Capítulo 19 #2
—Más de lo que me gustaría.
—Nadie me ha hablado mal de él.
—Todo depende de la versión que te hayan proyectado.
Ella frunció el ceño tratando de interpretar mis palabras.
—Dame un minuto.
Volví con unos pantalones oscuros de pijama, descalzo y sin la parte de arriba. Ella seguía junto al sofá, con las mejillas encendidas, el pelo medio suelto y la boca del color exacto que llevaba horas intentando no imaginar sobre la mía.
—¿Y qué versión conoces tú? —preguntó.
Me acerqué.
—La versión en la que casi somos familia y él nunca ofrece nada sin haber calculado antes el precio.
—No me habías dicho que erais tan allegados. A mí no me ha pedido nada raro.
—Todavía.
—¿Y por qué te importa tanto?
Me detuve delante de ella. Levantó la barbilla. La respiración empezó a fallarle cuando se topó con mi pecho y eso me hizo sentir… deseado. Noté el deseo recorriéndome por dentro, vivo y humano, y respondí sin medir.
—Porque no quiero cerca de ti a nadie capaz de hacerte daño.
—Eso no responde a la pregunta.
Le aparté un mechón de la mejilla. La yema del pulgar rozó la comisura de su boca y el calor se propagó bajo mi piel. Las pupilas se me estrecharon; no necesitaba un espejo para saberlo. En cambio, las suyas casi le ocupaban los ojos enteros.
—No tengo una respuesta que me guste.
Cerró los ojos.
—Dame la que tienes.
—No soportaría que te ocurriera algo malo.
Los abrió.
—¿En serio?
Asentí. Tenía su boca a centímetros y todo mi cuerpo se había reducido a aquella distancia. Ella se humedeció los labios y mi dragón rugió, apoderándose de parte de mi control.
—Pídeme que me detenga —murmuré.
—¿Que te detengas de qué?
—De hacer lo que llevo días queriendo más que nada.
Su mirada apuntó directa a mi boca.
—Estoy un poco contentilla y no sé si te entiendo bien.
—Sí lo haces.
—Estás comprometido.
Eso me hizo suspirar con pesar, aunque no la solté, y ella prosiguió.
—Y eres un hombre de palabra, heredero de… una Cor…poración importante, futuro marido de una mujer que parece odiarme, madre de dragones y todas esas cosas que deberían hacerme salir corriendo y no desear lo que estás sugiriendo. ¿Me equivoco?
—No.
—Qué conversación más animada se nos está quedando.
Apoyó una mano sobre mi pecho. Los dedos se abrieron encima de mi corazón y este empujó con fuerza.
—¡Estás helado!
«No lo digas, no lo digas, no lo…».
—Tú podrías calentarme.
Ella alzó las cejas sin parecer disgustada.
—Podría. Somos adultos. Tú mismo me dijiste que tu compromiso es un acuerdo. El amor no está en juego…
—No lo está, aunque mi palabra sigue conduciéndome al altar.
Necesitaba que le quedara claro. Su mano ascendió hasta mi cuello.
—Entonces no me prometas nada. —Se alzó sobre las puntas de los pies—. Solo dime la verdad. ¿Me deseas?
Mi aliento se cortó y respondí con la sutilidad de un disparo al corazón.
—Desde antes de saber qué hacer con ello.
—¿Mucho?
—Lo suficiente para pasarme media cena vigilándote desde el edificio de enfrente.
Parpadeó.
—¿Me has seguido?
«Durante ocho minutos intenté convencerme de que solo estaba comprobando que llegaras a salvo. Después me quedé mirando cómo sonreías a otro hombre».
—¿Tú qué crees? ¿Puedo haberlo hecho?
Intentó fruncir el ceño y se le escapó la sonrisa.
—Digamos que te creo. ¿Y qué hacías allí arriba, Batman con escamas?
—Odiar a Caedmon y cada sonrisa que le dirigiste.
—¿Celoso?
—De una manera poco compatible con la diplomacia.
—Igual me apetece saber qué se siente cuando un hombre como tú pierde el control por mí.
—¿Un hombre como yo?
—Uno diseñado para volar por Madrid y que es capaz de quedarse desnudo al otro lado de un cristal.
Su cuerpo se apretó contra el mío.
—Sandra.
—Ciarán.
—Dime que no lo haga.
Todos mis músculos se contrajeron.
—¿Por qué?
—Porque, si te beso, no voy a poder detenerme.
—Hazlo.
El dragón rugió. Bajé la cabeza y la besé.
Su boca sabía a vino, a carmín y a una calidez que borró durante un instante el trono, el pacto y el nombre de Elowen.
Se agarró a mi nuca y respondió sin vacilar, abriéndome paso con la lengua hasta que la contención dejó de parecer una virtud y se convirtió en una forma especialmente absurda de tortura.
La alcé por la cintura. Jadeó contra mis labios y me rodeó las caderas con las piernas. La llevé hasta el respaldo del sofá, donde quedó a mi altura, con el vestido subido sobre los muslos.
—Llevo días pensando en esta boca.
—Pues has tardado una barbaridad en usar la tuya para algo más interesante que hablar.
Volví a besarla. Mi mano subió por su muslo y se detuvo donde la piel se volvía más caliente. Ella arqueó el cuerpo. Sus dedos bajaron por mi espalda y las escamas emergieron bajo su contacto: una línea oscura se extendió desde mis hombros y tuve que controlarla.
Le mordí el labio. Sandra tiró de mi pelo y el sonido que se me escapó no pertenecía al príncipe que presidía audiencias.
Mi boca descendió por su cuello. Echó la cabeza hacia atrás y deslicé la mano hasta su cadera, hasta el borde de la ropa interior; me moría por tocarla, saborearla y hundirme en ella.
Noté la cola empujando. Había ciertas partes que se nos activaban durante el sexo y esa era una. Ascendió sin permiso, se metió entre mis piernas, entre las de Sandra, y la acarició.
Ella gimió.
Por suerte, estaba con los ojos cerrados y no distinguió que no eran mis manos.
Ahondé el beso para que no se percatara y mi cola siguió masturbándola, notando la humedad, muriéndose de ganas de que apartara el tejido para penetrarla.
—Más, quiero más… —suplicó, empujando las caderas.
Mi dragón exigía el control y cada vez era más difícil no concedérselo.
—Ciarán…
—Echa la cabeza atrás y cierra los ojos.
Obedeció. Yo aparté un poco el encaje y una de mis escamas la rozó.
El sonido de placer que emitió me volvió loco y entonces la cristalera estalló.
Sandra gritó. Lluna aulló detrás de mí. Empujé al dragón y me obligué a recuperar la forma. La cubrí con el cuerpo mientras los fragmentos cruzaban el salón y me giré hacia los tres metros de nada que, un segundo antes, eran una puerta.
Una sombra enorme pasó delante de la luna y se perdió entre los edificios antes de que pudiera distinguir su forma.
El aire que entraba por el hueco olía a magia antigua y a ceniza fría. El del interior del piso, a sexo frustrado y a mi desesperación.
Quien hubiese roto aquel cristal acababa de enseñarme dos cosas: sabía dónde encontrar a Sandra y no conocía la diferencia entre amenazar a un fae y despertar a un dragón.