Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 16
34%

Capítulo 16

El féretro de Miguel seguía abierto cuando sus padres llegaron al tanatorio.

El resto de la familia había subido desde Murcia la noche anterior.

Los padres de Miguel necesitaron dieciocho horas de vuelos y escalas para volver desde Bali, con la misma ropa con la que habían salido del hotel y una cara que ningún viaje de regreso debería dejarle a nadie.

Su madre cruzó la sala sin saludar, se agarró al borde de la madera y le acarició el pelo durante tanto tiempo que todos terminamos mirando al suelo.

Su padre me preguntó si había sufrido.

Mentí.

A la una y veinte entré en comisaría con el traje del velatorio, dos cafés en el estómago y la sensación de llevar arena bajo los párpados.

El entierro era al día siguiente. Los padres de Miguel se quedarían en Madrid hasta entonces y yo había prometido ocuparme de Lulú, de los papeles y de todo aquello que pudiera evitarles.

No pensaba dejar que Miguel terminara convertido en una carpeta.

Los pésames empezaron en el control de acceso y me acompañaron hasta Homicidios. Apretones en el hombro. Miradas que se apartaban demasiado pronto. Un «lo siento, Expósito» cada cuatro metros, hasta que mi apellido empezó a sonar como el de otro.

—Expósito.

Me giré. Ortega dejó una carpeta sobre su mesa y señaló con la barbilla el despacho acristalado del fondo.

Marta Baeza estaba sentada frente a dos pantallas, repasando listados y cruzando datos con una concentración que rozaba la mala educación.

—¿Qué hace aquí?

—Lleva el caso.

Me quedé mirándolo.

—¿Desde cuándo?

—Desde esta mañana. Segundo grupo.

Baeza levantó la vista, me vio al otro lado del cristal y regresó al ordenador. Ni un gesto. Ni una invitación a entrar. Ni siquiera la cortesía de fingir que mi presencia le importaba.

Lo cierto era que no nos llevábamos.

El comisario estaba reunido, así que hice lo que mejor sabía hacer cuando alguien me cerraba una puerta: buscar una ventana.

Pregunté por la autopsia. Todavía no existía un informe preliminar en nuestro poder. Toxicología tardaría más. La herida cervical seguía siendo la causa probable de la muerte, pero nadie quiso darme detalles sin autorización de Baeza.

Pregunté por los móviles recogidos en El Rastro. Estaban en análisis.

Por las cámaras de acceso a la finca. Pendientes de volcado.

Por los asistentes identificados, la empresa organizadora, el personal de seguridad, el aceite que repartieron a los invitados y los registros de las pulseras.

A la cuarta respuesta a medias, Ortega dejó de mirarme como compañero y empezó a hacerlo como quien observa a un hombre intentando cavar un túnel con una cucharilla.

—Te han apartado, Javi.

—De forma verbal y en mitad de una escena. Todavía no he hablado con el comisario.

—Pues igual deberías esperar. Hoy no está de muy buen humor.

—Ya, bueno, yo tampoco lo estoy.

Esperar era lo que hacía la gente que confiaba en que otro fuese a solucionar el problema.

Me acerqué al puesto vacío de Salas. Su taza seguía junto al monitor, con una línea marrón pegada al fondo. Nadie la había retirado. Tampoco el paquete de pañuelos, el bolígrafo mordido ni la nota en la que había escrito «comprar pienso» y después lo había subrayado dos veces.

Me senté en mi mesa sin dejar de vigilar a Baeza.

El domingo había hecho lo contrario. Me pasé horas en el sofá, con Lulú ocupando media pierna, un cigarrillo apagándose en el cenicero y la conversación con Daniel abierta en el portátil.

Aimara se había marchado poco antes y había dejado la casa llena de cosas en las que no quería pensar: el abrazo, lo que habíamos sido, lo que ya no éramos y esa forma suya de mirarme que todavía conseguía hacerme creer que alguna parte de mí seguía teniendo arreglo.

Así que procrastiné. Profesionalmente.

Le conté a Daniel lo que había descubierto en el piso de Miguel, el correo dirigido a Elena y la vida secreta que ambos decidieron ocultarme. Él no tomó partido ni siquiera después de que se lo vomitara todo.

Nunca me regalaba una certeza para dejarme tranquilo. Si encontraba un agujero en una de mis teorías, metía el dedo hasta el fondo, aunque supiera que iba a escocer.

Daniel Ferreira llevaba años trabajando hurgando en vidas ajenas en Buenos Aires. Sabía escuchar sin convertir cada silencio en una confesión y, a diferencia de la mayoría de los hombres del foro, no confundía estar dolido con tener razón.

SobrenaturalDeath: Que quedaran a tus espaldas no demuestra que fueran amantes. Puede ser exactamente lo que ella te ha contado.

Después añadió:

SobrenaturalDeath: También te digo una cosa: por experiencia, cuando la novia de un hombre y su mejor amigo comparten secretos, rara vez se reúnen solo para comentar libros. No descartes nada, pero no decidas antes de comprobarlo.

No era lo que quería leer. Precisamente por eso le hice caso.

Le expliqué que Miguel investigaba a personas que se creían sobrenaturales y que había reunido archivos sobre Umbral, las cajas literarias y los hermanos López.

Daniel tardó un poco más en responder.

SobrenaturalDeath: Lo que me cuentas parece sacado de una película de sobremesa y ahora mismo no creo que deba ponerla en tela de juicio.

Sea como fuere, si tu compañero tenía información delicada, no la dejaría en el portátil de casa.

Un policía sabe lo primero que se registra cuando muere alguien.

Buscaría un lugar de acceso controlado, difícil de relacionar con él o que pareciera rutinario.

Aquella idea me hacía runrún desde entonces.

¿Dónde? ¿Y si Miguel había seguido una pista buena? ¿Y si el asesino lo descubrió antes que yo?

—Expósito.

El comisario estaba en la puerta de su despacho.

Entré sin esperar a que repitiera mi apellido. Cerró detrás de mí y no me ofreció asiento, solo el pésame.

—Quiero volver al caso.

—No.

—Ni siquiera me has escuchado.

—Te escuché en la finca. También te vi perder los papeles delante de testigos, enfrentarte a dos hombres que acababan de intentar salvarle la vida a Salas y acusar a Patricia Espejo sin una sola prueba.

—Había un dibujo suyo junto al cadáver.

—Y es amiga de tu ex. Todos sabemos cómo llevaste el asunto de vuestra separación. No te juzgo. Tú estabas destrozado. Mala combinación para un inspector de Homicidios.

Apreté los dientes.

—Llevo años demostrando que sé hacer mi trabajo.

—Precisamente por eso sabes que no puedes seguir al frente. Salas era tu compañero. Acudiste a la escena y reconociste el cadáver. Estás implicado emocionalmente y tu comportamiento ya ha comprometido la imagen de la investigación.

—Puedo ser objetivo.

—No puedes ni mirar su mesa sin dejar de respirar.

El golpe fue limpio porque tenía razón. Seguramente me vio desde la cristalera.

Me acerqué un paso.

—Lo conocía mejor que nadie. Sé cómo pensaba, qué buscaba y cuándo ocultaba algo.

—Eso te convierte en un testigo útil. No en el investigador adecuado.

Me estaba tratando como a un viudo con placa, profesionalmente incapacitado para hacer cualquier cosa salvo recibir pésames y llorar en horario de oficina.

—¿Y Baeza sí?

—Baeza no querría arrancarle la cabeza al primer sospechoso que se le cruzara por delante.

—Todavía.

El comisario apoyó ambas manos en la mesa.

—Además, me han llegado rumores de que Salas tenía una perra y no estaba en el piso cuando entró el equipo. Pero los cuencos de comida y de agua estaban llenos.

No moví un músculo.

—¿Sabes dónde está?

—Ni idea. Igual se la dejó a su novia. Preguntadle cuando aparezca.

—En eso estamos.

La respuesta me tensó la nuca.

—¿Has entrado en casa de Salas después de su muerte?

—Acabo de decirte que no sé dónde está la perra.

—No te he preguntado eso.

Nos miramos.

—Si has accedido al domicilio sin orden, sin diligencia, sin testigos y sin dejar constancia, puedes haber contaminado la escena y destruido la trazabilidad de cualquier efecto que tocaras.

Una defensa medianamente competente alegaría manipulación, ruptura de la cadena de custodia y pérdida de integridad.

Podrías convertir una prueba útil en basura procesal.

—No he entrado.

La mentira se quedó entre los dos con mi placa colgando.

El comisario abrió un cajón, sacó una hoja y la dejó delante de mí.

—Te coges cinco días.

—No necesito una baja.

—No te estoy dando una baja. Te estoy ordenando que te apartes, descanses y dejes trabajar a tus compañeros. No te haría mal hablar con el psicólogo del cuerpo.

«Ir al loquero, lo que me faltaba».

—Ni hablar.

—No era una propuesta.

Me entró una rabia infantil, de esas que te empujan a discutir aunque la pared ya haya ganado. Entonces miré la hoja.

Cinco días sin fichar. Sin tener que justificar adónde iba, con quién hablaba o qué consultaba fuera de los sistemas policiales.

Cinco días sin Baeza observando cada movimiento.

Cogí el bolígrafo.

—De acuerdo.

El comisario entrecerró los ojos, desconfiando de una rendición tan rápida.

—Pide cita con el psicólogo.

—Ya veré.

—Eso significa que no.

—Significa que ya veré.

No pensaba hacerlo.

Salí antes de que decidiera requisarme también las llaves del coche.

El móvil vibró en mi bolsillo. Elena. Cuatro llamadas perdidas desde la mañana y varios mensajes que no había escuchado. Había dado gracias por no cruzármela en el velatorio. No estaba preparado para verla llorar por Miguel sin preguntarme qué parte de aquel dolor me habían ocultado los dos.

La llamada estuvo a punto de cortarse antes de que deslizara el dedo y me decidiera a responder.

—Todavía no estoy listo para hablar contigo.

—Lo sé. Solo quería decirte una cosa. Creo que es importante.

Me detuve junto a la máquina de café.

—¿Qué?

—Miguel tenía una llave en la taquilla de la comisaría. Una pequeña, con una chapita de plástico. La última vez que hablamos me dijo que abría un apartado de correos y que guardaba allí lo que había descubierto sobre los sobrenaturales.

La máquina de café siguió zumbando, pero dejé de oírla.

«¡Mierda! ¡Joder! ¿Por qué ella sabía algo así y yo no?».

—Javi… Escucha, yo…

—¿Cuándo te lo dijo?

Traté de que no me importara, aunque dolía un huevo.

—La semana pasada. Pensé que estaba tomándome el pelo.

A veces hacía eso, soltaba una barbaridad con cara seria y esperaba a ver cuánto tardaba en mandarlo a la mierda.

No sé cómo se me pasó contártelo cuando viniste al piso.

Estaba en shock . No pensé que pudiera ser importante, pero… igual sí lo es.

Miré hacia el despacho acristalado.

Baeza seguía cotejando datos.

—¿Te dio el número?

—No. Solo dijo que la llave estaba en su taquilla. Oye, siento haberte mentido y no poder aportar más. Me gustaría que pasaras por casa y pudiéramos arreglarlo. O quedar para tomar un café. Lo que prefieras. Lamento mucho cómo ha ido todo entre nosotros, tendríamos que habértelo contado.

—Ahora mismo no puedo charlar contigo fingiendo que no ha pasado nada, Elena. Tengo que dejarte.

—Javi… —la voz se le rompió—. Te-te quiero.

Cerré los ojos y respiré con fuerza.

—Gracias por lo que me has contado.

Colgué y pasé de darle vueltas a lo que pudiera haber habido entre mi mejor amigo y mi novia. Era eso o joderla del todo.

Lo correcto hubiese sido entrar en el despacho de Baeza, contarle lo de la llave y permitir que ordenara la apertura de la taquilla. Dos funcionarios presentes. Fotografías antes de tocar nada. Inventario, embalaje individual, número de efecto, firma, fecha, hora y entrega bajo cadena de custodia.

Lo correcto habría sido una novedad agradable en mi fin de semana.

Esperé a que Baeza saliera con Ortega hacia la sala de reuniones. Después bajé al vestuario.

La taquilla de Salas todavía no tenía precinto. Nadie había vinculado su contenido con el homicidio y el inventario de sus efectos personales seguía pendiente. Introduje el código que había visto introducir a Miguel cientos de veces.

La puerta se abrió.

Había dos camisas, unas zapatillas, desodorante, analgésicos, una barrita caducada y la fotografía de Lulú con un gorro de cumpleaños. Lo documenté todo con el móvil antes de tocar nada.

Al fondo, detrás de una sudadera doblada, encontré una caja metálica negra.

Me puse guantes de nitrilo.

Dentro había una llave pequeña, una chapita amarilla con el número cuarenta y siete y un resguardo de Correos doblado en cuatro.

Me guardé las tres cosas en el bolsillo interior de la chaqueta y dejé la caja exactamente donde estaba.

Cuando cerré la taquilla, supe que acababa de hacer justo aquello que el comisario me había advertido que no hiciera.

La diferencia era que ya no buscaba una prueba que pudiera llevar ante un juez.

Buscaba aquello por lo que habían matado a Miguel.