Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Me prometiste que no volverías a sacar el tema.

Carraspeé.

—Lo he pensado mejor. Los gobiernos cambian de opinión a diario y nadie los acusa de falta de principios. Al menos, no solo por eso.

«Buen contraataque».

—El sabor de tu piel en mi boca, tú pidiéndome que mordiera…

Se me aceleró la respiración. No por la trampa. Mi cuerpo era un colaboracionista y él estaba demasiado cerca.

—Estaba borracha.

—Dicen que los niños y los borrachos siempre cuentan la verdad. Igual querías que te mordiera una teta.

—También dicen que la letra con sangre entra y vos seguís sin aprender lo que es un límite. La sabiduría popular falla muchísimo.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, verdadera, peligrosa.

—¿Y mi cercanía no te deja concentrarte?

«Han cantado bingo».

—No te has lavado bien los dientes. Te apesta el aliento a ajo y eso rompe mis conexiones neuronales.

Los ojos grises destellaron como mercurio al sol.

—¿En serio? Porque me los he lavado a conciencia y el sábado estuviste bastante más cerca de mi boca y no parecías disgustada.

—El alcohol destruye el buen criterio y algunas neuronas. Sos la prueba. Apártate, tengo que entregar el listado.

Darian miró por encima de mi hombro. Frunció el ceño al ver la pantalla y la hoja llena de flechas, círculos y garabatos, escrita de mi puño y letra, y la cogió antes de que pudiera taparla.

—¿Qué es esto?

—Devuélvemela.

Alzó el brazo.

Metro ochenta y cinco contra metro y medio exacto y una mala leche que no compensaba los treinta y cinco centímetros extra.

—Darian.

—Yanina.

Dejé a un lado mi pudor e hice lo único que se me ocurrió: me subí a la silla.

Fue una idea excelente durante el medio segundo en que olvidé que tenía ruedas. El asiento salió disparado hacia atrás, mis brazos se agitaron con la elegancia de un pollo cayéndose de un campanario y el suelo decidió acercarse.

Me cazó al vuelo por la cintura, sin despeinarse y sin soltar la hoja. Quedamos pegados: mi boca a un dedo de la suya, mis manos en sus hombros, mis piernas rodeando su cintura por puro instinto de supervivencia y mi orgullo rodando debajo de un archivador.

—Buena estrategia —murmuró—. Si querías pegarte a mí para que te follara contra la pared, solo tenías que pedirlo.

—¡Bájame!

—No ha sonado convincente.

Con una mano debajo de mi culo, me apoyó contra el archivador. Cayeron dos carpetas y una caja de marcapáginas defectuosos. Jadeé al notar su erección contra mí.

—¡¿Qué demonios haces?!

No soné demasiado convincente para ninguno de los dos.

—Comprobar una teoría.

Su respiración pasó por mi boca, bajó por el cuello y se detuvo en el lunar. La punta de su lengua lo rozó, lenta, exacta, justo en el lugar de la primera mordida.

Se me escapó un sonido que pensaba negar ante un juez.

—Darian…

—Puedo notar tu excitación. —Volvió a pasar la lengua mientras apretaba sus caderas en el punto justo de necesidad—. Tu pulso acelerado. La rapidez con la que corre la sangre justo aquí.

Acompañó la frase con otro golpe de cadera sumado a su lengua.

Morí.

Su boca me alcanzó el oído.

—Dime que quieres repetir lo que ocurrió en mi casa y te lo daré.

La trampa atravesó la neblina y el lazo tiró de mí.

Junté lo que me quedaba de cerebro, que cabía en un dedal.

—¿Repetir? ¿Terminar en coma etílico y pasar la mañana escuchándote presumir de que me mordiste una teta? No, por el amor de Zeus. Tengo mejores planes y una lista que entregar. Bájame o te denuncio a Recursos Humanos por acoso laboral.

Se quedó inmóvil. No había conseguido la certeza que buscaba.

Cedió. Me dejó en el suelo, se recolocó los puños de la camisa y volvió a ser una estatua cara, lo cual me ofendió mucho más que todo lo anterior.

Antes de devolverme la hoja, la miró. Tres nombres rodeados. Tres flechas apuntando al mismo sitio.

—¿Por qué has marcado Lumen?

—Tres de las cajas se enviaron a creadoras de la misma agencia y me pareció curioso. Buscaba coincidencias fuera del listado oficial.

Su expresión se cerró como una puerta cortafuegos.

—Lumen pertenece a Caedmon Morcant.

—¿Y eso es importante?

—Simplemente conviene que nuestro jefe sepa que su agencia ha tenido acceso a productos exclusivos y datos de lectores VIP.

«Simplemente, claro».

Nadie utilizaba esa palabra delante de una pista irrelevante. Era el equivalente lingüístico a esconder un cadáver debajo de una sábana y asegurar que solo estabas protegiendo el parqué.

—Pues ya está tardando en saberlo.

Darian no añadió nada más, lo cual confirmó que estaba yéndose por la tangente con la elegancia de un hombre acostumbrado a no pisar los charcos que dejaban sus propias mentiras.

Miró el reloj.

—Es la hora de comer. Puedo ayudarte con el resto de tus teorías de la conspiración mientras comemos.

—Prefiero lamer fluorescentes.

—Déjame intentar que dejes de tener tan mal concepto de mí después de la cena. Solo te quiero compensar.

—Eso es irreversible. Está lacrado y notarizado. Además, ya conozco tus compensaciones. No me interesan, gracias.

—Déjame intentarlo igual. Yo también quiero dar con el asesino, Nina. Trató de inculparme, ¿lo recuerdas?

Lo estudié. Era cierto que había sido el principal acusado del primer asesinato y conocía mejor que nadie la diferencia entre una pista y una escenografía. Y, si pretendía comprobar mis recuerdos, tenerlo cerca me permitía comprobar sus mentiras.

—Una hora.

—Sabía que aceptarías.

«Y yo sabía que dirías algo capaz de hacerme cambiar de opinión».

Por una vez, no me mintió.

En el bar de la esquina discutimos nombres, accesos y perfiles mientras él pedía alioli con una falta de respeto al folclore vampírico que seguía haciéndome gracia.

Señaló que la obsesión, sola, no bastaba: el culpable necesitaba información sobre las víctimas, acceso a objetos exclusivos y libertad para moverse entre eventos sin que nadie le preguntara qué hacía allí.

Tenía sentido. Me fastidió más de lo razonable.

Estábamos esperando el café cuando un hombre se detuvo junto a la mesa. Pelo gris plateado, traje oscuro y unas manos largas, huesudas, que mi mente asoció a un enterrador.

—Qué coincidencia.

Darian puso cara de funeral. Al final sí que iba a resultar que trabajaba en una morgue.

—Marcellus.

—No esperaba encontrarte por aquí.

—Seguro que no. Estás bastante lejos de tu zona de… acción, ¿no?

Miré a uno y al otro. Nadie me explicaba nada, que era mi situación favorita en el mundo.

—¿No nos presentas? —preguntó el hombre, mirándome con atención.

Darian carraspeó.

—Nina, este es mi tío. Tío, ella es…

—Su enemiga —lo interrumpí.

Marcellus me sonrió con una amabilidad que no le llegaba a ninguna parte de la cara.

—¿Enemiga? Qué relación tan peculiar. Darian no acostumbra a invitar a comer a personas que le desearían algo malo. Imagino que el fin de semana habrá cambiado ciertas costumbres.

Ahí estaba. La batería de preguntas disfrazada de conversación de sobremesa. Fin de semana. Costumbres. Recuerdos.

Si era su tío, solo había una conclusión posible.

«¡Mierda, otro vampiro!».

Mi instinto me dijo que era mejor salir por piernas.

Darian apretó la mandíbula. Cogí el bolso y el listado y me puse de pie.

—Disculpad, pero ahora que estáis juntos y que seguro que tendréis muchas cosas familiares de las que hablar, tengo que volver al trabajo. Un placer que no me hayas envenenado —le dije a Darian— y un gusto haberle puesto cara.

—Ha sido muy breve —comentó Marcellus.

—Todo lo bueno lo es. Así de simple.

Me marché antes de que Marcellus pudiera preguntarme si había dormido bien o si últimamente sufría lagunas mentales.

También antes de que se me ocurriera explicarle que las visitas inesperadas ocupaban el tercer puesto en mi lista de cosas que detestaba, justo después de las llamadas telefónicas largas y la gente que masticaba con la boca abierta.

No sabía quién demonios era aquel hombre, aparte del supuesto tío de Darian y propietario de una mirada capaz de escanearte el PIN de la tarjeta de crédito sin pedírtelo. Sin embargo, una cosa estaba clara: no había aparecido por casualidad. Y Darian lo sabía.

La tensión que recorrió su mandíbula me dio más información que todas sus provocaciones en el archivo. Aquel hombre estaba comprobando algo: mis reacciones, mis recuerdos y cuánto sabía de la brillante idea de dejar mi cuello al alcance de un vampiro.

Porcaputtana .

La policía quería mi lista. Marcellus quería averiguar qué ocultaba dentro de la cabeza. Y Darian necesitaba saber si había conseguido borrarme de la memoria la noche que había pasado con él.

Perfecto. Que cogieran número. Mi memoria no era un documento compartido y, al próximo que intentara editarla sin autorización, iba a activarle el control de cambios en la cara.