Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Rómulo y yo llevábamos cuarenta y un minutos sentados en los escalones de Patri cuando el coche la dejó en la esquina.

Él se levantó. Yo me quedé donde estaba, girando la pulsera alrededor de la muñeca.

Habíamos ensayado la conversación tres veces en la acera. En la primera, Rómulo habló demasiado. En la segunda, lo mandé a la mierda. La tercera se terminó sola cuando aceptamos que ninguna versión servía mientras siguiéramos eligiendo por ella qué parte de la verdad podía soportar.

Patri cruzó el jardín con el tubo de las láminas debajo del brazo y nos vio a mitad de camino.

Se paró. Miró la casa de enfrente, después el escalón, después su propia puerta, calculando cuál de las tres cosas le costaba menos.

Bajó la vista hasta la boca de Rómulo, donde el corte que le abrió Mateo el domingo ya era una línea fina que apenas se distinguía.

Se quedó ahí un segundo de más.

—¿Habéis venido con la verdad o la pido por Amazon?

—Hemos venido a hablar —apuró Rómulo.

—Eso ya lo intentasteis. Hubo menos diálogo que en una peli de Schwarzenegger.

—Esta vez es distinto —contesté.

Subió el último escalón y se plantó delante de mí. Traía el olor de la editorial encima: papel, tóner, barniz de imprenta y el cansancio de las once horas.

—¿Vais a responderme a todo?

La última vez tardé un segundo. Ella se acordaba, yo también.

—Sí.

Me buscó la duda en la cara. Al no encontrarla, metió la llave.

—Pues entrad antes de que los vecinos crean que estoy haciendo un casting para la nueva versión de El guardaespaldas .

La perra de Sandra nos recibió con la indignación de quien lleva desde las siete considerándonos una amenaza y ya no le queda convicción. Nos olió las botas, se ofendió por costumbre y decidió que Rómulo era aceptable.

—Sandra graba en Malasaña y luego tiene una cena; en principio, el cristalero debería tener reparada la cristalera mañana. Creo que el jefe la ha pedido a prueba de balas —dijo Patri sin que nadie preguntara—. O sea, que tenemos bastantes horas por delante. Enhorabuena.

Dejó el tubo apoyado en la pared, tiró la chaqueta encima de una silla y se sirvió agua. Rómulo ocupó un extremo del sofá. Yo me quedé de pie hasta que ella señaló el sillón con la barbilla.

—Siéntate, Rem, que me pones nerviosa ahí plantado con cara de venir a darme malas noticias. Aunque, si lo que veníais a contarme es que, como sois amigos de Mateo, lo que sucedió entre nosotros no va a repetirse, os lo podéis ahorrar.

—Somos licántropos —solté sin preámbulos.

Patri se acomodó en el sofá.

—Vale.

Esperé. Eso fue todo. Ni una pregunta. Ni un sobresalto. Ni siquiera esa risa nerviosa que utiliza la gente cuando oye algo tan absurdo que su cerebro necesita ganar tiempo antes de decidir si salir corriendo.

Rómulo y yo nos miramos.

—¿Vale? —repitió él.

—Sí. Ha dicho que sois licántropos y yo he dicho «vale». Creo que, de momento, la conversación se entiende bastante bien.

Rómulo se dejó caer a su lado y se inclinó hacia delante, con los antebrazos apoyados en las rodillas.

—No es una forma de hablar, peque. No queremos decir que somos muy territoriales, que nos gusta la carne poco hecha o que nos ponemos intensos cuando hay luna llena. Nos convertimos en lobos.

—Con cuatro patas, garras y colmillos capaces de despedazar —añadí—. Contigo jamás lo haríamos.

Patri me miró.

—Gracias por la aclaración. Por un momento había pensado que os convertíais en lámparas.

Le acabábamos de confesar que podíamos cambiar de forma y ella había reaccionado con la misma calma con la que habría recibido un aviso de lluvia.

—Los doce —insistió Rómulo—. Nuestra familia es una manada.

—Ajá.

Rómulo giró la cabeza hacia mí.

—Creo que se ha quedado en shock .

—No me he quedado en shock .

—Eso es exactamente lo que diría alguien en shock —le replicó.

—Y tú estás a dos frases de que te dé una hostia para que compruebes mis reflejos, así que calla.

—Patri señaló alternativamente a ambos—.

Habéis dicho que veníais a contármelo todo.

Estoy escuchando. Seguid, imagino que la conversación irá más allá de «hola, mi amor, yo soy tu lobo… o tus lobos», cuestión de semántica.

—¿No quieres saber por qué…? —empecé.

—Imagino que será por el mismo motivo que yo soy humana y tengo el pelo castaño, cuestión de genética y del origen de las especies.

¿Esperabais un drama o un «¡Oh, Dios mío, no puede ser!

»? Pues habérselo confesado a otra. Yo llevo dibujándoos desde los catorce así; no me pilla de nuevas, solo confirma que tengo una intuición de la leche.

Imagino que tendréis algo más que decir.

Rómulo soltó una risa por puro nervio y yo me la quedé mirando.

Ahí estaba. Ella siempre supo lo que éramos, aunque no lo comprendiese.

No había recibido nuestra confesión con calma porque no le importara; lo que quería era obligarnos a llegar hasta el final antes de permitirnos desviar la conversación.

Respiré hondo.

—Miguel Salas era la pareja de vida de Vega.

Esta vez sí reaccionó.

Sus dedos, que hasta entonces habían jugueteado con el bajo de la camiseta, se quedaron inmóviles. Seguí.

—Llevaban juntos desde agosto y lo mantenían en secreto porque las relaciones con humanos están prohibidas dentro de nuestra manada y, sin embargo, se vincularon.

—Estuvieron juntos en El Rastro —continuó Rómulo—. Nosotros sabíamos que Vega llevaba meses viendo a alguien; los lobos jóvenes tienden a ser sexualmente muy activos.

—Decídmelo a mí, que me chupé en primera fila toda vuestra eclosión sexual.

—Ignorábamos que el hombre con el que nos topamos era él. Lo descubrimos cuando lo encontramos en el suelo y vimos la marca de vinculación —aclaré.

La imagen regresó sin que la llamara: la máscara, la camiseta empapándose de sangre contra el cuello, la marca bajo las costillas.

—Estaba vivo cuando llegamos —especifiqué—. Intentamos reanimarlo durante diez minutos. No sirvió de nada.

Patri bajó la vista hacia mis manos, quizá recordándolas cubiertas de sangre.

—La mordida parecía de lobo —prosiguió Rómulo—, pero no fue lo que lo mató. Estamos casi seguros de que había otra herida, la mortal, y alrededor no encontramos nada. Ni un mísero rastro de olor.

Patri levantó la cara.

—¿Y eso qué significa?

—Que todo huele —expliqué—. Lo que está vivo, lo que está muerto, la tierra, la sangre, la ropa… La persona que le abrió el cuello a la pareja de nuestra hermana estuvo allí y no dejó ningún rastro. No sabemos cómo es posible.

—Lo que sí sabemos es que funcionó de puta madre para inculparnos —añadió Rómulo—. La poli y los sanitarios nos encontraron arrodillados junto al cadáver y cubiertos de su sangre.

Ella se acomodó en el borde del sofá, muy despacio, con las manos abiertas sobre las rodillas.

La existencia de los licántropos no le había movido una pestaña. Saber que nuestra hermana había perdido a su pareja y que nosotros habíamos intentado salvarlo sí.

—Por eso no vinisteis directamente a casa después de… —La frase se le rompió antes de llegar al final—. Era la pareja de Vega.

—Exacto —confirmé—. En cuanto salimos de comisaría fuimos a verla. Teníamos que estar con ella. Su vínculo ya le había hecho sentir que Salas había muerto. No vinimos directamente aquí porque lo que ocurrió contigo significara poco, sino porque ella nos necesitaba.

—Nos fuimos porque todo se hizo mierda a la vez —resumió Rómulo—. Nos importas mucho, peque, siempre ha sido así y no queremos que lo dudes.

Ella nos contempló a ambos.

—Hay una parte de esta historia que no me corresponde contar —añadí—. Cómo fue su relación, qué recuerda Vega de aquella noche, cómo está sobrellevándolo… Eso tendrá que hacerlo ella si algún día lo desea.

Patri asintió una sola vez.

—Eso lo entiendo y tengo muchas preguntas sobre vuestro mundo.

Por primera vez desde que habíamos entrado, tuve la certeza de que quizá sí estábamos haciendo las cosas bien.

—Bien. Eso está bien.

Rómulo me miró. Habíamos acordado que yo llevaría el peso de la conversación porque él hacía un chiste de todo. Aun así, añadió:

—Estamos preocupados por ti, peque.

—¿Por mí?

—Las víctimas estaban relacionadas con sobrenaturales —expliqué—.

La primera se acostó con un vampiro. La segunda pasó por las manos de un íncubo.

Salas estaba vinculado a nuestra hermana y tú te acostaste con nosotros.

—Sostuve su mirada—. Si el asesino elige a humanos que se han acercado a los nuestros de manera íntima, das el perfil.

Patri permaneció callada unos segundos.

Vi cómo encajaba las piezas, o eso me pareció.

El miedo alteró su olor, pero enseguida quedó sepultado por la rabia.

—¿Pensáis que voy a ser la siguiente?

—Pensamos que podrías serlo.

—¿Desde cuándo?

—Desde que entendimos que puede ser un patrón. Aunque desde el principio te dijimos que estábamos aquí para protegerte.

—Ya, bueno, han cambiado bastante las cosas desde entonces…

Rómulo se pasó la lengua por el labio herido.

—Por mucho que Mateo quiera que revisemos nuestras prioridades.

—No hagas bromas —le advertí.

—Déjalo —intervino Patri—. Es lo que hace cuando algo le importa demasiado.

Mi hermano bajó la mano.

Ella nos conocía mejor de lo que nos convenía.

—Hay algo que no puede salir de aquí —continué—. Nuestra jefa nos prohibió hablar del caso contigo. Si se entera de que te lo hemos contado, vendrán a por ti.

—¿A por mí?

—Hay gente que se dedica a proteger el secreto de nuestra existencia.

—¿Cómo?

—Limpiando la memoria de los humanos que descubren demasiado. Hay muchas razas de sobrenaturales y algunos bastante radicales.

Patri no se movió.

—¿Pueden borrarme los recuerdos?

—Sí, pero volveríamos a contártelo —intervino Rómulo—. Las veces que hiciera falta. Remo con pocas palabras porque su saliva tiene límites y yo mejorando la presentación.

No respondió enseguida. Por primera vez desde que habíamos entrado, pareció entender el peligro que la acechaba.

Patri se quedó muy quieta.

—¿Me estáis diciendo que lo que acabáis de revelarme os puede costar caro?

Y ahí estaba su miedo real: no la muerte, lo que pudiese pasarnos.