Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Ya. Hace eso. ¿Tiró mucho? Porque tira muchísimo, aunque tú eres…

grande. Fuerte. Que no te he estado mirando para comprobarlo, te miro porque te tengo delante y, bueno, el día que tomaste el sol en la terraza, porque, bueno…

Estabas allí, sin ropa, y yo tengo ojos.

Dos. No podía arrancármelos sin quedarme ciega.

—Sus ojos se dirigieron a mis antebrazos y se quedaron allí más tiempo del que ella habría querido.

Cambió de tema de golpe—. ¿Y esa ropa? Es nueva, no parece tu estilo.

Di un paso.

—¿Te gusta?

—Demasiado. —Cerró los ojos un instante—.

O sea, que sí. Que, bueno, tú puedes ponerte incluso un traje de los que pintaban en el barroco con esas medias risibles y esa peluca grotesca, que todo te sienta de muerte, lo cual es bastante ofensivo para el resto de la población, y, en fin, que…

Por favor, cállame antes de que siga haciendo el ridículo.

Otro paso.

Tenía una hebra de pelo pegada a la mejilla. Se la coloqué detrás de la oreja. El contacto me gustó.

Sandra dejó de respirar. Después saltó hacia atrás, se frotó la sien y se estampó contra la pared.

—¿Te he hecho daño?

—No. Qué va. La pared y yo estamos estrechando lazos desde hace unos días.

El pulso le latía deprisa en el cuello. Llevaba desde que entró mirándome las muñecas, la nuca, el dorso de las manos. La cercanía la alteraba, y saberlo me produjo una satisfacción impropia de un hombre cuyo futuro pasaba por firmar tratados.

—¿Recuerdas nuestra conversación pendiente?

Miró mi boca antes de mirar el suelo.

Mis ganas de besarla se multiplicaron por cien mil, la palabra contención parecía una maldita valla de alambre cubierta de espinos.

—Sí. No. O sea, recuerdo que dijiste que estaba pendiente, no firmamos fecha ni mandaste invitación de calendario, y tú estás prometido, y yo… Tengo que contarte algo muy importante que me ha pasado esta mañana.

—¿Antes o después de entrar en mi cuarto?

La necesidad ya me apretaba en el interior del pantalón de forma bastante visible.

Parpadeó, desconcertada. Yo también lo estaba. Jamás había coqueteado con nadie y resultaba edificante hacerlo con ella.

—De-después. E-en el ascensor.

«¿Pensaste en mí en el ascensor?».

—¿Qué pasó?

Soltó una risita que no guardaba ninguna relación con la alegría.

—Antes que nada, quiero que sepas que, pase lo que pase, esto no modificará nuestra relación laboral —comentó, casi a gritos—. Y, te diga lo que te diga, no puede cambiar nada entre nosotros en la editorial… Prométemelo.

Encajaba con el pulso, con la respiración y con todo lo que ninguno de los dos había terminado en aquella cocina. Estaba avisándome de que quería algo y de que no pensaba dejar que le costara el puesto.

Estaba dispuesto a aprobar cualquier cláusula que incluyera desnudez, horizontalidad y la suspensión inmediata de todas las prendas.

Apoyé la mano en la pared, por encima de su hombro, sin llegar a tocarla.

—Nada puede cambiar lo que ya hay entre nosotros.

Mi voz descendió varias octavas.

Asintió. Tenía la boca seca; lo supe por la manera en que separó los labios y los humedeció. El pecho le subía y le bajaba demasiado rápido.

Bajé la vista hasta su boca y calculé cuánto tardaría en dejar de ser capaz de detenerme.

Cinco, cuatro, tres, dos…

—Me han llamado de Lumen. El martes ceno con Caedmon Morcant y puede ser la oportunidad de mi vida.

El nombre de Caedmon cayó entre nosotros igual que una jarra de agua fría. Mi erección tuvo la decencia institucional de retirarse del asunto. Todo el calor se convirtió en un frío abrasador.

—No.

Frunció el ceño.

—¿No qué?

Esta vez, el que casi saltó fui yo.

—Que no irás. Vetusta no trabaja con creadores de contenido de Lumen, así que no irás.

—Vale, espera. El año pasado hicisteis una colaboración con dos chicas de Lumen, lo sé porque…

—El año pasado no estaba yo. —Me oí. Sonaba igual que mi padre, lo cual me horrorizó bastante—. No trabajamos con ellos. Punto y final. Es mejor que no acudas a esa cena y que no firmes nada.

Sandra estaba alucinando; lo veía en cómo se le crispaban las pequeñas arrugas al final de los ojos.

—Ciarán, no tengo ninguna exclusiva con Vetusta. Trabajo con seis editoriales. El canal es mío. Llevo cuatro años levantando esto sola, directo a directo, post a post . Poniéndome a las dos de la mañana delante de un aro de luz como para desechar algo así.

—Si firmas con ellos, dejarás de trabajar para nosotros y de vivir en este piso.

Respondí tajante.

El silencio que vino después fue peor que el de la residencia de mi padre.

Sandra no gritó; solo salió de su boca un sonido ahogado.

—¿Me estás quitando el trabajo y la casa porque voy a cenar con el dueño de una agencia que convierte a creadores de contenidos en millonarios?

—Te estoy advirtiendo que, si te relacionas con ellos, estarás fuera de Vetusta.

No sabía de qué otro modo podía protegerla. Sabía que, si mi futuro cuñado se interesaba por Sandra, era simplemente para joderla.

—No puedo creerlo, ¿me estás chantajeando? —Se cruzó de brazos.

Podía explicarle que el hombre que la llamó era el hermano de mi prometida, a la que ella llamaba reina de dragones.

Que pertenecía a una facción que consideraba a los humanos un accidente corregible.

Que dejó de mover el pulgar sobre su copa en el instante exacto en que pedí ver un libro y estuvo demasiado pendiente de cada palabra que pronunciaba.

No podía soltar ninguna de esas verdades sin romper el velo, la alianza y cuatro leyes de mi Corte.

—Es mejor que no vayas.

Intenté sonar más sosegado.

—Eso no es una explicación.

—Es la única que puedo darte. Esa agencia no es para ti.

—¿Porque soy una mindundi y nunca estaré a la altura de sus influencers ? Porque ellos parecen creer que sí.

—Yo no he dicho eso.

—No, claro. Solo has dicho que puedes quitarme el trabajo y la casa cuando deje de obedecerte. Muchísimo mejor.

El golpe me dejó inmóvil. Durante un segundo, oí a mi padre en mi propia voz: obediencia a cambio de techo, trabajo y seguridad. Justo aquello en lo que había jurado no convertirme. Y, aun así, no retiré la amenaza.

Miró hacia el sofá y levantó la voz.

—No he dicho exactamente eso.

—Tampoco has dicho lo contrario. ¡Lluna! Ven, cariño, que te saco.

Setenta kilos de traición pura se pusieron en pie en dos segundos.

—La he sacado dos veces hoy.

—Pues necesita una tercera y puede que yo necesite una cuarta, además de comenzar a buscar nuevo apartamento en Idealista.

Enganchó la correa y salió. Cerró sin dar un portazo, y ese control me dolió más que el golpe.

Me quedé solo en el recibidor, vestido para provocar una reacción que había conseguido, con la jaqueca volviendo a su sitio en cuanto el ascensor empezó a bajar.

Al amanecer había despreciado a una mujer por describirme con modales impecables lo que podía perder si no me comportaba.

Horas después lo había hecho yo. Con mejores palabras.

Caedmon no necesitó una espada ni cruzar una frontera. Le bastaron una llamada, una mesa reservada y la promesa correcta. Eligió para hacerla el único domingo en el que yo estaba sentado a la mesa de su padre, jurando obediencia.

Si estaba detrás de los cadáveres, acababa de prohibirle a Sandra cenar con un asesino sin poder darle el motivo.

Y ella se había marchado convencida de que el verdadero peligro era yo. Mi falta de control acababa de darle la razón y ahora no sabía como recuperarla sin parecer un cabrón.