Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Acababa de descubrir que quizá había sido la primera mujer que mandó el paraíso a tomar por culo y, aun así, desde que Nina pronunció el nombre de Salas solo podía pensar en Javier.

Sí, por extraño que pudiera parecer, mi ex llevaba en mi cabeza desde que supe que Miguel Salas había muerto, y eso debía de tenerlo destrozado.

Su mejor amigo llevaba horas fuera del mundo y Javi, con su placa, su soberbia y esa facilidad suya para convertir el dolor en una guerra civil, se habría quedado completamente solo.

Por mucho que me hubiese dicho en nuestro último encontronazo que no lo estaba, lo conocía demasiado bien para saber que no era un hombre al que le gustase mostrar al mundo sus heridas.

Salvo si se trataba de mí y de su dichoso foro antiromantasy , aunque en la nube lo enmascarara con odio profundo y desdén hacia quienes, según él, preferían vivir en la burbuja de un amor platónico literario antes que mantener relaciones reales con personas de carne y hueso.

Por eso, al salir de casa de Nina, tras prometer que no revelaríamos el secreto que nuestra amiga nos había contado para no dejarla con la memoria al aire frente a Darian, puse rumbo a la de mi ex.

Llamé dos veces y tardó tanto en abrir que estuve a punto de marcharme.

Cuando apareció, me dio la impresión de que no se había cambiado.

La ropa estaba arrugada y llevaba una mancha seca en la manga.

Barba de dos días. Olía a tabaco y lo había dejado hacía cuatro años, lo que me dio a entender que se había comprado una cajetilla en cualquier lugar que le hubiese pillado de paso.

—¿Qué narices haces aquí?

La pregunta salió áspera. La voz, no.

—Lo siento muchísimo.

—No necesito tu compasión.

—No es compasión, Javi. Es cariño. Del que queda cuando el amor ya no sirve para estar juntos, pero tampoco te permite dejar de preocuparte por el otro.

No dije nada más; me limité a abrir los brazos y a esperar.

Aguardó unos segundos en los que me temí que me cerrara la puerta en las narices y después dio un paso y se me vino encima en mitad del rellano.

Me apretó hasta dejarme sin aire, hundió la cara en mi cuello y empezó a llorar sin ruido.

Durante dos años había aprendido a distinguir sus enfados por la forma de empujar una puerta y sus malas noches por el lado de la cama que ocupaba.

También supe reconocer un abrazo que no pedía explicaciones.

Le acaricié la nuca.

—Lo siento muchísimo. En serio.

Yo también estaba muy triste. Había compartido cenas con Miguel y no era justo que alguien tan joven hubiese muerto de aquella manera tan horrible.

—No tenía que estar allí —dijo contra mi hombro—. Yo le cambié la guardia.

—Cambiarle la guardia no lo mató, Javi. Lo mató quien le hizo eso.

Esperé a que aflojara los brazos. Al separarnos, le sostuve la cara y le limpié las mejillas con los pulgares. Javier bajó los ojos hacia mi boca. Yo miré la suya. Mi cuerpo se acordó del ángulo exacto de su cabeza y del espacio que solía quedar entre los dos antes de un beso.

Un hocico se coló entre nuestras piernas y me empujó la mano.

Me aparté.

La perra de Salas era una mestiza canela, mediana tirando a grande, y se llamaba Lulú.

Vino a por carantoñas. Javier llevaba años burlándose de aquel nombre de caniche con lazos puesto a un animal capaz de arrastrar a un adulto detrás de una paloma.

Miguel dijo que era el nombre que le habían puesto en la perrera y fue incapaz de cambiárselo por si la perra se confundía ante tanto cambio.

Me agaché para acariciarla.

—Hola, preciosa. —Levanté la vista—. Te la has traído.

—No podía dejarla en su piso esperándolo.

Esa frase me apretó por dentro más que el abrazo. Le habían quitado a su mejor amigo y el caso en la misma noche, y entre todo aquello había pensado en la perra.

—Eso dice mucho de ti.

—Gracias. Bueno, ya está.

Alcé las cejas.

—No, no está. ¿Te la vas a quedar?

—Imagino… Tengo que pensarlo.

—A mí me da que ya lo has pensado —murmuré al ver cómo se frotaba contra su pierna.

—Te agradezco que te hayas pasado. Puedes irte. Seguro que tienes cosas más importantes que hacer.

—Que no supiéramos gestionar la ruptura no significa que no te aprecie ni que no me duela verte así, Javier. Ahora mismo he venido a estar contigo. Déjame hacerlo.

Suspiró y se apartó de la puerta.

Nos sentamos en el sofá con Lulú en medio, ocupando el espacio diplomático. En el suelo había un cuenco nuevo y una bolsa de pienso con el borde arrugado hacia dentro, porque Javier no había sabido cerrar nada del todo en su vida.

Le pregunté si quería explicarme qué había pasado la noche anterior y la cara se le cerró.

—No puedo contarte nada.

—Sabes de sobra que soy una persona confiable. Si me dices que no se lo diga a nadie, mis labios estarán sellados.

—¿Ni a tus amigas? ¿Ni al tío con el que sales?

—Por ahora no salgo con nadie. —No mentía: Samael y yo no habíamos salido todavía ni teníamos una relación al uso—. Además, mi vida personal no te incumbe. Por si te falla la memoria, jamás he repetido nada que me contaras en confianza.

Me sostuvo la mirada un segundo largo y asintió, porque era verdad y porque hasta un hombre destrozado reconoce una factura pagada.

Entonces habló.

De un compañero al que creía conocer y que llevaba dos años grabando reseñas sin enseñar la cara, con la voz distorsionada.

De un piso de cuarenta y siete metros con una vida entera ordenada en estanterías.

De mis libros, coño, de mis libros, subrayados y llenos de post-its en casa de un inspector de homicidios que se reía de las mujeres que los leían.

De una mujer de la que Miguel le había hablado, pero cuyo nombre no conocía.

Sacó el móvil y me lo puso delante.

Una comida. Una chica riéndose con la cabeza ladeada.

Y, detrás de ella, Rómulo y Remo.

Coño de la madre.

Se me quedó el pulgar quieto sobre la pantalla mientras mi cabeza construía la peor escaleta de mi carrera.

¿Quién era esa chica? ¿Patri la conocía?

Puede que no. Igual era militar como ellos o…

¿una loba? ¿Y si la noche del sábado no había sido casualidad?

Patri jurando que apenas los perdió de vista, Patri encontrándolos con las manos dentro de un hombre que se moría, Patri metida entre los dos unos minutos antes sin saber que Salas compartía un vínculo con los López que a ambas se les escapaba.

La fotografía no los convertía en culpables. Sí demostraba que su encuentro con Salas quizá no había sido fortuito.

—¿Me estás escuchando?

Parpadeé con fuerza.

—Sí, perdona. Todavía no doy crédito.

Le devolví el teléfono.

—Como comprenderás, no podía dejar sola a Lulú allí. La habrían llevado a algún refugio.

—Hiciste bien.

—Hay algo que no te he contado. —Se pasó una mano por la nuca, afectado—. Miguel y mi novia se veían a escondidas y mantenían una relación literaria a mis espaldas.

—¿Cómo?

Eso sí que era un plot twist en toda regla.

—Elena lo conoció antes que a mí y lo mantenían en secreto porque hablaban de tus putos libros. Él le escribió esta semana.

La boca se me secó. Para Javi, eso tuvo que ser un puñetazo en toda la tripa. No obstante, podía llegar a entenderlos. La animadversión de Javi hacia mis libros asustaba a cualquiera.

—Esconderte algo y traicionarte no siempre son la misma vaina .

Soltó una risa que no llegó a ninguna parte.

—Al final siempre descubro que había una parte de vuestra vida de la que yo no sabía nada. Tú soñando con otro y gimiendo su nombre mientras dormías conmigo, y Elena quedando con Miguel para hablar de tus libros.

Me ardieron las mejillas.

Veinticuatro horas antes, habría visto en aquella frase a un hombre dañado hurgando en la herida. Después de lo que Nina nos contó esa mañana, era la descripción exacta de lo que había ocurrido en mi cama, y no podía decírselo ni bajo tortura.

—Javi…

—¿Tan mierda soy? —Se le quebró la voz—.

¿Tan difícil resulta quererme? ¿Qué coño hay de malo en mí, Aimara?

Yo te quería más que a nada en este mundo.

Me imaginé una vida a tu lado. ¿Por qué preferiste a un tío que ni siquiera existía?

¿Por qué era mejor vivir las historias de tus libros que la nuestra?

Cogí aire. No podía decirle que lo que había plasmado en aquellas hojas iba mucho más allá de él o de mí.

—No hay nada malo en ti. Hay cosas que hiciste mal. Igual que yo.

No se movió.

—Convertí los libros en un refugio, es cierto, y me encerré ahí dentro hasta que se me olvidó cómo compartir la vida a tu lado.

Tú viste la puerta cerrada y, en lugar de llamar, decidiste convencerme de que la casa entera era una tontería.

Nos quisimos muchísimo, y eso fue real. Después dejamos de cuidarnos y empezamos a defendernos el uno del otro.

El amor no siempre se acaba porque desaparezca.

A veces se rompe porque dos personas lo usan de escudo.

Eso no te convierte en alguien imposible de querer, bello .

Significa que nosotros no supimos hacerlo sin lastimarnos, y eso nunca está bien.

—Entonces, ¿por qué lo elegiste a él?

—No elegí a otro hombre. Elegí el único sitio donde todavía me sentía yo. No fue justo encerrarme y dejarte fuera; lo reconozco. Tampoco fue justo que me hicieras sentir ridícula por necesitarlo. No hubo un único culpable. Hubo dos personas que dejaron de saber encontrarse.

Se acercó y me rozó la mejilla.

—A veces sigo pensando que no estuve a la altura. Que debí apoyarte como merecías y que la jodí a lo bestia. Siento no haber sabido acompañarte.

—No necesitaba que estuvieras a la altura. Necesitaba que estuvieras a mi lado. Y yo tampoco supe explicártelo ni hacerte partícipe.

—Quizá, si empezáramos de cero… —Su pulgar rozó mi labio inferior y yo casi pude sentir aquella electricidad que una vez nos consumió.

Negué despacio y le retiré la mano con toda la suavidad que fui capaz de reunir.

—Ahora tienes una relación con Elena. No puedes utilizarme para huir de lo que te duele con ella.

—No sé si la tengo.

—Pues averígualo antes de cargarte lo que tenéis. Esa chica te hace bien. Igual ella y Miguel tenían miedo de que dejaras de quererlos al saber que me leían. Eso debería dolerte y también hacerte pensar. Te mereces ser feliz, Javi, y yo no soy esa persona con la que compartir ese tipo de felicidad.

Me incliné y le besé la mejilla.

—Me encantaría que dejáramos de odiarnos y que, de vez en cuando, pudiéramos tomarnos un café sin discutir sobre mi carrera, tu complejo de mártir o el fin de la civilización occidental. Puedo echarte una mano con Lulú si lo necesitas. Los animales se me dan bastante mejor que los hombres.

—Gracias.

Me levanté.

—Si precisas cualquier cosa…

—Te llamaré.

Lo miré una última vez, sentado con la perra de Salas apoyada contra su pierna.

Lo había querido. Una parte de mí siempre lo haría. Querer a alguien y querer volver nunca fueron la misma vaina .

Nos despedimos en la puerta con un abrazo y un beso en la mejilla, y le pedí que me avisara cuando fuese el funeral. Me apretó las manos y me dijo una última cosa.

—Por favor, ten cuidado. Ese tío con el que no sales oculta algo y no me gustaría que tú o tus amigas sufrieseis algún daño.

—Gracias por preocuparte. Yo también te llamaré si pasa algo extraño.

Él asintió.

En la calle, saqué el móvil y me quedé con el pulgar suspendido sobre el grupo, ordenando la frase para que no sonara a lo que era.

Al final escribí:

Lo borré. Le había dicho a Javi que no les contaría nada. ¿De qué forma podía enterarme?

La respuesta llegó antes de que me hiciese la pregunta y supe de inmediato lo que tenía que hacer.

Busqué otro nombre en el móvil y tecleé: