Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 14
29%

Capítulo 14

Los dedos de Samael se cerraron alrededor de mi muñeca antes de que pudiera meter la mano dentro de sus pantalones.

No me apartó. Me sostuvo.

Su pulgar quedó apoyado sobre la runa y el calor del tatuaje se extendió por mi piel en respuesta. Durante un instante, no miró mi boca ni el escote ni la mano que seguía peligrosamente cerca de su erección. Se limitó a clavar la oscuridad de sus pupilas en las mías.

«¡Mierda!».

Ese hombre era capaz de convertir el consentimiento en juego previo.

—Para verte —murmuró.

Me costó conectar su respuesta con mi pregunta sobre la compra de las localidades y su ubicación.

—Para hablar contigo. —Siguió rozándome el tatuaje de forma obscena—. Para tener una cita que no acabara con una condena intentando cerrarme la garganta y, sobre todo, para que recordaras quiénes fuimos.

El oxígeno estaba al borde de la extinción en mis pulmones.

—Y para esto —añadió, empujando mi mano contra él—, si seguías queriéndolo después de saber la verdad.

La dureza caliente bajo mi palma terminó de desconectar las tres neuronas que aún conservaban interés por lo que pudiera ocurrir más allá de las butacas.

—Sé quién eres y sé quién soy —me escuché responder.

—Sabes parte.

—Eres un demonio. Te has metido en mis sueños durante años, fuiste el único amor de una mujer cuya alma habita en mi interior y has llegado tarde a más entierros de los que nadie debería soportar.

—Apreté los dedos sobre él y los moví arriba y abajo con lentitud, observando cómo aguantaba mis avances—.

También sé que, si vuelves a decidir por mí en cuanto al sexo, voy a utilizar tu nombre verdadero para obligarte a montar estanterías hasta el fin de los tiempos en lugar de proporcionarte ese orgasmo que tanto deseas.

Su boca se curvó.

—Eso sí sería una condena.

—¿Está claro?

Samael inclinó la cabeza y me besó el interior de la muñeca.

—Elige, Aimara.

La frase me recorrió entera.

No era una orden ni uno de sus trucos de íncubo.

Tampoco una invitación bonita para fingir que aquello no tenía el potencial de mandarnos a terapia durante varias reencarnaciones.

Me estaba entregando la decisión. Igual que hizo en el jardín, utilizando mi nombre.

Podría haberme empujado y prefirió esperar.

—Te elijo. En esta vida y en cualquier otra —admití—. Y esta vez vas a terminar lo que empezaste.

Soltó mi muñeca.

Metí la mano por debajo del calzoncillo e intenté abarcarlo.

«¡Coño de la madre!».

Había fantaseado con aquello despierta, dormida y durante reuniones editoriales en las que fingía tomar notas sobre campañas mientras escribía descripciones de sus manos en el margen. Ninguna versión había calculado bien el tamaño ni el modo en que su cuerpo reaccionaría al tocarlo.

Pasé el pulgar por la hendidura del glande húmedo.

Samael cerró los ojos. La mandíbula se le tensó y un gemido grave quedó atrapado detrás de sus dientes cuando lo rodeé con los dedos, bajé la cabeza y lo probé.

La satisfacción me subió directamente a la cabeza.

—¡Joder! —bufó ante mi primer lametazo, seguido de una firme succión.

—Mira tú —murmuré—. El gran tentador también pierde la compostura cuando se la chupan.

—Llevo milenios teniéndola, aguardando a que volviera a suceder.

Deslicé la mano desde la base hasta la punta.

—Entonces ha llegado la hora de darle vacaciones.

Abrió los ojos.

Oscuros. Hambrientos. Con esa atención completa que hacía que una se sintiera desnuda incluso llevando vestido y una educación católica bastante mal aprovechada.

—Aimara, si sigues, no me hago responsable de lo que pueda llegar a hacer.

—Esa es la idea.

El señor de la cuarta fila se removió en su asiento. Al parecer, tenía un oído de la virgen, o un sonotone muy bueno.

Volví a hundirlo en mi boca, abarcando todo lo posible, hasta que su sabor me nubló la cabeza.

Samael no dejaba de gruñir.

Me agarró del pelo y siguió el ritmo de mi boca, empujando cada vez más hondo, aunque yo seguía sin poder abarcarlo del todo.

Estaba saqueando su entrepierna con voracidad.

—¡Hostia puta, Aimara…!

Me gustó que alguien tan correcto como él se pusiera a insultar.

Que los demonios iban bien servidos de rabo no era ninguna invención, y este era todo mío.

Tiró de mí hacia arriba. Me atrapó la boca antes de que pudiera reírme por su arrebato y me besó con una violencia contenida.

Tardé exactamente un segundo en buscar su lengua, que reclamó la mía y me hizo olvidar que había una pantalla delante, cuatro desconocidos cerca y un cubo de palomitas a punto de convertirse en víctima colateral.

Lo pasé al asiento de al lado.

Su mano descendió por mi muslo y subió por debajo del vestido.

Los dedos encontraron el borde de las medias, recorrieron el encaje y avanzaron hasta mis bragas con una lentitud criminal. Arqueé las caderas para acercarme y él se apartó de mi boca.

—Impaciente.

—Llevas dos años colándote en mis sueños y varios milenios llegando tarde. No me des lecciones sobre gestión del tiempo.

Soltó una risa contra mis labios.

Después apartó la tela de mis bragas y me tocó.

Se me cortó el aire.

El primer roce fue ligero, una exploración que habría parecido inocente de no ser por el modo en que sus ojos registraron mi reacción. Volvió a pasar el dedo por mi clítoris y el placer me obligó a apretar las piernas alrededor de su mano.

—Ya estás mojada.

—No te pongas orgulloso. Oír palabras en francés ayuda.

—La película aún no ha empezado.

—Entonces será que puedo escuchar el futuro.

Introdujo un dedo dentro de mí y, con la mano libre, tiró del lazo del vestido, que se abrió en dos, mostrando piel y encaje.

—Eres un maldito regalo…

El chiste se me murió en la garganta.

Samael no apartó la mirada mientras me acariciaba desde dentro y utilizaba el pulgar sobre mi clítoris con una precisión que debería haber requerido licencia de armas.

Mi cuerpo reconoció su ritmo antes que mi cabeza.

Lo había sentido en sueños. Sabía cuándo iba a detenerse, cuándo aumentaría la presión y cómo inclinaría la mano para encontrar ese lugar que me hacía perder la capacidad de articular frases con sujeto y predicado.

Añadió otro dedo.

Me agarré a los reposabrazos y observé de soslayo su erección. Quería montarme en ella más que en cualquier atracción.

—Mírame —ordenó en voz baja.

—Te estoy mirando.

—A mi polla no.

Retiró los dedos y los metió en mi boca para que me saboreara.

La energía que siempre vibraba alrededor de él desapareció y me dejó únicamente con sus dedos entre mis labios, su respiración pesada y mi deseo.

Mío. Absolutamente mío.

—¿Sigues queriéndome en tu interior, Bēlatî ? —preguntó.

Le saqué los dedos de la boca y me puse en pie. Dejé que el vestido cayera. Él se puso en el límite del asiento para que los reposabrazos no nos incomodaran y me coloqué sobre sus rodillas. El espacio apenas permitía respirar, pero para restregarme contra él resultaba escandalosamente suficiente.

—Más que hace treinta segundos.

—Bien.

Una vibración oscura nos envolvió.

Desabrochó mi sujetador, alzó uno de mis pechos y torturó el pezón. Me escuché suplicar.

Seguí moviéndome sobre su erección, buscando roce, buscando una intimidad mayor.

Los jadeos se agolpaban en mis cuerdas vocales. Sus ojos adquirieron un tono rojizo luminiscente que me resultaba de lo más atractivo y útil para encontrarlo en espacios sin luz.

Todo mi cuerpo le pedía que dejara de jugar y me permitiera recibirlo.

Bajó una de las manos entre nosotros y volvió a deslizar los dedos bajo el encaje. Su poder se extendió por mi piel, cálido y oscuro, avivando cada caricia hasta que los latidos entre mis piernas se propagaron por el abdomen. Un sonido agudo se me escapó antes de que pudiera controlarlo.

Samael cubrió mi boca con la suya.

Negué antes de que pudiera pronunciar la pregunta que le vi formarse en los labios.

—Quiero que me hagas correrme sin que nos expulsen y quiero que lo hagas con tu polla dentro de mí.

—Exigente.

—Es mi encanto principal.

Aceleró el movimiento de los dedos y encontró el ritmo capaz de desarmarme.

Hundí la cara en su cuello para ahogar los sonidos. La película comenzó con una conversación rápida en francés y un Peugeot avanzando por una carretera. Qué bonito. Una infidelidad en la Toscana mientras un demonio me metía los dedos en la última fila de un edificio histórico.

Madrid ofrecía una agenda cultural completísima.

La presión aumentó. Samael curvó los dedos dentro de mí y el orgasmo empezó a reunirse en mi vientre con tanta intensidad que dejé de oír los diálogos, los subtítulos y mi propio sentido común.

—Eshnar…

La runa ardió. Él gruñó. El placer estalló con tanta fuerza que le clavé las uñas en el hombro y tuve que morder su camisa para no gritar. Las contracciones me recorrieron mientras sus dedos seguían dentro, prolongándolo hasta que mis piernas dejaron de responder.

Me quedé apoyada contra él, respirando fatal y con la sensación de haber cometido un delito contra la moqueta, la cultura francesa y varias normas municipales.

—Eso ha sido trampa —susurré.

—Me dijiste que lo querías todo y esto solo ha sido el preliminar.

— Ujum . Y pienso presentar otra reclamación.

Le aparté la mano de entre las piernas.

Esta vez me miró mientras lamía uno de sus dedos y perdió esa calma milenaria de un modo que debería haberme dado miedo.

Me excitó todavía más.

—Date la vuelta.

—¿Nos cambiamos de asiento?

—No pienso llevarte a otro sitio antes de darte lo que me has exigido.

Me incorporé lo suficiente para que me sacara las bragas por debajo de las medias y las lanzara hacia algún lugar de la sala.

Ahogué un quejido.

—¿Y si le han caído al de la cuarta fila?

—Premio por elegir la mejor sesión de la semana.

Se puso en pie y me giró antes de que pudiera responderle. Apoyé las manos sobre el respaldo de la butaca de delante y me incliné sobre ella. El espacio entre las filas era estrecho, pero suficiente para que Samael se colocara a mi espalda y su cuerpo cubriera el mío.