Capítulo 13
Aodhan Ashveil tenía la capacidad de convertir cualquier acera en una sala del Consejo.
Aquella noche eligió la entrada del Cine Doré, bajo una marquesina antigua y tres carteles franceses que prometían adulterio, vino caro y dos horas de silencios con subtítulos.
Yo llevaba allí diecisiete minutos. No por nervios.
Los inmortales no nos poníamos nerviosos antes de una cita; solo comprobábamos la hora seis veces y decidíamos con un cuidado excesivo en qué bolsillo guardar la copia de las entradas, por si Aimara se olvidaba de traer las originales que le había dejado en casa.
El coche negro se detuvo junto al bordillo. Aodhan bajó con una carpeta bajo el brazo, impecable incluso para arruinarle la noche a otro.
—Otro muerto —dijo sin saludar—. Y esta vez hay una loba de dieciocho años metida en el asunto.
—Buenas noches a ti también, rey del Velo Ceniza.
—Se te encomendó encontrar al responsable. Llevas días distraído.
—He estado trabajando.
—¿En casa de la escritora?
—Entre otros sitios. —Me guardé las manos en los bolsillos del abrigo. Madrid olía a castañas asadas, polución y cabreo de un alto fae con ínfulas de castigador—. He visto a Abaddon.
Su expresión no varió. Su atención, sí.
—El Consejo no tiene constancia de esa reunión.
—El Consejo tampoco tiene constancia de la mitad de lo que firma.
Te lo cuento a ti, que eres más rápido. —Bajé la voz—.
Niega que su facción esté detrás y en una cosa le creo: quien monta estas escenas no busca solo matar.
Busca público. Prepara una versión para la policía, otra para nosotros y una tercera para el fandom .
Quiere decidir hacia dónde mira cada uno.
—Abaddon lleva siglos buscando visibilidad —murmuró.
—No de esta clase. Él incendiaría el edificio y se quedaría en la puerta a firmar autógrafos con las cenizas.
Aodhan no me discutió aquello, que en él equivalía a darme la razón por escrito.
—¿Y qué propones?
—Te planteo una pregunta. ¿Quién sale beneficiado cuando cada cadáver enfrenta a las especies, debilita el velo y obliga a abrir archivos que llevaban siglos cerrados?
Su cara no se movió. La mano que sostenía la carpeta, sí. Los dedos se crisparon sobre el sello de obsidiana estampado en la cubierta y el blasón de los Morcant desapareció bajo su pulgar.
Duró un instante. Volvió a colocar la mano donde ya estaba.
Cuatro mil años traduciendo lenguas muertas enseñan a escuchar lo que sobra, y, para ser alguien incapaz de mentir, Aodhan llevaba la verdad con una elegancia muy creativa.
—¿Sugieres que nuestra especie puede estar detrás? —preguntó sin apuntar directamente a la Corte Oscura.
—Eso lo has dicho tú, no yo.
Sus ojos azul violáceo se enfriaron dos grados, que en un rey fae era el equivalente a levantarse de la mesa.
—Mide dónde colocas tus sospechas, demonio.
—Y tú mide cuánto empeño pones en mantener cerradas ciertas puertas cuando tu alianza matrimonial depende de que nadie mire detrás. Tengo prisa. He quedado esta noche y «mi escritora» estará a punto de llegar. Dudo que te entusiasme que os presente.
Aodhan se dirigió al coche con esa forma suya de caminar que hacía parecer que la acera se apartaba antes de que la pisara.
—Disfruta de la cita, Vane —dijo sin volverse—. Has tardado milenios en encontrarla. Bastaría una noche para que volvieras a perderla.
La portezuela se cerró.
Un taxi ocupó su sitio antes de que yo decidiera cuál de los dos se había esforzado más en resultar desagradable o amenazador.
Aimara bajó del coche y se me cortó el aliento.
Vestido negro, ajustado, escote en uve y un fruncido sobre el abdomen sujeto con un lazo que daba la impresión de que alguien la había preparado para desenvolverla.
El abrigo ondeaba abierto, sin la menor intención de esconder lo que había debajo.
Su pelo suelto se agitó mientras sus labios rojos se curvaban en una sonrisa prometedora y terminaban de convertir una prenda elegante en un asunto personal.
Había visto coronaciones, ciudades ardiendo y a la humanidad inventando tres veces al mismo dios. Nada me había preparado para verla cruzar la acera hacia mí.
—Hola, bello .
Se alzó sobre los tacones y me dio dos besos, cada uno peligrosamente cerca de la comisura. Aspiré su perfume: flores frescas, hierba recién cortada y, debajo, el calor de su piel.
—Estás preciosa.
Levantó una ceja.
—¿Solo preciosa?
—Devastadora.
—Mucho mejor.
Le ofrecí el brazo. Lo aceptó con una naturalidad que convirtió un gesto corriente en algo que yo llevaba milenios esperando.
El Doré conservaba el encanto de los sitios que habían sobrevivido a varias modas sin pedir permiso: vidrieras, molduras, terciopelo rojo, palcos en el interior de la sala y una moqueta que había escuchado más secretos que cualquier confesor.
Aimara quería palomitas de mantequilla. Aquella no era una sala con palomitera; por tradición, se comían pipas, así que las conseguí de una manera poco ortodoxa que no pensaba detallar y que, comparada con el resto de mi historial, resultaba casi enternecedora.
La película llevaba semanas en cartelera.
Además de nosotros, había cuatro personas: un señor en la cuarta fila, firme defensor del cine europeo o dueño de una calefacción estropeada; una mujer con gafas de pasta y vestido floreado, y una pareja de veinteañeros que ya había decidido ignorar hasta los créditos.
Yo había comprado los dos asientos centrales de la última fila del palco principal.
La ayudé a quitarse el abrigo. El vestido se ciñó sin dejar nada a la imaginación, que en mi caso siempre ha considerado las limitaciones una provocación. Doblé la prenda sobre la butaca vacía y me senté con el pantalón protestando.
En la pantalla apareció el aviso de versión original subtitulada.
—¿Lo has hecho adrede?
—¿El qué?
—¿Francesa y con subtítulos?
Me encogí de hombros.
—Creí que te resultaría sexi.
—¿Que no entendiera nada?
—El francés.
Aimara giró la cabeza. La luz de los anuncios le encendió la boca.
—A ti sí que te resultaría sexi mi francés.
Nos miramos un latido que tuvo poco de cinematográfico y bastante de advertencia.
Cogió una palomita y la deslizó sobre su lengua para dejarme claras las cosas.
Mi erección dejó de fingir educación.
—Comer palomitas en esta sala es ilegal —le comenté.
—Me encantan las ilegalidades cuando se trata de ti. Intentaré que no se me caigan a al suelo y que nos detengan por tráfico de maíz.
Eso me hizo reír.
—Antes de que empiece… Imagino que ya estarás al corriente de lo que ocurrió anoche y que el fallecido es el compañero de Javier.
—Es difícil no enterarse cuando las noticias no hablan de otra cosa. Lo siento. Seguro que habías tratado con él.
—Sí, de hecho, fui a ver a Javi. Necesitaba darle el pésame e interesarme por cómo estaba.
Mi cuerpo se tensó por instinto.
—Muy loable por tu parte.
—Nos sirvió para aclarar las cosas y hablar de verdad. Creo que los dos lo necesitábamos. —Cruzó una pierna y el vestido se abrió lo suficiente para que yo advirtiera que sus medias eran de seda y morían en encaje aferradas a sus muslos—. Y no ha sido lo único que he hecho hoy.
La pantalla le echó encima una luz azulada.
—¿Qué más has hecho?
—Quedé con las chicas porque Patri había ido con sus vecinos a la fiesta en la que murió Miguel. Llegué tarde. Venía de un sitio muy interesante.
Hizo una pausa y dio un sorbo al refresco.
—¿Qué sitio?
Paseó la lengua por sus labios con el misterio guardado detrás de los dientes.
El hombre de la cuarta fila se volvió.
—Chist.
Me incliné hacia su oído.
—Ese debe de ser de los pocos a los que les interesa lo que vamos a ver.
Aimara giró la cara y me dejó su boca a un dedo de la mía.
—¿Y a ti qué te interesa?
—Solo tú.
Cogí una palomita y se la acerqué a los labios.
Los abrió y, en lugar de conformarse con ella, atrapó también las yemas de mis dedos.
Mordió despacio. Después los succionó sin apartarme la mirada, jugando con la lengua mientras yo perdía la capacidad de recordar en qué idioma iban a estar los subtítulos.
Lo notó. Por supuesto que lo notó.
Retiró los labios con una succión firme y una inocencia que no habría engañado ni al señor de la cuarta fila.
—Creo que ya va a empezar.
—No te haces una idea.
Le sujeté la cara y la besé.
Aimara respondió al instante. Me hundió una mano en el pelo, abrió la boca y supo a mantequilla salada y a ella hasta que se me olvidaron la pantalla, la sala y el rey fae que seguía culpándome de no dar con su culpable.
La besé hasta que gimió contra mis labios y me aparté antes de convertir la última fila en un lupanar.
Nos quedamos respirando el mismo aire.
—¿Ya no quieres saber dónde fui?
—Lo quiero saber todo de ti.
—Bien, porque ahora sé que, si yo puedo llamarte Eshnar —susurró—, tú deberías poder llamarme Lilith.
Parpadeé con fuerza. La serpiente se movió bajo mi piel y el gruñido me salió antes de decidir si quería soltarlo.
—¿Cómo has dicho?
—Esta vez fui a una especialista en regresiones de verdad. Pude abrir la puerta unos instantes. Sé quién soy, o quién fui. Tengo bastantes lagunas, pero eso no quita que me viera en muchas vidas en las que llegabas tarde a por mí.
—Lilith.
El nombre salió de mi boca sin castigo. Sin mordaza. Sin oscuridad cerrándose alrededor de mi garganta. La cadena se movió bajo el esternón y no apretó, porque ella se había reconocido primero y ninguna sentencia estaba escrita para eso.
Cuatro mil años esperando permiso para llamarla por su nombre, y me lo daba en la última fila de un cine de Santa Isabel, con un cubo de palomitas en su regazo.
—No dejé de buscarte —pronuncié—. Te juro que lo intenté. Llegué tarde a Nínive porque te busqué durante dos años en la ciudad equivocada. A Toledo lo hice cuando tu nombre ya era tinta seca en un registro parroquial. Y al barco… cuando hasta las ratas habían abandonado la cubierta.
Me rozó la mandíbula con los nudillos.
—Eshnar…
Se me cerró la garganta.
—Aprendí a reconocerte por una tontería. Te miras las uñas antes de decidir algo importante. Lo has hecho siempre. Lo has hecho hoy, al bajar del taxi.
Tenía los ojos húmedos y la barbilla en alto, que era su manera de llorar sin conceder terreno.
—En cada uno de los saltos no vi a un hombre que no quisiera llegar —murmuró—. Vi a uno al que obligaron a perderme muchas veces y se moría cada vez que yo lo hacía. Sé que luchaste por alcanzarme en cada una de ellas.
Cerré los ojos un instante. Ella acarició mi rostro con ternura. Al abrirlos, seguía allí, lo que me llenó de alivio.
—¿Y la puerta? —pregunté—. ¿Se cerró sola?
—Alguien echó la llave desde el otro lado. No pude verlo.
No contesté a eso. Ya buscaría yo el cerrojo y a quien nos estaba jodiendo; no pensaba hacerlo delante de ella aquella noche.
—Busqué información en internet —confesó—. La mitad decía que fui la primera feminista y la otra mitad, que devoraba bebés. La gestión de crisis de aquella época era un desastre. ¿Soy un demonio como tú?
Negué.
—Eso es lo que cuentan porque convertirte en monstruo salía más barato que explicar por qué te fuiste. Lo cierto es que te condenaron a reencarnarte siempre lejos de mí.
—¿Por qué? ¿Por querer elegir?
—Por querer salirte del molde que construyeron para ti.
Sonrió con los ojos brillantes.
—Pues eso no van a poder cambiarlo ni aunque me reencarne eternamente.
—Y eso es lo que más me gusta de ti.
—Chist —repitió el señor de delante.
Nos miramos. Esta vez sonreímos los dos.
—Creo que necesito tener la boca ocupada o no podré parar de hacer preguntas que me parecen de lo más interesantes… —susurró.
Bajó la mano por mi abdomen.
—Ahora que ya sé quién soy, me parece absurdo seguir portándome bien.
Sus dedos recorrieron la pretina del pantalón y se cerraron sobre mí por encima de la tela. Me agarré a los reposabrazos igual que un hombre a punto de perder una discusión con la eternidad.
Aimara bajó la cremallera con cero sutileza y me desabrochó el botón del cierre.
—¿Estás segura de esto?
Su sonrisa fue puro pecado y pura elección.
—¿Para qué, si no, has comprado butacas en la última fila?