Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Aunque pudiera parecerlo, no me quedé de brazos cruzados después de que tres metros de cristal atravesaran el salón.

Primero garanticé la seguridad de Sandra y Lluna sacándolas del ático. Después llamé al seguro, al cristalero y a cuatro criaturas que olieron el marco hasta confirmar que quien lo había reventado no había dejado más que fuego y ceniza fría.

Yo no necesitaba un rastro, solo averiguar si mis sospechas eran las correctas.

La figura que vi alejarse tenía alas, el impacto olía a ceniza y Elowen conocía la posición exacta en la que dormía Lluna porque ella misma me lo había dicho en su propia casa, con la cadencia de quien lleva días mirando un edificio ajeno.

Además, su padre había ofrecido una explicación de su paradero que podía cogerse con pinzas: «Está en casa de una amiga».

Mi futuro suegro me aseguró que su hija había ido a visitar a Sireth. No mintió. Se limitó a contar lo que creía cierto y a dejar fuera todo cuanto ignoraba, un recurso admirable cuando se utiliza bien y bastante torpe cuando quien escucha lleva milenios haciendo lo mismo.

Por eso fui directo al origen de la coartada, para averiguar cuánto tenía de cierta antes de mover ficha.

Al día siguiente del estallido encontré a Sireth supervisando cómo dos jardineros podaban uno de los rosales de su residencia en la Casa del Espino, esa clase de jardín donde las plantas no toleraban bien a los visitantes sin invitación.

Me excusé diciéndole que pensaba prepararle una sorpresa a mi futura prometida y era cierto: la iba a sorprender.

—Sé que Elowen vino a visitarte el martes —afirmé, dando por entendido que fue mi prometida quien me lo contó.

—Sí, así es. Tomamos té juntas.

—Cuando las mujeres fae se juntan, es difícil separaros; es extraño que no se quedara a dormir.

Sireth observó las tijeras del jardinero.

—No le dijo a su familia que fuera a quedarse, así que no tenía permiso.

—Entiendo, espero que vuestra tarde no fuera demasiado breve.

Una de las rosas cerró los pétalos alrededor de una hoja y la trituró.

—Pudimos pasar juntas hasta la hora de la cena. Después se marchó.

Sireth me miró. Tenía los ojos de un verde tan pálido que las pupilas parecían agujeros abiertos en el hielo.

—Me alegra, entonces, que disfrutarais.

—¿Y cuál es esa sorpresa de la que me hablabas?

—Si te la contara, ya no sería sorpresa.

Ella me miró extrañada.

—Gracias por abrirme las puertas de tu casa; ahora debo irme.

—Pero…

—Un placer.

Por lo que descubrí, el padre de Elowen no me había engañado. Su hija había colocado delante de él exactamente lo que necesitaba para que lo repitiera de buena fe, que era el mejor tipo de mentira porque ni siquiera quien la propaga sabe que lo está haciendo.

No tenía una prueba que pudiera presentarse ante un tribunal humano. Por suerte, los fae llevábamos toda la eternidad ensayando para condenarnos con bastante menos.

Mi siguiente visita, hacía tan solo unas horas, fue a la Corte Oscura.

Tuve que esperar doce minutos en una sala de piedra volcánica. Allí las puertas se abrían cuando decidían los Morcant.

Elowen apareció vestida de gris y sin señales de haber perdido el control dos noches antes. Se sentó frente a mí. Saqué del bolsillo el fragmento de cristal y lo deposité en la palma de su mano.

Alzó las cejas.

—Tus presentes son cada vez más especiales.

—No es un presente. Es una devolución.

Lo tomó entre dos dedos y lo hizo girar bajo la luz.

—No recuerdo haber perdido una esquirla.

—La noche que fuiste a ver a Sireth abandonaste su residencia antes de medianoche y volaste hasta la mía. Destruiste la cristalera.

El borde se hundió en la yema de su índice. Una gota oscura apareció sobre su piel y se evaporó antes de caer.

—La otra noche estuve con Sireth, como bien has dicho. Tú, en cambio, ¿con quién estuviste para que alguien tuviera motivos para hacer algo así?

—Ambos sabemos que no pasaste la noche allí. Tampoco me interesa dónde la terminaste ni con quién.

—Qué educado.

—Has atacado mi residencia.

—Te advertí que no entraría en tu edificio si cumplías tu parte. No entré.

—Una interpretación creativa de nuestro acuerdo.

—No más que la tuya.

Elowen no había negado haber volado hasta el ático. Había elegido con cuidado cada frase que pronunciaba, lo que en nuestra especie no es lo mismo que defenderse.

—El cristal pudo alcanzar a Sandra. También a su perra.

—No lo hizo.

—Porque las cubrí.

—Qué considerado. Aunque no recuerdo qué parte de ti estaba ocupada en protegerla cuando llegué.

—Entonces reconoces que fuiste tú.

—Reconozco que rompiste nuestro pacto y yo actué en consecuencia.

—Me advertiste que no tolerarías que tu casa creyera que había elegido a una humana antes que a ti. Tres metros de cristal parecen una reacción excesiva para alguien a quien no le importaba.

—Y tú me aseguraste que nadie había elegido nada.

Rodeó la mesa despacio y clavó sus ojos en los míos. Se detuvo.

—No rompí tu ventana porque besaras a una humana. Tampoco porque quisieras acostarte con ella. La rompí porque tu dragón la eligió delante de mí.

Nadie en aquella sala se movió.

Ella tenía razón y los dos lo sabíamos. Los fae éramos tan incapaces de mentir como de negar lo que existía.

Mi dragón había respondido a Sandra antes de que yo pudiera impedírselo.

Elowen lo vio y reconoció lo que significaba.

No era deseo ni instinto. Era una certeza que no consultaba, no pedía permiso y tampoco podía devolverse.

—Accedí a casarme contigo. Tendrás mi palabra, mi protección, mi nombre y mi corona. Yo nunca te he pedido nada más. Yo no te pido explicaciones de con quién te acuestas —contraataqué.

—¿Vas a ignorar la elección de tu dragón?

—Te di mi palabra y la pienso cumplir.

Vi sorpresa en su mirada.

Asintió muy despacio. Cuando habló, la voz había perdido un grado de temperatura.

—Por una vez, la verdad me parece peor que una mentira.

Me levanté. El fragmento de cristal seguía sobre la mesa en la que lo había dejado.

—No he venido a discutir sobre la elección de mi naturaleza. Cumpliré con lo prometido.

—¿Entonces?

—Quiero algo a cambio de mi silencio.

La atención de Elowen se afiló y soltó una risa sin humor.

—¿Perdón?

—Si presento esto ante el Consejo, Sireth tendrá que declarar a qué hora abandonaste su casa y Bruna estudiará la dirección del impacto.

Habrá una acusación formal por atacar la residencia del heredero de otra Corte, exponer nuestra naturaleza ante una humana y poner bajo fuego a dos seres protegidos.

Tu padre te confinará antes de que Helena termine de leer el informe.

La boda quedaría en suspenso y tú perderías la única salida que tienes de la custodia de tu familia.

El canal que corría al fondo de la residencia siguió sonando. Su respiración, no.

—Te ofrezco silencio a cambio de información. —Le concedí el gesto de interrumpirme antes de que lo hiciera—. No te pido acceso al original. Las normas me lo impiden hasta la boda. Solo quiero que averigües quién lo ha consultado durante el último siglo y qué salió de esa cámara.

Elowen me arrebató el fragmento de cristal y lo cerró en el puño. Cuando abrió la mano, solo quedaba polvo que brilló un instante antes de apagarse.

—¿Qué buscas?

—A alguien capaz de borrar de un cuerpo el rastro que deja estar vivo. Quiero encontrar a quien utiliza cadáveres humanos para que las especies empecemos a arrancarnos la garganta.

—¿Y si acepto, mantendrás a la humana lejos de ti hasta la ceremonia?

—Cumpliré la palabra que te di.

—No te he preguntado eso.

—Lo sé.

Su sonrisa no tuvo alegría.

—Información a cambio de tu libertad y mi atadura. Sabes que seré un marido respetuoso y que, una vez casados, no volverás a necesitar la autorización de ningún Morcant para cruzar una puerta.

Ella aguardó unos segundos.

—Veré lo que puedo hacer.

—Eres una mujer lista, sabrás cómo obtener lo que te he pedido.

—Estás dispuesto a chantajear a tu futura esposa para proteger a cuatro humanas.

—Estoy dispuesto a impedir que haya una siguiente víctima.

Salí de la Corte Oscura con un acuerdo nuevo encima y otro antiguo apretándome el cuello.

Mi prometida iba a averiguar lo que le había pedido y, si lo lograba, usaría la información para exigirme algo más, no para entregármela.

Eso era esperable y también manejable. Lo que ya no sabía dónde encajar era que, durante toda la conversación, la única frase que no había podido formular delante de ella era la respuesta a la pregunta que no me había hecho en voz alta.

El cristalero terminaría a la mañana siguiente y Sandra regresaría al ático. Deseaba recuperar aquella normalidad con una intensidad que empezaba a rozar demasiado la respuesta que no había querido darle a Elowen.

Dentro de tres semanas me casaría. Después, Sandra tendría que decidir si aceptaba seguir viendo a un hombre unido a otra mujer. Y yo descubriría si era capaz de abrirle la puerta sabiendo que algún día tendría que verla marcharse.

El teléfono vibró en cuanto crucé el límite del territorio, aterricé en mi terraza y puse un pie en el edificio.

Era de noche y el nombre que lo iluminaba me hizo pensar que algo no iba bien: Samael.

Ni siquiera me dio tiempo a responder.

—Hay una brecha en el velo —anunció sin saludar.

—Últimamente las coleccionamos.

—Esta camina, lleva placa y está cabreada. Javier Expósito tiene un cuaderno que Salas elaboró con información sobre los sobrenaturales, además de un teléfono con un vídeo que me ha mostrado.

»Después se plantó en casa de los López acusando a Vega de haber matado a Salas y a sus hermanos de encubrirla. O de haberlo hecho ellos mismos.

—¿Y los lobos no lo despedazaron?

—Estaba Patri para conciliar, por lo que me temo que ya está al corriente de lo que son.

—Se nos acumulan las revelaciones.

—Expósito salió tras una llamada. Valerian recibió la alerta cuando amplió la denuncia. Alguien registró su piso mientras estaba fuera y, aparentemente, no se llevó nada. Conociendo al Consejo, Marcellus ya debe de estar sobre aviso.

Me planté en mitad del salón.

Javier Expósito me provocaba lo mismo que pisar una ortiga descalzo: irritación, reflejo involuntario y cero espacio en mis planes.

Quien había registrado su piso conocía sus movimientos con suficiente detalle como para saber cuándo no estaría.

Si Marcellus daba con Javier, eliminaría todo lo que sabía de nuestro universo y dejaría a un hombre bajo vigilancia activa sin ninguna capacidad de defenderse de algo que ya no recordaría.

—No pueden tocarlo —murmuré.

—Qué enternecedor. Hace un par de frases querías que los lobos se lo comieran.

—Quería saber por qué no lo habían hecho. No significa que considere útil borrar al único humano que conserva las pruebas.

—Entonces tendrás que utilizar tu condición de heredero y hablar con tu padre. Helena puede activar el protocolo sin esperar votación de los demás, si considera que la exposición es inminente.

—¿Se ha activado ya?

—No lo sé. Por eso te llamo.

Miré hacia Madrid.

—Veré lo que puedo hacer.

Samael tardó un segundo.

—No suenas particularmente entusiasmado.

—Mi padre lleva milenios enseñándome a obedecer. Dudo que le entusiasme descubrir que he aprendido lo suficiente para empezar a dar órdenes.

—Procura que no te desherede. Tienes una boda dentro de tres semanas.

—Ese es el problema, Vane. Tengo demasiadas cosas dentro de tres semanas.

Colgué, regresé a la terraza y dejé que el dragón rompiera mi piel.

No iba a pedirle un favor a mi padre, iba a recordarle que el heredero al que llevaba milenios enseñando a obedecer también podía tomar decisiones.