Capítulo 24
La reunión terminó a la una y cuarenta y tres, después de cuatro horas, dos discusiones sobre el presupuesto y una amenaza de muerte contra la calabaza con hemorroides.
Patri se fue con la responsable de producción a revisar las pruebas de color de las láminas que íbamos a regalar en el lanzamiento, convencida de que, si no vigilaba en persona, le devolverían los rojos color pechuga.
Sandra salió detrás con el trípode asomando del bolso: tenía una colaboración que grabar en una librería de Malasaña y ya iba calculando cuántos lectores podrían golpearla con él antes de que encendiera la cámara.
Nina y yo nos quedamos porque, en teoría, había que resolver una frase de la traducción que llevaba nueve correos, dos notas de voz y el principio de un conflicto diplomático con el editor inglés.
En la práctica, teníamos hambre y demasiado cotilleo pendiente.
Acabamos en la casa de comidas de la esquina, esa de manteles de papel donde el menú incluía vino de garrafa y la señora te trataba como si le debieras dinero desde antes de nacer.
—¿Viste la cara de Darian en la reunión? —le pregunté en cuanto nos sentamos.
Nina se colocó las gafas con una indiferencia que habría colado si no llevara toda la mañana mirando el teléfono cada treinta segundos.
—Tiene una sola cara: la de un noble del siglo diecinueve al que acaban de comunicarle que los campesinos quieren clavarle una estaca.
—No, chama . Cuando Beatriz propuso la dinámica esa de «encuentra a tu criatura ideal» y tú preguntaste si había premio para quien encontrara dos, casi parte el rotulador.
—Era de mala calidad.
—Era permanente.
—Los permanentes también sufren.
Nos reímos como dos idiotas. La señora nos miró con reprobación de comunión y nos trajo el vino sin preguntar.
El móvil de Nina vibró sobre la mesa. Lo puso boca abajo.
—¿Otro admirador?
—A alguien le gusta mi perfil. No significa nada.
—A Pátula le significaba bastante cada vez que sonaba durante la reunión. Al quinto aviso dejó de mirar las diapositivas y empezó a calcular cuántos cadáveres caben en el maletero del Chevy.
—Es descapotable. Se verían. Además, yo lo prefiero de capota rígida, como el de Dean Winchester, de Sobrenatural .
—Me preocupa que esa sea tu objeción.
—A mí me preocupa más que haya admitido que está celoso y siga sin borrar la cuenta.
—Rasgó la esquina de una servilleta—. Dice que no va a quedar con nadie, che , y también dice que salir de Umbral no está en su mano.
¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Aplaudirle por contenerse mientras deja el escaparate encendido?
—¿Y qué vas a hacer tú?
—Todavía no lo sé. Igual quedo con alguno solo para darle en los colmillos.
—Nina.
—En sitio público, con la ubicación compartida con vosotras y sin dejar que nadie me chupe nada. No soy idiota.
—Te abriste un perfil en una aplicación de citas sobrenaturales para vengarte de un vampiro que te siente el pulso desde la otra punta de Madrid.
—No soy idiota todo el tiempo…
Llegó la comida y durante unos minutos fingimos que dos platos combinados podían convertir aquella semana en algo parecido a lo normal.
No funcionó.
La fotografía de la noche anterior llevaba horas rascándome por dentro.
A la una de la madrugada, después de ampliarla hasta convertir aquella cara en un mosaico de píxeles, lo único que pude decirles fue que la había visto antes.
De ahí mi «no puede ser». El problema es que no sabía dónde, y mi cabeza odiaba las puertas entornadas: prefería arrancarlas de las bisagras y quedarse mirando el marco vacío a las cuatro de la mañana.
—Nina. ¿Tú de verdad no te acuerdas de la chica de Umbral? De @leyendodsdlarmario.
Dejó el tenedor.
—Me parece que me pilló la semana de aquel virus estomacal. Lo estuve pensando desde anoche y no me suena. También te digo que, en esos días, mi principal relación humana fue con el inodoro.
—Yo creo que la conocí en un evento.
—¿ Vos ?
—Sácala otra vez, por favor.
Sacó el teléfono, abrió la aplicación y buscó el perfil.
La foto apareció igual que la noche anterior: pelo castaño ondulado, expresión serena, varios libros apoyados contra el pecho. La clase de imagen que dice «leo muchísimo» sin necesidad de montar detrás una taza, una manta de cuadros y veinte metros de luces cálidas.
Perfil reactivado hacía dos días. Última conexión, hacía cuarenta minutos.
Amplié la cara.
Y mi mente me lanzó un fogonazo. La vi con una acreditación colgada del cuello y un micrófono en la mano.
—Espera. No. No puede ser.
—No me lo digas, era tu madre en alguna de tus vidas anteriores, te contagió la peste y la recordaste de tu sesión de la regresión. —Nina se rascó una ceja.
—¡Que no es eso!
Volví a callarme.
—Aimara, me estás preocupando con tantas intrigas. Mi corazón no está listo para tanto sobresalto y ya agotamos el cupo semanal de muertos.
—Dame un minuto.
Cogí mi móvil y busqué «entrevista», «festival» y «comunicación». Salieron setecientos resultados, porque mi vida profesional consiste en contestar correos con asuntos idénticos escritos por gente convencida de haber inventado la palabra URGENTE.
Probé con «realidad sobrenatural».
Apareció un hilo de hacía casi dos años.
Elena llevaba la comunicación de un encuentro literario del sector y la periodista que iba a entrevistarme para el canal del festival se puso enferma.
Ella ocupó su sitio veinte minutos antes de grabar.
Recuerdo la conversación porque no me preguntó de dónde saco las ideas, ni cuál era mi personaje favorito, ni cuánto había de mí en la protagonista.
Quiso saber cómo decidía qué partes del folclore conservaba y cuáles me inventaba, y si alguna vez me daba miedo que un lector confundiera una fantasía bien documentada con algo real.
Aquel día me pareció una mujer inteligente y me fui a casa contentísima.
Dos años después, con tres cadáveres recreando mis libros, la pregunta había envejecido como la leche.
Abrí el vídeo. La misma voz. La misma manera de ladear la cabeza para escuchar, con esa inclinación imposible de quien parece tener cuello de sobra. Debajo, la firma del correo terminaba de ponerle nombre.
Elena Mora. Comunicación.
Giré el móvil hacia Nina.
—¿Te suena?
Leyó una vez. Y su cerebro, que funciona como una nave de logística con las luces siempre encendidas, tardó lo que tardó en respirar.
—Está en las cuatrocientas.
—¿Qué?
—La edición de coleccionista. Cuatrocientas cajas, septiembre del año pasado, las conté yo una por una.
—Ya tenía el archivo abierto, el mismo que le había preparado a Baeza—.
Acá. Nombre, correo, dirección de entrega en Madrid.
Y la cuenta asociada al pedido. Es una lectora VIP de las de verdad, no de las que compran la edición y la revenden con el plástico puesto.
—Dime que eso significa algo.
—Significa que compró un libro caro. —Levantó la vista—.
Escuchame bien, porque esto lo vas a repetir mal y después me toca desmentirlo: el objeto que apareció en la bañera es de la caja de septiembre masiva.
Diez mil unidades. Mil sin dedicar. Lo tiene medio país.
La de coleccionista es otra lista y no es la misma.
—Vale.
—No es una prueba, podría ser una coincidencia con buena presentación.
—Vale. —Respiré—. Pues espera, porque hay más.
—No sé si quiero que haya más.
Porque, mientras Nina hablaba, mi mente conectaba, igual que me pasaba con las novelas, e hiló una versión que por poco me dejó sin aire.
—Javi lleva meses saliendo con una mujer que se llama Elena. Trabaja en comunicación. Es lectora mía desde hace años. Y conocía a Salas desde antes de conocerlo a él.
Los palillos del pan se le quedaron a medio camino.
—¿Cómo que conocía a Salas?
—Se veían a escondidas para hablar de la saga. Miguel grababa reseñas con máscara y la voz distorsionada. Ninguno de los dos se lo contó a Javi porque ya sabes lo que opina él de mis libros y de cualquiera que los disfrute.
— Cazzo!
—Eso mismo, coño, pero en venezolano y más alto.
Volvimos a mirar la pantalla las dos a la vez, como dos señoras asomadas al patio de luces.
Y entonces Nina se quedó muy quieta.
— Esperá . —Se ajustó las gafas—. Aimara, Umbral bloquea a los humanos. Verificación por aura. Es lo primero que me explicó Pátula la noche del borrado.
—Hubo una brecha. Lo dijiste tú.
—Dije que se colaron algunos. Eso son unos cuantos entre miles —bajó la voz—. Así que o esta mujer entró por el agujero, o esta mujer no es lo que Javi cree que se lleva a la cama aunque en el perfil ponga humana. ¿Y si está fingiendo?
La señora del mantel de papel nos retiró los platos sin preguntar si habíamos terminado.
Fuera pasó un autobús.
Yo hice lo que hago siempre, que es ordenar los hechos como si fueran fichas de una escaleta y ver qué me sale.
Elena conocía a Salas. Elena me leía desde hacía años.
Elena tenía la caja de coleccionista. Elena estaba dentro de una aplicación donde no debería poder entrar.
Elena escribió el comentario que Sue recibió y lo borró, ese que aseguraba que no hay ningún imitador y que alguien de la investigación sabía la verdad.
Y Elena dormía al lado del inspector que llevaba el caso, uno que, si no había cambiado las costumbres, era muy de comentar lo que le pasaba a diario en su trabajo.
Por separado, cada dato tenía una explicación.
Puestos en fila, avanzaban hacia nosotras con antorchas.
—Es demasiada coincidencia, ¿no te parece?
Nina apoyó los antebrazos en la mesa.
—Elenita reúne demasiadas conexiones. Salas, los libros, la caja, Umbral y la investigación entera a través de Javi.
Sabía a quién estaban mirando. Sabía qué buscaban.
Y escribe para señalar que Salas conocía algo —su voz bajó otro escalón—.
¿Y si es ella la asesina? ¡¿Y si es una bruja?
! Darian dijo que le dieron algo en la bebida… Puede tener hechizado a Javier.
La pregunta se quedó ahí, indecente y enorme, entre el vino y las servilletas rotas.
No dije lo que pensé.
Que llevaba siete libros escribiendo el mismo tipo de escena. Que cuando una mujer reunía todas las conexiones a la vez, en una novela decente, casi siempre era la asesina, o la que moría al capítulo siguiente.
El corazón me iba a mil.
—Tienes que hablar con Javi —sentenció Nina.
—Ya.
—Ahora.
Hice la captura del perfil. Me temblaba el pulgar; menos mal que no me tembló ayer por la tarde mientras la vietnamita tenía la lima eléctrica encendida.
Pensé en él sentado en el sofá con Lulú encima de media pierna, intentando entender por qué dos personas a las que quería habían construido una habitación entera de sus vidas sin darle la llave. Aquella captura podía darle una respuesta o terminar de volarle la cabeza.
Pasara lo que pasase, su cerebro iba a cortocircuitar.
Abrí el WhatsApp y lo busqué. Nuestra última conversación seguía ahí, anclada arriba del todo porque nunca había tenido el valor de borrarla. Adjunté la fotografía y escribí:
El doble tic azul apareció en once segundos.
Los conté. No respondió.