Capítulo 26 #2
—¿Me estás hablando de La Biblia ? ¿Te acabo de enseñar a una mujer con colmillos y te he dicho que ese cabrón es el demonio que nos separó y me sales con La Biblia ?
—Es la verdad —afirmé con contundencia.
Él se rio.
—Que le hayas soltado esa bazofia no convierte en verdad cada puta historia que le hayas metido en la cabeza.
—Se giró hacia ella—. Te ha sorbido el cerebro, ¿es que no lo ves?
Ha cogido tus libros, tus creencias y tus sueños y ha construido una versión donde resulta que él es tu gran amor eterno. ¡Qué casualidad!
—Lo recordé yo antes de que él pudiera contármelo, tenía prohibido decírmelo.
—Menuda casualidad. No tenía prohibido acostarse contigo, pero sí decirte que sois almas gemelas. ¿No ves que te está manipulando?
—No podía hacerlo, Javi —la voz le subió por fin—. Se le cerraba la mandíbula cuando lo intentaba. Se le ponía el cuello negro. Lo vi quedarse sin habla por intentar darme alguna pista. Si esto fuera un montaje suyo, me lo habría contado en una tarde y tan tranquilo.
—Ella fue mi mujer al principio de los tiempos —intervine—. La he buscado en cada una de sus vidas y no he amado a ninguna otra.
Javier me miró con asco.
—Claro. Por eso haces que todas se corran entre tus brazos.
—Eso no es amor, es darles liberación y elección. No las toco.
—¡Eso es abuso de poder! —estalló—. ¡Eres un jodido demonio!
¡Aimara, despierta! Si un hombre entrara cada noche en los sueños de una mujer, la excitara sin que ella supiera que era real, la vigilara vida tras vida y luego se presentara a decirle que le pertenece desde el principio de los tiempos, tú serías la primera en llamar a la policía.
No tenía ninguna respuesta capaz de borrar la verdad incómoda que había ahí dentro. Javier no dejaba de ser un hombre herido al que le habían arrebatado lo que él creía suyo.
—Nunca le he dicho que me pertenece; siempre le he dado la opción de elegir.
—No te hace falta. Has conseguido que lo diga ella con tu influjo.
Javier le tendió la mano.
—Ven conmigo. Sal de aquí hasta que puedas pensar sin tenerlo delante; puedes quedarte en mi piso, te juro que no te tocaré, dormiré en el sofá si hace falta.
Aimara miró aquella mano y una lágrima le bajó por la mejilla.
—No. No lo entiendes y no te culpo.
—Aimara…
—Lo nuestro se terminó hace mucho, contigo me sentía pequeña, no funcionábamos ni con sexo ni sin él.
—Se limpió la cara con el dorso de la muñeca—.
Lo nuestro fue de verdad un tiempo. Te quise muchísimo y sé que tú a mí también.
Y también sé por qué me fui. Te reías de mis metas, de mis sueños, de mis libros delante de tus compañeros.
Creaste una comunidad para que odiara todo lo que represento.
Samael nunca ha convertido cada cosa buena que me ha pasado en una amenaza.
—Porque estaba dentro de tu cabeza.
—Él no tiene la culpa de que yo llevara meses sintiéndome sola durmiendo a tu lado.
Javier bajó la mano. El golpe no se le vio en la cara, sino en los hombros.
—Los dos nos hicimos daño, asúmelo. No funcionamos.
Él clavó las pupilas en mí.
—Si todo eso que contáis fuera cierto, lo vuestro tampoco sería amor. Sería una obsesión de miles de años, una condena con la misma alma y una ventaja contra la que ningún hombre puede competir.
—En parte tienes razón —admití.
Que lo hiciera lo descolocó más que el resto.
—Por eso necesito que ella lo sepa todo y pueda elegir. También si su elección fuera marcharse de mi lado.
—Qué cómodo decir eso cuando ya la has convencido.
Volvió a coger a Aimara del brazo. No la zarandeó ni apretó. Fue el gesto de un hombre que ve cerrarse una puerta e intenta meter el pie.
La temperatura del salón bajó antes de que yo decidiera nada. La serpiente me subió por el cuello y se detuvo en la mandíbula.
—Vuelve a tocarla después de que te haya dicho que no y comprobarás qué parte de la Biblia se quedó corta.
—¡Samael! —Aimara liberó el brazo y se colocó entre los dos—. No necesito que hables por mí.
La sombra se retiró.
Javier vio el gesto. Y en su cara apareció una certeza peor que cualquier prueba forense.
—¿Él es lo que quieres?
Aimara ya no intentaba esconder las lágrimas.
—Sí.
La respuesta lo vació.
Asintió una vez, se guardó el teléfono de Salas en el bolsillo interior y caminó hacia la puerta.
—Pues muy bien. Ya sé quién estaba con Miguel esa noche y ya sé lo que es. Voy a por ella y esta vez no voy a pedirle permiso a nadie.
—No lo hagas. Esto te queda grande, Javier. Trágate el orgullo y deja que yo me ocupe antes de que salgas mal parado.
Se detuvo con la mano en el picaporte.
—¿Me estás amenazando?
—Yo soy el menor de tus problemas.
—De puta madre, porque yo soy el mayor de los tuyos.
—Giró la cara hacia Aimara una última vez—.
No pienso volver a venir a por ti, así que, si te quedas, esto es un adiós para siempre.
Cuando sea demasiado tarde, o cuando seas tú la que aparezca en una bañera, te acordarás de quién intentó sacarte de aquí.
—Javi… —musitó sin moverse.
Él sonrió desdeñoso.
—Ya has elegido. Que seas feliz en el infierno.
Cerró sin dar un portazo.
Aimara se quedó mirando la madera. Yo no me moví. Acababa de recordarle a Javier que su voluntad no estaba por encima de la de ella; usar mi dolor para invadirla habría sido el mismo pecado con otro traje.
Zeus salió de debajo de la mesa y se sentó sobre su pie descalzo.
—No debería dolerme tanto —murmuró con las lágrimas recorriendo su rostro.
—Lo quisiste y lo quieres, de un modo distinto.
—Sí.
Aquello no me hirió. La forma en que se abrazó el cuerpo, sí.
Esperé.
Fue ella quien cruzó la distancia y apoyó la frente en mi pecho. Solo entonces la rodeé con los brazos.
Javier había subido tres pisos para rescatarla de un demonio y se había marchado convencido de haber fracasado porque Aimara había elegido a uno.
Se equivocaba en lo esencial.
Yo no era el demonio del que debía protegerla.
El verdadero seguía ahí fuera y acababa de conseguir lo que quería: que Javier dejara de protegerla.
El mal nos acechaba, disfrutando del espectáculo, y acababa de dejarnos exactamente como quería: heridos, separados y demasiado ocupados culpándonos unos a otros para verlo venir.