Capítulo 21
La princesa de la Corte Oscura llegó a mi puerta oliendo a fuego.
No llamó. Los altos fae solo llaman cuando quieren que se les vea llamar. Cruzó el rellano descalza, desnuda y con ceniza fina metida en la línea del cuello. En el dorso de la mano izquierda le quedaban tres escamas sin retraer.
Nunca la había visto salir de la forma con prisa; hoy parecía que la tuviera.
—¿Vamos a follar? Siempre follamos cuando apareces así vestida.
Elowen cerró la puerta de un golpe que partió el marco.
Después me empujó contra la pared del recibidor.
No hubo preámbulo, y agradecí que no lo hubiera.
Me arrancó la camisa con las dos manos y la boca le supo a humo y a metal caliente.
La levanté sin esfuerzo y ella me clavó los dientes en el hombro hasta que noté la sangre bajarme por el brazo.
Le puse la mano en la garganta. No para sujetarla: para comprobar si me lo permitía.
Me lo permitió y presioné hasta que le faltó el aire, justo como le gustaba.
Me comporté como una bestia contra la pared, después en el suelo, sin ninguna de las cortesías milenarias que su Corte enseña a sus hijas antes de dejarlas hablar.
Elowen había venido a gastarse, no a buscar placer.
Cada vez que se acercaba y no llegaba, apretaba la mandíbula y volvía a empezar, furiosa consigo misma, y yo la dejé usarme el tiempo que hizo falta porque me fascinaba ver a una criatura de más de cuatro mil años perdiendo toda aquella educación.
Bajo aquella capa impuesta existía una criatura inflamable a la que nadie le había preguntado nunca nada.
—Más fuerte —ordenó.
—Dime qué has roto esta vez.
—Te he dicho que más fuerte —rugió.
Obedecí. Le sujeté las caderas y ahondé de una forma tan brutal que cualquiera se hubiese partido en dos. Cualquiera menos ella: se corrió con un sonido nada aristocrático, la espalda arqueada sobre las tablas y las escamas subiéndole por el antebrazo hasta el codo, mientras la cola daba latigazos.
Cuando terminó, se quedó tumbada mirando el techo agrietado con los ojos todavía dorados por dentro.
—Una cristalera —dijo al fin—. Tres metros. La destruí entera.
Me apoyé en el codo.
—¿Suya?
No me hacía falta pronunciar el nombre. Cuando acudía así a mí, siempre era por él.
—Suya.
Encendió un cigarrillo con la yema del pulgar, que era el único truco de su especie que se permitía delante de mí.
Fumar era la única costumbre repugnantemente humana que se concedía y lo hacía para sentir que podía. Por eso siempre tenía una cajetilla en la mesilla para su uso y disfrute personal.
—Salí a pasear —continuó—. Mi hermano cenaba esta noche con la humana. Me lo contó y me pareció bien, porque quería comprobar si el príncipe cumplía lo que me había prometido delante de nuestras casas. —Expulsó el humo—. Encontré su ropa en un seto de Sagasta. Doblada no. Tirada. Y el móvil debajo.
—Tenía prisa.
—Tenía prisa. —Se rio sin ganas—. Cuatro siglos de alianza y el hombre se desnuda en un jardín público como un adolescente con la casa libre.
—Y voló.
—Y volé.
Aquello lo dijo mirándome, esperando el reproche que no pensaba darle. Los altos fae no mentían. Era una de sus virtudes o sus debilidades. Por eso habían aprendido a manejarla como se maneja un cuchillo: diciendo verdades exactas que dejaban al oponente donde ellos querían. Todo un arte.
—Los vi por el cristal —añadió—. Ella estaba sobre el sofá. Él la besaba.
—Eso no rompe ventanas.
Elowen se incorporó despacio. La ceniza le caía del pelo sobre las tablas.
—Le había pasado la cola por dentro de los muslos.
Dejé de moverme.
Hay cosas que un dragón no entrega antes del vínculo con su pareja oficial.
No por pudor: por arquitectura. Esa parte de ellos no obedece a la cabeza, obedece a lo que han decidido conservar.
Un alto fae podía acostarse con media Europa y seguir siendo intacto en el único sitio donde su especie mide la lealtad.
—Con una humana —pronunció—. Antes de la ceremonia. Delante de una ventana.
—¿Y qué esperabas que hiciera?
—Que cumpliera con su promesa. Que se la follara. Sí. Eso sabía que ocurriría. —Aplastó el cigarrillo contra la madera—. Que se la follara mil veces y viniera a mi cámara limpio sin haberle ofrecido lo que por derecho solo debe ser mío.
Le pasé el pulgar por la cicatriz bajo el omóplato. Tres centímetros. Su Corte había decidido no explicarla nunca.
—Te la hizo tu padre.
—Me la hizo una puerta. Mi padre solo la cerró.
—Se giró hacia mí—. Tenía ochocientos años y quise ir sola a un archivo.
Sola. Todavía necesito su firma para cruzar una frontera y todavía no puedo votar en una sala donde se decide qué se hace con mi cuerpo.
Cuando él falte, la firma será de Caedmon y espero que cumplas.
—Sonrió con algo muy feo—. ¿Sabes lo que es esperar cuatro mil años a un hombre que te dé la llave y verlo entregarla en un sofá a una mujer que estará muerta en cincuenta?
—Sé lo que es que te expulsen de una sala.
—Tú te fuiste dando un portazo. A mí me sostuvieron la puerta y me dijeron que sonriera.
La empujé de espaldas y volví a entrar en ella sin avisar. Elowen soltó el aire de golpe y me agarró del pelo, y ahí, con la voz partida y las uñas en mi nuca, siguió hablando. Era exactamente lo que había venido a hacer.
—Mi padre dirá que he pasado la noche en casa de Sireth. —Jadeó—. Mi padre nunca ha mentido.
—No es lo mismo.
—No. —Otro—. No lo es porque él cree que estoy allí.
Terminamos los dos a la vez. Le di la vuelta y ella se quedó encima de mí, respirando como si acabara de bajar de un vuelo largo.
Esperé a que el pulso se le ordenara.
—Elowen.
—Mmm.
—Acabas de reventar tres metros de cristal por celos, a tres semanas de tu boda, mientras media España cuenta en las noticias cadáveres de humanos que intiman con sobrenaturales.
Se apartó el pelo de la cara y me miró por fin.
—¿Me estás preguntando algo? ¿O quieres saber si sé más de lo que callo?
Sostuvo mi mirada el tiempo suficiente para que los dos entendiéramos que podía contestar y que iba a ser ella quien decidiera qué y cómo hacerlo.
Volví a besarla, hice que su espalda se hundiera en el colchón y volví a penetrarla con fuerza.