Capítulo 22
Sandra apareció en mi puerta vestida para cerrar un contrato millonario y con la cara de haber intentado follarse a un dragón durante un terremoto.
Llevaba los tacones en una mano, una carpeta bajo el brazo y a Lluna pegada a la pierna.
El pintalabios se le había corrido por la comisura izquierda y tres mechones escapaban del recogido en direcciones que no se hablaban entre sí.
En cualquier otra persona habría sido el final de una noche movidita.
En Sandra era martes.
—Antes de que preguntes: necesito cama, agua y que nadie pronuncie la palabra cristal.
—Hermana. ¿Qué cristal?
Lluna se sacudió en el recibidor. Algo pequeño salió despedido de su lomo, rebotó en el zócalo y se quedó quieto sobre las baldosas, brillando como una lentejuela cara.
—Ese cristal.
—Cipote. ¿Qué has roto?
—Yo nada. Un huevo contra un sumiller, y eso fue antes y no está relacionado.
Ya notaba el picor detrás de los ojos, que es lo que hacía mi cuerpo cuando entraba un perro en casa. Me tomé el antihistamínico de pie, sin agua, mirándola.
Ella me devolvió una mueca culpable.
Saqué el móvil.
—No llames a nadie —pidió—. Es tardísimo.
Marqué al Bookelarre. Era mejor matar dos pájaros de un tiro.
Nina contestó con un «¿quién se ha muerto ahora?» que resumía bastante bien nuestra semana. Aimara apareció desde la cama, con un pañuelo de seda en la cabeza y la expresión homicida de quien tenía previsto dormir ocho horas seguidas, cosa que no le ocurría desde el Pleistoceno.
—Sandra acaba de llegar a mi casa con cristales en el perro, el vestido torcido y una historia que incluye un huevo, un sumiller, pintalabios corrido y a Ciarán.
Aimara apartó el edredón.
—Dame quince minutos.
—Yo tardo veinticinco —calculó Nina—. Y no empiecen sin mí.
Veinte minutos después estábamos las cuatro en mi salón, con una bolsa de porras abierta sobre la mesa y la casa de enfrente a oscuras. Ni una moto en la entrada. Ni una cortina moviéndose. Nada de Rómulo, nada de Remo, nada de Mateo.
De puta madre. Tres hombres cabreados y ni uno capaz de usar el WhatsApp para algo que no fuera figurar «en línea» y empeorarme la gastritis.
Sandra contó la cena primero. El contrato, el mínimo garantizado, el estudio para los directos y el huevo que despegó de la plancha con aspiraciones olímpicas. Al volver al ático se encontró a Ciarán desnudo en la terraza, y ahí Nina tuvo que quitarle una porra a Aimara antes de que se atragantara.
—¿Estás bien? —Sandra le dio unos golpecitos en la nuca.
—Estoy visualizando al alto fae en bolas detrás de una cristalera. Dame tiempo para procesar la composición.
—Pues yo lo dejé entrar, él reconoció que me había seguido hasta el restaurante y acabamos besándonos.
—¿Solo besándoos? —pregunté interesada.
—No.
—Necesitamos datos —exigió Nina.
Sandra nos contó dónde tenía Ciarán una mano, dónde estaba la otra y qué parte de ella había atendido una tercera mientras él le pedía que se inclinara hacia atrás.
Las cuatro nos quedamos calladas.
Le quité el boli a Nina, abrí el cuaderno por una hoja limpia y dibujé el esquema en cuatro trazos: el respaldo del sofá, Sandra encima, el príncipe delante. Dos brazos. Una línea de puntos donde debería haber ido el tercero.
Giré el cuaderno hacia ella.
—Hermana, faltan extremidades.
Sandra miró el dibujo. Volvió a contar. Levantó la vista.
—Me dijo que cerrara los ojos.
Aimara se tapó la boca con las dos manos.
—El dragón tiene cola extra —recordó Nina, muy tranquila, como quien menciona una cláusula del contrato.
—¡Me cago en todo!
El grito levantó a Lluna de la alfombra.
—Eso explica bastantes cosas —admitió Sandra—. También me abre otras dieciocho preguntas que hoy no estaba preparada para hacerme.
Tuve que sujetar el boli con fuerza para no dibujarlo. Lo dibujaría. Esa noche no.
—¿Y después? —insistí.
—Después la cristalera explotó. Tres metros de vidrio volando. Ciarán me cubrió con el cuerpo, llamó al seguro y me echó del piso por la seguridad de Lluna.
—¿Te echó después de calentarte con la cola? —Aimara alzó las cejas—. Ese hombre ha reinventado el dejar a medias, bella .
—El piso estaba lleno de cristales. Creo que fue por la perra.
—Tu cama no lo estaba y podríais haber encerrado a Lluna en la de él —señaló Nina.
Sandra le tiró un cojín.
Cuando dejó la carpeta sobre la mesa, la palabra Lumen se encendió en dorado bajo la lámpara. Nina se inclinó hacia delante.
—Tres de las cajas de coleccionista terminaron ahí. ¿Por qué tienes una carpeta de ellos?
—¿Qué cajas? —Sandra dejó de sonreír.
—Las cuatrocientas que estoy revisando para Homicidios. Tres se enviaron al mismo destinatario corporativo. Lumen Talent Group. Pátula vio el nombre por encima de mi hombro y me confirmó que la agencia es de Caedmon.
—Sue también trabaja con ellos.
La carpeta perdió de golpe la mitad del brillo. Nos quedamos mirándola igual que se mira una lata hinchada: quizá no pasaba nada, y ninguna quería ser la imbécil que la abriera.
Sandra cruzó los brazos sobre el pecho, que es su manera de cerrar una puerta.
—Caedmon me sugirió que le llevara el contrato a un abogado y que cambiara lo que no me gustase.
—Eso no lo convierte en culpable —concedió Nina—. Tampoco vuelve irrelevante la coincidencia. Llévaselo a Lucía antes de firmar. Que lea hasta las comas.
—Vale.
—Hablando de hombres con una relación complicada con la sinceridad… —Aimara se volvió hacia mí—. ¿Qué pasó con los López?
Miré la ventana. Negro sobre negro, la silueta del tejado recortada contra un cielo naranja de farolas. Llevaba dos días componiendo esa misma imagen cada media hora y seguía sin salirme.
—Volvieron. Mateo los estaba esperando y ató cabos con lo de la aceituna.
—Inexplicable para alguien de un coeficiente intelectual como el de tu hermano —murmuró Nina.
—Le partió el labio a Rómulo. Remo lo sujetó. Llegué yo y terminé echándolos a los tres.
—¿A Mateo también? —Sandra abrió mucho los ojos.
—A Mateo el primero. Pretendía decidir con quién puedo acostarme. Los otros dos querían explicarse, imagino que sin contarme la verdad. Les pregunté si iban a responder a todo sin ocultarme nada y Remo tardó un segundo en contestar.
Una vacilación. Nada para cualquiera. A mí me bastó.
Remo llevaba contestándome sin palabras desde que se mudaron.
—¿Y tu hermano dónde está?
—Acogido en casa de Nerea. Me escribió ella. Paso de hablar con él. —Me encogí de hombros y miré la ventana—. Al final le han concedido el asilo político en Suiza.
—Volverán —dijo Sandra, buscándome la mano.
—Más les vale volver con la verdad por delante o les cierro la puerta con los hocicos fuera.
Aimara dejó la porra en el plato sin partirla. Conocía ese gesto. Era el mismo que hacía cuando uno de mis dibujos no expresaba con exactitud lo que ella tenía en mente.
— Chama , hay algo que llevo dos días buscando cómo decirte y no sé cómo, porque le prometí a Javi que no se lo diría a nadie.
—Tu ex sabe que formamos parte de tus «no se lo cuentes a nadie» —apostilló Nina.
—Por eso mismo…
—Por eso mismo ninguna de nosotras va a llamarlo, lo que se cuenta aquí, se queda aquí. Escupe —le insistí.
Ella soltó una exhalación.
—Está bien. El domingo fui a casa de Javier a darle el pésame y me enseñó una foto de su móvil. Una comida al aire libre. En el centro había una muchacha riéndose. Detrás de ella estaban Rómulo y Remo.
—¿Qué muchacha?—quise saber.
—Salas se veía con una mujer y nunca dijo su nombre, pero tus vecinos la conocían y Salas fue con ella a El Rastro.
—Ya… ¿Cómo era? ¿Había más gente en la foto o solo ellos tres?
Aimara se puso a describir la imagen con pelos y señales. Al terminar ya tenía mi veredicto.
—Creo que sé quién es —murmuré—. Todo apunta a Vega, una hermana pequeña, aunque hace tiempo que no la veo, desde que volvieron a mudarse, debe tener… —lo pensé durante dos minutos—. Dieciocho.
—Entonces… significa que a lo mejor no tropezaron con Salas por casualidad —sugirió Aimara con tiento.
—¿Piensas que serían capaces de acabar con Miguel por la honra de Vega? —me salió más seco de lo que quería.
—Son lobos, no sé…
—Pues ya te digo yo que igual le daban una paliza o una reprimenda. Pero nunca se hubiesen cargado a Salas y menos si salían juntos.
Nina me apretó el tobillo, que es su forma de abrazar sin moverse del sitio.
—Tranquila, Aimi solo estaba teorizando. Y ya que estamos confesando catástrofes… —Sandra apuntó a Aimara con la barbilla—. ¿Algo que confesar respecto a tu cita con Samael en el cine?
—Él y yo… completamos.
—¿En el cine? —Sandra rebotó en el sofá.
—En la última fila de un palco. Y espero que no hubiera cámaras.
—Eso sí es cine de autor —murmuré.
La porra me golpeó en el hombro.
—Te toca —le exigí a Nina.
—Pátula me invitó a comer para comprobar si el borrado había funcionado. Hasta apareció un supuesto tío con cara de leer testamentos por diversión. Mi cabeza ya es una inspección sorpresa y estoy a dos preguntas de cobrar entrada.
Sandra dio una palmada.
—¡El mensaje de Sue!
—¿De qué mensaje hablas? —le pregunté.
—Quedé con ella para hablar de Lumen y…
Sacó el móvil y nos enseñó la captura del comentario borrado. Cuatro líneas. Que no hay ningún imitador. Que las tres víctimas compartían algo que nadie está buscando. Que alguien de la investigación lo sabía y que ya no podía contarlo.
Debajo, el usuario que Sue le había mandado por privado.
@leyendodsdlarmario
Lo buscamos en TikTok, en Instagram y en Google. Salieron dos clubes de lectura abandonados, un carpintero de Albacete y cero personas con información sobre tres asesinatos.
—Sofía estuvo con Darian —fue contando Nina—.
Mara pasó por el retiro de Samael y falleció el día que obtuvo su orgasmo.
Su ex sigue en coma por atropello y sin poder abrir boca.
Salas murió en una finca llena de sobrenaturales y, por lo que parece, probablemente había ido allí con Vega.
A lo mejor no las eligieron por leer a Aimara.
A lo mejor las eligieron por acercarse a criaturas de verdad.
Durante unos segundos solo se oyó a Lluna respirar debajo de la mesa.
—Hay una aplicación de citas para sobrenaturales —añadió—. Se llama Umbral.
—¿Y eso pensabas soltarlo antes o después de que alguna acabara casada con un centauro? —cuestioné.
—Pátula me habló de ella la noche del borrado. Verifica el aura y bloquea a los humanos, aunque hubo una brecha y algunos se colaron. Me dictó la dirección porque pensaba borrármela de la cabeza cinco minutos después. Muy Pátula.
Nina tecleó la dirección en el navegador.
Vínculo reconocido. Acceso autorizado.
—La Marca del Pulso —murmuró.
—¡Hostia puta! —exclamé—. Estamos dentro.
Lobos buscando compañera. Vampiros obsesionados con la discreción. Un demonio menor que aclaraba «sin posesiones» en la biografía. Una bruja de Vallecas que ofrecía lectura de cartas y cena con poción.
Sandra deslizó tres perfiles y en el cuarto soltó un chillido.
Giré la cabeza. Aimara y Sandra me copiaron al milímetro. El mejor plano de la noche: tres pares de ojos apuntando hacia Nina, que ya tenía el mismo color que sus gafas.
Ella saltó de la alfombra.
—Lo mato.
—Creía que era tu enemigo —recordé.
—Lo es. Y también es un imbécil que me ha vinculado mientras busca mordidas frescas en una aplicación.
—Eso suena un poco a ataque de cuernos —apuntó Sandra.
—Eso suena a homicidio con atenuante.
—Antes de matar a Pátula —pidió Aimara—, busca el usuario que le dio Sue a Sandi, a ver si estamos de suerte.
Nina tecleó @leyendodsdlarmario en el buscador de Umbral.
Un resultado.
@leyendodsdlarmario
Madrid · Perfil reactivado hace un día.
Última conexión: hace once minutos
Una fotografía de tres cuartos, iluminada por una lámpara a la izquierda. Pelo castaño ondulado. Expresión serena. Varios libros entre las manos.
A mí no me sonaba de nada.
Aimara le arrancó el teléfono de las manos. Amplió la fotografía con dos dedos. Las uñas rojas se le clavaron en la funda.
—¿La conoces? —pregunté.
Le temblaba el pulso. A Aimara Duque. A la mujer que se hacía la raya del ojo perfecta con dos copas y un plazo de entrega encima.
—Aimi. ¿Quién es?
Aimara levantó los ojos.
—No puede ser.