Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

El teléfono volvió a sonar antes de que alcanzara la carretera.

Elena.

Rechacé la llamada. Ya llevaba siete.

Un número desconocido ocupó la pantalla casi al instante.

—¿Sí?

—¿Javier? Soy tu vecina del tercero. Tu perra está en el rellano y la puerta de tu casa está abierta. He llamado a la policía, pero…

Di un volantazo y la parte trasera del coche derrapó.

—¿Lulú está herida?

—No lo creo. Solo está muy nerviosa. Subí a tu piso, te llamé y, al ver que todo estaba revuelto, imaginé que algún maleante había entrado. España cada vez está peor; ya no respetan ni los pisos de la autoridad.

—Gracias, señora… E…

Ahora mismo no me salía el nombre.

—Engracia.

—Eso, disculpe. ¿Se puede quedar con la perra mientras llego?

—Sí, claro, hijo. ¿No me morderá? Aunque yo no he dicho nada, ya sabes que en esta comunidad no se admiten…

—Perros —concluí por ella pinzándome el puente de la nariz—, lo sé. No se preocupe, en diez minutos llego.

Colgué y aceleré, Elena llamó otra vez y esta vez respondí.

—Déjame en paz.

—Javi, por favor, yo…

—Tú y yo hemos terminado.

—Pero, Javi…

—Han entrado en mi puto piso y tengo que ir cuanto antes.

—Oh, lo siento… ¿Quieres que vaya? ¿Fuiste al apartado de correos? ¿Tienes las cosas de Miguel?

Con esa pregunta saltaron todas mis alarmas. ¿Y si había sido ella?

—¿Javier? Puedo ir para allá si me necesitas. Déjame explicarte…

—Tengo cosas bastante más importantes que atender otra mentira tuya. No quiero más explicaciones. Hasta nunca, Elena.

Le colgué y hundí el pie en el acelerador.

Cuando llegué, Lulú estaba pegada a las piernas de Engracia. Corrió hacia mí en cuanto me vio. Me agaché para revisarla. No tenía sangre ni heridas, pero temblaba.

Le di las gracias a la vecina y le pedí que se la quedara unos minutos más mientras iba a mi piso.

La cerradura estaba intacta. Quien hubiera entrado no había necesitado forzarla.

Dentro estaba la policía. No quedaba un solo cajón cerrado. Habían tirado los libros, arrancado los respaldos del sofá y rajado el colchón. El escritorio estaba volcado; el portátil, abierto en el suelo. Hasta habían vaciado el bote de café y desmontado la cisterna.

No se habían llevado el televisor, el dinero que guardaba en la cocina ni nada que pudiera venderse. Curioso, ¿no?

Buscaban algo.

El sobre acolchado que Miguel había dejado en el apartado seguía conmigo. El cuaderno, el pendrive , el teléfono y la fotografía también.

No habían encontrado las pruebas, pero ya sabían que las tenía.

Esperé a que Científica terminara la inspección ocular, firmé la ampliación de denuncia y, cuando por fin me dejaron cerrar, saqué a Lulú para que respirara.

No había un alma en la calle. En la esquina, un hombre muy alto se apartó del portal en el que aguardaba.

Me rozó el hombro. Lulú gimió sin enseñar los dientes.

Un escalofrío me subió por la nuca al ver su sonrisa y sus ojos resplandecientes. Algo, primitivo y cabrón, me dijo que no iba a volver a entrar en mi casa siendo el mismo, si es que volvía.