Capítulo 14 #2
Si a alguien se le ocurría levantarse, me encontraría medio desnuda, agarrada a una butaca mientras un demonio se disponía a cumplir varios milenios de promesas.
No me dio vergüenza. Me pareció excitante.
Oí el roce de la ropa detrás de mí. Samael se bajó los pantalones y se sacó la camisa por la cabeza sin importarle los botones. Por una vez, la elegancia milenaria perdió una pelea contra la prisa.
Después metió la mano en el bolsillo del abrigo.
El crujido de un envoltorio me hizo mirar por encima del hombro.
—¿Un preservativo?
—Soy antiguo, no irresponsable. Aunque los humanos no los fabrican de mi talla.
Eso no lo ponía en tela de juicio.
Me mordí el labio mientras se lo colocaba. Ver aquellas manos seguras deslizándolo sobre su erección me hizo cerrar los muslos por puro reflejo.
Samael alzó la mirada hacia mí.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
—Puedes dejar de preguntármelo cada treinta segundos. No voy a hacerlo.
Una sombra de satisfacción oscureció aún más sus ojos.
—Muy bien. Separa las piernas.
Lo hice.
Me sujetó por las caderas y me acercó a él hasta que su pecho rozó mi espalda. La otra mano guio su miembro entre mis pliegues, cubriéndolo con mi humedad en un movimiento lento que me puso los nudillos blancos sobre el respaldo.
—Siente cómo te deseo, Bēlatî .
Lo deslizó hacia delante y hacia atrás, acariciándome sin entrar. Despacio. Sin compasión. Cada roce aumentaba la presión entre mis piernas y me obligaba a empujar las caderas hacia él.
—Samael…
—Dímelo.
Noté la punta contra mi entrada.
Todo mi cuerpo se tensó esperando.
—Por favor. Hazlo ya.
—Aimara.
Torcí el cuello para mirarlo.
—Sí.
Empezó a entrar.
Despacio.
Sin empujar más de lo necesario, permitiendo que mi cuerpo cediera alrededor de su tamaño. La sensación fue intensa desde el primer centímetro. Demasiado llena. Demasiado consciente de cada parte de él abriéndose paso dentro de mí.
Se detuvo.
Sus dedos se aferraron a mi cintura mientras su respiración se rompía contra mi nuca.
—Tócate —gruñó junto a mi oído—. Necesito que te relajes.
Me llevé dos dedos a la boca, los humedecí y bajé la mano hasta mi clítoris. El primer roce me arrancó un gemido. Samael aprovechó el movimiento de mis caderas para avanzar un poco más.
Mi cuerpo se cerró alrededor de él.
—Dios…
—No está mirando —murmuró—. Tiene antecedentes de desentenderse cuando las cosas se complican y se vuelven interesantes.
Me reí. El movimiento lo hundió más. Ambos gemimos.
—No vuelvas a hacerme reír ahora mismo.
—Haré lo que pueda.
Avanzó despacio hasta quedar completamente dentro de mí.
Se me vació la cabeza.
No había pantalla. Ni espectadores. Ni cine francés. Solo él, ocupándome entera, y mi cuerpo intentando comprender que aquello ya no era un sueño.
Samael apoyó la frente entre mis omóplatos.
—Me vuelves loco.
—Ya somos dos —susurré.
—Si te hago daño, dímelo.
—Dudo que seas capaz.
Retiró las caderas con lentitud.
La ausencia duró apenas un instante.
Volvió a entrar.
El placer me obligó a apretar las manos sobre la butaca.
Las primeras embestidas fueron lentas y profundas, medidas para que mi cuerpo se acostumbrara a él.
Pero la paciencia de Samael tenía grietas.
Lo notaba en la tensión de sus dedos, en los gruñidos que ahogaba contra mi cuello y en el modo en que cada movimiento llegaba un poco más hondo que el anterior.
Las butacas crujieron.
El señor de la cuarta fila volvió la cabeza, aunque no llegó a mirar hacia arriba.
—Chist.
Enterré la cara en el brazo para contener la carcajada.
—Vamos a acabar en comisaría —susurré.
—Tu ex se alegrará de verme.
—No si estás dentro de mí.
Samael se quedó inmóvil.
Sus dedos se clavaron en mis caderas.
—No vuelvas a mencionarlo mientras te follo.
—¿Celoso?
Salió casi por completo.
Esta vez regresó con más fuerza.
El jadeo se me escapó antes de que pudiera frenarlo.
—Territorial —musité.
—No te haces una idea.
La siguiente embestida me dejó sin aire.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
Samael abandonó la lentitud y tomó el control con un ritmo profundo que me obligó a aferrarme al respaldo. Cada movimiento alcanzaba el lugar que aún seguía sensible por el orgasmo anterior. Su don vibró alrededor de los dos, pero no ocupó mi voluntad ni sustituyó lo que sentía. Solo lo multiplicó.
Sus manos recorrieron mi cintura, subieron por mi abdomen y se cerraron sobre mis pechos. Pellizcó uno de mis pezones al mismo tiempo que volvía a penetrarme y tuve que morderme el labio para no gritar.
—Eshnar…
La runa ardió en mi muñeca.
El ritmo se quebró un instante.
Samael soltó un gruñido oscuro y volvió a sujetarme por las caderas, reteniéndome en el lugar exacto que necesitaba.
—Otra vez —ordenó.
—Eshnar…
El nombre le arrancó una embestida más dura.
El placer empezó a crecer dentro de mí, pero antes de que pudiera alcanzarlo, Samael salió de golpe.
La pérdida me hizo protestar.
—¿Qué…?
Oí un crujido detrás de mí.
No el de la butaca al moverse.
Algo más profundo. Metal cediendo bajo una fuerza imposible.
Me incorporé y me di la vuelta.
Samael acababa de sentarse en la butaca, completamente desnudo, con la respiración agitada y los ojos encendidos en rojo.
La serpiente que solía habitar su espalda se había desplazado hasta su pecho.
Y me estaba mirando. Parpadeé, incrédula.
—Tenía muchas ganas de verte.
La serpiente alzó la cabeza bajo su piel y abrió las fauces.
—Una mascota inteligente. Me cae bien.
—Y tú a ella. Ven.
—¿Y los reposabrazos?
Samael apoyó las manos sobre ellos. El metal se oscureció, se volvió líquido durante un segundo y se replegó dentro de la estructura sin hacer ruido.
En una forja se lo rifarían.
Solo esperaba que no hubiera cámaras de seguridad. No me apetecía debutar en el circuito de cine de autor por motivos equivocados.
—Nunca volverá a haber obstáculos entre nosotros.
Tiró de mi mano.
No me senté a horcajadas sobre él con cuidado. Me sostuvo entera, con una avaricia que no distinguía entre las partes que yo enseñaba y aquellas con las que todavía negociaba frente al espejo.
—Mírate —murmuró mientras me pasaba las manos por el vientre—. Sigues sin entender lo preciosa que eres.
—Estoy trabajando en ello.
—Tómate tu tiempo. Yo tengo una opinión bastante firme al respecto.
Me besó el escote. El roce del pulgar sobre el pezón me lanzó otra descarga entre las piernas. Me alzó las caderas y descendí sobre él.
Me tragué el aullido.
Los músculos de su cuello se marcaron. La compostura abandonó su rostro y, por primera vez desde que lo conocía despierta, vi al hombre de mis sueños sin ninguna barrera: vulnerable, desesperado y a punto de romperse conmigo.
—Has pasado años escribiéndome —jadeó—. Ahora memoriza esto.
Tomó las riendas y se puso a moverme arriba y abajo. Cada descenso fue más arrollador que el anterior. La energía creció entre los dos y yo volví a acercarme al límite.
Me sujetó la nuca.
—Quiero que te corras sin perderte nada. Hazlo. Elige tu placer y llévate con él el mío.
Me puse a moverme sin importarme el ruido, los espectadores ni la película. Ya no era él quien me acompañaba; era yo quien lo buscaba.
La serpiente alzó todavía más la cabeza y el orgasmo empezó a crecer desde lo más profundo. Me aferré a su mandíbula, a su pelo, a cualquier parte capaz de mantenerme anclada mientras el movimiento se volvía más rápido y el riesgo de que nos descubrieran dejó de importarme.
—Eshnar… Eshnar…
La runa se encendió. La serpiente golpeó bajo su piel.
Samael perdió el ritmo durante un instante y después me apretó contra él, penetrándome más hondo. Su boca se abrió sobre la mía justo cuando el placer me partió por dentro.
Me corrí temblando, con su nombre atrapado entre los labios y el mío en los suyos.
Aimara.
No Lilith. No Bēlatî .
Aimara.
Se vació con un gemido ahogado contra mi boca, manteniéndome pegada a su cuerpo hasta que las últimas contracciones desaparecieron.
Durante un rato no nos movimos.
En la pantalla, alguien lloraba en francés. El señor de la cuarta fila parecía emocionado. La pareja de veinteañeros seguía sin tener ni idea de qué trataba la película y la mujer de gafas de pasta consultó el reloj.
Samael me pasó una mano por la espalda, haciéndome cosquillas.
—¿Te ha gustado la película? —preguntó.
—No he entendido nada.
—Te dije que mi francés era mejor.
—De eso no me cabe duda.
Me besó la frente.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Sus brazos se cerraron alrededor de mí.
—Ahora estoy aquí y mañana también.
Había pedido una señal al universo.
El universo, que nunca había sabido medir, me envió un demonio con serpiente, preservativos en el bolsillo y varios milenios de retraso.
No pensaba devolverlo.