Capítulo 12
Llevaba una hora recorriendo el salón de un extremo al otro. Lluna me seguía con la cabeza desde el sofá, girando el cuello a cada pasada, con la expresión de quien contempla un saque en Wimbledon que no termina de entender.
—Ya te he sacado dos veces y hemos jugado un buen rato con la pelota —le informé—. Y te he comprado una de tus chuches perrunas predilectas, ¿qué más quieres?
Lluna dejó caer la cabeza sobre el cojín de Sandra con la solemnidad de una heredera a la que acababan de arrebatar el trono. La chuche no la impresionaba. Quería a su humana.
—Yo también la extraño cuando lleva mucho rato fuera, colega.
Desde que salió por la mañana declarando que tenía una emergencia y me pidió que me ocupase de Lluna, no había regresado.
Yo seguía con la opresión instalada detrás de las córneas, pero también en la boca del estómago, y ya no podía culpar al hierro de aquella ciudad.
Mi necesidad del bien que mi compañera de piso le hacía a mi organismo iba más allá de cualquier dieta ayurvédica.
Sonreí al recordarla con el bolso al hombro, el moño torcido y su expresión de «el mundo se derrumba sobre mis hombros» en la puerta de mi dormitorio, mientras yo sujetaba la toalla con una mano y la correa con la otra.
La preocupaban Patri y los vecinos de su amiga.
Dijo que eran militares y no millonarios, que no sabía si los estaban tratando como testigos o como decorado ensangrentado y que no tenía ni idea de lo que costaba un abogado de esos cuyo ficus facturaba por horas.
Su verborrea desatada me hacía feliz y todavía me hacía más feliz que me pidiera ayuda con aquella forma tan suya.
Se preocupaba por aquel par de licántropos sin saber lo que eran ellos ni lo que era yo. Le propuse que lo dejara en mis manos y confió. No preguntó cómo. Con ella, los problemas acaban declarándose insolventes.
Llamé a Yara en cuanto salió por la puerta. Me dijo que ella se ocupaba y, sesenta minutos después, recibí una invitación para una reunión extraoficial con algunos integrantes del Consejo en la residencia de mi padre. Sin actas, sin ficha de obsidiana y sin la mitad de la mesa.
Estuvimos cincuenta minutos. Para nuestros estándares, aquello rozaba la histeria.
Yara llegó con el olor de la casa de la manada pegado a la ropa y una noticia peor que la mía.
Rómulo y Remo habían salido de comisaría sin que ella hubiese tenido que intervenir, y eso no significaba que estuvieran a salvo.
Significaba que la policía todavía no había decidido en qué casilla colocarlos.
El subinspector Miguel Salas estaba vinculado a Vega López, con dieciocho años recién cumplidos.
La joven había bebido agua entregada por un empleado encapuchado y no lograba recordar cuánto tiempo había pasado indispuesta mientras su pareja humana se moría a doce metros de ella.
Mi padre ocupó la cabecera. Marcellus se sentó a su derecha, de espaldas a la ventana, como siempre, para que la luz trabajara a su favor. Valerian permaneció de pie junto a la pantalla.
—Encontrarán a la chica si no intervenimos —anunció—. Me consta que Salas tenía fotografías, mensajes y ubicaciones en su ordenador. Por ahora, lo tengo bajo control.
—Adelántate —comenté.
—Ya lo estoy haciendo, príncipe. Sabré cuándo aparece su nombre y quién lo consulta. Eso no impide que vaya a hacerlo, a no ser que dispongáis lo contrario.
—Necesita un abogado que conozca el velo. Y los hermanos, otro. Por ahora, yo no haría más que eso —comentó Yara.
—¿Y quién lo firma? —preguntó Marcellus—. Un despacho pagado por una corte fae para defender a dos licántropos es un titular en nuestro mundo.
—Lo firmará la editorial. Los López son vecinos de una ilustradora que trabaja para mí. Vetusta protege a quienes colaboran con ella y ellos tienen formación militar.
Mi padre registró la frase y comprobó que no había mentido en ninguna de sus partes.
—El relato es simple —comentó—: hemos puesto a los mejor entrenados para asegurarnos de que ninguna de esas mujeres es la culpable o la futura víctima. Si el asesino ataca el entorno cercano, llegaremos antes.
—No es una buena propuesta. Eliminar una relación entera deja demasiadas grietas —respondió Marcellus—. Un agente humano puede ignorar una cámara. Un equipo entero preguntará por qué faltan seis semanas de vida dentro de un teléfono.
—No la borremos. Lo principal es salvar el velo e intervenir solo si es necesario, sin triturar a nadie —sugerí.
—No he planteado sacrificar a nadie —intervino mi padre.
Mi padre llamaba «nadie» a cualquier decisión que todavía no estaba dispuesto a firmar.
—Todavía.
El silencio que vino después tenía dientes.
Fue entonces cuando Yara describió al reponedor. Capa, capucha, máscara, guantes y ninguna huella olfativa: ni tela, ni sudor, ni jabón, ni miedo. El mismo vacío que sus lobos encontraron alrededor de la herida de Salas.
Quitarle el olor a un cuerpo equivalía a arrancarle la primera capa de identidad, la que existía antes de la especie y del nombre.
—El Libro de las Primeras Formas documenta los puntos de interferencia de cada especie —aprecié—. Incluido el olfato licántropo.
Había consultado mucha documentación, interesado en la cura para la enfermedad que tanto le preocupaba a Sandra.
Mi padre entrelazó las manos.
—Documenta anatomía, ciclos y vulnerabilidades. No fórmulas para ocultarlas.
—Ese volumen no contiene fórmulas, pero hizo posible Las Segundas Naturalezas . Los formulistas solo tuvieron que convertir la teoría en armas. Y Caedmon pertenece a una facción con acceso, voz y demasiadas ganas de utilizarlas.
El nombre de Caedmon llevaba toda la reunión golpeándome detrás de los ojos, al mismo ritmo que la jaqueca.
La temperatura del despacho bajó dos grados sin que nadie utilizara nada. Mi padre apretó los puños.
—No voy a tolerar que acuses de asesinato a un hombre porque tu futuro cuñado te resulta desagradable.
No lo había acusado porque no podía. Solo había pronunciado su nombre porque sospechaba de él y había algo turbulento en su interior que me hacía desconfiar.
Al salir, mi padre me ordenó no plantear hipótesis que mancharan a la Corte Oscura.
Yo me limité a regresar al edificio y conectar la cámara del rellano, que llevaba once meses instalada y sin uso.
Elowen sabía demasiadas cosas que me inquietaban, al igual que su última amenaza disfrazada de preocupación.
«Así te asegurarás de que llegue viva a la boda».
Mi prometida sabía colocar la posibilidad correcta dentro de una frase educada y arrebatarte el sueño con la probabilidad de que se cumpliera.
Nuestro acuerdo era limpio. A ella le daba libertad; a mí, una puerta abierta en una cámara custodiada. Un matrimonio sin afecto y que se celebraría en un mes.
Cada vez que pensaba en la ceremonia, veía unas manos humanas temblando alrededor de un informe médico. Después veía a su dueña en la puerta de mi dormitorio, despeinada, aterrada por sus amigas, mirándome mientras el vapor todavía salía del baño.
Percibí su deseo con la misma claridad con la que se percibe una hoguera desde el otro lado de una habitación. Al compás de sus ojos recorriendo la piel expuesta. Mi sangre, fría incluso para los estándares de mi especie, respondió como un metal en la forja.
Deseé recortar la distancia de golpe, arrancarme la toalla y besarla hasta que olvidara por qué había entrado. Cerrar la puerta. Alzarla contra la madera. Dedicar una cantidad indecorosa de siglos a descubrir qué sonidos hacía cuando dejaba de hablar.
Algunos de los nuestros se acostaban con humanos.
En la Corte se hablaba de ellos con el tono reservado a las enfermedades hereditarias.
«Desviación afectiva interespecies», lo llamaban aquellos que necesitaban convertir lo que iba más allá del deseo en una patología para no admitir que una criatura humana podía provocar lo que no conseguían en ochocientos años de linaje.
La Corte había conseguido convertir acostarse con humanos en una enfermedad y, por supuesto, existía un comité encargado de estudiarla.
Todo lo que debería despertarme Elowen estaba concentrado en una mujer diminuta de cuarenta y un años, algo torpe, con amor infinito por su perra y palabras atropelladas cuando se ponía nerviosa.
Y ella me había pedido que me ocupara de su animal.
Nadie me ha necesitado nunca para algo trivial. Me han pedido audiencias, sentencias, alianzas, silencios y firmas al pie de un pacto. Sandra me puso una correa en la mano sin advertirme de que Lluna perseguía palomas.
La cerradura giró, sacándome de mis pensamientos. Oí el golpe antes de verla.
—Me cago en el puto felpudo. ¿Quién compra un felpudo con propensión homicida?
Sandra tropezó, chocó contra la pared del recibidor y consiguió cerrar sin soltar el bolso. Su maldición me llegó como reguetón a mis oídos, desordenada y considerablemente más eficaz que cualquier cosa que se cantara en mi Corte.
Lluna levantó la cabeza dos centímetros del cojín y volvió a dejarla caer. La lealtad de esa perra tenía un horario.
Crucé el salón sin haber decidido cruzarlo. El dolor empezó a soltarme tres pasos antes de llegar a ella.
Alzó la vista y se quedó muy quieta.
Aquella tarde había estrenado lo que había comprado la semana anterior.
Pantalón de lana antracita, estrecho sin resultar rígido.
Camiseta negra de punto fino, abierta en el cuello.
Botas de piel mate. Llevaba las mangas subidas hasta el codo y había decidido hacerme un semirrecogido que no delatara mis orejas puntiagudas.
Informal, según la dependienta.
La factura sostenía una opinión distinta.
Sus ojos bajaron desde mi cara hasta las botas y volvieron a subir con una lentitud que justificó cada euro.
—Ho-hola.
La piel de su cuello se encendió hasta alcanzar los pómulos.
—Hola. ¿Qué tal con tus amigas?
—Bi-bien, Patri está un poco más calmada.
Miró hacia la perra.
—¿Se ha portado bien?
—Digamos que intentó acordar la soberanía de un palomo en Sagasta.