Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Aimara llevaba catorce minutos llamando imbécil a Javier y los mismos catorce excusándolo.

—Está destrozado. Acaba de enterrar a su compañero.

Y por muchas ganas que tenga de desgreñarlo por estúpido, por no responder a mi llamada, siento que está en peligro.

—Cruzó el salón por sexta vez con la taza en la mano y sin habérsela llevado a la boca ni una sola—.

¿Qué clase de persona lee un «¿Esta es tu Elena?

» con una captura de una aplicación sobrenatural debajo y decide que ya contestará cuando Mercurio deje de estar retrógrado?

Doble tic azul en once segundos, bello . Los conté.

—Quizá esté intentando entenderlo o ha ido a casa de Elena a hablar con ella.

—Pues que lo entienda con el teléfono en la mano. No pido una tesis doctoral. Me conformo con un «recibido, no he muerto».

Zeus Alejandro la seguía de un extremo al otro de la alfombra, entusiasmado con el ejercicio. Artyom había decidido que aquello no requería supervisión y dormía atravesado en el pasillo, justo donde uno tenía que pisarlo.

Había ido a buscarla a la casa de comidas de la esquina después de su llamada.

Nina tenía que volver a Vetusta, Aimara no estaba en condiciones de volver sola y yo tenía cuatro reuniones que anulé sin molestarme en inventar una excusa, que era la clase de lujo que una criatura de mi edad aprendía a permitirse.

En la pantalla del portátil, Elena Mora sostenía varios libros contra el pecho con la serenidad de quien todavía ignoraba que cuatro mujeres acababan de colocarla en el centro de tres asesinatos.

—Cuéntamelo otra vez —pedí. Necesitaba comprender cómo había llegado Aimara hasta Umbral, porque esa parte se la había saltado.

—¿Qué parte?

—Todo lo que sepas de ella y cómo llegaste a la app . No necesito conclusiones.

Me fulminó con la mirada.

—Sé diferenciar los hechos de las teorías. Escribo novelas de romantasy con misterio.

—En tus novelas conoces al culpable.

—Y, aun así, consigo sorprender al lector más que la policía.

Se sentó a mi lado y giró el ordenador. Elena la había entrevistado dos años atrás, sustituyendo a una periodista enferma veinte minutos antes de grabar.

No le preguntó de dónde sacaba las ideas ni cuál era su personaje favorito.

Quiso saber qué partes del folclore conservaba, cuáles se inventaba y si le daba miedo que un lector confundiera una fantasía bien documentada con algo real.

También figuraba en la lista de las cuatrocientas cajas de coleccionista.

Conocía a Salas antes que a Javier y los dos se veían a escondidas para hablar de la saga.

Y usaba el mismo alias desde el que alguien había dejado un comentario en el podcast de Sue, la chica que trabajaba en Lumen que mandaba a sus oyentes a la policía.

—«No hay ningún imitador. Los tres tenían algo en común y no es lo que estáis buscando. Alguien de la investigación lo sabía y ya no puede contarlo» —recitó—. Y según le dijo Sue a Sandra, lo borró.

—Salas.

—A esa conclusión llegué. Lo que no sé es si Elena intentaba avisar a alguien o presumir de saber más que nadie. —Señaló la pantalla—. Todo apunta a ella. O es la asesina o sabe quién va a ser la próxima. No sé cuál de las dos vainas me gusta menos.

—Hay una tercera.

—Claro que la hay. ¿Para qué conformarnos con dos opciones horribles pudiendo tener tres?

—Puede que esté investigando por su cuenta y no entienda dónde se ha metido. Umbral verifica el aura antes del registro, Aimara. No es un filtro, es una puerta. Los humanos que se colaron por la brecha entraron sin saber lo que hacían.

Se frotó la runa de la muñeca izquierda.

—Entonces puede que no sepa lo que hay dentro.

—O que se lo encontrara. Es distinto. ¿Puedes decirme cómo diste con Umbral? ¿Se lo comentó Elena a Sue en algún mensaje?

—¡Coño!

El telefonillo sonó.

Aimara dio un respingo y se levantó. Cuando miró la pantalla soltó una exhalación.

—¡Por Dios! Menos mal que este hombre no ha cometido ninguna estupidez.

Pulsó el botón y dejó la puerta del piso entornada. Durante el trayecto hasta el recibidor se le fue cayendo el enfado a trozos. Se colocó el pelo detrás de la oreja. Soltó el aire.

No tenía duda de que Javier acababa de presentarse aquí a comprobar que Aimara estaba bien.

Escuché los pasos en la escalera y supe que no venía solo a eso. Caminaba demasiado deprisa y el corazón le iba por delante de los pies.

Tenía la camisa arrugada, tres días de barba y el olor del tanatorio todavía en la chaqueta. Miró a Aimara primero y algo se le aflojó en la cara.

Después me vio detrás de ella.

—Claro —masculló—. Tenías que estar tú.

—Lo llamé yo porque tú no respondías —me excusó Aimara—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Javier entró y cerró la puerta. Traía un teléfono barato en la mano y lo sostenía como se sostiene una prueba que uno ya sabe que no vale para nada.

—Sé lo que sois —escupió en mi dirección.

—¿Qué? —preguntó ella, mirándonos a uno y a otro.

Buscó el vídeo y le tendió el aparato tras pulsar el play .

Una cocina pequeña. Luz de fluorescente. Una chica descalza apoyada en la encimera hablando con alguien fuera de plano. Ella asentía, se transformaba, lo que tenía en su interior ya no le cabía dentro. Los ojos le habían cambiado de color.

Después apoyaba la frente contra su pecho y se besaban. Veintitrés catorce. Sin un solo corte.

Aimara dejó de respirar.

—Es Vega —dijo Javier—. La chica de Salas.

Ella no preguntó quién era Vega.

Lo anoté sin decir nada, junto a las otras dos o tres cosas que llevaba una semana anotando sin decir nada.

—¿De dónde lo has sacado? No me digas que te llegó por correo en un sobre sin remitente.

—No, aunque podría haber sido. ¿Te das cuenta de lo que estás viendo, Aimara? ¡Los sobrenaturales existen, no son una invención! Ni tuya ni de nadie.

—Javi, ¿de dónde lo has sacado?

—De un apartado de correos que Miguel llevaba dos años pagando. Con un cuaderno dentro. —Se pasó la lengua por los dientes—. En ese cuaderno está escrito que Elena fue quien le abrió el paso a Umbral. Y fue Elena quien me dijo dónde estaba la llave.

—¿Has hablado con ella? —se interesó Aimara.

—¿Para qué?

—Porque si las tres víctimas tenían algo en común y ella lo sabía, puede ser la próxima.

—O puede ser la que las eligió —la voz le salió plana—. Llevo ocho meses durmiendo con una mujer que conocía a mi mejor amigo antes que a mí, que se veía con él a mis espaldas y que sabía dónde guardaba lo que a mí no me contó. Perdóname si no salgo corriendo a protegerla.

—No estoy defendiéndola. Estoy diciéndote que hay un patrón.

—Y yo estoy diciéndote que ya sé cuál es. —Levantó el teléfono barato—. El patrón son ellos —apuntó en mi dirección.

Aimara bajó la mano hacia el respaldo del sofá y se sujetó.

Javier me miró por encima de su hombro.

—¿Sabes por qué he venido? Porque después de ver eso necesitaba comprobar que tú estabas bien, no tienes ni idea de lo que este cabrón nos ha hecho.

A ella se le fue el enfado de golpe.

—Estoy bien, Javi.

—No. —No apartó los ojos de mí—. Creo que no lo estás desde mucho antes de dejarme.

Ese tío es un demonio que puede entrar en tus sueños para follarte, para que pierdas la razón.

Salas escribió lo que es. Un íncubo. Entra en los sueños de las mujeres, hace que se corran y se las tira mientras duermen al lado de sus parejas.

La última palabra apenas le salió entera.

Se lanzó contra mí.

Podría haberlo detenido. Lo dejé llegar. El golpe me abrió el labio y me giró la cara, y el sabor a metal apareció antes que el dolor. La serpiente empujó bajo mi camisa, furiosa por una concesión que no le había consultado.

Zeus se puso a ladrar debajo de la mesa. Artyom apareció en el pasillo con un gruñido bajo y Aimara lo frenó con una palabra.

—¡Javier!

Volvió a levantar el brazo. Esta vez le atrapé la muñeca en el aire.

—El primero te lo debía —admití—. No soy de los que ponen la otra mejilla.

—¡Para! —gritó Aimara.

—Voy a matarte, hijo de puta —se revolvió con todo el cuerpo.

—No voy de farol si te digo que otros lo han intentado antes que tú.

El ex de Aimara se revolvió buscando cumplir su amenaza. No podía culparlo; tampoco permitírselo.

—¡Te la follaste mientras salía conmigo! Mientras yo estaba a su puto lado preguntándome por qué mierda no me hacía caso.

No miré a Aimara al contestar.

—Sí.

—Esto es muy complicado —intervino ella tratando de calmarlo—. Yo creía que era una fantasía.

—¡Tú decías su nombre en nuestra cama! —El dolor le deformó la cara—. Yo te tocaba y me decías que estabas cansada. Y luego te dormías y él entraba a darte lo que yo... —se le quebró la voz.

—No lo sabía —insistió Aimara.

—Él sí.

Ella me miró. No había duda en sus ojos. Había una herida que ya conocíamos los dos y que Javier acababa de abrir con las manos desnudas.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó él—. ¿Cuánto?

—Dos años —confesó.

Soltó una risa rota.

—Dos años. El domingo me dijiste que no me dejaste por otro hombre. Que te fuiste porque necesitabas volver a un sitio donde seguías siendo tú. ¿Cómo no ibas a preferir ese sitio si te lo construía un demonio cada noche?

—No me lo construyó él.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Tan ciega estás? ¿Cómo sabes que alguna vez quisiste dejarme tú? ¡Fue él, te influyó!

Aimara levantó la barbilla.

—Sé lo que es Samael y también sé lo que soy yo.

Javier se quedó inmóvil.

—¿Cómo que lo sabes?

—Que lo sé. Sé que es un demonio y un íncubo y que estuvo dos años metiéndose en mis sueños. Y yo… —Se frotó la runa—. Mi alma es la de Lilith, soy la primera mujer, la que él eligió y a la que le dejó elegir.

—¡¿Qué narices dices, Aimara?!

—Me hicieron del mismo barro que a Adán, bueno, no a mí, a mi alma, y él pretendió ponerse encima.

Ella se negó y se largó del jardín con lo puesto.

Después lo encontró a él. —Tenía los ojos llenos y la barbilla firme—.

Nos condenaron a no volver a encontrarnos y llevo desde entonces reencarnándome sin acordarme de nada.

Javier la miró como se mira a alguien que se aleja en un andén. Yo lo solté.