a Expósito, probablemente el humano no recordaría ni el principio de su investigación.
El problema: nadie conseguía dar con él.
—¿Nadie? —repetí.
—Samael ha intentado localizarlo, también Aimara. Yo he intentado localizar a Marcellus sin demasiado éxito.
Saqué el teléfono y miré mi mensaje sin contestar; yo mismo le había escrito ayer.
—Parece que mi tío está cultivando misterios.
—Necesito que des con los dos; si alguien puede hacerlo, eres tú.
Lo observé un momento, por si el aire solemne de aquel despacho me había provocado una alucinación.
—¿En serio un descendiente de Dios me está pidiendo ayuda?
—Te estoy pidiendo que localices a tu tío.
—Pero ¿qué crees, que tenemos un radio vampiro o algo así para los desaparecidos? Usamos el móvil —apunté, agitándolo—. Podrías rogarle al Todopoderoso que te abra las aguas de la M-30 y te lo haga llegar en una barca. Sería más acorde con tu prestigio familiar.
—Mi relación con el Todopoderoso se limita a varias generaciones de silencio. La tuya con Marcellus incluye cenas y visitas a su casa.
—No subestimes las generaciones de silencio. Sostienen cualquier familia duradera.
Ciarán apoyó las manos en el escritorio.
—Javier es carne de cañón. El asesino sabe que conserva las pruebas y quien entró en su piso conocía sus movimientos lo bastante bien para saber cuándo no estaría. Si Marcellus le ha borrado la memoria y lo ha dejado marchar, tenemos a un hombre vigilado que ya no sabe que lo vigilan.
Ese era el punto y ninguno de los dos necesitaba subrayarlo. Borrar a Javier no eliminaba el peligro; eliminaba la única parte de Javier que sabía que existía.
—Si Marcellus ha hecho su trabajo, también habrá recogido cualquier objeto comprometedor y habrá implantado recuerdos que no pongan en peligro a nadie.
—Eso es lo que no sabemos. Tampoco sabemos si lo interceptó antes o después de que lo hiciera quien registró el piso.
—¿Y qué hago cuando lo encuentre? ¿Lo sacudo hasta que el humano caiga de uno de sus bolsillos?
—Averigua qué ha hecho con él y dónde está Expósito.
—Haré lo que pueda, no suelo hacer promesas sobre algo que no sé si voy a conseguir.
Me puse en pie para ir a la puerta. Su voz me detuvo.
—Debemos protegerlo, Darian.
Volví la cabeza. Ya no había arrogancia en su cara. Solo una certeza desagradablemente parecida a la mía. Solté una exhalación.
—Me esforzaré.
Al regresar a la planta editorial, la mesa de Nina estaba vacía. Su abrigo y su bolso habían desaparecido, también ella.
Miré la hora, el mensaje ignorado de mi tío y la silla vacía.
Encontrar a Marcellus y al idiota de Expósito podía esperar media hora; confiaba en la eficacia de mi tío. Impedir que Nina se metiera en el coche de otro, no.
Todo lo hacía por motivos de seguridad y orden de prioridades, naturalmente.
🧚🏻🐺🧙🏻♀️🧛🏻
El autocine estaba ubicado en una explanada enorme a la salida de Madrid.
La pantalla quedaba recortada contra el cielo estrellado y los puestos de comida iluminados lo hacían parecer una feria estadounidense. Llegué antes de la hora.
No me costó localizar a @mordisquitosdefuego junto al puesto de palomitas. Había visitado su perfil unas ciento cincuenta veces, sin exagerar.
Olía a vampiro joven con hambre de sexo; llevaba una cazadora de cuero que atentaba contra el buen gusto y consultaba el teléfono sin parar.
Me planté a su lado.
—¿Adrián?
Frunció el ceño.
—Sí.
Saqué mi acreditación de Vetusta, cubrí el logotipo con el pulgar y se la mostré el tiempo justo para que viera una fotografía y ninguna letra.
—Control de seguridad de la aplicación de Umbral. Tienes que marcharte de inmediato.
Parpadeó incrédulo.
—¿Qué?
—Tu cita ha sido identificada como succionadora de energía vampírica.
—¿ @Lamordidanobasta ? ¡Si ponía que era una MILF humana!
Si Nina oyera que un vampiro de trescientos años la hubiera catalogado como MILF , se echaría las manos a la cabeza.
—Usa varios nombres. La seguimos desde Buenos Aires. Tres afectados en Madrid: pérdida de apetito, incapacidad para el borrado, arrugas extremas y flacidez permanente.
El vampiro se quedó inmóvil.
—De los colmillos —aclaré y después bajé el tono de voz—. Aunque, según uno de ellos, no solo de los colmillos.
Adrián palideció, lo que en nuestra especie era un logro notable.
—¿Eso existe?
—Las llamamos aspiradoras en serie. Se alimentan de vampiros que creen que «mordisquitos de fuego» es una identidad sexual.
Miró hacia la entrada.
—Pero hemos hablado toda la semana. Pa-parecía una humana normal.
—Claro, si te dijera de entrada que va a vaciarte el aura por la tráquea, la tasa de éxito sería pésima.
—¿Y qué hago?
—Deshaz el match , bloquea el perfil y vete. No la mires a los ojos si aparece. Y, sobre todo, no dejes que te toque por debajo del esternón.
Se llevó una mano al pecho.
—No sé si creer lo que me dices.
Me encogí de hombros.
—Por mí quédate y compruébalo. Aunque yo ya te avisé, solo estoy aquí para salvaguardar tu integridad y detenerla.
Tragó con fuerza, asintió y eliminó la coincidencia delante de mí.
—Te debo una.
«Ni te imaginas lo que te debo yo».
Se marchó como alma que lleva el diablo o como vampiro temiendo ser succionado.
Cinco minutos después, un Uber dejó a Nina frente a la entrada y yo sonreí.