Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Quedar con una podcaster de true crime antes de una cena de trabajo tenía una ventaja: cualquier desastre profesional parecía pequeño mientras nadie acabara descuartizado dentro de una maleta.

Le pregunté a Sue si podíamos quedar en una cafetería a la vuelta de la esquina de casa, con sillones de terciopelo morado, lámparas bajas y un aire que cualquiera habría tachado de aesthetic e instagrameable .

No le había pedido quedar por el podcast ni por los asesinatos; esta vez era por algo personal y necesitaba su consejo.

—Entonces, ¿estás contenta en Lumen? —pregunté.

—Mucho. Son los mejores del sector; gracias a eso pude dejar mi último trabajo.

Sonrió por encima de la taza. Llevaba el pelo dividido en dos mitades, una blanca y otra negra, un delineado capaz de cortar cristal y una blusa de encaje que en mí habría parecido el mantel de una médium. En ella quedaba increíble.

—Me respetan los contenidos, me consiguen mejores contratos y, detalle revolucionario, pagan cuando dicen que van a pagar.

—Eso, en el mundo de los creadores, es prácticamente pornográfico.

—Lo sé. La primera transferencia puntual casi me excita.

Me reí. Sue bajó la mirada hacia el café.

—Yo llegué a esto sin red, casi por casualidad.

Perdí a mi madre siendo una niña. Me dejó pocas cosas: algunas fotografías, cajas que tardé años en abrir y demasiadas preguntas que una niña no debería hacerse.

Después no había nadie esperando para recogerme cuando la cosa se torcía.

Trabajé en una centralita, sirviendo copas, limpiando oficinas y haciendo catering .

Llegué a redactar horóscopos para una web. Todo muy loco.

—¿Sin saber astrología?

—Ponía que Mercurio venía a joderte los planes y acertaba ocho meses al año.

—Profesional.

—Grababa de madrugada con un micro de segunda mano y editaba debajo de una manta porque mi vecino escuchaba reguetón con una fidelidad religiosa. Durante bastante tiempo gasté más en café de lo que cobraba por episodio.

—Joder, Sue.

Se encogió de hombros, restándole importancia a unos años que debieron pesar una tonelada.

—Lumen no me regaló una carrera. Apareció cuando ya la había construido y me dio estructura para dejar de destrozarme demostrando que merecía tenerla.

Estructura.

Aquella palabra me hizo cosquillas en un sitio incómodo. Yo llevaba cuatro años montando vídeos de madrugada, cerrando campañas desde el váter de un banco y sujetando una lámpara con dos libros y la caja de una tostadora.

—¿Crees que es una buena idea que vaya a la cena? Al dueño de una de las editoriales con la que colaboro no se lo parece.

—Cariño, ¿ese tío te paga las facturas?

Negué.

—Pues entonces ve a cenar, que eso no te vincula a nada. Si el de la editorial te quiere en exclusiva, que te pague y te ponga en nómina. Si no, eres libre para elegir. Lee el contrato, pregunta y no dejes que nadie te haga sentir agradecida por algo que te has ganado.

—Lo dices de una manera que me tranquiliza y me acojona a la vez.

—Es mi especialidad.

Miré la hora y estuve a punto de atragantarme con mi propia saliva.

—¡Me cago en la puta! No me da la vida. Tengo que arreglarme, llegar al restaurante y aprender a comportarme entre personas capaces de distinguir doce tipos de tenedor.

Cogí el bolso. Sue no se movió. Había fruncido el ceño y giraba la cucharilla entre los dedos.

—Espera. Hay otra cosa.

Volví a sentarme.

—¿Qué pasa?

—En el último episodio que subí sobre la muerte de Salas pedí teorías. —Sue dejó la cucharilla—. Me han entrado seiscientas y pico. Cuatrocientas dicen que fue un vampiro. Ciento y algo, que fue el novio de alguna. Dos me proponen matrimonio. Y una me ha quitado el sueño.

—Sorpréndeme.

—Es un comentario de cuatro líneas. Lo escribió hoy, a las siete y cuarto de la mañana —bajó la voz sin bajarla del todo, que es una cosa que solo saben hacer los que trabajan con micrófonos—.

Decía que no hay ningún imitador. Que los tres tenían algo en común y que no es lo que estamos buscando.

Y decía una última frase: que alguien de la investigación lo sabía y que quien lo sabía ya no podía contarlo.

Se me quedó la taza a medio camino.

—Alguien de la investigación —repetí.

—Salas llevaba el caso, Sandra, y ya no puede contarlo.

—Ya. Ya, ya.

—Y hay una diferencia entre esa frase y las otras seiscientas. —Se echó hacia atrás—. Las demás teorizan. Esa no. Además, ni una maldita falta de ortografía. ¿Sabes lo difícil que es eso hoy en día?

—¿Y qué le contaron?

—No lo sé. Tras publicarlo, lo borró. No sé si alguien más lo vio, pero a mí se me quedó en los comentarios eliminados. Por ahora no he ido a la poli porque os lo quería explicar antes.

—¿Le has preguntado?

—Le escribí por privado a los diez minutos. No me ha contestado.

—Dime que tienes captura.

—Claro que tengo captura, no soy nueva. —Sue sonrió sin ganas—. La cuenta sigue abierta. Tiene dos años de historial. No hay demasiados comentarios y, cuando los hace, no se come letras.

—Vaya…

—Además, por cómo escribe, por cómo se cabrea cuando alguien insinúa que las mataron por lo que leían y por una corrección que hizo sobre la escena del primer crimen respecto a lo que aparecía en el libro…

—Removió el café, que llevaba diez minutos sin necesitarlo—.

Me da en la nariz que esa persona lee romantasy y conoce muy bien la saga.

Y entonces me miró un segundo más de la cuenta.

—Sandra, tú, que te mueves en ese mundo, ¿a ti eso te suena? ¿Lo de que las tres víctimas tuvieran algo en común que no fuera lo que está buscando la poli?

—¿A mí? —la voz me salió tres tonos por encima de lo que le había pedido a mi garganta—.

Qué va. A nada. A lo típico. Yo tengo doce mil personas jurándome que mis amigas emiten una vibración oscura y una señora que me manda cartas del tarot por correo ordinario.

¿Y si es el asesino? ¿No dicen que hacen este tipo de cosas?

Estar en la escena del crimen, mandar pistas… Tú eres la especialista.

No sé qué buscó en mi cara. Sé que tardó en dejar de buscarlo.

—Lo he pensado… Es una posibilidad.

—¿Se lo has contado a tu comunidad?

Sue torció la boca.

—Ni de coña. No soy de las que van arruinando vidas a desconocidos, repartiendo mierda por corazonadas.

—¿Y a mí por qué me lo cuentas?

—Porque, si es un lector vuestro, quizá podáis dar con él. —Se encogió de hombros—. Y porque, si algún día dais con él, quiero saber qué lo motivó. Seguro que os enteráis antes que yo.

—¿Puedes pasarme el nick ?

—Claro. Al fin y al cabo, tú y yo vamos a acabar trabajando en la misma agencia.

Me guiñó un ojo.

Lo dijo con una seguridad que me soltó una descarga de ilusión y otra de pánico. Combinación preciosa para conducir o tomar decisiones vitales.

— Mare de Déu , hablando de eso, me voy. ¿Algún consejo?

—No intentes convertirte en la mujer que crees que Lumen necesita. Tu trabajo te avala. Sé tú misma.

—¿La que habla sin respirar y puede caerse estando parada?

—Esa ha llegado bastante lejos sin ayuda de nadie, así que agradéceselo.

Me levanté y la abracé.

—Gracias, Sue.

—De nada. Luego te mando el nick ; ahora céntrate en lo importante.

Subí al ático siete minutos después, con cuarenta y tres disponibles para transformarme en una profesional de éxito que no llevaba un calcetín de cada color.

Ciarán estaba en el sofá leyendo, con Lluna encima.

Mi perra tenía el culo sobre el cojín, la cabeza apoyada en su pecho y una pata colgando. Él sostenía el libro con una mano y le rascaba detrás de la oreja con la otra.

Un príncipe de dos metros que heredaba tronos, mudaba la piel en octubre y recogía excrementos con bolsas biodegradables.

Porque eso era lo divertido de mi vida desde el domingo por la mañana. Llevaba dos días conviviendo con la información más gorda de mi existencia y sin soltarla, lo que para mí era el equivalente a contener una hemorragia con un pósit.

Levantó la vista.

—Hola —solté.

—Hola.

Eso fue todo. Fantástico. De casi besarnos en una cocina a dos vecinos atrapados en un ascensor.

—Voy tarde.

—Lo he deducido por cómo has intentado atravesar la puerta sin abrirla del todo.

—No tengo tiempo para discutir.

—No era una discusión.

Corrí al dormitorio y cerré.

Por suerte, ya me había duchado antes de ver a Sue.

Solo me faltaba completar el milagro del make-up no make-up , esa técnica que consiste en usar catorce productos para fingir que no llevas ninguno.

Había visto cinco tutoriales. En el último, una chica de veintidós años recomendaba «respetar la textura natural de la piel» mientras enseñaba una cara sin poros, sin arrugas y sin pruebas de haber pedido jamás un préstamo personal.

Yo respeté la mía cubriéndola con corrector.

La ropa la había resuelto la noche anterior fotografiando tres opciones y preguntándole a una inteligencia artificial cuál era la más adecuada para cenar con el fundador de una agencia.

El vestido verde transmitía creatividad.

El mono rojo, una personalidad dominante que podía desviar la atención.

El negro proyectaba profesionalidad y seguridad.

Elegí el negro porque bastante me desviaba yo sola.

Me llegaba por debajo de la rodilla, marcaba el pecho sin convertirlo en un objetivo que asaltar y cruzaba la tela sobre mi barriga justo donde necesitaba una intervención divina. Tacones, pendientes dorados, labios de un tono rojizo sin ser fresa ardiente.

El resultado no era make-up no make-up . Era «me he maquillado, he sufrido y, como alguien diga que estoy igual que siempre, me lo cargo».

Me miré de frente, de lado y otra vez de frente.

—Tiene que servir.

Cuando salí, Ciarán ya no leía. El libro descansaba abierto boca abajo sobre el sofá.

Tomó aire y no lo soltó.

Yo tampoco, aunque en mi caso fue porque aquel hombre me estaba mirando los tacones, el vestido, el escote y la boca, en ese orden, y mi ropa interior había decidido encoger tres tallas.

—¿Qué? ¿Voy demasiado arreglada?

Apartó con cuidado la cabeza de Lluna, se puso en pie y se acercó.

—Antes de que te marches, te debo una disculpa.

No me lo esperaba. Menos aún que lo dijera sin envolverlo en seis cláusulas y un sello real.

—Te escucho. —Carraspeé, tratando de fingir normalidad.

«¡Ese tío se puede convertir en dragón!», gritó la Sandra interior.

—No quería que dieras un paso del que pudieras arrepentirte. Conozco a Caedmon y desconfío de sus intenciones. Eso no justificaba que intentara decidir por ti. No tengo autoridad para prohibirte esa cena ni ninguna propuesta que puedan hacerte.

—No, no la tienes.

«Olé por ti, Sandi».

—Lo sé.

La respuesta limpia me aflojó dos días de mandíbula apretada. Agradecí no tener que ir al dentista para que me hicieran una férula de descarga.

Y ahí estuvo a punto de escapárseme. «Y yo sé lo que eres, y no me has dicho nada, y llevo dos noches mirando el techo pensando en escamas». Me lo tragué junto con un poco de pintalabios.

—Te agradezco la disculpa. Y, para tu información, solo es una cena. Todavía no he decidido nada. —Abrí los brazos—. ¿Voy bien o es demasiado?

Su mirada volvió a bajar.

—Vas adecuada para cualquier lugar en el que decidas entrar.

—No sé si es la respuesta que buscaba.

Dio un paso más. Tan cerca que tuve que levantar la cabeza.

—Estás preciosa, Sandra. Y preferiría no detallar lo que pienso mientras te vas a cenar con él. No creo que fuera correcto.

Me ardieron las orejas, el cuello y probablemente el hígado. Y una parte pequeña y traidora de mi cerebro apuntó que aquel hombre no podía mentir.

—Vale. Eso sí me sirve.

Le alisé una arruga inexistente porque necesitaba hacer algo con las manos.

—No te preocupes por Lluna —añadió—. Está en buenas manos; la sacaré a dar una vuelta.

Mi perra lo observaba con devoción matrimonial.

—Siempre que la dejo contigo, lo está.

No añadí nada más porque me daba miedo saltarle al cuello y echar a perder una buena oportunidad laboral, así que le di las buenas noches y, mientras bajaba en el ascensor, pedí un Uber.

No sabía si bebería vino y, además, llegar tarde a una cena profesional por no encontrar aparcamiento en Madrid era lo más probable.