Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Me pasé los ocho minutos de moto pensando en una cosa que no venía a cuento.

Que si me sentían como compañera desde que se mudaron, y yo llevaba siendo su vecina media vida, ¿por qué a mí no me había salido una marca como a Miguel Salas?

Tenía varios tatuajes, pero ninguno nuevo desde que me acosté con ellos.

A lo mejor hacía falta que me acostara con los dos a la vez. O que me hincaran el diente, como deseé aquella noche en el bosque y no supe por qué. A Nina le había funcionado.

Se lo tendría que preguntar a los chicos.

«Muy oportuno todo, Patricia».

Estaba agarrada a la cintura de Rómulo. Remo encabezaba la expedición a una velocidad de vértigo.

Rem frenó antes de la curva y ahí ya se veía.

El chalé de los López estaba apartado, al final de un camino de tierra con un muro de piedra que protegía la propiedad.

Se veían con claridad las luces encendidas: la del porche y las que se colaban por las ventanas de la planta inferior.

Los rectángulos amarillos quedaban recortados sobre el fondo negro, la puerta abierta con una figura dentro y otra figura fuera, que en otras circunstancias me habría pedido papel y lápiz.

Dos casas más allá, una cortina se movió.

Javier estaba en el escalón. Camisa por fuera, tres días de barba y el pelo desordenado, seguramente de habérselo tocado mil veces.

Alzaba el móvil, como si fuera una placa.

Remo y Rómulo aparcaron las motos atravesadas en la entrada y bajaron antes de que yo me quitara el casco.

—Aquí no entra. —Se plantó Rem.

—Aparta. —Javier quiso empujarlo.

—Es la casa de mis padres.

—Que apartes.

Remo se colocó a la izquierda. Rómulo, a la derecha. Me di cuenta de que era una posición practicada, no un impulso.

Yo me bajé de la moto con las piernas de gelatina.

—Javi.

Giró la cabeza. Tardó unos segundos en reconocerme, y en ese instante le vi la cara sin edición, sin filtro, la de un hombre que llevaba desde el sábado sin dormir y que había venido hasta aquí porque no se le ocurría otro sitio a pedir explicaciones.

—Anda —dijo con desfachatez—. La que faltaba.

—Tranquilízate un momento y hablamos —supliqué.

—¿Tranquilizarme? —Levantó el móvil—. ¿Sabes lo que hay aquí, Patricia?

—No.

—Pues deberías. —Miró a Rómulo, a Remo, y otra vez a mí. Y se le puso una sonrisa que no era una sonrisa—. Esta gente con la que vas no es de fiar, les salen garras y colmillos, y aúllan a la luna llena. Y no porque sean de esos tíos que se creen animales, estos lo son de verdad.

Mi cara no debió mostrar sorpresa, porque la suya mutó, al igual que el tono. El desprecio asomó en cada sílaba.

—Lo sabes… Claro que lo sabes… Se te ve en la cara, ¿qué pasa? ¿A ti también te han comido el tarro u otra cosa como a Aimara? ¿También te follan en sueños?

—Javi…

—¡Ni Javi ni hostias!

—Tenga cuidado con cómo se dirige a ella —gruñó Remo.

—Respete —añadió Rómulo—. Está en nuestra propiedad.

—¡Iros a la mierda! ¿Me oís? Los tres. No sé de qué me extraño. Eres igual que tu amiga —escupió con inquina—. Prefieres que te maten esos animales antes que estar con alguien normal. ¿Es que no lo ves? ¡Mira cómo ha acabado Miguel! ¿Es lo que quieres? No seas estúpida.

Rómulo dio medio paso.

Solo medio. Y con eso bastó para que el aire de aquella entrada cambiara de sitio.

—Vuelva a llamarla eso y no va a contarlo con el mismo número de dientes —dijo, muy tranquilo, y a Rómulo tranquilo yo no lo había oído nunca.

—¿Qué? ¿Vas a atizarme? Enséñame los tuyos, cabrón. Enséñamelos, para que pueda grabarte. Atrás. —Javier abrió los brazos y retrocedió un paso teatral, señalándolos con la barbilla—. Atrás, que sé lo que sois. Bichos. Sois todos unos putos perros.

Y a mí se me acabó la paciencia.

Me metí en medio. Entre ciento noventa de un lado, ciento noventa del otro y un poli de metro ochenta que llevaba cinco días alimentándose de café y de rabia.

—¡Ya está bien! Vete a tu casa, Javi, estás desatado.

—¿Yo? Quítate.

—No me da la gana. —Le puse una mano abierta en el pecho, ni empujando ni nada, solo puesta—.

Escúchame, illo . Puedes preguntar lo que quieras.

Estás en tu derecho y nadie te lo va a discutir.

Lo que no puedes es plantarte en la puerta de una familia pasadas las nueve de la noche a gritar porque te duele.

Tu dolor no es una orden judicial y yo no veo ninguna.

—No sabes lo que hay ahí dentro.

—Sé que ahí dentro hay una madre y una niña. Eso lo sé seguro.

Se le movió algo en la cara. Duró poco.

—Tus amiguitos sabían quién era Miguel —dijo, y esta vez les habló a ellos por encima de mi hombro—.

Lo sabíais los dos. Sabíais que estaba con vuestra hermana, sabíais que estaba en El Rastro tirándosela y lo encontrasteis en el suelo de casualidad, ¿verdad?

Qué cosas. —Se le rompió la voz por arriba—.

Ella lo mordió. Lo mordió y vosotros habéis pasado cuatro días tapándola.

—Está diciendo tonterías. Nosotros no sabíamos que estaban juntos —contestó Remo.

—Ya.

—Es la verdad.

—Ya.

—Se lo dijimos entonces y se lo repito ahora, cuando llegamos, todavía respiraba.

—¡Pues qué mala suerte que se muriera con dos lobos encima! ¿Fue porque se tiraba a vuestra hermana? ¿La misma que hacía muy poco que era menor? ¿Por eso os lo cargasteis?

La puerta se abrió del todo.

Vega salió al porche descalza.

Yo no la veía desde que se mudaron. En mi cabeza tenía catorce años y una bici.

La que bajó los tres escalones tenía dieciocho y era otra cosa: el pelo sin lavar recogido de cualquier manera, la cara hinchada de esa manera concreta que le ocurre a una cara que lleva tres días llorando sin consuelo, y una sudadera de la policía, varias tallas más grande, que le llegaba a mitad de muslo y que le venía enorme por todos los sitios.

No hizo falta que me contara a quién le pertenecía porque se notaba.

Se paró en el último escalón, al lado de su madre.

Había dibujado a mucha gente rota y nunca había visto a nadie sostenerse de pie con tan poco.

—Yo lo mordí —confesó en un murmullo.

Nadie respiró.

—Vega —empezó Rómulo.

—Cállate. —Javier lo cortó en seco apuntándolo con el dedo.

Bajó el último escalón y se puso enfrente de él. Le llegaba a la nariz porque era una chica alta.

—Lo mordí en El Rastro, sí. Y lo había mordido el viernes en su casa, y él a mí también, porque eso es lo que hacemos nosotros cuando nos vinculamos. No es una agresión. Es un sí. Es lo más parecido a una boda, es la entrega en cuerpo, el alma y la sangre; nunca jamás sería un ataque.

Javier abrió la boca.

—¿Y eso quién me lo garantiza? Igual no te controlaste, he visto lo que eres cuando te transformas, él lo grabó para mí y lo guardó junto a más cosas. Quizá tuviese miedo de lo que le pudieras hacer.

Un rictus de dolor y traición se perfiló en la cara de Vega.

—¿Lo que yo le pudiera hacer? —la pregunta sonó hueca—.

Miguel sabía lo que era desde el viernes —siguió—.

Se lo conté yo. Podía haberse levantado y haberse ido, y no lo hizo.

Me hizo doscientas preguntas y luego decidió que quería abrazar mi naturaleza.

—Se le empezó a mover la barbilla y siguió hablando por encima—.

No puede imaginar lo que le supone a uno de los nuestros vincularse con un humano; era mucho peor para mí que para él, eso se lo aseguro.

—Pues, a la vista de lo ocurrido, creo que el que peor parado ha salido ha sido él. Lo has matado.

—¡No! —gritó—. Le repito que yo no fui. ¿Me he culpado?

Por supuesto, porque yo también estoy muerta por dentro.

¡Vivir sin él no es vivir es sobrevivir!

—bramó con las mejillas encharcadas—. Pero también sé que no soy la única culpable.

Puede que la idea de ir a esa fiesta fuera mía; sin embargo, usted le cambió el turno, así que, en parte…

—Se pasó la manga por la nariz y sorbió.

—No te atrevas a sugerir que yo lo hice.

—Pues usted no se atreva a echarle la culpa a una cría de dieciocho años recién cumplidos que acaba de perder a su compañero de vida —gruñó Rem.

Javier había dejado el brazo del móvil colgando.

—Nos vinculamos el viernes —repitió Vega en modo automático—. Y el sábado se murió. ¿Sabe lo que es eso?

—Niña…

—¡No! ¡No me llame niña y contésteme! ¿Sabe lo que es perder a lo que más te importa en el mundo además de tu familia?

Nadie contestó.

—No se hace una idea porque no lo siente como nosotros, era su amigo, sí, muy bien, pero para mí era el único al que amaré hasta que me reúna con él.

»Odio el instante en el que lo abandoné en el bosque porque no me sentía bien, no debí marcharme, si lo hubiera sabido no me habría ido por mal que estuviera —confesó—.

Fui al baño, porque me dolía mucho el abdomen, apenas podía andar y cuando llegué tampoco levantarme de la taza.

Sentí cómo se apagaba. Aquí. —Se clavó el puño debajo del esternón, y lo hizo con una violencia que me obligó a mirar a otro lado—.

Intenté salir. No podía. Estaba agonizando.

Le juro que lo intenté. Hubiera hecho cualquier cosa para ir hasta él.

Y no pude porque me sentía débil e imposibilitada, y entonces me atravesó un dolor tan profundo que solo puede equipararse a que te arranquen el corazón.

»Los humanos lloran a sus muertos hasta que poco a poco se aminora la angustia.

Nosotros nos quedamos con el hueco sangrando para siempre.

Jamás se hará a la idea de lo que fue estar tirada en unos baños químicos sintiendo cómo se moría el hombre con el que, para mí, me casé el viernes.

Eso no se me va a quitar. No se me va a pasar nunca.

Y usted viene aquí a gritar mi nombre, ¿a acusarme de que yo lo maté?

¿O que lo hizo alguien de mi familia? ¿Para qué? ¿Para causar mi propia muerte?

Se le fue la voz y a mí también, por dentro.

Remo habló desde donde estaba, sin moverse.

—Expósito. Nosotros también queremos la cabeza del que le hizo eso a su amigo y a nuestra hermana. No somos el enemigo. Ya sé que ahora mismo se lo parecemos, pero se equivoca.

La señora López apareció al lado de su hija, le puso las manos en los hombros desde atrás y la giró hacia dentro con el cuidado de quien recoge algo roto del suelo, y solo entonces miró a Javier.

—Usted no debería estar aquí y nosotros no deberíamos estar hablando de estos temas —pronunció—.

No se hace una idea de lo que está provocando con sus actos.

Es mejor que no le cuente a nadie lo que sabe porque, como lo haga, los suyos lo tratarán de loco y los nuestros se ocuparán de que no pueda hacerlo, además de venir a por mis hijos.

—¿Es una amenaza?

No le respondió. Ella simplemente miró a sus hijos.

—Yara —pronunció. No era a Javier a quien se lo decía. Era a Rómulo y Remo. Ellos asintieron.

Fue justo entonces cuando le sonó el móvil a Javier.

Miró la pantalla. Cambió de cara antes incluso de descolgar, y eso ya me pareció mala señal.

—Expósito.

Se quedó escuchando.

Yo lo estaba mirando de frente, o sea que tuve el peor asiento de la función.

Vi cómo dejaba de apoyar el peso en una pierna. Cómo giraba la cabeza hacia el camino sin ver el camino. Cómo se le quedaba la mano abierta a media altura, sin agarrar nada mientras se le vaciaba la cara.

Colgó sin decir adiós. Levantó la vista y nos miró a los cuatro, uno por uno.

—¿Habéis sido vosotros?

—¿Qué? —dije.

—¡¿Habéis sido vosotros?! —rugió descolocado.

—Javier, ¿qué pasa? —insistí.

Y entonces gritó. No fue una palabra. Fue un sonido de esos que salen del sitio donde no hay idioma y que le duró lo que tardó en quedarse sin aire.

Sentí un tirón en la muñeca. Remo se había puesto detrás de mí, junto con su hermano, sin que yo me diera cuenta. A ambos les brillaron los ojos en un tono ámbar puro, dos segundos enteros con la luz del porche encima.

Javier no vio nada. Ya estaba andando hacia el coche.

Salió marcha atrás por el camino de tierra, sin girar, con el motor demasiado revolucionado, y los faros barriendo el muro.

Durante un segundo pensé que iba a estrellarse. No lo hizo, al menos, no con el coche.