Capítulo 27 #2
—Te estoy diciendo que lo hemos decidido igual —suspiré.
—¿Por qué?
—Porque para nosotros eres más importante de lo que crees, siempre lo has sido, desde que pusimos un pie en el barrio.
Se le pusieron los ojos brillantes; podía palpar su emoción.
—Necesito que me prometas que no irás sola a ningún sitio hasta que demos con el asesino —seguí—. No queremos que te separes de nosotros.
—Eso suena mucho a orden de acercamiento.
—Eso suena a «queremos que sigas viva por muchos años».
Se frotó la palma con el pulgar.
—Desde que llegasteis al barrio sentí una cosa que no me ha pasado con nadie más —dijo—. Y no hablo de que me pusierais cachonda, eso es una evidencia si le echáis un ojo a todas las veces que os dibujé.
—Solo nos dedicaste seis cuadernos —murmuró Rómulo con una sonrisilla—. Y de lo más gráficos.
—Te he dicho que no hagas bromas —gruñí.
—Eso era un dato.
Patri lo ignoró.
—Cuando estabais aquí, todo cuadraba. Daba igual lo que dijera Mateo, yo lo sentía.
No sabía qué era ni por qué me pasaba con los dos al mismo tiempo.
Bueno, pensaba que era porque estabais buenísimos y el tiempo ha seguido jugando a vuestro favor.
Por eso siempre me dibujaba en medio. Si me ponía al lado de uno, la composición se caía, faltaba el otro.
—La voz le perdió fuerza—. Seguí dibujando el mismo patrón en distintas escenas cuando os fuisteis.
A veces tres figuras. A veces tres sombras.
Me convencí de que había convertido una fantasía de cría en un sitio seguro y me quedé a vivir ahí, hasta que volvisteis.
»Con eso no quiero decir que haya sido célibe, pero sí que no me he sentido completa, me faltaba algo y ese algo cobró sentido a vuestra vuelta, la de ambos.
Rómulo bajó la cabeza. Yo me quedé mirando la pulsera porque mirarla a ella empezaba a costar.
—En El Rastro no me sentí una mujer a la que os estabais repartiendo —siguió—.
Me sentí parte, éramos un todo y os quería a los dos al mismo tiempo.
Después pasó lo que pasó y desaparecisteis y volví a ser la vecina de enfrente, la hermana de Mateo, a la que dejabais fuera cuando llegan los problemas.
Vosotros lleváis toda la vida eligiéndoos el uno al otro.
Yo no pienso ser el añadido divertido que se pone en medio para follar y se aparta cuando la cosa se complica.
¿Quiero follar con vosotros? Por supuesto, pero también quiero ver si podríamos ser algo más.
Rómulo sacó la cartera.
Buscó detrás de una tarjeta y le puso una fotografía encima de la rodilla.
La hice yo unas semanas antes de que nos fuéramos con dieciocho: los tres sentados en aquellos mismos escalones.
Rómulo a la izquierda, yo a la derecha y Patri en medio, enseñándonos un dibujo que la cámara no llegó a coger.
Tenía una esquina doblada y dos tiras de celo por detrás, de cuando estuvo pegada a la pared de una litera en Zaragoza.
—La has llevado en la cartera —dijo ella.
—Siempre —admitió Rómulo—. En cada destino y en cada casa que no era esta, cuando necesitaba acordarme de que había una persona a la que quería volver, la sacaba.
Patri pasó la yema del dedo por encima de su propia cara, de dieciséis años, con el pelo mal cortado.
—No eres alguien que metimos en medio una noche, peque —añadió él—. Ya estabas ahí mucho antes de que ninguno de los tres supiera qué hacer con ello.
Me obligué a mirarla.
—Mis padres murieron en un incendio cuando era pequeño, fui el único superviviente de mi manada; la de Rómulo me adoptó.
Patri dejó la foto sobre la mesa y me tomó la mano.
—Estaba fuera. Me había puesto morado de guiso frío a las tantas y me sentó mal.
Salí al patio a vomitar y ahí seguía cuando empezó el ruido.
Eso fue todo. Ni un gesto heroico ni una corazonada.
Vomité en el sitio correcto. Siempre nos persiguieron porque éramos de descendencia híbrida y alguien logró eliminarlos a todos menos a mí.
—Lo siento —murmuró Patri con una caricia leve de pulgar.
—Rómulo durmió en el suelo de mi habitación la primera noche —seguí—. No me preguntó qué necesitaba. Se quedó y ya está.
Mi hermano —mi compañero y la persona que mi alma eligió sin siquiera saber que lo estaba haciendo— me puso la mano en la nuca. Aquello hizo que continuar fuera más difícil y también inevitable.
—Él fue el primer sitio al que pertenecí después de perderlo todo.
Y tú eres la primera persona que ha conseguido que ese sitio crezca.
—Tragué—. Podía sentir el vínculo entre vosotros, al igual que el mío con él.
No me alejé porque significaras poco. Me alejé porque significabas demasiado y no quería que nada ni nadie os dañara, como le ocurrió a todos aquellos que me importaban.
Mi cabeza metió las dos cosas en el mismo saco: ser feliz contigo y que alguien se muriera.
Puede parecerte una gilipollez; el resumen es que llevo veinte años esperando que la felicidad venga con una cerilla dentro, lista para arder y volverse ceniza.
Patri se levantó.
Se metió entre mis rodillas y me cogió la cara con las dos manos.
—No necesito que dejes de tener miedo. Necesito que no lo uses para decidir por mí.
Me besó despacio. Sin la prisa del bosque y sin los años de separación. Cuando se apartó, se quedó con la frente contra la mía.
—Quiero seguir descubriendo lo que somos, no solo contigo. Los tres, también cuando no sea fácil. Me da igual lo que opine el mundo, o Mateo, si eso implica que podemos estar juntos.
Rómulo se puso de pie a su lado.
—Yo no he vuelto para tenerte a ratos, peque.
Ella le rozó el labio con el pulgar, justo donde había estado el corte.
—Se te ha curado en tres días.
—Ventajas del pack .
—Ya. Ahora entiendo muchas cosas.
Lo besó con el mismo cuidado. Después nos cogió a los dos por la nuca y nos juntó las frentes. Rómulo me buscó la mano por detrás de su espalda y ella lo notó, porque sonrió contra el hombro de mi hermano.
—Las normas —anunció, y ahí volvió a ser ella—. Si algo es de otra persona, me decís que no podéis contarlo y lo respeto. Si me afecta a mí, se cuenta entero. No desaparecéis, no decidís por mí y el «es por tu bien» no se usa de excusa para dejarme fuera.
—Hecho —acepté.
—¿Podemos meter que Mateo deje de pegarme? —propuso Rómulo.
—Eso pasa por el sindicato de hermanos mayores. Yo haré de portavoz. Y si no asume que podemos estar juntos, que se vaya a vivir con Nerea, que ya es mayorcito.
Fue entonces cuando vibró mi teléfono contra la mesa. Vi el nombre por el rabillo del ojo: Mamá.
Alargué la mano y contesté con la otra todavía enredada en la de Rómulo.
—¿Qué pasa?
Le temblaba la voz. A mi madre, a la mujer que tenía capacidad de separar dos lobos adultos con un trapo de cocina.
—Hay un hombre aporreando la puerta. Lleva cinco minutos y no para. Dice que se llama Javier Expósito y que quiere ver a vuestra hermana.
Un golpe seco llegó por el auricular. Después una voz amortiguada, ronca de gritar en la calle.
—¡Vega! ¡Sé lo que eres! ¡Sal y da la cara!
Me puse de pie.
—¿Papá está en casa?
—En el garaje de Brandon con sus amigos.
—Que no salga nadie. Ni Vega ni ninguno de mis hermanos. Cierra la puerta con llave, vamos para allá.
Colgué.
Rómulo ya tenía las llaves. Patri cogió su chaqueta de la silla.
—Es mejor que no vengas —solté.
Se quedó con una manga puesta.
El pacto había durado cincuenta segundos. Un récord, incluso para nosotros.
—¿En serio, Remo?
—Es policía y está fuera de sí. Y Vega lleva tres días sin dormir. —Me tragué el resto de la frase—. Es por tu…
—No termines la frase. —Metió el otro brazo—. Y voy igual.
Miré a Rómulo. Ya estaba abriendo la puerta. Mi hermano se encogió de hombros y solté el aire por la nariz.
—Vale, pero no te bajarás de la moto hasta que yo te lo diga.
Patri se guardó nuestra fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Haré lo que considere mejor para la familia.
Me guiñó un ojo y salió.
Tardé dos segundos en comprender que aquello no significaba que fuera a obedecerme y que si quería a Patri en mi vida, ya podía ir acostumbrándome a que esa fuera la realidad.