Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Desde la terraza, vi a Sandra subir a un coche blanco que no era de Caedmon y decidí que, únicamente por su seguridad, debía averiguar dónde la había citado para cenar.

Una comprobación responsable, casi institucional.

Volar sobre Madrid a esa hora tenía una ventaja: nadie miraba hacia arriba. La ciudad entera vivía pendiente de pantallas, semáforos y repartidores que circulaban con vocación suicida.

Seguí el coche hasta un edificio acristalado con un restaurante en la última planta. Sandra bajó, se alisó el vestido negro y respiró hondo dos veces antes de entrar, con esa mueca que ponía cuando se obligaba a templar los nervios.

Ya sabía dónde estaba. Eso era lo único que había ido a comprobar.

Al menos, eso me repetí durante los ocho minutos que tardé en marcharme.

Regresé al ático, me vestí y bajé con Lluna, que llevaba desde que salí sentada frente a la puerta con la expresión de quien se dispone a denunciar un abandono.

—Tenía asuntos urgentes —me disculpé antes de bajarla.

Lluna olfateó una farola y encontró un tiesto de piedra lo suficientemente atractivo para marcarlo como suyo.

—Caedmon podría estar utilizando a Sandra para averiguar qué sabemos.

La perra agachó las patas y se puso a aliviar la vejiga sin apartar los ojos de mí.

—O Elowen podría haberse saltado nuestro pacto.

La idea hizo crujir la correa bajo mis dedos.

La mastina soltó un pequeño ladrido, terminó y siguió andando.

—Exacto. No puedo ignorarlo. Este paseo va a ser breve, Lluna, así que aplícate y termina cuanto antes.

Me hizo caso. En cuanto terminó de hacer sus necesidades, dio media vuelta para poner rumbo al edificio. Se detuvo ante el portal, tiró de la correa y bostezó.

—Buena decisión. Es lo que tengo que hacer: dejarte en casa y asegurarme de que todo está bajo control, chica lista.

La dejé en el ático con agua, comida y la satisfacción de haber resuelto una crisis diplomática sin pronunciar una sola palabra, y fui a la Corte Oscura.

No solicité audiencia.

El guardián me dejó pasar por mi condición de futuro miembro de la familia. Encontré al padre de Elowen en la galería de los fresnos, revisando correspondencia junto a una lámpara de aceite azul.

—Ciarán. —Cerró la carpeta—. No esperaba verte.

—Necesito hablar con mi prometida.

—No está.

Conté las vueltas del agua en el canal. Elowen llevaba miles de años necesitando la firma de aquel hombre para cruzar un umbral. Cada desplazamiento suyo constaba en tres registros y se comentaba durante semanas.

—¿Dónde ha ido?

—A visitar a una amiga.

No dijo cuál. Tampoco dijo que hubiera salido sola.

—¿Puedo ayudarte yo?

Preguntarle si sus hijos estaban utilizando a Sandra dentro de algún juego entre Casas la habría convertido en una pieza reconocible sobre su tablero.

—No. Me urgía verla a ella, nada más.

Su mirada descendió un instante hasta mis manos vacías.

—La próxima vez, sigue el protocolo de audiencia. Así evitarás venir hasta aquí para descubrir que no todo el mundo permanece donde tú esperas.

—Lo tendré en cuenta.

—Me alegra que por fin estés sentando la cabeza y hayas comprendido qué te conviene. —Volvió a abrir la carpeta—. Las distracciones humanas se resuelven solas cuando se les retira el espacio para crecer. Las que no, terminan obligando a alguien a podarlas.

Levanté la vista. Él ya había regresado a la carpeta, con la calma de quien decide qué va a cortar mucho antes de coger las tijeras.

Archivé la frase entera y busqué un espacio fuera del alcance de miradas ajenas para dejar la ropa bajo uno de los fresnos y levantar el vuelo con una palabra clavada entre los dientes.

«Podarlas».

Si era una amenaza contra Sandra, ¿por qué usaría el plural? A no ser que se refiriera a toda la especie.

Preferí no pensar.

Volar imponía silencio dentro de mí. Sandra también, aunque de una forma bastante menos conveniente.

Descendí sobre la azotea del edificio de enfrente del restaurante, detrás de una estructura de ventilación, y, desde allí, el comedor de la última planta se convirtió en un acuario iluminado.

Un dragón distinguía el temblor de un ala a dos kilómetros. Ninguno de mis sentidos servía para atravesar un vidrio de seguridad, de modo que aquellas dos horas fueron una tortura de diseño refinadísimo: información incompleta, contenido nulo.

Vi cómo un cocinero levantaba a Sandra de la silla. Cómo estampaba un huevo en la cabeza de un camarero. Cómo la sala entera se giraba y ella se tapaba la cara con las manos y se reía después con esa risa que se le escapaba cuando algo le salía mal de verdad y se rendía.

No supe qué dijo para que un comedor lleno de gente estirada empezara a reírse con ella.

Quise saberlo con una intensidad que no tenía nada que ver con la investigación, sobre todo porque yo estaba sonriendo al igual que los demás.

Mi especie era fluida, cambiante, compuesta por dos mitades.

La primera era fae y tenía una forma parecida a la de los humanos.

Nos enseñaban a volar antes que a andar y a regirnos por reglas inquebrantables.

La otra era la animal. Los dragones no distinguíamos entre proteger y quedarnos algo: era el mismo gesto ejecutado con dos coartadas distintas.

Llevaba semanas guardando sus horarios, el orden en que colocaba las tazas, la hora exacta en que dejaba de actuar para el móvil, y lo hacía del modo en que mi linaje guardaba siempre lo que consideraba suyo.

Faltaban pocas semanas para mi boda.

La idea pasó por mi mente varias veces.

Sandra habló con las manos y bebió vino. Caedmon la escuchó con esa atención dosificada que hace sentir única a quien tiene delante sin concederle nada de sí mismo. Antes del postre, deslizó una carpeta sobre la mesa.

Cuando cubrió la mano de ella con la suya, mis garras arañaron el hormigón.

Aquello eran celos. Puros, vulgares y demasiado humanos para mi gusto.

No me gustaron una mierda, como diría Sandra.

Seguir llamándolos prudencia resultaba ofensivo para mi inteligencia.

La vi salir con la carpeta en el bolso y una sonrisa que no llevaba al entrar. Subió a otro Uber y emprendí el regreso.

Di una vuelta para calmarme y descargar el malhumor.

No quería que me afectara lo que había visto, no cuando ella volviera al piso.

Aterricé en la terraza del ático convencido de que la corredera estaría abierta.

No lo estaba.

Recuperé mi forma humana frente al cristal y descubrí tres problemas en orden de gravedad: mi ropa seguía bajo un fresno de la Corte Oscura, mi teléfono continuaba en el bolsillo de aquellos pantalones y Lluna me observaba desde el salón con una tranquilidad insultante.

—Lluna.

Se acercó, apoyó el hocico en el cristal y empañó una superficie del tamaño de mi cabeza.

—Necesito que empujes la manilla.

Ladeó las orejas.

Señalé el cierre.

—Ahí. Coloca la pata y baja.

Levantó una pata y la apoyó exactamente donde había señalado. Durante un instante, creí encontrarme ante un animal de inteligencia excepcional.

Después, lamió el cristal.

—La manilla, no mi dedo.

Volvió a lamer.

—He recogido tus excrementos durante dos días. Considero razonable pedir cierta reciprocidad.

Se sentó.

Intenté deslizar una garra por el marco.

El cierre quedaba fuera de alcance y el hierro del edificio volvía torpe cualquier cosa que intentara hacer con la magia.

Podía reventar el vidrio; también podía llenar el salón de fragmentos y abrirle el hocico a la perra, que seguía pegada al otro lado esperando el espectáculo.

—Apártate.

No se apartó.

—Por una vez en tu existencia, obedece una orden sencilla.

Se tumbó delante de la puerta.

Las puertas del ascensor se abrieron al otro extremo del piso. Lluna se levantó de un salto y desapareció.

Sandra entró hablando con ella antes de verme.

—Cariño, no sabes la noche que he tenido. He lanzado un huevo, he conseguido un contrato y creo que…

Se detuvo.

Sus ojos bajaron y volvieron a subir en mi dirección con una lentitud muy poco disimulada. Entonces recordé que no vestía nada.

Soltó un gritito. Yo me abalancé hacia una de las sillas y agarré uno de los cojines de la terraza para cubrirme con toda la dignidad que permitía un cojín de exterior.

Ella abrió la boca. La cerró. Miró a la perra.

—Un espectáculo de porno casero era lo último que esperaba que le ofrecieras a Lluna en mi ausencia.

Golpeé el cristal con los nudillos.

—Abre. Me he quedado atrapado.

—¿Y perderme el estreno? —preguntó. Claramente, estaba achispada.

—Sandra.

Se acercó con la carpeta apretada contra el pecho y una sonrisa que el vino había vuelto más atrevida.

—¿Qué le ha pasado a tu ropa? ¿Otra sesión de yoga que pone contentas a las vecinas?

Accionó la manilla y abrió.

—No. Cuando me transformo en dragón para dar una vuelta por el cielo de Madrid, se me hace difícil llevar pantalones.

Utilicé el soniquete con el que los humanos disfrazan de ironía una verdad incómoda.

Formuló una o con la boca.

Sandra dejó la mano sobre el cierre y me miró de un modo que no encajaba en ningún cálculo previo.

—Ya.

Una sílaba. Ninguna pregunta.

Lo anoté porque llevaba milenios anotando lo que no encajaba.

—Y, como eres capaz de convertirte en dragón, no esperabas que pudiera derrotarte una corredera.

—A veces pasa.

Entré sin separar el cojín de mi cuerpo; el zumbido del hierro se retiró en cuanto ella estuvo a menos de dos metros y Lluna salió a la terraza a inspeccionar el lugar exacto donde había estado mi dignidad.

—Voy a vestirme. Después hablamos de tu cena.

—Te ahorro tiempo. Ha ido genial. Los de Lumen no me exigen exclusividad y me han dado el contrato para que lo revise antes de firmar.

Me detuve antes de dar un mísero paso.

—¿Has decidido aceptar?

—He decidido leer. Luego se lo enseño a las chicas y a alguien que sepa de contratos de verdad.

—Puedo revisarlo yo.

Sandra me recorrió de arriba abajo. Se detuvo en el cojín y se mordió el labio.

—¿Para comprobar las cláusulas o para encontrar una manera elegante de decirme que no firme?

—Para asegurarme de que Morcant no quiere joderte. Tiene fama de jugar sucio.

No era una mentira. La sonrisa se le apagó un grado.

—Lo conoces.