Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Soy su madre, sé lo que debo hacer. Ahora mismo no necesito instrucciones militares. Marchaos.

Entró sin preguntar y ocupó nuestro lugar.

La puerta se cerró.

No estábamos abandonando a nuestra hermana y necesitábamos ver cómo estaba Patri, que seguramente estaría muy preocupada.

Cogimos las motos, nos pusimos los cascos y arrancamos sin comer ni mirar atrás.

🧛🏻🐺🧙🏻‍♀️🧚🏻

Cuando aparcamos y nos dimos cuenta de que el coche de Mateo estaba fuera, intercambiamos una mirada.

—¿Crees que sabrá algo? —preguntó Remo.

—Si lo sabe, va a matarnos y podremos preguntarle a Salas por su asesino.

—Sí.

—Podemos alegar intoxicación transitoria.

—No estábamos intoxicados.

—Tu compromiso con la verdad llega en momentos rarísimos.

Nuestro mejor amigo salió al porche antes de que alcanzáramos la puerta. Llevaba vaqueros, camiseta negra y horas imaginando una versión de la noche demasiado cercana a la real por lo que vi en su cara.

Debajo del cabreo olía a miedo. No a nosotros. A haber perdido a Patri durante horas y no saber qué coño le había ocurrido.

—¡Hijos de vuestra madre! ¡Anoche estuvisteis con mi hermana, uno por delante y el otro por detrás!

¡Hostia, pues sí que tenía una versión bastante cercana a la realidad!

Vi venir el puñetazo.

Podría haberlo detenido. No lo hice. Su mano impactó contra mi boca y me abrió el labio. Me había ganado parte de aquel golpe por desaparecer dieciséis años y permitir que la noche terminara con Patri entre ambos y con un cadáver.

Rem sujetó a Mateo cuando intentó repetir.

—Estate quieto.

—¡Los cojones! ¿Qué mierda hicisteis con ella? Y no me digáis que librarla de un atragantamiento con una aceituna.

Me limpié la sangre.

—¿Qué aceituna?

A mí el único encurtido que me aparecía en la mente tenía otra forma muy distinta.

Mateo frenó un segundo.

—La del martini.

—Creo que me he perdido.

No recordaba haber tomado ninguno. ¿Le habría dicho Patri que la habíamos emborrachado?

—¡No cambies de tema! —escupió.

—Estoy intentando encontrarlo. ¿Qué cojones te han contado?

—La maniobra de extracción.

Rem frunció el ceño. Mi mirada debió gritar «¿Qué maniobra?», porque mi mente solo podía visualizar una y pasábamos de aceituna a pepinillos, y de los gordos.

La confusión terminó de cabrearlo.

—¡Ya sabía yo que era mentira! Uno le abría la boca, el otro le daba por detrás, acabasteis los tres en el suelo y tú le metiste los dedos mientras este la sujetaba por la cintura.

Miré a Rem. Él me devolvió la misma expresión de espanto.

—Vale —admití—. Ahora entiendo mejor el puñetazo.

—¡Os voy a arrancar las manos y después los huevos!

El orden me pareció sensato: primero las herramientas, después el móvil del delito.

Volvió a lanzarse. Rem lo agarró por el pecho y tiró de él hacia atrás.

—Cálmate.

—¿Le metiste los dedos o no?

Rem parpadeó.

—Esa pregunta necesita contexto.

—¡El contexto es mi puta hermana, pedazo de cabrones!

—Eso no mejora la respuesta —apunté.

Mateo se revolvió con tanta fuerza que casi se soltó.

Por fortuna, Rem pudo seguir inmovilizándolo.

La olí antes de escuchar el motor.

Patri.

El dolor del labio perdió importancia durante medio segundo.

Un Uber se detuvo frente a la casa y ella bajó con el bolso cruzado, el móvil en la mano y el cansancio marcado bajo los ojos.

Nos vio.

Mateo forcejeando con Rem. Yo con sangre en la boca. Los tres ocupando la entrada de su casa con la elegancia de una pelea callejera a las puertas de un after .

En su cabeza ya debía de existir una ilustración titulada Tres neandertales y una aceituna .

—¡Cipote! ¡¿Qué narices hacéis, neandertales?!

—Estos dos hijos de puta… —empezó Mateo.

—¿Estás bien? —pregunté, obviando que el labio me palpitara.

—Patri, tenemos que hablar —añadió Rem sin soltar a su hermano.

—¡No le preguntes si está bien después de meterle los dedos! Y tú no le digas que tenéis que hablar. ¡No vais a volver a verla en vuestra puta vida!

Ella cerró los ojos y apretó el móvil. Al abrirlos, el conductor seguía observando por el retrovisor.

—¿Llamo a la policía? —preguntó.

—No, gracias. Son familia. Ahora los castigo de cara a la pared y ya está.

El hombre miró el panorama.

—Lo siento.

Se marchó.

Patri señaló a Mateo.

—Tú. Deja de pegar a la gente, que ya eres mayorcito.

—¡Se han acostado contigo!

—Sí.

La respuesta lo desarmó y a mí también por su contundencia.

—Pasó lo que yo quise que pasara, con quien quise y en el orden que me salió del mismísimo coño. ¿Estamos?

—¿Con los dos?

—No es asunto tuyo.

—¡Soy tu hermano!

—Me importa tres cojones que seas mi hermano. Tengo treinta y dos años. La próxima vez que confundas ser mi familia con dirigir la seguridad de mi vagina, te cambio la cerradura de casa.

Mateo retrocedió. Patri se volvió hacia nosotros.

—¿Dónde cojones os habíais metido?

—Ha surgido un problema en casa —respondió Rem—. Tuvimos que ir directos después de comisaría.

—¿Uno que se come los teléfonos y os incapacita para responder?

—¿Comisaría? ¿Qué comisaría? —Mateo seguía enloquecido.

—Ahora no, Mat —le dije.

Él me contempló con ganas de aniquilarme.

—No podíamos contarte… —prosiguió Rem dirigiéndose a ella.

Patri soltó una risa seca.

—Claro. Nadie puede contarme nada. Decidís qué debo saber, qué puedo soportar y hasta con cuántos hombres puedo acostarme. Uno, dos o la puta caballería. Me importa tres cojones lo que opinéis: lo decido yo, ¿me oís los tres?

Nos quedamos inmóviles.

Yo la observé mejor. Había algo nuevo detrás de la rabia. Una certeza que no estaba allí cuando la perdimos de vista.

—Peque…

—No me llames peque. Vete a tu casa y ponte hielo si no quieres que tu cara empeore.

El puñetazo había dolido menos.

—Solo queríamos saber si estabas bien y…

Me cortó.

—Pues ya lo sabéis. Estoy viva, estoy cabreada y tengo una tolerancia de mierda para los hombres que toman decisiones por mí.

Mateo se libró por fin de Remo —solo porque este quiso— e intentó colocarse a su lado.

—Eso es justo lo que yo…

—Tú te callas. Eres el peor de los tres.

Caminó hacia la puerta. Rem dio un paso tras ella.

—Déjanos explicarlo.

Patri introdujo la llave y se volvió.

—¿Vais a contestar cada una de las preguntas que tenga con sinceridad y sin ocultarme nada?

Mi hermano tardó un segundo en responder. Suficiente para que ella se tensara. La decepción le cruzó la cara antes de que volviera a blindarse.

—Eso pensaba.

Abrió. Mateo avanzó.

—Tú no entras. Pídele asilo político a Nerea que para eso es Suiza.

Nos señaló a nosotros.

—Vosotros tampoco.

—¿Cuándo podemos hablar? —pregunté.

—Cuando descubráis que contar la verdad no provoca urticaria y estéis dispuestos a que hablemos en serio.

Entró y cerró de un portazo.

Mateo permaneció unos segundos mirando el lugar por el que desapareció su hermana.

—Mat… —pronuncié.

—Iros a la mierda antes de que me arrepienta.

Después cruzó la calle en dirección a su coche sin añadir nada más, todavía con ganas de partirnos las piernas.

El labio seguía sangrando. Patri y Mateo dolían más.

Y, por primera vez desde que habíamos vuelto, no se me ocurrió ningún chiste que lo pudiera mitigar.