Capítulo 25
No tuve que buscarla. Miguel me había dejado el destino doblado en cuatro.
La oficina de Correos estaba en una calle sin árboles, a cuarenta minutos de su casa y a casi una hora de comisaría. Tenía otras dos a menos de trescientos metros del portal. Eligió aquella, lejos y en un barrio donde nadie que lo conociera tendría motivo para pasar.
El resguardo fijaba el alta casi dos años atrás, el mismo mes en que abrió su cuenta enmascarada de BookTok. No había contratado el apartado por la investigación. Lo había reutilizado para ella.
Entré a las tres y nueve con la llave en el puño. Un hombre discutía por un paquete que llevaba nueve días en tránsito y una señora con un carrito esperaba su turno decidida a ser atendida antes de que se le acabara la vida.
—¿Los apartados?
La funcionaria señaló una puerta lateral con la barbilla y continuó escuchando por qué nueve días constituían una violación de los derechos humanos.
Cuarenta y siete.
Los mismos metros que tenía el piso de Miguel. Se reía cada vez que lo decía: cuarenta y siete metros cuadrados, uno por cada capullo que me debe dinero. Yo le contestaba que, a ese precio, me debía tres tabiques y medio baño.
Metí la llave.
Giró sin resistencia.
Dentro encontré un sobre acolchado del tamaño de un cuaderno, con los bordes reforzados con cinta americana.
Lo cogí, cerré la portezuela y salí sin mirar la cámara del techo, que era justo lo que hacía alguien que ya sabía dónde estaba.
El coche seguía en doble fila. Lulú levantó la cabeza desde el asiento trasero y volvió a apoyarla entre las patas al comprobar que yo seguía siendo yo y no la persona que esperaba.
Me puse los guantes de nitrilo. No servían de nada. Ninguno de aquellos objetos llegaría a un juzgado después de abrir el apartado sin autorización. Me los ajusté de todas formas, para seguir llamándome por mi cargo.
El móvil vibró antes de que rasgara el sobre.
Aimara.
Una captura de pantalla y dos líneas.
«Javi, necesito que me contestes una cosa. ¿Esta es tu Elena?».
Abrí la imagen.
Pelo castaño ondulado. Varios libros contra el pecho. Elena mirando a la cámara con esa serenidad que yo había confundido demasiadas veces con no tener nada que ocultar.
Arriba aparecía el nombre de una aplicación.
Umbral.
Perfil humano. Reactivado hacía dos días.
Debajo de la fotografía figuraba el usuario.
@leyendodsdlarmario.
Amplié la pantalla. Volví a leerlo. Elena conocía a Miguel, me había indicado dónde estaba la llave y ahora aparecía en la misma aplicación de citas que vi en los archivos de su ordenador y que él investigaba antes de morir.
Encima, mi chica, o mi ex, ya no estaba seguro, se había conectado hacía un par de días…
«De puta madre».
No tenía muy claro si era un poli o podía opositar para convertirme en el próximo reno de Papá Noel. O puede que ambas cosas.
No contesté.
Dejé el teléfono boca arriba en el salpicadero y abrí el sobre acolchado.
Un cuaderno negro de tapa dura. Un pendrive . Un teléfono barato de prepago, apagado, sin funda y una fotografía.
En ella, Miguel estaba sentado en el suelo de su salón, con Lulú medio tumbada encima. La mujer de la comida al aire libre se agachaba a su lado y sujetaba una zapatilla destrozada. Los dos se reían. Detrás, con la letra de Miguel, había una frase:
«Vega y Lulú. Septiembre. Una de las dos se ha comido el cordón y no piensa confesar».
El cuaderno era de los que compraba en paquetes de tres en el chino. Las primeras páginas tenían el resumen de casi dos años: títulos, puntuaciones, notas de lectura y borradores para sus vídeos. En una había tachado tres comienzos distintos y escrito debajo:
«No decir que el fae es gilipollas en los primeros diez segundos».
Solté una risa que se me rompió al salir.
Seguí pasando hojas hasta finales de agosto.
«Una chica de Umbral me ha preguntado si corro. Dice que solo sale de noche, que le molestan los olores y que tiene once hermanos. ¿Familia numerosa o secta? No descarto ninguna».
La siguiente entrada era de mediados de septiembre.
«Hemos quedado después de su cumpleaños.
Dieciocho recién cumplidos. Me lo ha soltado antes de que pudiera preguntárselo y después me ha hecho correr doce kilómetros.
Si mañana puedo flexionar la rodilla, repetiré.
Si le digo a Javi su edad, me encierra hasta que pueda volver a encontrármela en el asilo».
Dieciocho.
Salas tenía veinticuatro y cara de haberlos cumplido la semana anterior, y aun así dieciocho seguían siendo dieciocho.
Le habría dado la charla. Le habría preguntado si la chica sabía dónde se metía, si tenía a alguien detrás, si estaba pensando con la cabeza o con lo de siempre.
Después le habría pagado la caña y no habríamos vuelto a hablar del tema.
Él lo sabía de sobra.
Por eso lo escribió en un cuaderno en lugar de decírmelo.
En las páginas posteriores dejó de escribir sobre su perfil y empezó a escribir sobre ella. En la parte superior de la primera había anotado su nombre completo: Vega López.
Vega cambiaba las rutas para que sus hermanos no supieran dónde estaba. Desaparecía durante días. Odiaba el perfume y podía distinguir qué había comido él por el olor de sus manos. Miguel lo explicaba todo con una familia controladora, una nariz privilegiada y demasiadas horas en el monte.
Hasta que comenzaron las muertes.
«Dos mujeres. Dos objetos de cajas que conozco. Javi cree que me he leído los libros por el caso. No tiene ni puta idea».
Debajo había una lista de reventas, perfiles creados para comprar una sola pieza y destinatarios repetidos. Junto a varias capturas, una frase subrayada dos veces:
«No busques en el libro. Busca el objeto ».
El pendrive debía de contener el resto. No lo conecté. Todavía no: necesitaba un ordenador. Volví al cuaderno.
La entrada del viernes 3 de octubre ocupaba una página entera y tenía tres comienzos tachados.
«Nos hemos vinculado. La marca salió después, el tatuaje apareció por arte de magia en mi piel. Vega me lo ha contado porque ya no podía esconderlo y yo la sentía como mi pareja para siempre. No es humana y, ahora mismo, me importa una mierda».
Me quedé quieto.
Eso no era una hipótesis. Era una afirmación imposible escrita por el policía más sensato que había conocido, y eso que se veía a escondidas con Elena y leía a Aimara.
—¿Cómo que no es humana? ¿Con quién cojones salías, Miguel, con la prima de ET? —pregunté en voz alta, ganándome un ladrido de Lulú.
Debajo añadió:
«Ha venido a mi piso y ha visto una fotografía de Vane de la investigación. Lo ha llamado por su nombre. Cuando le he preguntado si lo conocía, se ha reído. Me ha explicado que dirige las terapias para sobrenaturales del Consejo y que no es un lobo, es algo peor».
«He esposado a un demonio. Ha sido más educado que la mayoría de los detenidos de este mes.
No sé por qué ese detalle me inquieta tanto.
Javi lo fliparía si pudiera contarle que el muso de Aimara es un puto íncubo capaz de hacer que las mujeres sueñen con él y tirárselas mientras duermen con sus maridos.
Seguro que no me creería y, si lo hiciera, tendríamos otro cadáver».
Apreté con fuerza la libreta, porque contenía más de lo que había imaginado que iba a encontrar en ella.
La frase no demostraba qué era Vane. Solo las mierdas que Vega le había soltado a mi compañero y que este se había tragado.
Al final de la página escribió cuatro palabras:
«Teléfono. Vídeo para Javi: necesita verlo para creerme».
Encendí el móvil barato. El adhesivo de la parte trasera daba el código: mi fecha de nacimiento, porque incluso muerto seguía tratándome de egocéntrico. Solo contenía tres vídeos. El último estaba grabado el viernes a las veintitrés catorce.
Pulsé.
Vega permanecía de pie en el salón de Miguel, descalza y con una camiseta blanca. La cámara descansaba sobre la mesa. Detrás, el segundero del reloj avanzaba y el cristal del horno devolvía la habitación desde otro ángulo.
—No salgas del encuadre —pidió Miguel fuera de plano.
Ella cruzó los brazos.
—Que me grabes es peligroso.
—Solo una vez. Me pone muy cachondo cuando te transformas…
—No me gusta grabar esto, Miguel.
—Te juro que solo será una vez y después lo elimino.
Vega miró al objetivo. Después cerró los ojos.
—Vale, está bien, pero lo borras.
El primer crujido me tensó los dedos alrededor del teléfono.
Los suyos se alargaron sobre la mesa y las uñas se oscurecieron, gruesas y curvadas, hasta arañar la madera.
Algo se desplazó bajo la piel de sus brazos.
Cuando levantó la cara, los iris se habían encendido en amarillo y dos colmillos ocupaban un espacio que su boca no tenía un segundo antes.
En el horno ocurría lo mismo. El reloj no se detenía. No había ningún corte.
Retrocedí. Lo vi sin sonido y a velocidad lenta, fotograma a fotograma. Busqué un filtro, una prótesis, un salto de luz. Amplié el reflejo hasta romperlo en cuadrados. Miguel había dejado el reloj, el segundo ángulo y la sombra dentro del encuadre porque sabía qué lo intentaría desmontar.
Al final, Vega recuperaba las manos y la boca. Miguel entraba en plano, le sujetaba la cara y le preguntaba si estaba bien. Ella asentía antes de apoyar la frente contra su pecho y se besaban.
No parecían dos personas preparando un engaño.
Parecían una pareja aprendiendo a convivir con una verdad imposible.
Me latía el pulso en el paladar y el guante derecho estaba resbaladizo de sudor.
Enfermedad. Prótesis articuladas. Efectos digitales. Una droga capaz de alterar la percepción. Fui colocando explicaciones sobre la imagen y todas se deshicieron.
La palabra licántropa seguía sin caberme en la cabeza; tampoco es que pudiera sacarla. Se la había escuchado pronunciar muchas veces a Aimara, pero jamás hubiese imaginado que algo así fuera posible.
El vídeo solo demostraba una cosa si no hubo edición: Vega no era humana.
Eso no convertía a Vane en demonio, si bien le daba bastantes puntos a que la versión fuera cierta.
Tampoco explicaba quién había matado a Miguel, pero acababa de destruir la certeza sobre la que había construido todas mis teorías.
Y, cuando una certeza así se rompe, no deja un hueco, deja entrar todo lo demás.
Aimara no era responsable de su cambio; todo fue culpa de aquel cabrón que se la follaba en sueños mientras dormía a mi lado.
La vena del cuello empezó a palpitarme.
Ocho mil trescientos doce.
Ese era el número que marcaba mi foro la última vez que entré.
Ocho mil trescientas personas a las que llevaba dos años explicando que aquellos libros eran una plaga, que nuestras mujeres se largaban detrás de monstruos inventados y que alguien tenía que decirlo en voz alta antes de que fuera tarde.
Me habían llamado exagerado. Yo mismo me lo había llamado alguna noche, con la tercera cerveza y el móvil en la mano.
Ahora tenía un vídeo grabado a las veintitrés catorce en el que a una chica de dieciocho años le salían colmillos en la cocina de mi mejor amigo.
No había exagerado. Me había quedado corto.
Y ahí estaba el problema. El día que colgara aquello, ocho mil trescientos seguidores con demasiado tiempo libre dejarían de discutir sobre novelas y empezarían a buscar para convertirse en cazadores.
Yo les había enseñado cómo. Les había dado el vocabulario, los enlaces, la rabia y la sensación de tener razón. Solo hacía falta que uno acertara.
Regresé al cuaderno. La última anotación estaba fechada el sábado 4 de octubre.
«No se lo he contado. Me dije que hoy lo haría y he abierto la boca dos veces sin saber por dónde empezar. Cinco años escuchándolo burlarse de los libros y ahora soy yo quien tiene que explicarle que su ex quizá no se inventó tanto como creíamos y que tal vez un demonio la poseyó».
«Le he pedido la noche libre. Esta noche voy con Vega al Rastro.
Mañana ya no tengo excusa. Le contaré lo de Umbral, las cajas y lo que sucede.
Quizá a Elena no le guste porque, conociendo a Javi, puede que quiera recuperar a Aimara, pero debo decírselo, no puedo callarme más y me da igual si me calza una hostia por haberle ocultado que compartía mi gusto por la lectura con Elena y nos veíamos a escondidas».
Miguel no había presagiado su muerte. No había preparado una despedida. Creía que tenía un mañana y quería contarme la verdad.
Pasé la hoja.
Había pegado la captura del enlace con el que entró en Umbral por primera vez. Así había conocido a Vega.
«Acceso facilitado por @leyendodedslarmario».
Elena. Ella le había abierto la puerta a Miguel y él conoció allí a la mujer del vídeo, que compartía apellido con los dos hombres encontrados junto al cuerpo de mi mejor amigo. Los mismos que aparecían detrás de ella en la fotografía de la comida.
Podían ser sus hermanos, sus primos o simplemente compartir apellido.
Un apellido y una fotografía no los convertían en asesinos, si bien su silencio respecto a Vega sí conseguía que volvieran a parecerlo.
Lo sabía porque el día que fui a la comisaría nadie parecía saber con quién había ido Salas al Rastro.
La foto demostraba que la conocían, así que la estaban protegiendo.
Cogí mi móvil.
La cara de Elena seguía allí. También el usuario.
@leyendodedslarmario .
Elena sabía dónde estaba la llave. Elena me había enviado hasta aquel apartado. Y la cuenta que llevaba su cara era la misma que había abierto Umbral para Miguel, la que conocía nuestra investigación antes de que él descubriera que los monstruos no estaban interpretando ningún papel.
La misma mujer que acababa de colocarme dentro de aquel coche con los secretos de un muerto sobre las rodillas.
Elena no era una pista: era parte del recorrido. Si ella sabía lo que había dentro del apartado —y, con su historial de mentiras, ya no lo dudaba—, ¿qué buscaba?
Tenía que averiguarlo.
No llamé a Baeza. No llamé a Elena. No llamé a nadie que pudiera pedirme una orden, un acta o un informe psicológico.
Abrí el navegador y entré en el foro.
SobrenaturalDeath estaba conectado y era el único en quien podía confiar.
TheOtherSide: Existen. No es un juego de rol, ni una secta de frikis, ni gente disfrazada. Existen. Tengo un vídeo y tengo el cuaderno de Salas. Estaba con una de ellas y creo que por eso lo mataron. Y mi novia es quien le abrió la puerta a ese mundo. Necesito hablar contigo sin que salga de aquí.
Le di a enviar con el guante todavía puesto.
Los tres puntos aparecieron antes de que soltara el teléfono.
SobrenaturalDeath: Respira. Cuéntamelo todo desde el principio. Sin saltarte nada, sabes que puedes confiar en mí.
Al fin y al cabo, era el único que en dos años no me había ocultado ni una coma. Y se lo conté.