Capítulo 9
Mateo formuló la pregunta por segunda vez.
—¿Quiénes hicieron qué contigo anoche?
Patri abrió la boca. Sandra también. Yo habría necesitado cuatro manos, cinta de embalar y un sacerdote con experiencia en exorcismos grupales para impedir que cualquiera de las dos contestara.
—Una maniobra de extracción —solté.
—¿Una qué?
Mateo parecía confuso, y yo había traducido demasiados libros mediocres para no ser capaz de construir un microrrelato plausible en menos de treinta segundos. Había convertido vampiros adolescentes con complejo de poeta en italiano decente. Podía salvar una mamada con extra de penetración.
—La sacaron de una situación complicada —continué sin que me temblara el pulso.
—¿Qué situación?
—Se atragantó con…
—Una aceituna —se anticipó Sandra.
Giré la cabeza muy despacio hacia ella.
Mamma mia . Solo a Sandi se le podía ocurrir una aceituna. Ni una almendra, ni un trozo de pan, ni una espina con cierta facilidad para clavarse. Una aceituna. Redonda, pequeña y con vocación de hundirnos a todas.
—¿Y qué pintaban Rómulo y Remo contigo anoche? —preguntó Mateo.
—Me preparé un Martini, salí al porche para relajarme y e-estaba saboreándolo cuando creí ver un…
un murciélago que venía a por mí. Tenía la aceituna entre los labios, me levanté muy rápido y se me fue por el otro lado.
Suerte tuve de que ellos estuvieran aparcando las motos y me vieran ahogarme…
Es que era muy gorda, Mateo —añadió Patri demasiado rápido.
Cerré los ojos un segundo.
La acusada acababa de declarar que la aceituna tenía el tamaño de una pelota de tenis. Estupendo.
—No se refiere a la aceituna —intervine—. La maniobra fue muy gorda porque la aceituna tenía hueso. Hacían falta dos: uno le abría la boca y el otro…
—Le daba por detrás —completó Sandra.
Mateo dejó de parpadear.
Patri se tapó la boca, pero el temblor de sus hombros la delató.
—La golpeaba por detrás —corregí—. En la espalda. Con la mano abierta. Procedimiento de primeros auxilios.
—Eso he dicho.
—No. No has dicho eso ni de lejos —farfullé.
Mateo miró a su hermana.
—¿Te estabas ahogando?
—Un poco.
—¿Un poco?
—Un poco mucho… —se corrigió.
—Lo suficiente para que Rómulo me agarrara y Remo completara la maniobra.
—Ya… ¿Y cómo lo hicieron? —preguntó con los ojos fijos en Patri.
—Eeeh… T-terminamos en el suelo: Rómulo detrás y Remo delante.
Patri no era buena mintiendo bajo presión.
El silencio fue tan brutal que hasta Sandra se dio cuenta de que habíamos entrado en una carretera sin salida y con el depósito en reserva.
—Buscaban un ángulo mejor para meterle los dedos —añadió Sandi.
Si es que íbamos de mal en peor.
—Claro —dijo Mateo muy despacio—. Los tres en el suelo, Remo metiéndole los dedos mientras Rómulo te sujetaba por la cintura para hacer palanca. ¿Es eso?
—La iluminación era mala —aportó Sandra—. Era una aceituna negra.
La miré, incrédula ante su capacidad para empeorar todavía más la situación.
—Les voy a meter a ese par un bote de gordales por cada orificio disponible —bufó Mateo.
—Eso también necesitaría una maniobra de extracción —apuntó Sandi.
Porca puttana .
Patri no podía estar más roja.
Yo necesitaba salir de aquella casa antes de que Sandra convirtiera el rescate en una laparotomía de campaña.
—La cuestión —intervine— es que tu hermana está viva, la aceituna fue neutralizada y los hermanos López demostraron una coordinación extraordinaria en situaciones de riesgo.
Mateo nos observó una por una.
—Os lo habéis inventado todo.
—Por el amor de Zeus —bufé—. Si nos lo hubiéramos inventado, habríamos elegido algo más creíble.
Sandra asintió con vehemencia.
—Una uva, por ejemplo, y habríamos adelantado la fecha a fin de año.
Y ahí supe que nuestra coartada había muerto. Estrangulada, para más ironía, por una aceituna que había empezado siendo negra y ya tenía el tamaño, la densidad y la capacidad destructiva de un meteorito.
—¿Estás bien o tengo que ir a por ellos?
Patri asintió. Le tembló la barbilla y él lo vio.
—E-estoy bien. No tienes que hacer nada, Mateo. En serio.
Él se acercó, le sujetó la nuca y le dio un beso en la frente.
—Esta conversación no ha terminado; solo la pospongo hasta que hable con esos dos.
—Ya, bueno, esperemos que para entonces hayan regresado —murmuró Sandra.
—En fin, nosotras hemos quedado —comenté mientras las instaba a salir de la casa—. Venga, chicas, que llegamos tarde al brunch con Aimara.
Por lo menos, no lo discutieron.
Salimos antes de que Mateo decidiera seguir con el interrogatorio y nosotras termináramos arrestadas por mentirosas patológicas.
—No se lo ha creído —dijo Patri mientras se acomodaba en el asiento trasero del coche de Sandra.
—Porque tiene ojos, orejas y nosotras mentimos fatal.
—Lo de la aceituna no ha servido ni de aperitivo —protesté.
—¿Y dónde vamos? —preguntó Sandra sin arrancar—. Porque no creo que os apetezca ir al ático con Ciarán.
—Mejor vamos a mi piso. Hay algunas cosas que yo también os tengo que contar, y que el nepobaby del jefe esté delante no es buen plan.
Sandra asintió.
Yo puse algo de música para relajar el ambiente y plantearme cómo iba a soltarles que estábamos rodeadas de sobrenaturales, que me había acostado con un vampiro y lo había vinculado a mí, mientras Patri seguía perdida en la pantalla de su móvil.
Encendía la pantalla, enderezaba el teléfono, comprobaba que no tenía respuesta de los lobitos y volvía a hundirse en el asiento.
Guardar el secreto no protegía a mis amigas, y ellas estaban por encima del velo y de cualquier criatura que nos pudiéramos tirar.
La estaba dejando a oscuras delante de una puerta abierta que pensaba ayudarla a cruzar.
Llegamos a Vista Alegre más rápido de lo habitual. Por suerte, era domingo y el tráfico estaba más relajado.
Carabanchel se desplegó frente a nosotras y, en cuanto aparcamos en la plaza del edificio —mi contrato de alquiler la incluía, aunque yo no tuviera vehículo—, subimos a mi cuarta planta en ascensor.
Lo mejor de mi vivienda era la terraza. No era muy grande: si estornudabas con entusiasmo, regabas las macetas del vecino, pero estaba bien.
Contaba con dos dormitorios porque firmé el alquiler antes de que el propietario decidiera que cualquier armario con ventana era un estudio de lujo y podía alquilarlo por habitaciones.
El segundo lo empleaba como despacho, almacén editorial y cuarto de invitados gracias a una cama nido sepultada bajo varias cajas.
Mi sofá también se abría y daba paso a otra cama. Ser la mayor de seis hermanos te enseñaba que siempre iba a aparecer alguien necesitando techo, comida o una opinión que nadie había pedido.
La terraza era el territorio de Lío: red transparente, rascador y dos macetas de hierba gatera que ignoraba desde que descubrió lo que me habían costado. Al oírnos entrar, levantó la cabeza de la hamaca, comprobó que ninguna traía una lata y volvió a dormirse.
Sandra intentó acariciarlo. Lío desplazó el cuerpo tres centímetros, la distancia exacta para convertir el rechazo en algo personal.
—No eres tú —le informé—. Odia a la humanidad entera.
Puse agua a hervir, saqué el mate, las galletas y las cervezas de trigo que guardaba para emergencias. No sabía en qué categoría entraba aquella mañana, así que lo dejé todo sobre la mesa.
El móvil vibró a la una menos veinte.
Aimara.
Respondí por videollamada antes del segundo tono.
—¿Dónde carajo te metiste , Aimi?
Su cara apareció demasiado cerca de la cámara: tenía los ojos hinchados, el pelo recogido sin ningún criterio y la manicura intacta, que en ella era la última luz que se apagaba.
—Buenos días a ti también, bella . Olvidé el teléfono en casa y fui a una sesión.
—¿Qué sesión?
—Después les cuento. ¿Patri está bien? He visto los mensajes y he oído los audios, también he visto las noticias, todavía no doy crédito de lo ocurrido con Salas.
Giré el móvil.
—Estoy viva —anunció nuestra amiga—. La vara está bajísima, pero cuenta.
En este grupo, la normalidad se había marchado hacía meses sin dejar dirección postal.
— Allora , estamos en mi piso. Ven, es urgente: tengo que contarles algo que no van a creer, más allá de lo que pasó en El Rastro.
Sandra dejó una galleta a medio camino de la boca y miró mi tripa.
—¿Estás embarazada?
—¿De quién iba a estarlo? ¿Del Espíritu Santo editorial?
—Yo voto por Pátula. —Patri alzó la mano.
Al ver que no respondía de inmediato, Sandra intervino.
—¿Te has acostado con Darian?
—Puede ser, pero me niego a mantener esta conversación así. Y no, no estoy preñada, solo de malas ideas —desmentí.
Hubo tres gritos. Lío abrió un ojo, valoró abandonar el domicilio y decidió que mover el culo exigía demasiado compromiso.
—¡Sabía que cuando me hiciste la videollamada mientras esperabas a Darian en comisaría no ibas vestida para recibir a un compañero de trabajo! —chilló Sandra.
—¿Qué tal? Puntúa sin miedo, que somos adultas —pidió Patri.
—No voy a reseñar su polla en Goodreads.
—Eso son cinco estrellas —sentenció Aimara desde la pantalla.
—Cinco y media. Lamentablemente.
Las tres celebraron mi desgracia con una falta de solidaridad emocionante.
—La parte importante la contaré con Aimi aquí, no voy a responder nada más.
—Llego en lo que tarde el Uber. Esperadme.
Lo hicimos y cumplí mi palabra. Aunque me costó, no abrí la boca hasta que Aimara estuvo acomodada en mi salón y todas tuvimos una cerveza entre las manos.
—Escupe —me instó Patri—. Necesitamos la versión extendida.
—Darian Blake es un vampiro, y no de energía.
El silencio llegó tan rápido que se oyó el motor de la nevera.
Sandra se rio primero y soltó una de sus barbaridades.
—Así que te lo comió bien, ¿eh? Tiene cara de vicioso y de hacer buenos cunilingus.
—Me refiero a que es un chupasangre de verdad, de los de colmillos, aunque cueste creerlo.
Dejó de reír al verme la cara.
—¿Esto es una broma de las tuyas?
—Ojalá.
Patri y Aimi se mantuvieron en silencio.
—¿Me estás diciendo que Pátula es un vampiro vampiro?