Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

El miércoles, a las ocho y cuarenta y siete de la mañana, ya había tomado tres decisiones cuestionables: desayunar café de máquina en lugar de mate, aceptar una reunión sobre calabazas antes de las diez y abrirme un perfil en Umbral.

La primera podía perforarme el estómago. La segunda, la paciencia. La tercera estaba diseñada para perforarle algo a Darian.

—Es una locura —sentenció Aimara.

—Es una locura preciosa —la corrigió Patri, inclinada sobre mi móvil—. En esa foto estás tremenda.

—Yo creo que puede ser un pelín peligroso. Anoche vimos a un demonio que aclaraba «sin posesiones» en la biografía — recordó Sandra—. Si eso necesita aclararse, yo no tocaría esa aplicación ni con el dedo de otra.

Las cuatro ocupábamos una mesa de la zona de cafetería para empleados de Vetusta, rodeadas de restos de cruasanes y del material que Beatriz había preparado para la reunión de lanzamiento.

Moodboards en negro, morado y naranja. Propuestas de photocall .

Una calabaza de plástico con brillantina que Patri había apartado porque, según ella, parecía un culo con hemorroides.

Aimara, Patri y Sandra estaban allí porque nadie organizaba una fiesta de Halloween basada en los libros de mi mejor amiga sin contar con el aquelarre al completo: la autora, la ilustradora y la booktoker que iba a retransmitir medio evento.

Yo estaba porque era la organizadora y porque, después de dormir tres horas, no tenía fuerza para inventarme una enfermedad creíble.

También porque Pátula llegaría en cualquier momento oliendo la sangre, estaba segura de ello.

— Allora , no voy a quedar con nadie —expliqué—. Solo quiero que vea el perfil y joderlo.

Sandra me miró por encima de su vaso.

—Eso es utilizar una aplicación llena de depredadores sobrenaturales para poner celoso a un vampiro.

—Cuando lo decís así, parece poco sensato.

—Es que lo es —insistió Aimara—. Chama , Pátula se merece un escarmiento, pero tú puedes acabar convertida en el aperitivo de un señor con trescientos años y apego evitativo.

—Él se ha creado un perfil después de marcarme. —Acerqué el teléfono al centro de la mesa—. Si puede pasearse por Madrid buscando humanas discretas, yo no voy a quedarme en casa haciendo croché mientras decide a quién le enseña el Chevy. Voy a darle de beber de su propio juguito.

Mi ficha ocupó la pantalla.

En la que me hicieron rellenar había marcado literatura, astrología, coches clásicos, gatos, humor negro y cocina italiana. Nada de vampiros o mordiscos que me pudieran incriminar. Tampoco había subido la foto con mayor escote de mi galería. No era una buscona. Había elegido la segunda.

—¿«Nada serio y cero complicaciones»? —leyó Patri en la descripción ampliada—. Hermana, has copiado su delito y le has añadido premeditación.

—¿Y por qué esa foto? —Sandra amplió la imagen con dos dedos—. Ya puestos, haber elegido aquella en la que se te ven las tetas desde Portugal.

—He limitado el radio a treinta kilómetros.

—A mí me gusta ese escote —se sumó Aimara.

—Nadie va a hacer match con nadie —repetí—. En cuanto el conde Pátula reciba el mensaje, cierro la cuenta. A no ser que él no lo haga. A ver, tener una cuenta no significa que deba quedar con alguien.

—¿Y cómo piensas explicarle que recuerdas Umbral? —preguntó Aimara.

Sonreí.

—No lo recuerdo. El nombre de la web se me apareció de pronto. Una de esas cosas inexplicables que regresan a la cabeza después de que alguien intente formateártela; seguro que en los borrados hay fallos en el sistema.

—Eres mala —murmuró Patri, orgullosa. Y chocó el puño conmigo.

—Estoy cabreada. Es distinto y queda mucho mejor ante un jurado.

Una sombra cayó sobre la mesa.

—¿Ya estáis destripando a alguien o debo esperar a la reunión para conocer la identidad del cadáver?

Darian llevaba un libro abierto en una mano y una taza de café en la otra. Traje gris oscuro, camisa negra y esa expresión de estar soportando a la humanidad porque todavía no había descubierto cómo eliminarla sin perder el acceso a las librerías.

Mis amigas levantaron la cabeza al unísono.

Yo bloqueé mis pensamientos y dejé el móvil boca abajo.

—Qué va. Solo debatíamos. Al final he decidido hacerte caso en algo.

El interés le movió apenas una ceja.

—¿Ah, sí? ¿En qué?

—En que necesito desfogarme. Y, como las nuevas tendencias han cambiado, paso de conocer a un tipo en un bar. Anoche se me vino a la cabeza el nombre de una web, que no sé muy bien dónde he escuchado… En fin, que me he creado un perfil. Deséame suerte con la caza.

Giré el teléfono hacia él.

—Lista para hacer match .

La página que sostenía se dobló bajo su pulgar.

Darian bajó la vista hacia mi fotografía, leyó la biografía y se detuvo en la lista de intereses. Después volvió a la foto. Más despacio.

El café quedó olvidado sobre la mesa.

—¿Qué narices haces ahí?

—Me parece bastante evidente. Busco conversación, química y un tipo sin complejo de editor… Lo pone en la ficha.

—Ese sitio no es para ti.

—Curioso. Tu perfil me salió hace dos minutos y no pareció que pensaras que el sitio no fuera para vos . Por supuesto, le di a rechazar. Imagino que apareciste por cercanía y que el algoritmo asoció los libros con cierta compatibilidad.

Crucé las piernas y sostuve su mirada.

—Me resultó obvio que se equivoca. Vos no encajarías conmigo jamás.

Aimara aspiró café por el camino incorrecto. Patri le dio dos palmadas en la espalda sin apartar los ojos de Darian. Sandra se mordió el nudillo.

Él dejó el libro junto a la taza y murmuró en mi oído.

—Tu memoria corporal sostiene una teoría distinta sobre dónde encajo.

Se hizo un silencio capaz de momificar la bollería.

—Mi cuerpo ha tomado decisiones peores —repliqué—. Una vez bebí limoncello de supermercado.

—El perfil no lo he creado yo. Han sido… Mis amigos.

—Claro. También te secuestraron el móvil, eligieron tus aficiones y escribieron lo de las mordidas consentidas.

Una suplantación muy documentada. Eso explica @DraculaDeLaMoraleja.

Tiene la sutileza de una multa en el parabrisas.

Lo que no explica es por qué sigue activo y no lo borraste de inmediato si se trataba de una broma.

Darian miró a mis amigas. Ellas contemplaron la calabaza con hemorroides con repentino interés artístico.

—No voy a quedar con nadie.

—Qué alivio para las humanas discretas de Madrid. Oye… Lo de que pongas vampiro por tu afición a los mordiscos puedo entenderlo, no te juzgo, créeme.

—Nina.

—Darian.

—Borra el perfil.

— Borrá el tuyo.

Su mandíbula se tensó.

—No puedo.

—Yo tampoco. El algoritmo me necesita y yo, de paso, necesito echar un buen polvo.

Sandra se puso en pie con tanta rapidez que golpeó la mesa con el muslo.

—Bueno, nosotras nos vamos.

—¿Adónde? —pregunté.

—A mirar… la iluminación violeta pa-para la fiesta.

—Está en la sala de reuniones —aclaré.

—Pues vamos antes para comprobar que siga allí.

Aimara recogió sus carpetas.

—Yo tengo que hablar con Beatriz del photocall .

—Lo hablaste ayer —le recordé.

—No del todo.

Patri agarró la calabaza.

—Y yo debo asegurarme de que nadie ponga esto donde pueda verlo una criatura con ojos.

—No hace falta que os vayáis… El señor Blake y yo ya habíamos terminado nuestra conversación.

—Ya lo creo que hace falta —replicó Darian—. Fuera, las tres.

—¿Por qué?

Nos medimos por encima de la mesa; ellas estaban congeladas.

—Chicas, empezamos en cinco minutos —anunció Beatriz desde la puerta—. ¿Todo bien?

Fue todo lo que necesitaron para huir como ratas.

—Perfecto —contestó Sandra—. Nina y Darian están resolviendo un problema de una aplicación.

Las tres escaparon detrás de Beatriz con la solidaridad de unas roedoras abandonando un crucero en pleno mar del Norte.

Me levanté y guardé el móvil en el bolsillo trasero del pantalón.

—Nosotros también deberíamos ir.

Darian me sujetó de la mano antes de que pudiera rodear la mesa. Su pulgar quedó apoyado en el interior de mi muñeca, justo sobre el pulso que podía sentir incluso sin tocarme. El vello de mi cuerpo se erizó.

No debía pensar en cómo reaccionaba.

No debía pensar en él.

No debía pensar en cómo se le habían oscurecido los ojos al ver mi fotografía y lo mucho que me gustaba.

«La reunión, Yanina. Calabazas. Presupuestos. Culos con hemorroides».

—No vas a quedar con ningún hombre de Umbral —masticó.

—¿Por qué lo decís vos ?

—Porque ese sitio no es para ti.

—Eso ya lo has mencionado. Seguís sin explicarme por qué.

Su pulgar presionó un poco más. Mi corazón traidor aceleró bajo su piel.

—La mayoría de los hombres que encontrarás ahí no son lo que aparentan.

—Y, sin embargo, ahí estás vos .

Los dedos se inmovilizaron sobre mi muñeca.

—Yo nunca he fingido ser inofensivo.

—Ya, me mordiste una teta… Tampoco eres humilde.

—Bórralo.

—¿El qué?

—Tu perfil.

— Vos primero.

—No puedo hacerlo; no voy a quedar con nadie para lo que piensas —repitió, más bajo.

—Pues yo sí y no debería molestarte.

Su mano se cerró alrededor de la mía. No hizo daño. No necesitaba hacerlo.

—Me molesta.

—Eso se parece mucho a los celos.

Darian miró un segundo hacia la puerta por la que habían desaparecido las chicas y volvió a clavar los ojos en mí.

—Es experiencia —murmuró—. Y, por desgracia, también son celos.

Por primera vez desde que lo conocía, me quedé sin una respuesta inmediata.

El móvil vibró en mi bolsillo. Lo saqué con la mano libre.

A doce usuarios les gusta tu perfil.

Darian leyó la notificación por encima de mi mano. Porque, por supuesto, mi cara era incapaz de colaborar cuando más la necesitaba.

—Bórralo, Traductora, y yo te daré lo que necesitas.

Recuperé la mano, cogí la carpeta de Halloween y sonreí.

—Ni hablar del peluquín, Pátula, ya me lo buscaré yo solita.

Mi perfil llevaba activo diecinueve minutos.

La reunión empezaba en cuatro.

Iba ganando yo.