Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Darian me contó que su familia es muy estirada. Dijo que los Ashveil presumen de sangre dracónica desde antes de que existiera Europa, así que lo más probable es que tu compañero de piso mude la piel en octubre. Sacá tus conclusiones. Les pasa a todos los lagartos.

—¡No lo llames lagarto!

—Acabo de llamarlo dragón.

—Después has dicho lagarto. Seguro que eso lo ofende.

—Está defendiendo al reptil —señaló Patri—. Ya la perdimos. A ti te gusta ese tío estirado, ¿no?

—Protegió a Lluna y la llevó al veterinario. Me respaldó frente a su prometida y se preocupa de que la despensa esté llena de las cosas que me gustan. ¿Qué puedo decir?

—Ya, bueno, saltémonos que ronda los dos metros y parece cincelado por los dioses, además de creerse uno. Darian y él tienen una disputa abierta sobre los orígenes de la creación. Además, no puede mentir. Omite, pregunta y formula, pero jamás miente.

Eso pareció hacerle especial ilusión.

—Entonces, cuando dijo que prefería quedarse con Lluna antes que ir a esa cena de compromiso…

—No mentía —confirmé.

Sandra bajó la vista a la cerveza.

Aquello ya no le hizo tanta gracia.

Me giré hacia Aimi.

—Agárrate, que vienen curvas, porque el tuyo viene con cuernos y alas de serie.

Primo hermano de Lucifer por la rama familiar disfuncional.

Íncubo. Capaz de meterse en los sueños de cualquiera, especialmente en los tuyos, porque es literalmente su naturaleza.

Y, además de provocar orgasmos sin tocar a nadie en sus retiros, se dedica a dar terapia a sobrenaturales para que no estrangulen a lectoras de romantasy .

—Por eso sabía lo que soñaba —murmuró—. Por eso podía tocarme sin tocarme mientras yo estaba acostada con Javier. Coño de la madre, no lo imaginé.

—Literalmente, le pusiste los cuernos al poli a base de bien… Aunque serían los suyos, no los tuyos. ¿Lo pillas?

Sandi hacía de las suyas.

Aimi puso los ojos en blanco.

—Estás que te sales. —Patri le dio un codazo.

—También hay cortes fae —continué.

—¿Con bailes, coronas y vestidos de tul? —preguntó Sandra.

—Con pactos, radicales y problemas de superioridad genética.

—O sea, la aristocracia de toda la vida, pero con alas —concluyó Patri.

—Exacto. Además, existe un grupo que quiere erradicar a los humanos.

—Qué sorpresa —farfulló Sandra—. Una sociedad secreta con extremistas. Menos mal que los sobrenaturales son criaturas originales.

—Y hay manadas con territorios —proseguí—. Los vampiros se dedican a limpiar recuerdos, y todos ellos están cerca de nosotras sin que lo supiéramos.

—O sea, que llevamos meses rodeadas de criaturas mitológicas y nadie consideró oportuno mandar un correo —resumió Sandra.

—Con copia oculta —añadió Patri.

—Y acuse de recibo —rematé.

—Yo también tengo algo que contarles y creo que les va a sorprender —dijo Aimara, más seria de lo habitual.

—¿Más? Mi capacidad cerebral está al noventa y ocho por ciento y el resto lo necesito para respirar —farfullé.

Nos contó la visita de Samael, la sesión de esa misma mañana en la consulta de Zurbano, la regresión en el diván y el jardín. Lo resumió con una serenidad que daba miedo.

—¿A qué conclusión has llegado? —pregunté con cierto temor.

—Creo que soy Eva. O algo así. Me vi desnuda en el paraíso con un tipo que me dijo que debía someterme porque era su mujer.

Sandra frunció el ceño.

—¿Eva cuál? ¿La de Netflix?

—La de La Biblia , mi amor —la corrigió.

—Ah. Perdón. Llevo unos minutos sabiendo que mi casero tiene alas; no me pidas que tire de recuerdos de la primera comunión. ¿Llevaba una hoja de parra? ¿Le diste una manzana susurrada por una serpiente?

—No había fruta. Tampoco reptil. Le dije al tipo que nos habían hecho del mismo barro, que yo no era inferior y que no pensaba obedecerlo. Después pronuncié «Tetragrámaton»; se abrió el cielo y una voz me dio a elegir entre aceptar la autoridad de aquel imbécil o irme.

—¿Y qué hiciste? —El relato me tenía el cerebro a mil.

—Me fui. Caminé sobre piedras hasta destrozarme los pies. Y entonces apareció Samael, que por lo visto se llamaba Eshnar, se arrodilló, me curó las plantas con las manos, esperó a que yo decidiera y… bueno. Me lo tiré.

Patri levantó la cerveza.

—Eso sí es una buena retribución por los servicios prestados.

—No cuadra —dije mientras sopesaba el relato.

—¿Qué no cuadra? —quiso saber.

—Que seas Eva. A Eva no la echaron por rebelarse; la echaron por tentar. Y a vos no te echaron: te fuiste y te tiraste a otro fuera. Son dos expedientes distintos.

Sandra se acercó a Aimi.

—Aimara, ¿seguro que no viste una serpiente más allá de la que debió meterte Samael?

—No.

—¿Ni un bicho raro? ¿Nada que se arrastrara?

—Nada.

—Pues entonces igual eso no era el Edén.

Aimara abrió la boca para contestar y no contestó.

Se quedó con la mirada perdida en algún punto entre la terraza y el año cuatro mil antes de Cristo. Vi el momento exacto en el que la pieza entró en su sitio, porque el color se le fue de la cara de arriba abajo, como una persiana.

—Sí que era el Edén; yo le dije que nos habían hecho del mismo barro… Entonces debo ser… Ay, no.

Patri dejó de sonreír.

—¿Qué?

Aimara nos miró a las tres, una por una, con el miedo y la certeza peleándose en los ojos.

—Creo que ya sé quién soy.