Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

—Joder. ¿Y dices que viste a un ser alado alejándose hacia la luna?

Ciarán confirmó con un movimiento de cabeza.

Miré los tres metros de vacío donde, hasta hacía poco más de una hora, había existido una cristalera bastante cara. El viento entraba a placer y hacía girar el polvo de vidrio sobre el parqué.

—Eso apesta a uno de los tuyos —confirmé.

El príncipe apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—No tiene por qué. Algunos cambiaformas poseen alas. Los demonios también.

Samael, sentado en el brazo del sofá, arqueó una ceja.

—Agradezco que recuerdes nuestras virtudes.

—Ya, pero ninguno de esos está prometido a la princesa de la Corte Oscura a tres semanas de la boda. —Me volví hacia Ciarán—. ¿Seguro que no ha sido cosa de Elowen? A las mujeres no suele sentarles bien que su futuro marido se enrolle con otra. Llámame demente.

Sus ojos se afilaron un grado.

—Estaba en casa de una amiga. Me lo confirmó su padre. Es imposible que nos viera.

—Siempre pudo volver —apuntó Samael.

Rómulo silbó desde la terraza. Él y Remo llevaban un rato recorriendo el marco, la barandilla y los restos, husmeando con una concentración que, si no supiera lo que eran, me habría hecho llamar a control de plagas.

Remo inspiró otra vez, más despacio.

—Hay un leve aroma a fuego. Eso nos deja donde estábamos: dragones o demonios.

—¿Y cómo lo has gestionado con Sandra? —Rómulo señaló el agujero—. Porque imagino que no vio explotar media fachada mientras la magreabas y pensó: «Bueno, cosas de Madrid».

Ciarán se tensó.

—Omití lo que no podía explicar. Le dije que, efectivamente, el cristal había estallado y que no soy cristalero como para poder certificar la causa al cien por cien.

—Técnicamente cierto. Moralmente cuestionable —bufó.

—Por lo menos protegí el velo. Ella estaba en shock y con los efectos del vino que había tomado en la cena.

—Por no hablar del calentón —apostillé.

Él me miró mal y siguió.

—La mandé a recoger sus cosas mientras le dije que llamaría al seguro, que no podía quedarse por si Lluna se hacía daño o le daba por saltar al vacío.

—Muy enternecedor de tu parte —se carcajeó Rómulo.

Ciarán ni se inmutó. A veces pensaba que era impasible.

—Necesitaba una buena excusa para sacarla de aquí y ella adora a Lluna por encima de todo; por tanto, le pedí que avisara a Patri.

Remo levantó la cabeza demasiado rápido.

—¿Por qué Patri?

Ciarán no pestañeó.

—Casa grande, habitaciones suficientes, cero animales. Y dos lobos militares en la acera de enfrente.

—Tu eficiencia es envidiable —murmuré—. Aunque ahora los tienes aquí.

—No por mucho tiempo —contraatacó.

—Bien. —Chasqueé la lengua—. Tenemos un posible atentado, casi te pillan desnudo y ya has organizado una mudanza temporal antes de que nosotros lleguemos. Los altos fae hasta follando hacéis gestión de proyectos.

—No habíamos llegado tan lejos.

Rómulo soltó una carcajada.

—Eso te pasa por tardón.

Remo lo ignoró, volvió a agacharse junto al marco e inspiró varias veces. Cuando se incorporó, tenía la cara de otro hombre.

—Aquí no hay nada más.

Las bromas se murieron solas.

Samael dejó de girar el fragmento de cristal entre los dedos.

—Define nada.

—No tenemos un rastro sólido —contestó Rómulo, pasando un dedo por el aluminio—. Ciarán, Sandra, la perra, polvo, metal, el limpiacristales que compra ella porque huele a limón. Del que ha reventado esto, ni mierda, solo fuego…

—Aunque es algo más de lo que tenía Salas alrededor de la herida, que era ausencia total de rastro —añadió Remo.

Me giré hacia ellos.

—¿Perdón?

Los dos se miraron. Ocurrió una conversación completa sin que ninguno abriera la boca, que es la parte de trabajar con lobos que más me irrita y la que más envidio.

—Yara nos prohibió hablar de esto —explicó Remo—. Contigo, con los vecinos y con Vane. Textual: primero debían establecer el protocolo con el Consejo.

—Yara mencionó también al párroco —recordó Rómulo—. Ya que nos van a colgar, hagámoslo por el lote completo.

Cinco criaturas que llevábamos siglos, décadas o media vida escondiéndole información a cualquier cosa con pulso terminamos hablando alrededor de un sofá rodeado de vidrio.

Cooperación interespecies. Matilde habría llorado de emoción.

Lo contaron entre los dos: uno colocaba los hechos en fila y el otro los recubría de chistes hasta que parecían menos capaces de arrancarle a alguien las entrañas.

Su hermana pequeña llevaba desde finales de agosto viéndose con un policía humano, que resultó ser el compañero del humano que llevaba la investigación.

Se conocieron en Umbral. Vínculo mixto, marca incluida, y ni una palabra a la manada.

El sábado los tres estaban en El Rastro.

Un reponedor cubierto de la capucha a los guantes repartió botellas de agua, Vega bebió, le entró un dolor que la obligó a marcharse y, cuando volvieron, Miguel Salas se desangraba en un claro con una máscara de zorro y un libro abierto por la página de una ilustración.

—El reponedor no olía —cerró Remo—. Vega dice que lo ató, pero allí no había ni rastro de cuerda; solo… un hueco.

Dejé pasar el tiempo que se le concede a alguien que acaba de entregarte a su familia envuelta para regalo.

—Quinientos años —dije— y no he conocido nada vivo que no huela. Ni un cadáver a los cuarenta minutos.

—Bienvenido al club —murmuró Rómulo.

Y entonces solté lo que llevaba once días sin decirle a nadie, porque las teorías, mientras no se pronuncian, son solo insomnio.

—Llevo tiempo pensando que estamos mirando esto desde el lado equivocado. Hemos dado por hecho que recrea escenas para inculparnos. ¿Y si además elige a las víctimas por acostarse con nosotros?

Samael perdió la media sonrisa.

—Continúa.

—Sofía se acostó conmigo la noche que murió.

Alguien alteró mi control, aprovechó mi mordida y montó la escena cuando ya me había ido.

Mara pasó por tu retiro y tú le habías proporcionado un orgasmo.

Salas estaba vinculado a vuestra hermana.

—Señalé el ventanal—. Y esta noche alguien revienta la casa de una humana justo después de que un fae decida…

tocarla. Seguramente creyó que ya había cumplido y no…

—Gracias por la precisión —apostilló Ciarán.

—Ya, pero habéis olido el fuego y, si hubiera querido matar a Sandra, se habría quedado, ¿no?

Samael llevaba un rato observándonos en silencio. Bastó que abriera la boca para pinchar la teoría.

Nadie se rió.

Aquello acababa de poner cuatro nombres encima de la mesa y ninguno me gustaba.

Uno pertenecía a la mujer con la que me había vinculado.

Yo había empezado a darle vueltas a aquella posibilidad después de acostarme con Nina. Si alguien elegía a las víctimas por acercarse a nosotros, podía haberle colocado una diana en la espalda sin saberlo. En parte por eso le borré la memoria.

La marca, en cambio, seguía ahí.

Y Marcellus la había detectado.

Rómulo levantó la mano como un alumno con muy malas notas.

—Ya que estamos repartiendo vergüenza. Patri huele a compañera. Desde que nos mudamos a su barrio, y con esto no bromeo.

—Yo también la siento así —se sumó Remo.

Tardé un segundo entero en procesarlo.

—¿A la vez?

Asintieron con una sincronía militar que empeoró bastante la conversación.

—No somos hermanos de sangre —precisó Remo.

—Eso mejora muy poco la logística. —Me apoyé en la mesa—. Yo me complico la existencia con una mujer y vosotros habéis montado una relación de tres con una coordinación que ya quisiera el equipo olímpico.

—Todavía no nos hemos vinculado —aclaró Rómulo.

—Pero sí hemos follado.

Remo cerró el triángulo, porque aquello no era un círculo.

Se me borró la sonrisa.

El latido instalado en mi pecho desde el domingo contestó desde el otro lado de Madrid y todos terminaron mirándome, porque las criaturas antiguas huelen una confesión pendiente igual que los lobos huelen la sangre.

—Yo sí.

Rómulo dejó de sonreír.

—¿Tú qué?

—Me vinculé con Nina.

El silencio duró lo suficiente para empezar a resultar ofensivo.

Rómulo parpadeó.

—¿Nina Goffi?

—¿Conoces muchas Ninas capaces de soportarme?

—No conozco a ninguna capaz de soportarte —replicó él.

—Pues ya has resuelto la duda.

Samael se incorporó un poco.

—¿Qué clase de vínculo?

—La Marca del Pulso.

Rómulo silbó. En la escuela nos hablaban de las otras especies, lo que mejoraba la comprensión.

—Hostia.

—Gracias por el análisis técnico.

—¿Ella sabe lo que significa? —quiso saber Ciarán.

—No. Bueno, sí. Se lo expliqué antes de borrarle la memoria.

Esta vez nadie se rio.

—Tenía demasiadas preguntas y solo aceptó el borrado si antes se las respondía todas. Después le borré la noche entera. Ahora piensa que se emborrachó, la lió con su sujetador y me pidió que le mordiera una teta.

Remo me estudió con una desaprobación que no se molestó en disimular. Rómulo soltó una carcajada.

—Todo muy coherente, sí señor.

—Era eso o dejar que el Consejo lo hiciera por mí. Y el Consejo no borra: recorta.

—Qué romántico —masculló Rómulo.

—Eso díselo a Marcellus, que se presentó al día siguiente buscando agujeros.

Samael entrecerró los ojos.

—¿Los encontró?

Siempre llegaba tres frases antes que el resto.

—Notó el vínculo. Por eso apareció en el bar donde comíamos, como mosca a la miel, para averiguar con quién.

—Una mosca de varios siglos con acceso a expedientes y una afición preocupante a administrar vidas ajenas —se sumó Ciarán.

—Le aseguré que el borrado había funcionado.

Remo ladeó la cabeza.

—¿Y estás seguro?

—Sí.

Salió demasiado deprisa.

Pensé en cómo me había mirado ella últimamente, en las preguntas que hacía sobre cosas que, en teoría, ya no existían dentro de su cabeza, y archivé el asunto donde archivo todo lo que no pienso resolver delante de testigos.

—Entonces somos dos —anunció Samael.

—¿Dos qué?

—Dos imbéciles, según vuestro baremo. Me he acostado con Aimara también.

—¡No jodas! —soltó Rómulo.

—Eso ya lo hicimos en el cine.

Hasta Remo expulsó aire por la nariz.

—A ver si lo resumo. —Dejé la copa—. El terapeuta oficial del G.R.E.I. se ha follado a la escritora que debía vigilar. Fantástico. ¿Quién ocupará tu sitio ahora? ¿Te pido cita para que hables con Matilde? ¿O hacemos un círculo y te preguntamos cómo te hace sentir?

—No estáis cualificados para gestionar mis emociones.

—Ni tenemos tantas horas —remató Rómulo.

Las miradas se desplazaron hacia Ciarán. Todas a la vez.

—Parece que ni los altos fae sois inmunes a las humanas —comentó Samael, disfrutando demasiado—. Lo que contradice bastante vuestra descendencia divina. ¿Algo que añadir, príncipe?

Ciarán nos sostuvo la mirada sin retroceder ni un centímetro.

—Que siempre hay una oveja negra en cada familia.

—Yo más bien diría un dragón —se carcajeó Rómulo.

—Sea como sea, no voy a atarme a Sandra. —Su mandíbula se crispó—. Me caso con Elowen a fin de mes.

Remo resopló.

—Típico de tu especie.

—Por una vez, el lobo tiene razón —concedí, y me dolió.

—Eso también es bastante típico —añadió Samael.

—Me da igual lo que penséis de mí. —Ciarán apoyó los nudillos en la mesa—. Lo que tengo claro es que voy a reparar esa ventana y voy a encontrar a quien ha puesto a Sandra en peligro. Y, si Blake está en lo cierto, ninguna de las chicas está a salvo.

Nadie contestó.

Aimara. Nina. Patri. Sandra.

Samael se levantó del sofá.

—Entonces estaréis conmigo en que esto apesta a la facción de Abaddon se mire por donde se mire. Por mucho que él me dijese que no.

—Nunca te fíes de alguien que puede mentir y que traicionó a Dios —añadió Ciarán.

Los ojos de Samael refulgieron.

—No iba por ti —aclaró Ciarán.

—El problema es demostrarlo —intervino Rómulo, con un trozo de cristal entre los dedos—. Quien mató a Salas tiene una fórmula que no deja rastro. Podemos acusarlos hasta quedarnos sin saliva y el Consejo seguirá pidiendo pruebas con esa cara de aniquiladores interespecie que se les pone.

—Pues consigamos una.

Ciarán llevaba un rato contemplando la abertura de la terraza. Se volvió despacio.

—Creo que sé cómo.

—Te escuchamos —pronunció Samael.

—Dejemos de esperar a que elijan a la siguiente.

—Concreta —pidió Remo con interés.

El príncipe nos recorrió con la mirada uno por uno antes de soltarlo.

—Alguien debe registrarse en Umbral y empezar a tener citas con humanas.