Capítulo 15
La policía había descubierto una tortura nueva: quitarle media mañana a una editorial en pleno lanzamiento y llamarlo «entrevistas breves».
Breves, mis ovarios.
Llevábamos dos horas con la sala de reuniones ocupada por Marta Baeza, la nueva inspectora del caso, por Lucía Monreal, nuestra abogada, y por un desfile de compañeros que entraban con cara de gente inocente y salían repasando todos los delitos que podían haber cometido desde la primera comunión.
Yo acababa de perder cuarenta y siete minutos. En veintitrés días teníamos la fiesta de lanzamiento del nuevo libro de Aimara, una campaña internacional a medio cerrar y un autor de histórica convencido de que «solo» quería tocar doscientas páginas ya maquetadas y enviadas a imprenta.
Ahora, además, Homicidios necesitaba otro listado.
—Las cuatrocientas cajas de la edición de coleccionista —repitió Baeza, con el bolígrafo detenido sobre la libreta—. Las que enviaron en septiembre del año pasado.
—Sé cuáles son. Las conté yo. Una por una. Todavía sueño con marcapáginas metálicos persiguiéndome por un almacén.
Lucía me lanzó la mirada jurídica que utilizaba para recordarme que el sarcasmo no era una forma oficial de cooperación con la autoridad.
—Nombres, direcciones de entrega, cuentas de redes asociadas, incidencias y cualquier vínculo con eventos posteriores —continuó la inspectora.
—¿También grupo sanguíneo y ascendente? Por adelantar trabajo.
—Nina —dijo la abogada con un carraspeo.
—Estoy colaborando, Lucía. Es que solo me añaden extras para asuntos policiales y yo tengo que trabajar.
Baeza no sonrió. Aquella mujer guardaba el humor en un disco externo y lo había dejado en comisaría.
Salí con Pinky apretada contra el pecho.
En el pasillo esperaba Clara Navas, de marketing , sentada con las rodillas juntas y un vaso de agua al que ya le había estrangulado media vida útil.
Veintisiete años, uñas azules y expresión de estar a punto de confesar que falsificó las métricas de una campaña.
Me paré delante de ella.
—Tu turno.
—¿Qué te han preguntado?
—Nada grave. Dónde estaba el domingo, quién tiene acceso a las cajas y cuántas veces he pensado en asesinar a un compañero de trabajo. Lo normal.
Clara abrió mucho los ojos.
—¿Te han preguntado eso?
—No, simplemente quería aliviarte un poco el peso de tener que declarar. ¿Necesitas un consejo?
Asintió con fervor.
— Respirá , contestá solo lo que te pregunten y no improvises, que esto no es una reunión de contenidos.
Le di un toque en el hombro.
—A la policía le encanta rompernos el ritmo editorial y pedir archivos de hace año y medio, convencida de que encontrar un albarán consiste en mover una maceta.
—¿Lucía estará dentro?
—Pegada a vos como una garrapata con máster. Estás a salvo.
Clara se alisó la falda y entró con paso de condenada.
Yo bajé al sótano.
El despacho de campañas seguía siendo el mismo zulo: archivadores hasta el techo, cajas de muestras, un cementerio de ácaros entre albaranes, presupuestos, incidencias y hojas de cálculo bautizadas por gente que había perdido la fe, del tipo «FINAL_final_bueno_ahora_sí_v3».
Sin ventanas. La ventilación sonaba a pulmón asmático y uno de los fluorescentes parpadeaba metido en el papel de interrogatorio ilegal.
Mi segunda casa durante el último mes. Qué ilusión.
Dejé el mate junto al teclado, ordené los stickers del reposamuñecas porque estaban torcidos y no pensaba trabajar con ellos torcidos, y puse música. Tenía una lista llamada «Traducir sin llorar». El algoritmo, que es un chismoso, decidió abrirla con Maledetta primavera .
—Ni de coña.
Salté a Raffaella Carrà. Rumore . Eso sí.
Duré treinta segundos concentrada.
Porque aquella mañana Darian me había mirado.
No de pasada ni con su cara de haber detectado una errata en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Me recorrió desde los zapatos hasta los ojos, con parada en el traje negro, la camiseta color nude y el pelo suelto, que me había costado veinte minutos y productos de la TikTok Shop que prometían milagros a cambio del salario mínimo.
Me repetí que me había arreglado por mí.
La mentira aguantó justo hasta que recordé la cantidad de Alien que me había echado para comprobar si un vampiro con olfato sobrenatural era capaz de tragarse su propia lengua.
No ocurrió. Darian conservaba la lengua y yo, por desgracia, recordaba demasiado bien lo que sabía hacer con ella.
Seguía cabreada. Por el borrado, por su falta de confianza y por esa costumbre masculina de tomar una decisión de mierda, envolverla en «es por tu bien» y esperar que una alabe el lacito de raso.
Mi cabeza quería mantenerlo a distancia reglamentaria.
Mi cuerpo había abandonado la negociación colectiva: se me erizaba la nuca cada vez que se acercaba a mi mesa y volvía a pensar en sus manos, en su boca y en la noche completa que pasamos en su casa.
Era fisiología. Como una descomposición de las buenas: podés tener planes, orgullo y una agenda apretada, que no te levantás del inodoro hasta que el intestino firma el alto el fuego.
Mamma mia . Qué comparación tan sexi, señorita Goffi.
—Vamos, Nina. Centrate .
Abrí el listado. Cuatrocientos nombres. Cuatrocientas cajas numeradas, con lámina firmada, vela, funda de tela y el marcapáginas metálico del troquel viejo, el de la muesca en la esquina.
Se agotaron cinco minutos después de abrir la venta. Lo recuerdo porque se cayó la web y porque cuarenta personas distintas escribieron «no puede ser que se hayan acabado tan rápido», convencidas de que yo guardaba otras doscientas debajo de la cama. Baratas no eran, precisamente.
Empecé a cruzar datos.
Ninguna coincidencia cayó del cielo con una flecha roja y la palabra «ASESINO», lo cual habría resultado de gran ayuda. Esas cuatrocientas personas figuraban también en otros documentos: firmas, preventas, clubes de lectura, campañas, envíos anteriores. La lista no apuntaba a nadie en concreto.
Lo escribí en la libreta, porque las cosas escritas dejan de darme vueltas.
No identifica a una persona. Identifica un perfil.
Quien dejó aquel marcapáginas junto a Salas pertenecía al círculo privilegiado de Vetusta o convivía con alguien que sí.
Consiguió una caja en aquellos cinco minutos, pagando lo que costaba.
La conservó entera meses después, teniendo delante reventas a precios que parecían incluir una participación en la editorial y una noche con el protagonista.
Y conocía la saga lo suficiente para usar una de sus piezas en la recreación de un crimen.
El tercero, porque ya llevábamos tres, uno por libro, y la serie completa era de seis volúmenes.
Baeza quería cruzar los nombres con los trabajadores y asistentes de El Rastro. Eso era lo suyo. Lo mío empezó después.
Porque a nadie se le había ocurrido pedirme que ordenara a los cuatrocientos por comportamiento, y yo tenía las redes de todos: el formulario pedía la cuenta pública porque la campaña incluía etiquetar a la editorial en el unboxing .
Nombre, arroba y hora exacta de publicación.
La fiebre por ser la primera en enseñar una edición limitada había convertido el FOMO en deporte de contacto: trípodes montados, uñas recién hechas, cúteres ceremoniales y creadoras grabando antes de comprobar siquiera que dentro estuviera el contenido correcto.
Ese circo lo monté yo, así que sabía leerlo.
Separé a quien subió una foto y siguió con su vida de quien dedica una habitación entera a la saga.
Marqué coleccionistas, cuentas enmascaradas, perfiles que recrean escenas con maquillaje y atrezo, asistentes a todos los eventos desde el tomo dos y lectoras que llevan años publicando teorías tan minuciosas que dos veces nos obligaron a llamar a legal.
Una escala de obsesión. La reduje bastante y seguía pareciendo el padrón de un pueblo pequeño. Quizá no hubiera nada allí.
O quizá estuviera mirando el nombre del asesino sin saberlo.
Al final, rodeé tres cuentas. No por fanáticas: por otra cosa. Tres de aquellas cajas habían salido hacia el mismo destinatario corporativo. Tracé tres flechas y escribí el nombre con la letra torcida de quien anota algo sin saber todavía para qué le sirve.
Lumen Talent Group.
Me quedé con el boli en la boca. Sandra había soltado ese nombre en nuestra pequeña reunión del domingo, como quien anuncia que le ha tocado la lotería, tras escuchar el testimonio de Aimara y el de su posible alter ego reencarnado y saber que el nepobaby era un príncipe fae .
Decidí no pensar en eso todavía.
—¿Siempre te escondes aquí o solo cuando quieres que te encuentren?
Ni lo había oído bajar.
—¿Por qué siempre que estoy acá aparecés ? Si no tienes trabajo, pídele a alguien que te deje hacerle unas fotocopias. Yo estoy demasiado ocupada para tus tonterías.
—Lo veo. Le has declarado la guerra a cuatrocientas personas con un código de colores.
Señaló la pantalla.
—Es un sistema de clasificación.
—También lo era la Inquisición.
Se colocó a mi lado. Camisa gris oscura, un libro en la mano y ese perfume suyo a madera, papel antiguo y decisiones que terminan con una teniendo que explicar marcas de dientes. Se presionó el esternón con dos dedos y retiró la mano al ver que lo miraba.
—Ciarán me pidió que revisara lo que ha solicitado la policía.
«Servicio público vampírico».
—El señorito Ashveil no se ha dado cuenta todavía de lo eficiente que resulto sin ninguna de tus tonterías.
Apoyó una mano en la mesa y se inclinó lo justo para invadirme el aire.
—Yo tampoco he podido dejar de pensar en ti.
El cursor se quedó quieto.
— Consultá a un especialista porque ninguna de mis neuronas te ha dedicado un segundo.
«Mentirosa».
—Qué afortunada. Tal vez sea porque tú no podías recrearte en el recuerdo de estar en mi casa, en mi sofá y sin sujetador.
El muy cabrón estaba comprobando qué recordaba de un modo sutil. Arrojando migas de pan por el pasillo para ver si yo las pisaba.
Después de esto iba a merecerme un Óscar a la traductora revelación.