Gracias a Booktok (Booktok 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Colmillos retráctiles, quinientos años y una capacidad para el desprecio que ahora entiendo mejor. Camina al sol, come ajo, no bebe sangre y tampoco duerme en un ataúd. Y os juro que esto es cierto.

Sandra se puso a emitir grititos de no puede ser, a parlotear nerviosa mientras yo intentaba calmarla. Solo se vio interrumpida por una sacudida de Patri, que la amenazó con maniatarla si no se calmaba y la dejaba preguntar.

—¿Te mordió?

Me bajé el cuello del jersey para mostrarles la zona del lunar.

—Aquí. Y sobre el corazón.

—Enséñalo.

Sandra seguía parpadeando como una lechuza..

—Te muestro la factura de la tintorería si querés . La teta no.

Les expliqué lo de la Marca del Pulso: aquello no me convertía ni me reclamaba; lo ataba a él y le permitía sentirme a cualquier distancia.

También les conté que podía oír mis pensamientos cuando lo incluían, aunque yo lo había bloqueado; que la noche anterior había intentado borrarme la memoria por mi bien; que antes le había arrancado un pacto de sangre, y que el borrado le había salido mal.

—Espera. —Sandra levantó las dos manos, se frotó el rostro y apuntó con sus pupilas extra dilatadas mi cara—. ¿Ha escuchado todo lo que has pensado de él durante dos años?

—Todo lo que lo incluía.

—Hermana, eso es peor que aparecer desnuda en un directo —añadió Patri.

Me gustó que, tras la desconfianza inicial, mis amigas no pusieran en tela de juicio mis palabras.

—Y hay más. Mucho más —confesé—. Estamos rodeadas de sobrenaturales, y están tan preocupados como nosotras por los asesinatos. Tienen incluso un Consejo. No uno de fiestas populares del inframundo, sino uno que sostiene el velo, borra recuerdos y decide quién puede saber qué.

—¿Llevan túnicas? —preguntó Sandra.

—No lo sé.

—Pues vaya Consejo de mierda.

—Imagino que las reservarán para los sacrificios de fin de curso —apuntó Patri.

—No descarto nada —admití—. Darian habló de ellos con la misma alegría con la que una habla de una inspección de Hacienda.

Patri no se rio. Se había quedado muy quieta, con las manos abiertas sobre las rodillas, igual que alguien a quien le hubieran quitado el lápiz de golpe.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Cazzo .

Ahí estaba la pregunta que llevaba toda la mañana esquivando mientras le preparaba infusiones.

—Desde anoche.

Patri dejó el móvil boca abajo.

—Siete horas, Nina. Siete horas dejándome pensar que lo de anoche no tenía explicación mientras tú sabías que ellos no eran humanos.

La culpa me apretó justo debajo del esternón, donde se instalaban todas las cosas que yo intentaba resolver antes de permitirme sentirlas.

—Lo sé. Y tenés derecho a estar enfadada. Tu problema me pareció más importante y no necesitabas otra carga encima, pero guardar el secreto no te ha protegido. Lo siento.

Patri apretó los labios.

—¿Y qué sabes de ellos?

—No dibujaste a los López como lobos porque sí. Tus vecinos son licántropos, así que, si les viste más pelo que en tu última depilación láser, no es porque sean velludos: son medio animales.

—¿Y me has dejado decir que ningún humano habría tenido tiempo de montar la escena?

—Porque ningún humano lo habría tenido. Todo lo que te dije era verdad. No era todo; eso es distinto.

—Eso es una defensa de mierda.

—Sí. Lo sé.

Me levanté. Hablaba mejor cuando podía ordenar objetos.

—Antes de seguir, aclaremos una cosa: yo no me sé sus vidas. Tuve una noche con Darian y le sonsaqué lo que pude; no tengo un máster. Le hice entre veinte y treinta preguntas, me contestó catorce y muchas de las respuestas fueron para decirme que no debía saberlo.

—Pues empieza por lo que sí sabes —pidió Aimara demasiado tranquila para lo que ella era.

¿De qué debió de ser la sesión? ¿De meditación?

Me aclaré la garganta.

—De algún modo que escapa a toda lógica, intuías que eran licántropos.

—¿Cómo es posible? —intervino Sandra—. No nos has dicho que se anudaran a ti, y eso que hubo penetración.

—Eso nos lo vendió Ali Hazelwood. Son lobos, no perros —le aclaré.

—¿Y eso lo sabes porque…?

—Porque la cabeza no se te va al folclore; se te va a lo que llevás varios años leyendo. Pregunté por la luna llena y por la plata.

—¿Y? —quiso saber la mayor implicada.

—La luna no los transforma. Transformarse es una decisión y les cuesta caro. Y la plata solo les irrita la piel, igual que a mí el níquel de los pendientes baratos.

Patri levantó la cabeza muy despacio.

—Tiene sentido… La pulsera de Remo siempre le hace rojeces.

—¿Pero preguntaste por lo de anudarse? —insistió Sandra con las cejas alzadas.

—No me pareció … Además, Patri ya dijo que no se anudan. —Desvié la mirada hacia ella—. Yo de tus vecinos sé lo mismo que cualquiera del barrio, salvo tres cosas: que son lobos, que van a terapia y que Darian los llamó «par de peludos» en lugar de «pelotudos».

Sandra pidió turno con el dedo, igual que en la carnicería.

—Vale. Pausa. ¿Y yo conozco a alguno? ¿Quizá un vecino? Al del tercero B se le une el pelo de la espalda con el de la nuca.

—Eso debe de ser hirsutismo… El que tú tienes cerca es un príncipe. Tiene escamas y puede transformarse. Además, vives con él.

Ella soltó un grito.

—¿En serio?

—Ciarán Ashveil es un alto fae que puede transmutarse en dragón.

—Ay, Dios, tiene un tatuaje de uno…

—Sí, y me da que lo que encontraste no se debe a la psoriasis…

—¡Qué vergüenza! Y yo comprándole una crema de urea al veinte por ciento para que no se descamara.

Di un trago a mi lata antes de seguir.