Capítulo 11
Yara cerró la puerta del dormitorio y se quedó apoyada contra ella, bloqueando la única salida.
Medía casi lo mismo que Rem, olía a bosque húmedo y a autoridad mal digerida, y tenía esa forma de mirar que convertía una habitación en territorio controlado.
Vega seguía sentada en el suelo, abrazada a las rodillas. Llevaba la ropa que usó en El Rastro, el rímel corrido y a Salas pegado a la piel.
Ese olor iba a perseguirme durante años.
—Desde el principio —ordenó Yara.
Nuestra madre nos dejó a solas porque sabía que una visita de nuestra jefa no la incluía en la ecuación.
Rem habló porque era mejor colocando los hechos en fila. Yo tendía a cubrirlos de bromas hasta que parecían menos capaces de arrancarme las entrañas. Contó la relación, Umbral, las botellas, el dolor que había obligado a Vega a marcharse y el momento en que encontramos a Salas todavía respirando.
Mi hermana se encogió al oír que habíamos presionado su cuello hasta la llegada de los sanitarios.
Yara no interrumpió. La preocupación apenas alteró su expresión; cambió su olor.
—¿La botella estaba cerrada? —preguntó al terminar.
Vega se frotó las sienes.
—Sí. Creo.
—Necesito saber qué recuerdas, no lo que tu cabeza está rellenando.
—Recuerdo dos botellas. Miguel abrió una. No sé cuál.
—¿Te has duchado?
Negó.
—¿Cambiado de ropa?
—No.
—¿Has ido al baño desde que volviste?
Vega levantó la cabeza.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Que alguien pudo drogaros y el cuerpo no conserva las pruebas para siempre. Necesito sangre, orina y cada prenda que llevabas.
La palabra «pruebas» le endureció la cara.
—No soy una escena del crimen.
—Eres la única persona viva que sabemos que bebió de aquella agua.
El golpe dio donde debía. Vega miró el vaso intacto de la mesilla y después sus manos.
—Entonces voy a la policía. Les contaré lo de las botellas.
Rem se apartó de la pared. Yo noté a mi lobo empujar bajo la piel antes de que Yara respondiera.
—Hoy no.
—Miguel era policía —musitó de forma poco audible.
—Precisamente.
Vega se levantó demasiado rápido. Tuvo que apoyar una mano en el colchón para no caer, pero sostuvo la barbilla en alto.
—Sus compañeros acabarán descubriendo que estaba conmigo. Javier sabía que mantenía una relación e imagino que no le costará mucho dar conmigo. Es mejor que vaya yo antes de que parezca que me escondo.
—¿Qué les dirás cuando pregunten por la marca?
El aire abandonó sus pulmones.
—Que era un tatuaje.
—Un forense sabrá que no lo es si escarba demasiado.
—Bueno, yo no tenía por qué saber todo lo que se hacía Miguel…
Yara se separó de la puerta.
—Entrarías en comisaría drogada, sin dormir y con el vínculo recién arrancado. Te harían repetir la historia hasta que empezaras a desconfiar de tus recuerdos. Cuando te pregunten si dejaste a Salas atado, tu culpa contestará por ti.
Vega se llevó una mano al abdomen.
—No sé si lo desaté.
—Ahí lo tienes, pero tus hermanos dicen que no había ninguna cuerda…
—Yo no lo maté.
—Nadie aquí cree que lo hicieras. Eso no impedirá que una declaración mal dada te coloque en el centro de la investigación; quién sabe si incluso pedirán prisión provisional.
Vega no quería colaborar; quería hacer algo que no fuera quedarse quieta sintiendo el hueco donde Miguel debería seguir respirando. La entendía. Yo llevaba horas buscando un puto culpable que librara a mi hermana y me ofreciera un saco de boxeo que reventar por su dolor.
—Podemos sacarla de aquí —propuse—. Hay casas de la manada que nadie relacionaría con nosotros.
Yara giró hacia mí.
—Salas tenía móvil, fotos, cuentas y placa. Cuando encuentren a Vega en su vida y descubran que ha desaparecido, dejará de ser la pareja secreta para convertirse en una fugitiva.
—No he dicho que huya.
—Has dicho que la ocultemos. El juez elegirá el verbo que menos te guste.
Mi instinto no trabajaba con matices legales. Trabajaba con puertas cerradas.
—Valerian puede avisarnos cuando aparezca su nombre —intervino Rem—. Ganar tiempo sin moverla.
Yara asintió.
Todos conocíamos el alcance de Valerian. Otra cosa era escucharlo enumerado delante de Vega, cada una de sus herramientas puesta sobre la cama junto al olor de Miguel.
—Eso sí.
Vega volvió a sentarse. El cambio le había quitado la poca energía que le quedaba.
—¿También puede borrarme de los registros?
Nadie contestó enseguida.
—Podría si fuese necesario —admitió Yara.
—Entonces hacedlo.
—No.
La respuesta tajante provocó que mi hermana clavara los ojos en ella.
—¿Por qué no?
Yara cruzó la habitación y se sentó en el borde de la cama, frente a ella.
—Valerian tiene a gente en policía, judicatura, prensa y registros civiles.
Marcellus es el responsable del velo, la memoria y la manipulación humana.
Es el único que puede alterar recuerdos e implantar versiones alternativas cuando las cosas se ponen feas.
El Consejo podría eliminar una cámara, una matrícula o una llamada.
Incluso convencer a un agente de que nunca ha visto tu fotografía.
Vega la escuchaba con horror y esperanza mezclados.
Conocíamos las herramientas del Consejo. Escucharlas una a una delante de ella resultaba distinto.
—Pues borradlo todo —susurró.
La voz la traicionó. No quería perder también lo poco que le quedaba de Salas.
—No se elimina una relación entera sin dejar costuras —pronunció Yara—. Revisarán su teléfono, su ordenador, sus movimientos y hasta dónde compraba café. Si empezamos a quitar piezas, alguien preguntará qué falta y no es lo que queremos.
Pensé en la fotografía de la marca que Baeza me había mostrado.
—Ya tienen el cuerpo —añadí—. Y el vínculo.
Vega cerró los ojos.
—Elegiste una vinculación mixta y sabías que podía tener consecuencias —continuó Yara—. Eso no le da al Consejo derecho a borrar a Miguel de tu vida.
Mi hermana se dobló sobre sus rodillas. No gritó. Un sollozo pequeño le sacudió los hombros y se quedó atrapado allí.
Rem se arrodilló a su lado. Yo ocupé el otro. Esperamos hasta que Vega buscó nuestras manos y nos las apretó con fuerza.
—No quiero que parezca que nunca existió.
—No pasará —dijo Rem.
Pude palpar el dolor de ambos.
Yara lo miró, pero no lo corrigió.
Vega respiró varias veces antes de levantar la cara.
—¿Podemos entregar las muestras sin que yo declare?
—¿Cómo? —preguntó nuestra jefa—. ¿Mandamos una bolsa anónima con sangre, ropa y orina recogidas en una fiesta sexual? A la policía le encantan los fluidos sin remitente. Les alegran el domingo.
Se me escapó una risa que no debería haber estado ahí y me sentí mal al segundo. Mi hermana movió la comisura de los labios y me contempló de soslayo.
—Miguel también hacía eso.
—¿El qué?
—Reírse cuando todo se iba a la mierda. Decía que su cerebro saltaba por una ventana y dejaba el cuerpo solo.
Salas y yo habríamos tenido algo en común. Estupendo. Descubrirlo después de sostenerlo mientras moría era justo lo que necesitaba.
Rem se levantó.
—El reponedor es más importante que las opciones que ya hemos descartado. Estoy convencido de que en él está la clave.
Yara centró toda su atención en lo que acababa de sugerir.
—Descríbelo —pidió a Vega.
Ella habló de la capa, la capucha, la máscara y los guantes. Después volvió al detalle que nos había llevado hasta allí.
—No olía. A nada. Por más que intento recordarlo, solo encuentro un hueco.
—¿Ni a tela?
—Nada.
—¿Jabón, sudor, metal, miedo?
Negó.
La inquietud de Yara regresó.
—Eso no existe.
—Anoche sí —dije—. Y repartía agua. Además, yo tuve la misma sensación alrededor de la herida de Miguel, y Remo también.
Esta vez no recogió la broma. Observó la pulsera de El Rastro que Rem todavía llevaba cerrada sobre la piel abrasada.
—No os quitaréis nada hasta que llegue una médica de la manada. Recogerá las muestras, fotografiará las lesiones y guardará la ropa por separado.
Vega se limpió las mejillas.
—¿Y después?
—Valerian averiguará cuándo te relacionen con Salas y preparará un abogado que conozca el velo. No vas a huir. Tampoco declararás hoy.
—¿Qué les cuento cuando vengan?
—La verdad que pueden comprender. Conociste a Miguel en una aplicación privada.
Manteníais una relación desde finales de agosto.
Fuisteis juntos a El Rastro, un empleado os entregó agua, te encontraste mal y fuiste al baño.
Al salir viste a la policía, entraste en pánico porque tu familia no sabía nada de la relación, hacía poco que habías cumplido los dieciocho y te marchaste.
Yara sostuvo su mirada.
—Nada de hablar del vínculo. Tuvisteis una práctica íntima y consentida.
—Van a encontrarme —murmuró ella.
—Claro. Salas era policía, no un adolescente escondiendo porno en una carpeta llamada «Matemáticas». La cuestión es qué encontrarán: una mujer asesorada y con pruebas de que fue drogada o una sospechosa que acaba de cumplir la mayoría de edad, aterrada y contradiciéndose delante de una grabadora.
—Miguel no merece esto.
—Miguel merece que no conviertas tu dolor en el arma que utilicen contra ti.
Vega aguantó unos segundos más y después asintió.
Yara sacó el móvil.
—Vosotros dos no hablaréis de este asunto con nadie. Ni con Vane, ni con vuestros vecinos ni con el párroco si os entra vocación religiosa. Si la policía pregunta por qué no la mencionasteis, responderéis la verdad: no la visteis.
—Está bien —dije.
Yara buscó nuestras retinas para asegurarse de que no mentíamos.
—Muy bien, espero que haya quedado claro. Me voy a la reunión extraordinaria del Consejo. Seguid las órdenes, López.
—Sí, señora —respondimos Remo y yo al unísono.
En cuanto se fue, mi hermano y yo contemplamos a Vega.
—¿Necesitas que nos quedemos?
La pregunta llevaba implícito si necesitaba un escudo contra nuestra madre.
—Estaré bien. Bueno, lo mejor que puedo estar teniendo en cuenta las circunstancias.
—No te duches hasta que llegue la médica —le recordó Rem—. Yo me ocupo de hablar con mamá.
—Gracias.
Los dos la abrazamos y le besamos la frente antes de salir. Bajo nuestros labios, Salas seguía allí.
—Volvemos pronto —le garanticé.
—Más os vale.
Nuestra madre esperaba al otro lado. Remo le dedicó unas palabras.