Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

El coche me dejó frente a Saddle, un restaurante nuevo ubicado en la última planta de un edificio acristalado en plena Castellana.

Un hombre me abrió la puerta antes de que decidiera si entraba y otro me recibió por mi nombre, cosa que siempre me preocupaba: en los restaurantes donde me conocían solía ser porque había reservado ocho veces o había roto algo.

El maître recogió mi abrigo y me condujo por un comedor de luz cálida, mesas separadas y camareros que se movían sin hacer ruido.

Allí hasta las copas parecían tener estudios superiores.

Y yo contuve el aliento ante quien podría llegar a ser mi nuevo jefe.

Caedmon Morcant se puso en pie al verme.

Lo había buscado en internet, claro. Una no cena con un desconocido guapísimo sin comprobar antes si tiene esposa, denuncias o una secta a su cargo. En las imágenes salía bien. En directo salía injusto.

Rondaría los treinta y ocho. Era alto, de piel cálida, que la luz de las lámparas volvía dorada, el pelo oscuro hacia atrás sin un solo cabello pidiendo perdón y unos ojos color miel demasiado claros. Su sonrisa llegaba justo hasta donde él decidía.

Sostenía la copa con el pulgar inmóvil sobre el cristal. No supe por qué aquel detalle me puso nerviosa.

—Sandra. Gracias por venir.

Tomó mi mano y rozó mis nudillos con los labios.

«¡Ay, Dios! ¿Todavía había hombres de esa franja de edad que hacían cosas así?».

Mis hormonas se pusieron a chillar.

—Gracias por invitarme. El lugar es increíble.

—Confiaba en que te gustara.

Me retiró la silla. Me senté sin enganchar el tacón, golpear la mesa ni enseñar las bragas. Primer triunfo de la noche.

No perdió el tiempo con halagos vacíos. Había visto mis vídeos, conocía mis cifras y recordaba un directo en el que se me cayó un foco encima y seguí hablando desde el suelo porque había setecientas personas conectadas.

Me asombró que supiera y hubiera visto tantas cosas sobre mí.

—Tu comunidad no te sigue porque recomiendes libros. Te sigue porque confía en ti, y eso es algo muy importante para Lumen y para mí.

—Eso limita mucho las campañas que puedo aceptar.

—Y multiplica tu valor en las que aceptas.

«Vamos, Sandra, no te autosabotees».

La propuesta era mejor de lo que había imaginado.

Contrato inicial de seis meses. Sin exclusividad en reseñas ni colaboraciones editoriales.

Apoyo legal, gestión de campañas, producción, un mínimo mensual garantizado y porcentajes claros.

Lumen financiaría un estudio para mis directos y un club de lectura presencial con mi nombre, no con el de una marca de velas con olor a macho posesivo.

Estaba repasando la cifra por tercera vez cuando apareció un cocinero empujando una mesa auxiliar con una plancha integrada.

Aquella noche el restaurante celebraba una colaboración con un chef invitado con estrella Michelin y, por alguna razón que solo podía haber aprobado un enemigo personal de mi dignidad, uno de los pases era interactivo.

—Ha llegado el momento de que nuestros comensales participen en la experiencia —anunció el chef.

Levanté la vista.

«Interactiva» podía significar votar el punto de la carne. Elegir salsa. O hacer un Kahoot de cocina.

No esperaba recibir armamento.

El hombre dejó sobre la mesa dos palas metálicas, un cuenco con huevos y unas verduras cortadas.

—Invitamos a uno de los comensales a participar.

Miré a Caedmon. Caedmon me miró a mí y sonrió.

No sé por qué solté la siguiente frase. O tal vez sí.

—Ni se te ocurra —murmuré.

—Trabajas delante de miles de personas. Estoy convencido de que sabes freír un huevo.

—También pago impuestos y no por eso sé rellenar el modelo 303.

Las mesas cercanas ya nos observaban porque el chef estaba justo a mi lado. Negarme me habría convertido en la mujer que se acobardó ante un huevo, así que me levanté.

—Aviso de que mi especialidad es calentar comida que ya viene hecha.

—Es sencillo —aseguró el cocinero, colocándome la pala en la mano—. Sujétela con firmeza, pero sin tensión.

—¿Firme o sin tensión?

—Ambas.

Caedmon soltó una risa.

El cocinero me enseñó el ritual: dos golpes suaves de la pala contra el borde de la plancha, un giro de muñeca, deslizar el metal bajo el huevo y voltearlo con un movimiento seco.

Lo hizo él. El huevo subió unos centímetros, giró en el aire y aterrizó exactamente donde había empezado.

Ni una yema rota. La mesa de al lado aplaudió.

—Ahora usted.

Golpeé la pala contra el borde.

¡Clang!

Media sala se volvió.

—Quizá un poco más suave.

—Quería comprobar la resistencia del material.

Deslicé el metal. El huevo se arrugó y huyó hacia la esquina de la plancha.

—Debe entrar con decisión.

—Eso me dijeron la primera vez que me puse tacones y terminé en urgencias con un esguince de tobillo.

Lo recolocó. Yo flexioné la muñeca y respiré.

—Ahora, la vuelta. Un movimiento seco.

Lo intenté. El huevo no se movió.

—Con algo más de fuerza. Impúlselo.

Aquella fue la última frase pronunciada antes de la tragedia.

Apreté los dientes y lancé la muñeca hacia arriba.

El huevo no subió unos centímetros. Despegó.

Cruzó el espacio entre las mesas con una trayectoria envidiable, pasó por encima del hombro de una señora y aterrizó en la cabeza del sumiller que estaba presentando una botella cuyo precio seguramente incluía la matrícula universitaria de uno de sus hijos.

¡Plaf!

El hombre se quedó inmóvil, con el huevo extendido sobre el pelo y la clara deslizándosele por la sien. Un trozo de yema cayó sobre el cuello blanco de su camisa.

Nadie habló. Él seguía sosteniendo la botella con las dos manos. Yo seguía con la pala en alto.

—Acabo de lanzarle un huevo a la cabeza —informé, porque el silencio me nombraba portavoz de lo evidente.

Caedmon se tapó la boca con el puño. Los hombros le temblaban.

—El movimiento ha sido… demasiado enérgico. —El cocinero carraspeó.

—Usted pidió más fuerza.

—No tanta.

—Esa información habría sido útil antes del lanzamiento.

El sumiller giró muy despacio hacia nosotros con la expresión de un hombre que había dedicado veinte años a estudiar vinos para acabar maridado con una tortilla.

—Lo siento muchísimo. No pretendía…

—¿Acertarme?

—Cocinarlo a usted, aunque dicen que la proteína del huevo es fantástica para el pelo. —Después miré a los comensales—. Pídanse ese vino, por favor. Debe de ser una joya y el hombre se lo ha ganado.

Caedmon rio entonces de verdad, con una carcajada que le quitó de golpe toda aquella perfección intimidante.

Su mesa empezó a reírse. Después, la de al lado. El cocinero recogió los restos de mi carrera culinaria y prometió terminar el plato sin ayuda civil.

Cuando volví a sentarme, mi cita todavía tenía los ojos brillantes.

—No digas nada.

—Estoy reconsiderando la cláusula de responsabilidad civil.

Me tapé la cara con las manos.

—Me voy de Madrid. Igual me contrata alguna agencia en Finlandia.

—Sería una pérdida para Lumen.

—Acabo de agredir a un empleado con proteína animal.

—Y has conseguido que toda la sala te adore. Además… fíjate. —Señaló discretamente la otra mesa—. Se han quedado con el vino.

Levanté la vista. Era verdad. Varias personas seguían sonriendo.

Después de aquello, se me cayeron los nervios de encima. Resultaba complicado mantener una fachada profesional cuando habías estampado un huevo en la cabeza de un desconocido.

Hablamos de cifras, de límites y de futuro. Y le hice la pregunta que llevaba toda la noche atravesada.

—¿Por qué yo?

Caedmon dejó la copa. El pulgar se le quedó quieto sobre el cristal.

—Mi equipo lleva cinco meses siguiendo tu cuenta. Tus cifras llamaron su atención. La forma en que has llegado hasta ellas llamó la mía.

Antes del postre, deslizó una carpeta fina sobre la mesa.

—No hace falta que firmes hoy. Llévatela. Que la revise tu abogado. Cambia lo que no te convenza y elimina lo que no necesites.

—Eso no suena a encerrona empresarial.

—No necesito atraparte en un contrato. Quiero que elijas Lumen porque puede darte exactamente lo que necesitas.

—¿Y qué es eso?

—Tiempo. Apoyo. Una estructura que impida que tu carrera dependa de cuánto seas capaz de agotarte.

Las palabras de Sue volvieron con una exactitud incómoda.

Apoyé la mano sobre la carpeta. Caedmon la cubrió con la suya. El contacto fue breve, cálido y perfectamente calculado.

—Ya has demostrado que puedes hacerlo sola, Sandra. No tienes por qué seguir haciéndolo así. Queremos apoyarte y que formes parte de Lumen.

Salí de allí con el contrato en el bolso, un par de copas de vino en el cuerpo y la sensación de que alguien acababa de abrir una puerta enorme delante de mí sin empujarme.

Mientras pedía el Uber y esperaba a que llegara, me entró un mensaje.

Guardé el teléfono sin buscar el perfil porque no tenía intención de reventarme la única noche buena del mes.

Pensé que quizá Lumen no pretendía cambiarme. Que quizá quería darme espacio para convertirme en todo aquello que llevaba cuatro años construyendo de madrugada.

No tenía ni idea de que, durante la cena, cuando Caedmon cubrió mi mano con la suya, alguien nos observaba desde el edificio de enfrente.

En la oscuridad solo brillaban sus ojos.